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BERNARDO VALDERRAMA ANDRADE
EL GRAN JAGUAR
Obra Ganadora VIl Concurso Nacional de Novela
PLAZA 8 JANES
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EDITORES
Primera edición: junio de 1991
Dirección de producción: Germán Leal Fotografía carátula: Bernardo Valderrama Andrade. Amanecer sobre un templo kogi
en la Sierra Nevada de Santa Marta.
Mapas: Pilar Parra.
O 1991 Bernardo Valderrama Andrade O 1991 PLAZA é£ JANES Editores Colombia Ltda. Calle 23 N” 7-84 Bogotá Colombia
ISBN: 958-14-0215-2
Preparación editorial: Divulgar Editores Ltda. Impreso por Editorial Presencia Ltda. Printed in Colombia.
A Lucy, mi esposa.
A los Mamas Manuel Lasana e Inocencio Lasana,
del Centro Ceremonial de Moraca, en su camino a Nean-Biró,
La Gran Puerta de Ir
“En los tiempos antiguos vino Kashindukua. El era un Her- mano Mayor y provenía de la sangre menstrual de La Madre y se convirtió en Jaguar. Eso contaron los Padres...”.
Testimonio del Mama Miguel Nolavita. Die Kágaba. Konrad Theodor Preuss.
LOS UBATASHI
Según los relatos de los kogi, actual grupo indígena de la Sierra Nevada de Santa Marta, considerados los descendientes más directos de los anti- guos taironas, en los “tiempos míticos” arribó a las costas de la Vertiente Norte, en inmediaciones de la desembocadura del Hukumeiji-Tukue (hoy Río Palomino), la “gente de los ojos azules”, llamados ubatashi (de uba = ojo; y tashi = azul o verde), con los cuales se libró una guerra de exterminio. El origen de estos visitantes no se conoce, y el dado por el autor en la novela El gran jaguar, es de su libre interpretación.
LOS CARIBES
Llegaron a las costas de América del Sur, y según los investigadores, penetraron en sus territorios, provenientes de las Antillas. Los kogi de la Sierra Nevada los citan en sus relatos etnohistóricos y etnográficos, ya en lo considerado como “tiempos históricos”, posteriores a los “míticos” y anteriores al arribo de los europeos. A ellos se hace referencia en esta novela, como los duanabuká (la gente del pelícano); los kashingui; los gulamena (de gula = brazo; y mena = arrancar); y los sangaramena (de sankalda = cabeza; y mena = arrancar).
VOCABULARIO INDIGENA
El vocabulario indígena presentado en esta novela como tairona, en rea- lidad pertenece a la actual lengua de los kogi, cuyos mamas, o sacerdotes,
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utilizan en ciertas ocasiones un idioma ceremonial que ellos dicen era el hablado por sus antepasados, los tairona. A este respecto se considera importante consignar aquí lo expresado por el profesor Gerardo Reichel Dolmatoff en su libro Los kogi (tomo 1I-17- El Idioma Ceremonial. Pág. 149). “... Los kogi usan en muchas de sus canciones ceremoniales un idioma que ellos llaman Téijua, y del cual aseguran que fue la lengua de sus antepasados y de los tairona. Al recopilar una lista de palabras de este idioma ceremonial, que verifiqué luego con un gran número de informadores, pude observar que hay un evidente parentesco entre el Téijua y el idioma kogi actual.. ”
EL “PAIS DE LOS TAIRONA”
El concepto “país de los tairona” adoptado en esta novela, considerado como una unidad política, socioeconómica y religiosa, que al parecer rigió para algunos de los grupos indígenas de la Sierra Nevada, tales como los tairo (tairona), kogi, aldu-guiji, matunas, bondas, chairamas, posigiúieycas, etc., no debe tomarse con los mismos elementos de compa- ración de nuestra perspectiva “occidental” ; sin embargo, por la experien- cia en la región durante varios años del autor, estudiando el urbanismo de los tairona, y luego de analizar las diversas técnicas, sistemas, bases y normas relacionados con la arquitectura, la ingeniería y el urbanismo, se puede concluir que todo ese conjunto de expresiones sólo pudieron darse mediante la existencia de una unidad cultural, más que de una heterogeneidad. En consecuencia, en la novela El gran jaguar se adopta el concepto de “país de los tairona” o país de la Montaña Blanca (Keka- Bunkua), con la seguridad de estar interpretando mejor la verdad y la realidad de estos antepasados precolombinos.
INDICE DE PERSONAJES
TAIRONAS NAOMAS h Naoma-Kavi Muru nakubi o Sacerdote Mayor Naoma-Doa Naoma de Ponkeica Cotocique Naoma de Buritaca
Mama Ubalangui Naoma del Mal del Cerro Buritaca Mama Teyuna Naoma de Teyuna (La Ciudad Perdida) Mamanosensio Naoma de Moraca
CACIQUES
Seoname-maku Cacique de Ponkeica y Tayronaca Nomaregúey Cacique de Tayronaca Toronomala Cacique de Posigileyca
Gitamaku Cacique de Buritaca
Gama Cacique de Bonda
Hando Cacique de Betoma
Guregiiey Cacique de Cincorona
Buihona Cacique de Ulueiji
Gitogare Cacique de Chairama (Pueblito)
OTROS
Nyuba-Aluna Bama Ula-yang Meli-ang Haba-nay Sa-ang Segi-ang Nemi-yang Kankui-maku Nivemacu Lazama Malabú
Avincuo
Chole Kashín Ulaban Gula Sangama
Ubatashi-thor Conoh
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Walla
Tori
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Espíritu de Oro de los Taironas (Nyuba-yang) Esposa de Naoma-Kavi
Esposa de Seoname-maku
Mujer de Ubatashi-thor y hermana de Seoname-maku Madre de Ula-yang
Mujer del ubatashi Od
Mujer del ubatashi Tori
Mujer de Kashín
Jefe antiguo de Savijaka
Biznieto de Kankui-maku y hermano de Sa-ang Cacique Mayor de los kogi (en Mamaice) Cacique Mayor de los aldu-guiji (en Bongá)
CARIBES
Cacique Mayor de los duanabuká (La Gente del Pelícano) Emisario de Avincuo Cacique de los kashingui en Palanoa (líder oficial) Líder natural de los kashingui en Palanoa Líder de los gulamena (Arranca-brazos) Líder de los sangaramena (Arranca-cabezas)
UBATASHIS (Gente de los ojos azules)
Líder de los ubatashi Guerrero ubatashi Guerrero ubatashi Guerrero ubatashi Guerrero ubatashi
—A-kinga ma-a-a: así dijeron los Antiguos: está próximo el tiempo de Kavi-Tama.
Murmura para sí Naoma-Kavi. Sale de la nunhuañkala, casa ce- remonial, y se dirige a pasos lentos por la amplia terraza enlosada, donde en sus cuatro puntos cardinales resaltan las figuras talladas en piedra de extraños animales con cabezas, cuerpos y extremidades en curiosa mezcla de jaguares, aves y reptiles.
Es el atardecer. Dominante sobre los contornos, el lugar es bien significativo: un cono escalonado y trunco de dimensiones ciclópeas, que al servir de plataforma a la nunhuañkala, emerge sobre las copas enmarañadas de los árboles, a esa hora sonoras por el rugido de los monos de viento al despedir el día con sus voces huracanadas.
Pese a su avanzada edad, los pasos de Naoma-Kavi son seguros, conservan todavía mucha de la agilidad de otros tiempos. Con los ojos puestos en las estrellas, no necesita mirar dónde pone los pies: desde su juventud y casi a diario, ha recorrido en una y otra dirección toda la superficie de la terraza-observatorio. Llega hasta una tarima de piedra elevada en el extremo oriental, sube las tres altas gradas y se sienta en la kalauka, antigua banca ceremonial, cuyos decorados y tallas muestran algo de la magnificencia artística que hace tan célebres a los taironas.
En su rostro afilado y cobrizo, en la piel apergaminada, en los ojos hundidos de pupilas hipnóticas de carbón, Naoma-Kavi refleja la persistencia de sus vigilias para mirar el cielo y consultar las
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estrellas. Le son tan familiares todas ellas, con su parpadeo ininte- rrumpido, con sus puntos luminosos que al ser unidos en la imagi- nación forman las míticas figuras de las constelaciones: ¡Uxa... Suvalyi. Nebbshiya... Seku... Huso.. Ahu! O con sus movimien- tos, imperceptibles para quien no sea astrónomo como él. Son tantos los misterios del universo descubiertos al estudiar estos cuerpos celestes, y tantas las predicciones hechas al interpretar el mensaje de los astros, que ello le permite ser conocido en la Sierra Nevada como el Naoma muru nakubi, el sacerdote mayor de los taironas.
Esta noche sus ojos no siguen el esplendor solitario de Enduksama, el hijo del Sol; ni la dirección hacia Mu, el Oriente, señalada por el Jaguar Largo Neb-Siji; hoy, tampoco quiere adivinar los peligros que pueden sobrevenir al Mundo cuando la cola de Seikuchi-Nugi, el Alacrán, intensifica su brillo. No: esta noche evitará augurar las veleidosas intenciones de las mujeres de Surli, el Sol, y por un tiempo sólo tendrá ojos, sabiduría y pensamiento para buscar al Gran Jaguar, a Kavi-Tama, del cual deriva.su nombre jerárquico y es razón de todas las acciones de su vida.
Sentado en la kalauka, muy erguido, Naoma-Kavi sostiene entre sus manos el bastón-calendario de sa-xavalda, labrado en fina y pulida madera negra, rematado por feroz cabeza de felino con los colmillos cruzados, obra magnífica de los orfebres taironas, de an- tigúiedad remontada a tiempos de leyenda. Sobre la delgada caña pulida de este bastón, y lo recuerda como si acabara de ocurrir, vio hacer a su antecesor esa pequeña muesca que, exacta como las otras allí grabadas, además de testificar la gran anterioridad del bastón-ca- lendario, señalan una y otra vez el paso periódico por el cielo de la estrella del Gran Jaguar, después del transcurso de ciento cincuenta y dos solsticios más. Entonces él era muy joven, apenas un kuivi, aprendiz de naoma; y por ello recibió de su maestro, además del nombre que hoy lo distingue y enorgullece, el encargo de registrar la próxima aparición de Kavi-Tama, para predecir los grandes suce- sos que suelen ocurrir en el Mundo, a su paso por el firmamento.
Sin dejar de atisbar a lo alto, Naoma-Kavi busca entre esa miríada de estrellas, cuerpo luminoso de la inmensa Avenida de los Cielos: en algún punto de ella, agazapado, al acecho, escondido todavía, debe estar Kavi-Tama; y mientras se esfuerza por descubrirlo, él, el sacerdote mayor, el Naoma muru nakubi, pasa una y otra vez las
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yemas de los dedos por el negro y fino bastón-calendario, y al hacerlo siente una fruición especial, una conciencia que lo libera de su realidad presente y corporal, y lo transporta a una dimensión en el tiempo, sin límites hacia el pasado y el futuro, y le infunde poderes de sorprendente sabiduría.
Para la medianoche, con los miembros ateridos por el frío que baja de los nevados, se incorpora y vuelve sus pasos a la nunhuañ- kala. Levanta la cortina de piel de danta y entra al bohío acompañado de la brisa helada, proveniente de las lejanas cumbres: se avivan de incandescencia las brasas de los cuatro fogones sagrados, símbolos de los primeros hijos de Haba Séinekan, la Madre Universal; de la oscuridad emergen en medio de rojos resplandores los enormes e inclinados postes de laurel, estructura principal del templo tairona, abrazados por círculos de majagiito, representación de los cuatro Mundos míticos superiores. Naoma-Kavi da un vistazo al interior de la nunhuañkala, se dirige sin vacilar al montón de vasijas ceremo- niales, toma una de ellas, bebe con ansiedad su contenido: cierra los ojos... le estallan luces en la cabeza; y como otras veces sucede al escanciar ese líquido virtuoso y mágico, salado y tibio, con sabor y consistencia de savia o de sangre, lo asaltan visiones...
Estoy rompiendo el tiempo: retrocedo a un pasado sin fronteras de dioses y fuerzas creadoras: veo relámpagos y truenos cósmicos: surgen y adquieren contornos definidos: multitud de seres debatién- dose entre avalanchas de rocas ígneas, convertidas luego en cascadas de agua, fragorosas, en desbordamientos de semillas y frutos, en estampidas de animales, en nubes ululantes de aves, en ciclones de estrellas apretujadas en el firmamento, para formar la inconmensu- rable Avenida de la Luz. Y, sobre todo ello, entre cantos y danzas, voces y conmociones telúricas, distingo a Haba Séinekan, La Madre, la Gran Creadora, con su cuerpo desnudo y vital, que se yergue gigantesca como la misma Sierra Nevada, con sus formas generosas y el rostro plácido, de párpados semicerrados y sonrisa enigmática. Y de ella, a manera de ropajes, miro cómo se desprenden las vertien- tes de las montañas, y los ríos, y los valles.
Algún tiempo después Naoma-Kavi torna a salir de la nunhuañka- la, regresa a la kalauka y a sus observaciones astronómicas. Cuando Munseishi, el Amanecer, comienza a insinuarse por Mu, la rigidez momentánea en la postura del sacerdote parece romperse: salta una
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y Otra vez, levanta y agita los brazos descarnados, sus facciones hieráticas adquieren iluminada expresión, de sus labios escapa un grito: las mismas uauhú, las lechuzas, se sobresaltan: es que en las alturas infinitas, casi en aluna-kaka, el cenit, entre sus parpadeantes constelaciones.. allá, cruzando por medio de Uxa, las Pléyades, ha creído divisar el resplandor alargado distintivo de Kavi-Tama, la Estrella del Gran Jaguar.
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Cuando nyuiji, el murciélago, visita esa noche a Ula-yang y le chupa la primera sangre, la muchacha tairona comprende que desde ese momento su vida ya no será la misma: ahora es mujer de verdad y entrará a formar parte del ciclo vital de la naturaleza; ahora ella será como una imagen pequeña de Haba Séinekan, Creadora del Universo, principio del Mundo y de la Sierra Nevada. En el fondo de su alma, al saberse con poder hacedor de nuevas vidas, Ula-yang siente una grata sensación, una fuerza naciente acompañada de ilu- siones y expectativas.
Y llega Munseishi, el Amanecer: aquí y allá se escucha el estri- dente griterío de kua, la guacamaya roja, habitante en los bosques de contorno al pueblo tairona de Ponkeica. Ula-yang, orgullosa por sentir esa presión dolorosa en su vientre, se incorpora del camastro de esteras y pieles, con movimientos silentes se desplaza por el recinto circular de la nunhúe, sale y se deleita al respirar el aire mañanero: brisas salobres y tibias del mar, mezcladas con vientos fríos bajando de las cumbres nevadas.
Las gentes de Ponkeica aún duermen. En sus linderos, escondidos entre las espesuras que cubren las colinas de los alrededores, forman un cerco estratégico los centinelas del cacique de la comarca, Seo- name-maku: día y noche, sin descanso, protegen al pueblo contra los ataques sorpresivos de los enemigos de los taironas, venidos de tierras y mares lejanos, ahora establecidos en algunos parajes de la franja litoraleña, cerca de las bocanas de los ríos, para disputarles su territorio y la libre salida al mar, además de robarles sus mujeres.
Desde la llegada de estos intrusos, entre quienes están los comba- tivos ubatashi, de curioso aspecto por su cabello rubio, piel blanca
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y raros ojos azules; o los intrépidos y sanguinarios sangaramena, también conocidos como arranca-cabezas; o los aguerridos y antro- pófagos gulamena, apodados arranca-brazos, ambos temidos por las torturas a que suelen someter a Sus prisioneros; o los audaces € inteligentes kashingui, con sus portapenes de caracol de mar y pe- nachos de plumas, la paz antes reinante en las regiones de la Sierra Nevada y en cercanías a Nyi, el Mar, se ha visto alterada como en ninguna otra ocasión. Debido a ello los naomas consultaron las estrellas, invocaron a los Padres y Dueños, todopoderosos hijos de La Madre, dieron encargo a los caciques de levantarse en armas, vigilar las fronteras y prepararse a la guerra.
Con pasos ágiles, Ula-yang baja hasta la tukua: sigue la ancha y pendiente gradería que viene de las grandes terrazas, donde se efec- túan reuniones públicas: la escalera remata con sus losas talladas al borde mismo del curso de agua, sitio donde hay una poceta para las abluciones presididas por el Naoma-Doa. AMí, lajoven se despoja de la túnica de algodón con incrustaciones de pedrería, de los collares de cornalina y jadeíta, de las pulseras y ajorcas de oro y cuarzo, e imprime a sus ademanes sentimientos ineluctables de novedosa ad- miración hacia sí misma: se frota fugazmente los senos y el vientre, se sumerge en las aguas a esa hora tibias, permanece como en éxtasis, los ojos fijos en las distantes cumbres nevadas, respira profundo, sus pechos erectos apuntando a La Madre, las manos bajo el agua. y sobre su cuerpo concientizando sus nuevas formas; y las facciónes hasta ayer signadas por gestos infantiles, con un aire nuevo, especial, de mujer completa, atractiva, exuberante: imagina en los arreboles que pintan el amanecer, una concordancia con el reciente estado de su ser integrado a la divinidad creadora y procrea- dora. Y desde ya empieza a soñar con Nyuiji-Hube, la Casa del Murciélago, donde será desflorada.
Cuando Surli principia a correr su luz sobre las copas de los árboles, sale de la quebrada, cubre su cuerpo con la túnica blanca y se coloca otra vez las alhajas. Para entonces la asalta la impresión de ser observada: se vuelve y descubre al viejo naoma de Ponkeica, contemplándola con rostro sereno € inmutable, desde su trono de enormes sillares; pero no es el anciano quien aviva su interés: es su acompañante, de tiempo atrás centro de sus secretos deseos, joven, admiración de doncellas no sólo del pueblo, sino de las regiones
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circunvecinas: es Seoname-maku, el Jaguar Negro, aguerrido y nuevo cacique de Ponkeica, convertido por su valor en las luchas contra los enemigos de su raza, en héroe de esta región, ahora acuclillado al lado del Naoma-Doa y de su trono: también la mira con fijeza, en actitud quieta, los músculos tensos, blanqueándole los dientes; ve en él una semejanza con la postura de los jaguares antes de arrojarse sobre sus presas en la selva.
Los ardientes y hambrientos ojos de Seoname-maku se cruzan con los provocativos y sensuales de Ula-yang: se atraen con intensas miradas y el naoma de Ponkeica las sabe elucidar: ve al poderoso jaguar negro de Keka-Bunkua, la Montaña Blanca, saltando sobre los finos y nerviosos flancos de segi, el venado. Con ademán signi- ficativo y trascendental, el viejo sacerdote levanta los brazos, los agita, hace sonar sus pulseras de cuentas de cuarzo y figuritas de oro, su mirada está fija en los picos nevados cuando pronuncia sentencioso: E
—Haba Séinekan ha expresado su deseo: Seoname-maku y Ula- yang intercambiarán kaggaba-kuitsi; y arlunyi Nyuiji-Hube: se ama- rán en la Casa del Murciélago.
Desde ese momento Ula-yang es gaya, prometida del Jaguar Negro.
Por la noche, con gran ceremonia y en presencia de los habitantes de Ponkeica, Ula-yang recibe del Naoma-Doa, como sewá o amu- letos de la iniciación, un volante de huso en piedra de basalto negro decorado, una afilada aguja de oro, y la ebbi-kuitsi, roja piedra de cornalina sin perforar, símbolo de la primera menstruación. Por su parte, Seoname-maku guarda en una mochila de algodón atada al cuello, la piedra-akatu, el sewá del acto sexual: con ella, en el momento debido, hará ofrendas a Takan-kukui, Padre del Semen, y a Arldaul-due, Padre de la Piedra-Coito.
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Las cuatro naves de alta y esbelta proa rematada en espiral, semejan grandes y adormilados pajarracos flotando en la inmensidad del
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océano, ahora con apariencia de espejo por la prolongada quietud de las aguas a través de toda la última fase de la luna.
Rodeados de una bruma asfixiante, cálida y pegajosa, que en el día limita toda vista sobre el horizonte, y en la noche impide con- templar el mapa de las estrellas, los viajeros permanecen somnolien- tos, estáticos como sus embarcaciones, a la espera de la voz del viento: ella será la señal para recobrar su incansable actividad y continuar la travesía, unos empuñando los cuarenta remos dispuestos a babor y a estribor, otros aparejando la gran vela de forma e insignia ya reconocida en los mares del Norte, como de la expedición de Ubatashi-thor.
Un cielo plomizo, de nubes bajas, impropio de aquellas latitudes, hurta su atractivo color azul a las aguas del océano: parece con sus tonos grises, más propio de las lejanas regiones de donde son origi- narios estos navegantes de ojos azules, ahora, y quizás por primera vez, visitantes del Mar Caribe.
Comienza a oscurecer y el cielo continúa encapotado. Se aprestan a Otra noche de inmovilidad y sofoco en ese mar vuelto un raro espejo líquido. Sólo los capitanes de cada navío permanecen en vigilia, atentos y con la esperanza de un poco de viento que corra las nubes y les permita ver las estrellas; así podrán ubicarse dentro de esta inmensidad oceánica. ¿Acaso alguna desconocida corriente marina los habrá desviado de curso, desde cuando los encerró la bruma y quedaron prisioneros en esta interminable calma?
En su larga espera, fundido como una escultura de bronce a la banca empotrada con espigos de arce al puente de mando, Ubatashi- thor distrae su mente con los recuerdos...
Desde cuando partí de mi país, he tocado tierra en muchas costas. Sobre estas apartadas comarcas del Poniente, ya tenía noticias escu- chadas a algunos audaces aventureros, así fueran referencias desdi- bujadas por la exageración de las fábulas y las leyendas; debido a ello, poseído de incontenibles deseos por desentrañar la verdad a este lado del mar, reuní y aparejé cuatro barcos, me aseguré de su capacidad de carga y flotación, con cuarenta remeros cada uno, crucé el océano y llegué hasta donde ya otros adelantados habían puesto pie en Tierra Firme. Con todo, no me sentí satisfecho de admirar los paisajes o conocer a las gentes del Norte: quería seguir adelante: hacer lo que ninguno se había atrevido: y bordeé costas
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antes nunca visitadas, siempre hacia el Sur, hasta encontrar climas cada vez más cálidos, vegetaciones exuberantes, fauna de una varie- dad pasmosa... ¡Era el prodigio del Trópico! ¿Un nuevo mundo?
El bamboleo repentino del barco lo arranca de sus pensamientos y lo pone en alerta: siente el soplo de la brisa en el rostro, y en la
lejanía un rumor apagado, sordo, en aumento. Se incorpora. Cono- cedor de los caprichos del mar ya sabe de las tormentas siguientes a las grandes calmas oceánicas.
Apenas tiene tiempo de aprestar a la tripulación para el combate con la naturaleza, cuando ya está sobre ellos la tempestad: viento huracanado y horrísono, relámpagos iluminándolo todo de blanco, lluvia copiosa, escándalo de truenos desencadenados en una oscuri- dad compacta y sucesiva. Y ese oleaje, monstruo en libertad, que los trae y los lleva, que los levanta y los sumerge.
Como una pesadilla entre el rugir de la borrasca, aferrado con desespero a la caña del timón, escucha las voces de sus hombres, de sus compañeros. iracundas, esforzadas, y al final clamando con desespero. De pronto, ante sus ojos, los relámpagos le descubren la cercanía peligrosa de otra embarcación: los remos se entrelazan como dedos, se quiebran, se rompe la madera con el choque... los envuelven surtidores de agua, astillas que vuelan, gritos de náufra- gos, olas, cataratas de espuma, simas, montículos líquidos... todo lo sacuden y producen vértigo. Es el fenómeno embravecido del mar, en medio de ininterrumpidos resplandores.
Con el amanecer viene la calma. Acá y allá, flotan dispersos los restos del naufragio: trozos de madera, velámenes aún con los cor- deles amarrados, paletas de remos, arcones de abeto forrados de cuero, cabezas de sobrevivientes perdidos en la inmensidad acuática.
Se reagrupan... reúnen restos de navíos posibles de serles útiles, improvisan balsas y trepan a ellas; unos a otros, doblegados por el impacto de la tragedia, se reconocen: más de un centenar fueron devorados por las aguas.
Sale el sol. Les calienta y reconforta los miembros ateridos. El cielo está otra vez limpio y las aguas de un hermoso color azul. Cuando levantan la vista hacia el Sur, la línea imperturbable del horizonte marino se ve recortada por un espléndido paisaje de tierra firme. La congoja se transforma en esperanza... y por primera vez
PURA ORAROA
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divisan las cimas de Keka-Bunkua, la Montaña Blanca, destellante de claridad como si estuviera coronada de diamantes.
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Ubatashi-thor recorre la playa con mirada rabiosa y desesperada. La arena gruesa, revuelta con hojuelas de mica, corales y conchas, cruje al paso de sus impacientes zancadas de prisionero, en una tierra convertida en la cárcel más inconcebible: no tiene paredes, ni rejas, los horizontes pueden ser infinitos, pero les ha sido imposible escapar.
La cabellera rojiza y la barba tupida se le llenan de reflejos de sol y hacen ver más bronceada y velluda su piel. Tiene el ceño fruncido, los labios apretados, los ojos azules iracundos cuando mira hacia el Noreste, al lejano horizonte marino curvado: por allá, llegó acompañado de dos centenas de hombres y ahora apenas si pasan de cincuenta.
Como jefe de la expedición y avezado navegante, es tal vez el único de los sobrevivientes con posibilidades de encontrar la ruta del retorno, si algún día pueden disponer de un barco para cruzar el océano. Pero con el curso del tiempo y de los acontecimientos, esta eventualidad se está volviendo remota. Con la llegada de la noche, abrumado por la realidad, el solitario líder de los ubatashi se encamina pensativo al grupo de chozas levantadas a un centenar de brazas de la orilla marina, a la vista de la desembocadura de un caudaloso río llamado Hukumeiji por los nativos de estas costas. Allí mismo, al pie de las rústicas edificaciones, para no dejar perder la esperanza de regresar algún día a su país de origen, ordenó iniciar la construcción de una nueva nave. Pero esta empresa sólo sirvió para romper en poco tiempo la armonía con los taironas; y como si acabara de pasar, recuerda el primer encuentro con los naturales...
Los vimos aparecer en el lindero del bosque, recelosos primero, curiosos después, portando sus largas lanzas de madera negra casi tan dura como el metal, y esos potentísimos arcos que requerían gran fuerza y destreza para usarlos. De menor estatura, musculosos, piel cobriza-amarilla, el distintivo característico eran sus cabellos y ojos color de carbón. De eso ya pasó mucho tiempo: habíamos
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hecho amistad con los indígenas y pudimos visitar dos de sus pobla- dos más cercanos: Aldagúiji y Savijaka, situados adentro de la bo- cana; allí conseguimos hachas, así fueran de piedra, y otras herra- mientas para derribar árboles y sacar las primeras piezas de madera; también adquirimos telas para los velámenes e hilo indispensable en la fabricación de cordelería. Los aborígenes eran hospitalarios y generosos. Lo que no estuvo dentro de nuestros propósitos fue cómo reaccionaríamos a la vista de las nativas, hermosas, de piel canela, ligeras de ropas y adornadas con abundancia de alhajas. Ese día, de regreso a la soledad obligada de nuestras chozas, la tentación por volver a probar goces carnales con las mujeres se convirtió en apremiante obsesión: yo mismo no quería resistirme.. así, al actuar con precipitud, temiera cambiar en rechazo la aceptación hasta ahora brindada por los taironas. Esto lo argumenté en forma vehemente en reunión convocada por los más excitados: no quisieron oírme: —¡Necesitamos mujeres! —contestaron a mis consideraciones: las razones no valieron: se desconoció la autoridad, se violaron las normas acordadas para sobrevivir en esta tierra extraña, se forjó un precipitado plan de asalto a las aldeas cercanas... Así yo me negara a ser parte de la expedición, ésta se ejecutó al amparo de la noche: armados con lanzas, cuchillos de macana y hachas de piedra facili- tadas por los mismos naturales, se realizó con éxito: ellos no espe- raban tal traición de nosotros: fueron secuestradas cerca de medio centenar de mujeres y se dio muerte a los hombres que intentaron oponerse y defenderlas.
Ya de regreso al campamento las sortearon en improvisado y bullicioso festín. Sólo yo, por mi condición de caudillo principal, gocé el privilegio de escoger a gusto entre las prisioneras. Desde entonces y a partir de este hecho, la supervivencia se tornó azarosa en extremo: la construcción de la nave quedó estancada, porque se hizo necesario consagrar tiempo y energía a la erección de un cercado para brindar la indispensable protección al lugar. Por eso ahora gran parte de nuestra gente permanece en guardia, alerta contra los con- tinuos ataques de los indígenas. Las expediciones de caza, recolec- ción, pesca en el mar o en el río, se volvieron riesgosas. Algunos de mis hombres han caído asaeteados, y el futuro lo veo cada vez más incierto.
Ubatashi-thor se detiene ante la abandonada armazón del navío
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en proceso: se alza y blanquea como gigantesco esqueleto arrojado allí por un insólito mar de leva. Ahora, en su soledad y deterioro, recuerda la existencia lejana de su país, de sus aguas frías, de los cielos grises pintados de auroras boreales, de su vegetación oscura que, tal vez, jamás volverá a ver.
El día está en su final. Los últimos rayos del sol espejean con tonos dorados en el ruidoso y revuelto oleaje, al embatir contra los playones. Su fragor le evoca el fatídico naufragio en el Mar de las Escolleras. Ubatashi-thor suelta una imprecación, colérico mira el alto cerco de protección a las chozas de su aldea, rudimentaria arquitectura rectangular tan diferente a los nunhúes, bohíos circulares de los habitantes de Keka-Bunkua. En las cuatro esquinas de la fortificación, ensartadas en lanzas de macana, lucen las cabezas descarnadas de los enemigos capturados o dados de baja en las continuas refriegas.
—¡Esta es una despiadada guerra a muerte! —murmura entre dientes y tiene para sí y. su gente un reproche por haber cedido a la tentación de robar las mujeres. Fue un daño sin reparo.
Desde entonces, los aborígenes no pierden oportunidad de acosar- los y hacerles la vida difícil y precaria.
Cuando la noche comienza a envolverlo todo, cree distinguir los movimientos sigilosos de sus adversarios: se corren a la sombra de los almendros y los trupillos. Para evitar ser sorprendido, Ubatashi- thor acelera la marcha, entra al ámbito cercado del campamento, los guardias cierran presurosos la puerta, apenas con el tiempo justo para evitar lo alcancen las flechas envenenadas: acompañadas de gritos guerreros, se clavan vibrantes en los maderos.
Sopla la brisa, trae rumores del mar. En el recinto de los ubatashi alumbran las fogatas y se ven cruzar ante ellas las siluetas atemori- zadas de las mujeres: llevan a los niños al interior de las chozas para evitar la lluvia silbante de las saetas, con su olor nauseabundo por el mortal veneno. Los hombres, con las rodelas sobre las cabezas, se agazapan sobre las plataformas defensivas, desde donde repelen los ataques. Desafiantes alaridos rubrican otro día de ataques y sobresaltos.
Ubatashi-thor corre y entra a su vivienda. Desde un rincón lo observa su mujer nativa. Por su rostro pasan sentimientos encontra- dos. En los brazos sostiene un chiquillo de cabello liso y castaño,
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ojos grises y hermosa piel satinada; sin saberlo, el pequeño tiende un puente de comprensión entre dos seres, pertenecientes a mundos distintos.
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Seoname-maku, jefe Jaguar Negro, y su prometida o gaya, Ula-yang, libres, risueños, entusiastas, avanzan sin prisa por el sombreado y ancho camino, que al seguir el filo tendido de la montaña habrá de llevarlos hasta Haggi-Ateima, la cima mayor, la piedra grande y negra, dominante sobre todos los contornos: el picacho es uno de los lugares donde en determinadas épocas del año fija su residencia Naoma-Kavi, el sacerdote mayor de los taironas, con mando sobre todos los otros naomas del país. Ante él deben presentarse Seoname- maku como cacique de Ponkeica, y Ula-yang, su prometida, para recibir el beneplácito que les permita realizar los coitos ceremoniales en Nyuiji-Hube, la Casa del Murciélago.
Esa mañana, tan pronto aclara, Seoname-maku se presenta a la puerta del nunhué de Ula-yang; ella ya lo espera y no se sorprende de verlo sin sus imponentes atavíos de cacigue: reconoce satisfecha que así, casi desnudo, apenas con un taparrabo como vestido, se ve más joven y apuesto, más cercano a ella, más acorde con sus mutuos sentimientos.
—Vamos, el Naoma-Kavi nos espera.
Se miran uno a otro, con afecto y aprobación, hirviéndoles la sangre en deseos. Le tiende Seoname-maku las manos, Ula-yang le entrega las suyas.
—Sí... vamos.
Sonríen. También ella se ha despojado de sus alhajas. Para dedi- carse a los coitos ceremoniales sólo requieren de la capacidad de amarse, de la vitalidad de sus cuerpos y de la aquiescencia de Haba Séinekan, la Madre Universal. Así, ligeros de ropas, con agilidad y alegría de juventud, a la vista de las gentes de la ciudad, echan a andar por el camino-gradería que habrá de llevarlos hasta las afueras de Ponkeica, donde cruza una ruta a la Serranía, con sus
lomas negra rectos ascen todo prote; En moch vetea. pana, por c Con | gigan cuanc tuber labor pupil se rec yang. Cu a lap aguas Kaxs ción umbr vitali y hor al ka y qu se cc cuerr
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lomas cubiertas de espesa selva y rematada en la descomunal y negra Haggi-Ateima. El sendero se desarrolla en tramos largos y rectos de suave pendiente, alternados por otros cortos de brusco ascenso, donde la calzada se transforma en zigzagueante escalera, todo el tiempo bajo el palio fresco y tupido de los árboles que protegen de los ardores de Surli, el Sol.
En el lindero de la selva los dos prometidos se detienen: de las mochilitas de mulda sacan dos kalgua-kuitsi, cuentas tubulares rojas veteadas de negro, sewás, que servirán para hacer ofrendas a Kanin- pana, Padre de los Arboles, y a Kaldyikukui, Madre de las Plantas, por cuyos dominios deben pasar para llegar hasta Haggi-Ateima. Con los amuletos en las manos miran a su alrededor en busca del gigante mitabvi, el caracolí, o de la corpulenta seijua, la ceiba; cuando los descubren, van a ellos, se hincan, cavan entre Sus pro- tuberantes raíces, dejan allí las rojas y brillantes cuentas. En esta labor ritual sus manos se entrecruzan, sus rostros se aproximan, las pupilas los hipnotizan, se les encienden los deseos: Seoname-maku se recrea al enredar los dedos en el largo y sedoso cabello de Ula- yang, o en correr las manos sobre su piel caliente y tersa.
Cuando el deber los hace sobreponerse al llamado que los incita a la posesión, buscan el nacimiento de tukua, la quebrada, y en sus aguas dejan caer una pequeña cuenta de cristal de roca, ofrenda a Kaxshikuama, Madre de los Arroyuelos; y abrigados por una sensa- ción no conocida hasta ahora, se internan a través de los parajes umbrosos. La marcha es lenta, sin prisa, recreados con la explosiva vitalidad de la vegetación, incentivo al calor que abrasa Sus COrazones y hormiguea con estímulos de delicia por toda la piel. Cuando ven al kauxau, bejuco ojo de venado, de bellas flores rojas, estrechando y queriendo asfixiar el tronco de taiji, el guayacán, ellos a su vez se contagian, se enlazan, se acarician, se descubren secretos del cuerpo y se olvidan en el tiempo.
—;¡Nagluñi, Ula-yang! — ¡Te quiero!
Ya no les importa la distancia por recorrer para llegar donde el naoma.
—¡Y yo a ti, Seoname!
Otras veces se detienen, apenas tocándose con la punta de los dedos, y se extasían con el revoloteo iridiscente de los sindulyi, los colibríes, entre el prodigio multicolor de las flores; con las acrobacias
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de las picarescas hibaxa, ardillas de empenachada cola anaranjada; o con las grandes mariposas azules. Cuando la penumbra de la espesura comienza a ser menos densa, advierten la cercanía de Haggi-Ateima. Se miran excitados, se dan un último y prolongado beso, se prodigan fugaces caricias, sin soltarse de las manos, aceleran la marcha. Entre las ramas, como una alegre y policroma despedida, castañuelea con su enorme pico uassal-dei, el yátaro, o repiquetea bin, el pájaro carpintero-penacho rojo. Aquel día y como nunca antes, la vida ha sido para los jóvenes enamorados un portento de sensaciones. Agradecidos dan una mirada final a la selva, coronan las últimas eminencias de la Serranía y salen a un claro, donde sin impedimentos calienta Surli con todo su intenso esplendor de trópico. Ahora, frente a ellos y como la mayor altura de la montaña, se alza Haggi-Ateima, la piedra grande y negra de flancos escarpados, que deberán escalar para cumplir su cita con el Naoma-Kavi.
Sin pensar en detenerse más, por una senda tallada en la roca, inician el ascenso aferrados a las rugosidades de la piedra para no caer en el abismo. Cuando alcanzan la cima, se abre a sus ojos el panorama de los contornos patinados con rayos dorados de atardecer. Nunca antes habían estado allí y se pasman con la vista del horizonte marino dilatado en incendios por Mamashkaxa, la Boca de Fuego, el lugar donde se acuesta Surli, nace la noche y se quema el agua sobrante del Mundo. Luego se vuelven a mirar hacia el Sur, hacia Noa-Nashika, de donde viene el calor sexual, y quedan todavía más admirados: allá en las alturas, bajo un cielo pintado con tonos vio- letas, están los picos de hielo, morada sagrada de Haba Séinekan. Entonces, en forma espontánea, reflejado en los ojos el amor, Seo- name-maku y Ula-yang se hincan de rodillas y ponen la frente sobre la piedra del piso, en gesto de veneración hacia la Madre Universal.
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Así los encuentra el poderoso Naoma-Kavi, quien a la llegada del atardecer abandona su refugio entre los peñascos de Haggi-Ateima, donde dormita durante las horas del día, porque en las noches es imperiosa la vigilia, la meditación y la mirada a las estrellas. —Los esperaba: Naoma-Doa de Ponkeica me avisó su llegada.
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Seoname-maku y Ula-yang se incorporan, lo miran con respeto, no extrañan que, aun sin visitarse personalmente, los naomas puedan comunicarse cuanto deseen y necesiten: tales sus poderes mentales y de telepatía.
—Hánchika —saludan a un tiempo los jóvenes y se inclinan reverentes.
Los ojos del viejo, pese a su penetrante mirada, tienen una expre- sión afectuosa, no concordante con el resto de sus facciones hieráticas y rígidas, ni con sus ademanes solemnes e intimidantes.
—Uá, uá —contesta, y esboza por fin una sonrisa.
Con su: andar estudiado echa a caminar en dirección al refugio rocoso, compuesto por un saliente adaptado a recinto triangular, abierto en uno de sus vértices para permitir el acceso. En la penumbra de su interior, acurrucada frente a una fogata, está Saxa, la mujer del Naoma-Kavi, tan vieja como él, ocupada en la preparación de alimentos y brebajes mágicos; se vuelve a mirarlos, hace un gesto de bienvenida, y en las pupilas chispea una luz que sólo Ula-yang, como mujer, sabe entender.
Por invitación del sacerdote, Seoname-maku toma asiento en una de las banquitas de madera tallada, que con unos cueros son el único mobiliario; el viejo hace otro tanto y se queda mirando fijo a Saxa, su mujer de toda la vida, a quien ya no necesita hablarle para que capte sus pensamientos. Ula-yang muestra simpatía y atención para con la anciana, se apresta a colaborarle, y entre las dos sirven a los hombres porciones de hongos, caracoles, jiju secos o pescaditos de río, y tubi fritos o larvas de cucarroncitos, en platos de cerámica negra muy pulida y decorada, distintiva de los utensilios ceremonia- les de los naomas.
En silencio, mirándose unos a otros, saborean la frugal comida. Cuando terminan, Saxa y Ula-yang ofrecen en sendas copas un líquido espirituoso: lo beben en cortos sorbos y otro tanto hacen ellas. Tan pronto consumen el licor, ya la noche está afuera, acom- pañada por la fosforescencia de las luciérnagas, el croar millonario de las ranas, los gritos intermitentes de las uauhú, las lechuzas, y los cantos sugerentes de los guacaó, pájaros negros de la oscuridad: con estas voces nocturnas se cuela por la estrecha entrada del abrigo una brisa tibia y salobre: aviva las brasas y en ellas se concentran las miradas de los presentes; sienten los efectos de la bebida igual
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a un calor repartido con celeridad por el cuerpo; y se transportan a otra dimensión, no física sino mental: ninguno despega los labios... no lo necesitan para iniciar esa curiosa conversación telepática pro- movida por el Naoma-Kavi. Seoname-maku y Ula-yang hacen con- fesión y reciben consejo para su vida, a partir de los coitos ceremo- niales en Nyuiji-Hube. Luego, llevados por los extraordinarios po- deres mentales del sacerdote, emprenden un vertiginoso e inconce- bible viaje a los primigenios tiempos de la humanidad, a las regiones legendarias de las Lagunas Sagradas en el pie mismo de los nevados, donde en el primer horizonte todo comenzó: ¡Todo!... Cuando sólo había agua: agua y mucha agua. Y todo era noche porque no existían Surli, el Sol, ni Saxa-ti, la Luna; ni gente, ni animales, ni plantas. ¡Nada!... Pero el agua ya estaba allí, en todas partes, en el aire, en las nubes y después en el mar, en los ríos, en las lagunas. En ese entonces el mar era La Madre. Ella era pensamiento: Ella era memo- ria: Ella era espíritu de lo que iba a venir. Y tomó cuerpo. Y era una mujer. Y su mirada fue día. Y su aliento fue viento. Y su saliva, y su sudor, y sus lágrimas, fueron ríos. Y su menstruación fertilizó la tierra... Y tomó en sus manos a doana, el palillo del poporo, y con él se fecundó, una, dos, tres, cuatro, muchas veces. Y así nació Sintana, Señor del Fuego y Dueño de los Animales; y así nació Seijankua, Señor de los Temblores y Dueño de la Tierra y de las Plantas; y así nació Sehukukui, Señor de la Noche y Dueño de las Sombras; y luego nació Kunchavita-ueya, Señor del Trueno y Dueño del Agua.. Y posteriormente concibió a sus hijas Jalyubang, Mul- kuavandyang, Mulkuaneyumang y Kulchavisang, para que cohabi- taran con ellos y poblaran la Sierra Nevada. Y a todo el mundo.. a todo.
Para medianoche Seoname-maku y Ula-yang tornan a la realidad. Y mientras en un rincón del refugio Saxa instruye a la muchacha sobre el comportamiento a seguir en sus relaciones con el cacique de Ponkeica, éste sale en pos de Naoma-Kavi hacia la cúspide de Haggi-Ateima, a donde se accede por unos peldaños tallados en la roca. Allí, como curioso remate, resalta a manera de escultura la kalauka, banca de piedra con adornos laterales de cabezas empluma- das de paujil con fauces de jaguar. Sentado en ella es donde el sacerdote, noche a noche, hace sus observaciones astronómicas, analiza las conjunciones estelares, y ahora sigue atento, con pasión
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y deleite, la aparición y los movimientos de Kavi-Tama, la estrella del Gran Jaguar.
Con ademanes pausados y seguros, expresión suma de satisfac- ción, Naoma-Kavi toma asiento en la banca e invita al cacique a situarse a su lado; levanta la vista a las estrellas, a un punto deter- minado, extiende uno de sus descarnados brazos y explica:
—Allá está... allá viene... ¡Kavi-Tama!
Seoname-maku sigue con ojos ávidos la dirección señalada por el sacerdote: entre la miríada de puntos luminosos advierte uno diferente, alargado, una pincelada de luz, resplandeciente en tonos blanco-azules. Sí que es una estrella distinta... y su cauda la convierte en el cuerpo celeste más hermoso de la noche.
IV
Porque Meli-ang y las otras mujeres raptadas sabían qué deseaban de ellas los ubatashi.. les entregaron sus cuerpos. Estos invasores, de pronto actuaban como los sangaramena o los gulamena, quienes trataban bien a las mujeres taironas, en comparación con el destino cruel deparado a los hombres: de ahí su apelativo de arranca-cabezas O arranca-brazos.
Así fueran tan distintos en su físico y con unos hábitos diferentes a los suyos, las mujeres se dieron por satisfechas con el comporta- miento de los extranjeros de cabellos rubios, quienes solían ser en sus actividades diarias unos seres taciturnos y con frecuencia agre- sivos, en especial si miraban al mar en dirección a Mu, por donde nace el sol; en cambio, cuando estaban en intimidad con ellas, se tornaban sonrientes, juguetones, y en el amor eran de nunca acabar, con formas sorprendentes para seducirlas y complacerlas. Ello con- tribuyó a que las cautivas dejaran de extrañar su vida anterior entre los de su raza.
Esta disposición favorable de las taironas hacia los ubatashi, vino desde cuando se presentaron de visita en los poblados de Aldagúiji y Savijaka, y se sintieron atraídas por sus esbeltas figuras de piel clara y cabello gauksé, color de fuego, o por esas miradas azules,
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curiosas con cuanto los rodeaba, hambrientas cuando se posaron en ellas.
Después, una noche irrumpieron en sus pueblos con la fiereza silente de los kaxshigugulu, los jaguares rojos de la selva: no tuvieron contemplación hacia los hombres, y en acción traicionera e injusti- ficable no aprobada por ellas, dieron muerte a quienes se les opusie- ron. Con todo, sintieron una secreta complacencia: el rapto implicaba ser poseídas por los enviados del Padre Sintana, Dueño de la Luz y del Día, según la creencia enseñada por los naomas.
Es la noche. Recostada en el pecho de Ubatashi-thor, Meli-ang acaricia su piel velluda de kaxshigugulu. Con interés y curiosidad le oye narrar historias de su país, descritas con lujo de detalles, así él, al hacerlo, no pueda impedir la tristeza y la nostalgia ahogándole la voz. Por suerte ama a su mujer tairona, lo único grato en su nueva y precaria vida; y como ella ha aprendido su idioma, siente gusto de contarle sobre el mundo de donde vino; y también, porque al hacerlo y así sea mentalmente, vuelve a visitar su tierra de origen, a sus familiares, a sus amigos. Luego vendrá la compensación: en la medida en que Meli-ang perciba su congoja, se la ahuyentará volviéndose atrevida e ingeniosa en sus caricias; y él podrá devolvér- selas con creces, recorrerá con manos y besos toda su piel nativa, descubrirá sus intimidades, la sentirá incendiarse, palpitar, gemir por los deseos de la entrega, la poseerá en secuencias interminables. .
y en el éxtasis alocado del amor, podrá tirar por la borda, como lo hace todas las noches, su vida pasada. Así, en el tibio silencio de la madrugada, con el rumor de las olas llegando en la distancia, Ubatashi-thor reconoce que la felicidad sólo está dada para él en este presente placentero.
En otras ocasiones los relatos están a cargo de Meli-ang, para informar a Ubatashi-thor sobre el País de los Taironas: le cuenta de las vastas regiones que dominan en la Sierra Nevada, de Tayronaca, de Posigieyca, los dos principales centros gubernamentales, tan populosos como para en caso de emergencia poner sobre las armas a veinte mil guerreros cada uno, y de la ordenada organización
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social, con el Naoma-Kavi muru nakubi, sacerdote mayor sabio y justiciero, acatado por todos. Esto lo narra Meli-ang, porque dentro de su corazón quisiera conciliar dos sentimientos: el amor a su país, a su gente y a su cultura, y el nuevo cariño por el ubatashi, ahora comprometido con la presencia de Suku-thor, el hijo recién nacido. Y para completar la información, le revela la reciente presencia de los gulamena y los sangaramena, violentos invasores con quienes ya se libran encarnizadas batallas, diferentes a los kashingui, inteli- gentes y pacíficos.
Otras. veces los relatos de Meli-ang se relacionan con su vida antes de la captura. Así él se entera del linaje de su mujer, uno de los más altos en la sociedad tairona, y del parentesco con Seoname- maku, uno de los principales jefes de Keka-Bunkua, la Montaña Blanca. Esta circunstancia, a su vez, es motivo de temores por parte de la muchacha: el día menos pensado vendrán los suyos a rescatarla.
Afuera clarea la luna, resalta contrastes de luz y sombra en el cercado ubatashi, mantiene despiertos a los encargados de vigilar desde las plataformas. Por encima de las rústicas techumbres de palma revolotean y emiten prolongados chillidos los uánkawo, aves nocturnas de aquellas regiones del trópico. Apretujada contra Uba- tashi-thor, somnolienta, Meli-ang sonríe satisfecha y agradecida: pese a ser él un enemigo de su raza, al escogerla como su mujer y por su condición de jefe de la gente de los ojos azules, evitó fuera mancillado su linaje.
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Después del anochecer, en el campo de los ubatashi se organizan grupos para una actividad diaria: ella consiste en salir a intervalos, furtivos, en misión de pesca, caza o recolección de frutos. Quienes deben conseguir alimentos en el mar, y cuando el oleaje lo permite, se internan a nado hasta los bajos, donde sumergidos recogen cara- coles grandes para obtener de su interior abundante y nutritiva carne; si el mar está revuelto, sólo deben contentarse con perseguir cangre- jos azules en la playa. A veces, por temporada, la labor reviste especial suspenso: son las noches de luna, cuando bulu-kuna, la tortuga grande, llega montada sobre las olas a desovar en los arenales.
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En las misiones de pesca a la bocana del río Hukumeiji deben cargar unas ligeras canoas robadas a los taironas, mantenidas dentro del cercado; sólo las emplean en estas ocasiones que revisten muchos riesgos: si lo hacen muy cerca del mar es preciso cuidarse de maunsa, el tiburón, insaciable y al acecho entre las turbias aguas del estuario; y si se adentran por el río, la amenaza está en ser descubiertos por los naturales, también pescadores en la oscuridad. La caza en la selva, tierra adentro y ya sobre las primeras estribaciones de la Serranía, les atrae, así implique otra clase de peligros: en algo recuerdan las partidas por los bosques umbríos de su lejano país. Quienes tienen por encargo la recolección de frutos, cumplen dos objetivos: unos se internan entre los laberintos de las palmeras, trepan a ellas y se proveen de cocos; otros lo hacen en la primera franja montuosa para llenar las mochilas con piñuelas y vainas de trupillos y guamachos, o nísperos, marañones y guamos de delicioso sabor.
Los componentes de las partidas de recolección, caza y pesca, cuando abandonan la seguridad del cercado, sólo cuentan para cum- plir su labor con la complicidad de la noche: por experiencias poco gratas, saben que tan pronto comience a aclarar se reiniciará el hostigamiento de los taironas.
Esta noche, Ubatashi-thor no forma parte de ninguno de los grupos que dejan el refugio en procura de provisiones. Por los relatos de Meli-ang ha creído conveniente observar con propios ojos cuanto ella afirma sobre la realidad de los habitantes de la Sierra Nevada; y en audaz misión, acompañado de dos escogidos voluntarios, partió
desde la medianoche a reconocer los parajes del Valle de Tairona, al interior de la Serranía.
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Cuando las aguas del río Hukumeiji se vuelven sonoras y rápidas, porque hasta allí no llega el represamiento ocasionado por el flujo dei mar, Ubatashi-thor y sus compañeros Conoh y Od, confirman haber cruzado con éxito las líneas avanzadas de los taironas y estar dentro de su territorio.
Desde la amplia bocana dei río, unas veces caminando por los
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playones, siempre los pies en el agua para no dejar huella de su paso, otras a nado para no ser descubiertos desde los puestos de vigilancia, silentes como los animales de presa, logran llegar al primer gran meandro del Hukumeiji: el valle seivático es angosto, se recoda entre las montañas entrecruzadas como nudillos. Para entonces ya comienza a clarear, salen del agua, se internan por el bosque, buscan uno de los árboles más corpulentos y sin vacilar trepan a él, ayudados de lianas que a manera de cortinajes festonados con parásitas florecidas, cuelgan de las extendidas ramazones.
No acaban de acomodarse en una de las horquetas, ante la protesta y estampida de los monos de viento, cuando abajo escuchan el movimiento de una patrulla tairona, en su temprano y habitual reco- rrido por las márgenes del río. Agazapados, ocultos entre las frondas, divisan al grupo de nativos armados de largas y aguzadas lanzas de macana, en el cinto las hachas de piedra, y en la espalda aljabas donde portan flechas emponzoñadas. El jefe de la partida es un espigado rabón, cubierto el pecho, rostro, antebrazos y pantorrillas con aderezos dorados, símbolo de sus actos de valor; el cabello muy largo, en forma de cola pretinada, le imprime un aspecto feroz. Quienes lo siguen, vestidos con taparrabos de algodón o piel de jaguar, muestran en la mayor o menor cantidad de alhajas de oro, su veteranía en las batallas.
Como si un sexto sentido les advirtiera de la presencia de extraños, los indígenas se detienen recelosos al pie de las bambas del higuerón, cuchichean entre sí, miran a los contornos; a una orden del jefe algunos inspeccionan los alrededores. Ubatashi-thor y sus compañe- ros permanecen inmóviles, casi sin respirar, escondidos tras las gruesas ramas cubiertas de musgos y parásitas. De ser descubiertos, su arriesgada misión al País de los Taironas concluirá allí mismo, ante el poderío de sus enemigos.
La suerte está de su parte: los expioradores regresan sin ningún resultado; el rabón da una última mirada en contorno, levanta los ojos y permanece observando por largo tiempo las altas ramazones. Desde su escondite, Ubatashi-thor adivina los pensamientos del gue- rrero de largo cabello, amarrado a manera de cola pretinada con cintas de oro y cuentecillas en piedra de colores. El comandante tairona considera la corpulencia del higuerón como un escondite
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apropiado; al final desecha la posibilidad y da orden de partir por la orilla del río, hacia abajo.
Ubatashi-thor, Conoh y Od se miran con expresión alegre y de momentánea tranquilidad. Atenidos a las advertencias de Meli-ang de desplazarse en las horas de la noche o las siguientes a la media tarde, permanecen en el árbol, así el hambre y la inmovilidad em- piecen a urgirlos. Instalados sobre las horquetas del higuerón, dejan pasar el tiempo en medio del ambiente cada vez más cálido de la selva y del suplicio provocado por hordas de moscos y zancudos. Las aves tornan a posarse en las ramas a prudente distancia, e igual hacen las ardillas y los monos; se diría que todo ha vuelto a la normalidad y así lo ve y siente la patrulla aborigen cuando, después del mediodía, regresa de su recorrido, camino al poblado de Alda- gúiji, ya conocido de los ubatashi por haber robado allí algunas de sus mujeres.
Cuando pasa un tiempo prudencial y calculan lejanos a los nativos, Ubatashi-thor ordena descolgarse por las lianas, bajan a tierra y emprenden el ascenso a las laderas orientales de las Lomas de Ma- roma, para en rápida travesía evitar los otros dos meandros del río y buscar una alta cuchilla desde donde, según Meli-ang, podrán tener una primera visión del Valle de Tairona.
Al atardecer, cansados y hambrientos, pero satisfechos por no haber tenido más encuentros con patrullas, coronan los escarpados filos de la Cuchilla Nusukua. En efecto, desde allí tienen una pano- rámica de lo que es, en esta parte, el inmenso País de los Taironas, confinado entre la gran montaña cubierta de nieve, y la serranía y la llanura litoraleña. -
En silencio, maravillados, pese a ser aquella la tierra de sus enemigos, contemplan la majestad de los nevados patinados de oro, donde según sus mujeres viven los dioses y se llega a Noabi-due, el Más Allá. Por asociación, esas cumbres los vuelven nostálgicos y los transportan en pensamiento a su país de origen: la congoja les hierve en el pecho, es una rabia incontenible por estar allí capturados, en la cárcel de Keka-Bunkua, sin paredes, barrotes, fosos ni cadenas.
—¿Volveremos algún día? —pregunta Od, el más joven de los exploradores, casi un muchacho, y su mirada refleja angustia por conocer la verdad. Ubatashi-thor cruza la vista con Conoh, el más veterano de los tres, un gigante de piel velluda y rojiza, sobreviviente
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de muchas aventuras. Se les endurece el rostro, se entienden sin hablar.
—Lo intentaremos, Od... lo intentaremos. Pero antes debemos conocer bien en dónde estamos y cómo son en realidad estas gentes. —Y después de una pausa—. Y también es preciso saber de los kashingui, y de los gulamena y los sangaramena. Para ser fuertes quizás debamos aliarnos a algunos de ellos, gozar de un tiempo de paz y acabar de construir el navío para el regreso.
La noche sorprende a Ubatashi-thor encaramado en el más alto peñasco de la Cuchilla Nusukua: profundas cavilaciones le tensionan los músculos de la cara y le vuelven dura la mirada.
Cuando una a una se prenden las constelaciones, por corto tiempo puede recrearse con la visión deslumbrante del carro y los caballos de la Osa Mayor, apenas asomados sobre el horizonte...
Ahora añoro cuando desde el puente de mando de mi embarcación me orientaba con los cuerpos celestes. En esos días lejanos y por aquellas latitudes del Hemisferio Norte, hasta el mapa de las estrellas era diferente: una prueba del distanciamiento de mi país lo confirmé al ver en el cielo la aparición de nuevas constelaciones; así, algunas de las figuras con las cuales aprendí a navegar, se desplazaron y gran parte de ellas se perdieron de vista, mientras otras, tal el caso de la Osa Mayor, ya apenas si puedo divisarlas por un corto período de tiempo en el comienzo del anochecer; es como si estos puntos de luz del firmamento, todavía siguieran mostrándome el camino de retorno.
Tras el horizonte desciende la última estrella que pinta en las inmensidades el carro y los caballos mitológicos: Ubatashi-thor deja de mirar el cielo, se le escapa un rugido atragantado, baja la vista a las vertiginosas vertientes de la Sierra Nevada, donde parpadean otras diferentes constelaciones: las fogatas de los taironas indicando por centenares los poblados asentados en los filos y laderas de este país.
—Sí: Meli-ang tenía razón. El poderío de estas gentes es muy grande —murmura para sí al recordar a su bella, ardiente y a veces
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misteriosa mujer; y evoca esa expresión que transformó su rostro apacible, cuando le confió sus intenciones de hacer esta correría.
A partir de entonces ella se tornó pensativa en extremo y hasta enigmática. Ubatashi-thor se sintió espiado en todos sus movimientos dentro de la aldea, reparó cómo Meli-ang procuraba escuchar sus conversaciones cuando se reunía con Od y Conoh, ya escogidos por compañeros en su futura expedición al interior. Así mismo advirtió una costumbre nueva en ella: todas las noches salía de la choza y por un tiempo se quedaba mirando las estrellas; o al atardecer y al amanecer, estaba pronta para establecer por qué puntos del horizonte se ocultaba y salía Surli, como ella llamaba al sol. Desde entonces presintió: Meli-ang conoce muchos secretos de la naturaleza.. y se lo comentó. La joven se quedó mirándolo, seria, y se limitó a responder:
—Todavía no es tiempo.
Cuando un día lo encontró a media mañana dentro de la choza, inspeccionando sus armas, repitió:
—;¡Aún no!
—¿ Cuándo?
No contestó de inmediato.
A la noche, en la intimidad del lecho y ante sus preguntas insis- tentes, le previno:
—Si deseas tener éxito, debes cumplir mis recomendaciones; no hacerlo, significará la muerte irremediable para ti y tus compañeros. Confía en mí.
Por los informes de su mujer, el jefe ubatashi supo que sólo dispondría de tres días con sus noches para recorrer el Valle de Tairona en la parte comprendida en los ríos Hukumeiji y Sekaimaka; en este corto lapso, en especial en las tardes y en las noches, la gran mayoría de los hombres estarían concentrados en los pueblos mayores, cumpliendo determinados ritos y celebraciones, y ellos podrían desplazarse sin tanto peligro.
Una tarde, después de confirmar la caída del sol por un punto determinado del horizonte, Meli-ang anunció:
—Esta noche es la indicada... es tiempo de Uxa.
De inmediato Ubatashi-thor puso sobre aviso a Od y Conoh, alistaron armas y provisiones, luego se encerraron en sus chozas para despedirse de sus mujeres, poseyéndolas con inusitado ardor,
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porque podría ser la última vez; así lo hacían en su país cuando partían para la guerra, o antes de esas largas y arriesgadas expedi- ciones.
Trepado en el alto peñasco de la Cuchilla Nusukua, Ubatashi-thor da una postrera mirada a las fogatas de los taironas, parpadeantes como estrellas rojizas caídas del cielo sobre las montañas y valles de la Sierra Nevada. La mayoría se ven muy distantes, otras lo están cerca, tanto, que cuando soplan fuerte los vientos del nevado, alcan- zan a traer rumores de muchas voces dedicadas al canto.
Sobre las cumbres orientales de Keka-Bunkua, más allá del río Hukumeiji, asoma la Luna Llena y todo lo aclara con su luz blanca. Ubatashi-thor rebulle a Conoh y Od adórmilados a sus pies, les da orden de levantarse y seguir adelante: si quieren triunfar en su misión y regresar otra vez a la aldea, deben emprender la travesía hacia el Oeste, en busca del río Sekaimaka. Ya de una cosa están convenci- dos: del poderío tairona, manifestado en sus grandes extensiones cultivadas, y la multitud de poblados dispersos por todo el territorio.
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Aquella noche de estrellas, Naoma-Kavi muestra a Seoname-maku algunos de sus conocimientos sobre los astros, y le da una lección en el tablero del firmamento. Con amplios ademanes de los brazos parece abarcar toda la inmensidad de los cielos. Su voz es grave, en ciertos pasajes chillona, esa su forma de expresar la vehemencia. —Seoname-maku, Cacique de Ponkeica: allá se ve:todo... todo: los Antiguos, los animales, la gente. Allá entre Mu, donde nacen el día y el color blanco, y Se, donde nacen la noche y el color negro; allá entre Noana-Mashika, de donde viene la humedad del mar y se origina el color azul, y Noa-Nashika, de donde vienen el color rojo y el agua fría del nevado. Sí, allá está todo, todo: en Mu se encuentran la guarida y los cotos de caza de Nebbi, el Jaguar, en pos de Tayassu, el Cerdo Salvaje, que es como su mujer y por eso le sirve de alimento; en Se, hace vigilia, grita y cuida la noche Toubu, el Búho, mientras acecha a su predilecta Takbi, la Culebra;
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allá en Noana-Mashika, la astuta Maktu, la Zarigileya, acosa sin cesar a Nuui, el Armadillo, cuando sale de su cueva; en Noa-Nashika, Kaxshigugulu, el hambriento Jaguar Rojo, ruge, salta y se come a Segi, el Venado; y en Aluna-kaká, el cenit, cuando es de día, ese mujeriego de Surli, el Sol, se sienta a descansar, a mascar hojas tostadas de coca, a comer bollos de maíz preparados por sus esposas las estrellas; o si es de noche, como ahora, se acuesta con ellas, con una y otra en una orgía de nunca acabar, en especial con Saxa-ti, la Luna, la más bella de sus amantes, quien a veces sale y nos mira | de frente con su cara redonda, manchada con la ceniza arrojada por Seldabauku, primera y celosa mujer de Surli; en otras ocasiones, como Saxa-ti es veleidosa, nos mira de lado, o se esconde y oculta del todo su faz.
Naoma-Kavi calla, mira con atención a Seoname-maku para ase- gurarse del efecto de sus palabras; luego prosigue:
—Surli, como Sintana, son hijos de Haba Séinekan. El primero siempre usa una máscara de oro, despide rayos sobre la tierra para calentarla, así hace germinar las semillas y crecer las plantas. Y pese a que Seldabauku lo sigue a todas partes, ello no impide sus amoríos con Saxa-ti, la Luna, ni con Mukui, el Sapo, o Takbi, la Culebra; y también con Neb-Tashi, el Jaguar Azul, y con Neb-Siji, el Jaguar Largo; y por equivocación con su hijo Enduksama, conver- tido en mujer por sus poderosos enemigos. Así, con todas las estrellas ha procreado, y muchos de los puntos luminosos del manto celeste son sus hijos e hijas, mientras él sigue mascando coca en su inmensa Nunhañkala, y cuando asoma a su puerta es de día, y si no lo hace, como ahora, es de noche, porque cerró la puerta y está adentro, en arlunyi, cohabitando con alguna de sus amantes.
Naoma-Kavi hace otra pausa, mira de reojo a Seoname-maku, dedicado a seguir sus indicaciones en el espacio estelar. Continúa:
—Sí., esta es noche de aprender. De saber dónde están las dos puertas grandes del firmamento, la de Mu y la de Se, por donde sale y se oculta Surli, visitando unas veces a Uxa y otras a Ahu...
El viejo naoma señala ahora otros conjuntos de estrellas: sus movimientos, conjunciones, apariciones y ausencias, le permiten predecir acontecimientos o determinar los tiempos que rigen los ciclos vitales de todos los seres de la naturaleza. Así, Seoname-maku aprende a reconocer cuáles puntos luminosos componen a Uxa, las
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Pléyades, figura estelar encargada de señalar a los taironas la llegada del solsticio estival, cuando ocupa un lugar determinado en el firma- mento, comienzo del nuevo viaje-de Surli por el gran País de las Estrellas; luego, el brazo descarnado por las vigilias y los ayunos, indica unos tras de otros, cuerpos luminosos en distintos lugares, mientras su voz gangosa pronuncia nombres de animales: sai.. sukui.. tejaku... kamaualdyi, culebras todas ellas de la Sierra Ne- vada: o seku, el alacrán, y siseke, el águila, reunidos en Ahu, donde pasado un tiempo concluyen el viaje y la inclinación de Surli, y con ello se anuncia la llegada del solsticio invernal.
Entre Uxa y las Pléyades, y Ahu o Escorpión, dos importantes constelaciones para los astrónomos de la Montaña Blanca, Naoma- Kavi se recrea en identificar otras con especial significado en las actividades y creencias de su pueblo: son para él como amigas, O hermanas; con ellas se encuentra, dialoga todas las noches cuando el cielo está despejado: allá ve a Mulda, el Cangrejo Blanco; a Suvalyi y Auika, en cuyo honor se efectúan bailes con máscaras; a Seiku, el Escorpión; a Tami, el calabacito para el ambil; a Muluna, el Molendero; a Djí, el Gusano; a Maktu, la Zorra.
Naoma-Kavi hace una pausa más, y con movimientos que conlle- +=n una estudiada solemnidad, vuelve a la kalauka: sus gestos lo Swestran satisfecho con sus enseñanzas. Ya para su exposición no necesita pasearse de un lado a otro de la cúspide de Haggi-Ateima: sentado en la banca ceremonial, echa atrás cabeza y espalda, apoya sus manos en los paujil-jaguares, fija la vista en otro sector del espacio lleno de luces.
—i¡Seoname-maku!: ha llegado el momento de conocer la gran Constelación de los Jaguares: donde están Neb-siji, el Jaguar Largo; Neb-tashi, el Jaguar Azul; Nebbshija-Abushi-tema, el Jaguar Blanco; Nebbi-atseshi, el Jaguar Rojo; y Seiname, el Jaguar Negro... —Y los va localizando con el brazo y el índice extendidos.
— Nuestros nombres, nuestras acciones, nuestras vidas y destinos, pertenecen a la Constelación de los Jaguares. ¡Yo, Kavi!... ¡Tú, Seoname! También somos jaguares. Lo somos desde cuando así lo dispusieron Haba Séinekan y sus hijos nuestros Padres. Así sucedió con los antepasados en todos los tiempos, así será con nosotros cuando sea conveniente para la nación y la gente tairona. Así está
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dispuesto en las alturas... así. Y esta noche, tú, Seoname-maku, Cacique de Ponkeica aquí presente, recibirás de mí el encargo más importante de tu vida. Será misión imposible de ceder a otro. La ejecutarás en persona, y al realizarla, cumplirás los designios reve- lados en los astros.
Naoma-Kavi cambia la dirección de su mirada y de su brazo, gira a la derecha e indica la vecina constelación de Uxa:
— Allá, por Uxa, está entrando a la Casa de los Jaguares, en otra de sus periódicas visitas, la estrella del Gran Jaguar, Kavi-Tama, de quien yo, Naoma-Kavi, soy su mensajero y revelador
Embuido de orgullo, con entusiasmo delirante, el sabio sacerdote muestra al cacique el cuerpo luminoso, alargado. Su presencia la descubrió no hace muchas noches, entre la miríada de estrellas parpadeantes. Para esta visita estelar consagró su vida desde niño. Para la llegada de Kavi-Tama debió esperar paciente, noche a noche, estudiando los movimientos de los astros y su ubicación exacta. Así, al presentarse la estrella del Gran Jaguar, no ha tenido la menor vacilación en identificarla. Se hizo viejo en esta espera, tranquilo, convencido de lo trascendental de su misión; y ahora, al cumplirse su destino, se siente poseído de inmensa felicidad y paz.
También embelesado con la visión de la estrella del Gran Jaguar, Seoname-maku escucha reverente las predicciones y encargos trans- mitidos por Naoma-Kavi: ahora su voz suena monótona, hipnótica: se ha sumido en profundo trance para interpretar el mensaje estelar. El cacique a su vez se siente embargado de sentimientos heroicos. Según el mandato de los dioses y las estrellas, deberá levantar un poderoso ejército, como nunca antes ha existido en Keka-Bunkua,
hará respetar las fronteras y librará batallas hasta expulsar a los invasores.
Naoma-Kavi calla. Su misión está cumplida en la muesca hecha al bastón-calendario, y en sus vaticinios y encargos impartidos a Seoname-maku. Como si fuera de piedra, se inmoviliza en la kalau- ka. Por el lado de Mu el cielo comienza a llenarse de claridad y las estrellas a apagarse. De entre las sombras emergen los filos y las arrugadas vertientes de la Sierra Nevada precipitándose al mar. El predestinado cacique se pone en pie frente al muru nakubi, levanta los brazos en dirección a la Constelación de los Jaguares y hacia el
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alargado y esplendoroso Kavi-Tama. Después se vuelve a mirar los picos nevados... Entre las arboledas ya cantan los primeros pájaros.
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Cuando sobre la franja de arena y las cintas de espuma principian a volar ondulantes filas de duanabuká, los pelícanos, en busca de ramas altas para pasar la noche, en la cima mayor de Haggi-Ateima inicia el Naoma-Kavi los preparativos del rito antecedente a los coitos ceremoniales de Seoname-maku y Ula-yang.
Saxa ya ha instruido a la muchacha en cuanto deba saber y hacer, y también la acompañó a las abluciones en el nacimiento de la quebrada Palanoa; ahora la anciana permanece en el interior del refugio, acurrucada cerca de la entrada, inmóvil todo su cuerpo, semejante a una momia flexada; sólo muestra rasgos de vida en el chispeo de sus ojos: denuncian el interés y la curiosidad femenina por estos actos; no quiere perderse ni un detalle de la celebración; tal vez recuerda con satisfecha nostalgia cuando en su juventud ella fue protagonista de un hecho similar
Con movimientos revestidos de solemnidad, Naoma-Kavi con- voca a los futuros esposos frente al abrigo rocoso, en un espacio que también sirve de mirador. En el centro de esta terraza ha dis- puesto un recipiente de cerámica negra decorado con cabezas de nyuiji, murciélagos, y dentro de él un puñado de kuitsis de colores, colgantes de hueso, pitos de cerámica y un cacique de oro. El luce ornamentos distintivos a su alto cargo: cinta de oro laminado alrede- dor de la frente para sostener un espectacular tocado, representación del animal sagrado de la noche con las alas extendidas; completan sus arreos las abultadas orejeras de medialuna en tumbaga, nariguera en forma de mariposa, tembeta en el labio inferior, pectoral de espirales sobre el pecho y colgante antropozoomorfo, collares y ajorcas de cuentas semipreciosas combinadas con figuritas y casca- beles de oro, todo ello con el motivo principal de las cabecitas de nyuiji; el toque final a su atuendo son la capa de piel de jaguar con
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abotonaduras de cuarzo, las sandalias y perneras, y en las manos sendos bastones de mando, uno en piedra, otro en macana, con remates dorados y plumas policromas.
Si la presencia del Naoma-Kavi basta para inspirar respeto, ahora, cubierto de alhajas e insignias de gran sacerdote, lo convierten en un personaje admirable. Seoname-maku y Ula-yang se sitúan en el lugar indicado y el anciano inicia la ceremonia: muy erguido, de cara a Noa-Nashika, el Sur, y hacia los picos nevados, entona un canto alto y nasal, en el lenguaje de los sacerdotes: presenta a la Madre Séinekan a los dos jóvenes, y pide aquiescencia a su despo- sorio; complementa el rito con una danza rítmica, de movimientos discontinuos, acompañados por el sonido argentino de los shiminku, cascabeles de oro atados a su ropaje, y las notas de la kuidzi, flauta de carrizo hembra, tocada por Saxa con singular maestría. Al termi- nar el baile, Naoma-Kavi hace una reverencia a las cumbres nevadas, patinadas de visos anaranjados, reflejo de Mamashkaxa, la boca de fuego del Poniente. Luego, de la copa de cerámica toma el cacique de oro y algunas cuentas-kuitsi de ágata y jadeíta, se encamina a Ñuiyashkue, el Nororiente, envuelve-todo en una hoja fresca de maíz y los deposita en una bandeja de cerámica; en forma simultánea alza la voz gangosa en un canto a Sintana, primer Padre del Mundo, y a Sei-nake su mujer, representación de la tierra negra, la buena, la fértil: así la fuerza y vitalidad del primero, y la fecundidad de la segunda, se posesionarán de los cuerpos de Seoname-maku y Ula- yang. A continuación, Naoma-Kavi vuelve al centro de la terraza, toma los silbatos y otras cuentecillas, los lleva en dirección a Ñuibaje, el Suroriente, donde pronuncia otro de sus cantos, esta vez en invo- cación a Haba Teyuna, Madre de los Taironas, y pide protección para quienes a partir de ese momento serán llamados a cumplir importantes servicios á la nación. Con su andar solemne y estudiado, en el rostro una mueca de tensa concentración, regresa Naoma-Kavi al punto central, e imprime a los brazos movimientos levitatorios: quiere parecerse a nambo, el cóndor, cuando bate las alas y busca las mayores alturas de la Montaña Blanca. Pero lo más notable y atractivo en Naoma-Kavi son sus ojos, de mirada profunda, domi- nadora: ante ellos nadie puede resistirse; y ahora, durante esta cere- monia, al avistar hacia el frente, en la distancia, pareciera traspasar las montañas y la dimensión temporal. Toma una tercera porción
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de cuentas y se encamina a lagakenka, el Suroccidente, donde a gritos llama a Axaldanshisubeya, el Dueño del Pene, y ante su presencia invisible gesticula con viveza, conversa, deposita como ofrenda las kuitsi de cornalina en nombre del cacique de Ponkeica, al tiempo de pulverizarlas con una mano cilíndrica de granito: y pide vitalidad y poder para muchos años de su vida. La quinta ofrenda es en dirección a Jadlakahoisha, el Noroccidente, con cantos y danzas a Naboba, Madre de la Vagina, y a Seatakan, Madre del Coito: ellas deberán inspirar a Ula-yang a partir de esa noche, cuando ingrese con Seoname-maku a la Casa del Murciélago, donde será desflorada y poseída en el primer coito ceremonial. En esta última ofrenda y acto, lo secunda en el baile Saxa, acompañada del ritmo cadencioso de su flauta hembra de carrizo. Para entonces, en Ma- mashkaxa relampaguean los últimos fuegos del atardecer, y por Mu, el Oriente, el cielo se pinta de tonos violáceos: comienzan a prenderse las primeras estrellas, anuncio para el sacerdote de otra noche de vigilia y observaciones astronómicas.
La ceremonia de las ofrendas concluye. Sólo falta a los desposados intercambiar las kaggaba-kuitsi, piedras amuletos que por el resto de sus días llevarán consigo. En forma simultánea, sacan de las mochilitas, él una cuenta perforada, ella otra no taladrada, las true- can, y tomados de las manos, sin dejar de mirarse, las pupilas llameantes, se encaminan a Nyuiji-Hube, la Casa del Murciélago.
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Cuatro placenteras noches y días han pasado en Nyuiji-Hube, desde cuando Naoma-Kavi los guió por el angosto y retorcido sendero en dirección a este escondido lugar, más que gruta profunda, nicho abierto en los paredones de roca. Allí Saxa, con anticipación, los proveyó de un tendido de esteras, provisiones y bebidas.
Con las kaggaba-kuitsi guardadas en mochilas de algodón, Seo- name-maku y Ula-yang pasan la mayor parte del tiempo dando complacencia a sus cuerpos, poseyéndose una y otra vez; para ello se cuidan de colocar cerca a las caderas la gaul-kuitsi, redonda cuentecilla roja, ofrenda a Seatakan, Madre del Coito. En otras ocasiones, entre risas, bromas y retozos, se dedican a probar la
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comida ritual afrodisíaca, proveída por Saxa con preconcebida abun- dancia: gusanos dji, cangrejos verdes y azules, carne de pava ulí, y bebidas espirituosas. También aprovechan el tiempo en conversa- ciones íntimas: hasta ahora nunca lo habían hecho y es una forma de conocerse.
—Desde cuando eras niña me gustabas. ¿Te diste cuenta?
Los ojos de Ula-yang chispean sonrientes al contestar:
—Y tú también... Sí, lo noté: poreso, cuando estabas en Ponkeica, procuraba rondar los lugares frecuentados por ti. Haba-nay, mi ma- dre, a veces me reprendía: No tienes edad, y estas elecciones las hacen los naomas. Sólo entonces se debe aprender a amar —decía—. Pero yo no le hice caso y te amé en secreto.
—Y yo...
Ríen entonces, halagados por la mutua atracción, y Seoname- maku corre sus manos por la piel de Ula-yang, y se vuelven a encender en deseos. Otras veces los temas son trascendentales:
—El Naoma-Kavi me lo dijo: hace mucho, mucho tiempo, antes que lo imagináramos, nuestros destinos estaban marcados en las estrellas: yo para ti. . tú para mí. Y también esta misión de comandar los ejércitos contra los invasores. Por eso ahora pienso con más frecuencia en Meli-ang. ¿La recuerdas? Por ella, por rescatarla cuanto antes, siento apremio de iniciar los preparativos de la guerra. Y por vengar a mi padre: en sueños, con frecuencia, vuelvo a verlo colgado de los pies, sin brazos, desangrándose. ¡Lo vengaré!
En estas ocasiones, Ula-yang lo observa con una mezcla de admi-
ración y curiosidad: le cuesta armonizar como una misma persona,
a su tierno y joven enamorado, y al Jaguar Negro, temerario e Implacable guerrero,
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Los cultivos de maíz y algodón, vistos desde las Lomas de Maroma, son para Ubatashi-thor motivo de reflexión:
—Ahora comienzo a entender... ——Comenta pensativo al recorrer con la vista, de Oriente a Occident , las vastas y fértiles plantaciones de los taironas.
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—¿Entender qué? —urgen a una Od y Conoh, escondidos también entre los matorrales.
—.... Que a la existencia de estos cultivos deben los nativos mucho de su poderío. —Y extiende el brazo hacia el Poniente, por donde se prolonga el Valle de Tairona sin mostrar confines.
—Campos y más campos. aldeas y más aldeas. Ya lo estoy creyendo: la única manera de sobrevivir será buscando otra vez la amistad de estas gentes.
Conoh y Od asienten con la cabeza; también para ellos es indis- cutible la realidad de los habitantes de Keka-Bunkua. Y a los tres los asalta en forma simultánea el recuerdo del rapto de las mujeres en las aldeas de Savijaka y Aldagúiji: comprenden que en esa acción determinaron su destino. Como consecuencia, Ubatashi-thor expresa con incertidumbre:
—Si lo hubiéramos imaginado, no habríamos actuado así.
Dan un amplio rodeo para evitar otra de las aldeas mayores, donde por esos días se hallan concentrados los naturales en la celebración del solsticio de verano, con cantos acompañados de instrumentos musicales de viento y de percusión. La curiosidad y una audaz decisión los mueven a arriesgarse y bajar hasta el propio Valle de Tairona: quieren ver de cerca las plantaciones; para ello se mimetizan entre los matorrales, salen al borde de los apretados maizales, y aprovechan para llenar las mochilas de mazorcas tiernas. En otro campo cercano tienen la oportunidad de palpar las motas blancas de algodón, y en los alrededores de una aldea solitaria descubren plantas desconocidas para ellos, cargadas con frutos de agradable sabor
Para el atardecer del segundo día escuchan un rumor ya aprendido a distinguir: el fragor de los ríos mayores de la Sierra Nevada.
—¿Será el Sekaimaka? —pregunta inquieto Od.
A este ubatashi la juventud aún no le permite ser tranquilo como su gigantesco compañero Conoh, quien en las actuales circunstancias reduce sus requerimientos a mantener el estómago lleno y estar presto a responder un ataque sorpresivo. Mientras avanzan, el coloso ubatashi no deja de meter la mano en la mochila para sacar de ella frutas hurtadas en los huertos; con el ají ya se llevó una sorpresa: su carne roja y picante lo obligó a buscar con desesperación el agua de los arroyos, ante las risas y burlas de sus compañeros. A la
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pregunta de Od, Ubatashi-thor responde entusiasta, con un pensa- miento agradecido hacia su mujer:
—Sí... debe ser el Sekaimaka: las indicaciones de Meli-ang se cumplen con exactitud. Ahora debemos apresurarnos y aprovechar la última claridad para llegar esta noche a su orilla.
Aceleran la marcha.
Por un estrecho y pintoresco valle, prolongación lateral del de Tairona, enrumban hacia el río Sekaimaka. Su rumor cada vez más intenso hace presumir la proximidad. Para no dejar huellas, siguen otra vez el lecho de una quebrada, arteria de este paraje cultivado en forma intensiva, y donde la densidad poblacional se aprecia en la cantidad de viviendas construidas a lado y lado en las riberas. Así estén solitarias, avanzan sigilosos, alertas: los únicos signos de vida son algunos cerdos encerrados en corrales; o libres y correteando por un lado y otro, unos perros de cuerpo alargado y pelambre rojizo, sumidos en raro silencio, con todo y haber descubierto su presencia.
—¡No ladran! —comenta Conoh extrañado.
—¡Parecen mudos! —concluye Od.
Más adelante, el humo filtrándose por el ápice de uno de los bohíos, y un provocativo aroma a comida, atraen su atención.
—¿Averiguamos? —pregunta Conoh a Od, con un chispeo infantil en los ojos. Y acompañando la palabra con la acción, espía a través de los muros de estantillos de la vivienda y descubre a una anciana frente al fogón, atenta a la preparación de un asado. Los dos ubatashi se miran con el apetito desbocado de repente: su pensamiento es el mismo: pueden entrar por sorpresa, cubrir a la vieja con unos cueros que han visto cerca de ella, y robar la carne sin alcanzar a ser identificados. Las manos de Ubatashi-thor apretadas sobre sus hom- bros como unas garras, y su mirada iracunda y centelleante, los interrumpe en sus imprudentes propósitos.
—¡Sigamos! —susurra y rechina los dientes. Od y Conoh, resig- nados, dan una última mirada a la carne sobre las brasas, cuando:
—¡Hánchika! —saluda alguien a sus espaldas. Se vuelven sorpren- didos y quedan enfrentados a otra anciana de cabello largo y grisoso, tan' desconcertada como ellos. Los ubatashi se miran entre sí: su presencia ha sido descubierta y las consecuencias pueden ser impre- visibles: aprietan nerviosos las lanzas: piensan: lo prudente sería...
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—;¡No!... ¡No! —se apresura a decir Od. Ubatashi-thor y Conoh están de acuerdo. Sería vergonzoso. Y sincronizados en una venia, responden:
—;¡Hánchika! —en la característica forma de saludo tairona.
El tiempo parece detenerse. Los ubatashi y la anciana se miran sin atinar a hacer nada más. De su perplejidad los saca la otra vieja, al ofrecerles sendas porciones de carne desde la puerta del nunhúe; Conoh se apresura a tomar la suya. Ubatashi-thor y Od lo imitan, se inclinan como muestra de agradecimiento y parten a la carrera, saltando sobre los perros mudos. Las ancianas se miran y sonríen, sin ninguna muestra de temor.
Adelante, la confluencia de la quebrada con el río Sekaimaka se transforma en otro espectacular paraje selvático poblado de aves y de monos. Como en ocasiones anteriores, buscan un árbol grande, esta vez un caracolí, y se ocultan entre sus ramas.
Las horas que pasan trepados en el árbol vuelven a servir a los ubatashi para meditar sobre su futuro en estas tierras de Keka-Bun- lua. Acaballados sobre las horquetas del caracolí, cada uno con sus propios pensamientos, esperan la salida de la luna, momento cuando rermprenderán la marcha río Sekaimaka abajo, en busca de su unión con Del Ulueiji, uno de los cursos de agua más importantes del País de los Taironas.
Obsesionado con el episodio de las ancianas, Od comenta de pronto, convirtiendo en alta voz su razonamiento:
—No puedo dejar de pensar en ellas: se sorprendieron pero no mostraron miedo; y su generosidad... aún no la entiendo.
Ubatashi-thor comparte estas apreciaciones con un movimiento afirmativo de cabeza; en cambio Conoh se encoge de hombros y hace con los labios un gesto despreocupado:
—Todavía no me inquieto por ellas: contamos con una noche y un día para volver a nuestra aldea antes del regreso de los taironas a su poblado: sólo hasta entonces será revelada la visita que hemos hecho a este lugar.
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—También lo creo así —confirma Ubatashi-thor haciendo cálcu- los.
Conoh se muestra satisfecho con la corroboración de su jefe; chasquea la lengua y asume un aire paternal cuando se dirige a Od:
—Quizás, por inmediata seguridad, hubiéramos debido matarlas y simular un ataque de las fieras: pero nos habríamos sentido mal. . no acostumbramos asesinar mujeres. Así que... a dejar atrás el pasado y a preocuparnos por el presente: éste, con la vida, es lo único seguro y cierto para nosotros en estas tierras. Ahora, por ejemplo, de nada te sirve pensar en esas ancianas y romperte la cabeza por lo que se hizo o no. Come más bien algo de tus provi- siones, descansa, pero antes... —y mira con atención las ramas del árbol— es preciso evitar nos sorprenda un tigre de esos que, como nosotros, les gusta subir a esconderse... —y suelta una risita conte- nida.
Tranquilo con su reconocimiento, se dedica a deshojar con sus dedazos el capacho de las mazorcas e hincar los dientes en los tiernos y lechosos granos. Cuando calma su apetito, busca mejor acomodo entre las horquetas del caracolí y se sumerge en un estado simultáneo de sueño y alerta; así recupera las energías sin perder la noción del peligro. Ubatashi-thor lo mira con aire de aprecio: él no comparte en su totalidad la forma de pensar de Conoh, pero siempre lo escoge como compañero en las misiones de más riesgo.
Od es diferente: apasionado desde niño por escuchar relatos a viajeros y marinos en su arribo a los puertos de su país, portadores de exóticos botines, recibió permiso de sus padres para acompañar a Ubatashi-thor. De esto ya han pasado varios años, se ha hecho fuerte en los trajines marineros y en los recorridos por las costas de un continente nuevo. Esta noche, trepado en el caracolí, acompañado de Ubatashi-thor y de Conoh, pero en realidad solitario, debido a su temperamento introvertido, se siente también invadido de nostal- gias y sentimientos encontrados: conserva de su tierra y de su gente un bello e idealizado recuerdo, donde sobresale la visión de su madre, silenciosa, triste pero a la vez llena de orgullo, haciéndole los aprontes del viaje... Es una imagen cariñosa, protectora, de facciones finas, ojos dulces, piel blanquísima y cabellos dorados, visitante en sus sueños, desde cuando emprendieran esta peregrina- ción por suelos y mares extraños; ahora, tal fantasía empieza a
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desdibujarse, a sustituirse por otra: Sa-ang, la chica indígena con guien aprendió los secretos del amor, ella, cuando está lejos, a su wez le hace visitas mentales. Por eso, desde su sitio en la horqueta del caracolí, Od quisiera haber terminado esta expedición y estar de vuelta en la aldea, para descansar de nuevo en los brazos de su niña-mujer. Es entonces cuando evita mirar de frente a Ubatashi-thor, y en silencio lo reprocha por elegirlo como compañero y alejarlo de ella.
Las cavilaciones de Ubatashi-thor tienen por centro las recientes imágenes del Valle de Tairona; y trepado en el caracolí, compara la vida de los taironas, organizada y próspera, con la precaria de ellos, acosados en la aldea. Mira a Conoh: dormita imperturbable, un ojo cerrado y otro abierto, alerta como las fieras en la selva. Od en cambio luce pensativo, soñador en el día y en la noche. Sí... ellos, como él, como todos los ubatashi, tal vez sean unos condena- dos a muerte en este país de la Montaña Blanca.
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Es Tayronaca el centro habitacional y de gobierno más importante de la vertiente norte de la Sierra Nevada, donde por tiempo de Uxa, o del solsticio de verano, y estar presididas por el Naoma-Kavi, las conmemoraciones suelen ser las más solemnes y concurridas. En estas circunstancias temporales de los solsticios de invierno y verano, tiempos de Ahu y Uxa, y también debido a convocaciones especiales hechas por el sacerdote mayor, el muru nakubi, allí se congregan naomas y caciques de todas las otras poblaciones del País de los
Taironas.
En esta ocasión los festejos revisten significativa importancia y solemnidad, por su coincidencia con otro gran acontecimiento: la aparición periódica en los cielos nocturnos de Kavi-Tama, la estrella del Gran Jaguar, presente cada ciento cincuenta y dos solsticios, hecho que determina cambios decisivos en el rumbo de la nación. En épocas pasadas su aparición fue recibida con entusiasmo y gratitud unas veces, otras con recelo y hasta verdadero espanto. Para estas
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noches, Kavi-Tama ya ocupa su lugar preferencial dentro de la gran Constelación de los Jaguares: allí se destaca por su brillantez y larga cauda, y atrae, admira y sobrecoge indistintamente a quienes la descubren en las insondables alturas del firmamento.
Según se ha corrido la voz por toda la Sierra Nevada, con motivo de la visita de la estrella del Gran Jaguar, el sacerdote mayor hará trascendentales revelaciones; ello despierta expectativas y moviliza a las gentes de Keka-Bunkua, tanto de la vertiente norte como de la occidental: el pueblo entero interrumpe por un tiempo el ritmo normal de vida, deja solitarias las poblaciones, en multitudes acuden de todos los rincones de la Sierra hacia Tayronaca, la capital, em- plazada sobre las riberas del río Ulueiji, desde donde controla al gran Valle de Tairona y gobierna un sector muy vasto del País de la Montaña Blanca. En las poblaciones y aldeas quedan los impedidos físicos, los muy ancianos, o las patrullas encargadas de los puestos fronterizos.
Tayronaca, asentada sobre parajes de ladera a lado y lado del río, comunicada en su interior con un puente colgante que resalta su desarrollo urbano, en estos días está congestionada por la afluencia de tantos visitantes. Entre los espacios dejados por los nunhúes, bohíos de altos conos de palma, algunos tan amplios como para alojar a más de trescientas personas cada uno; o por los camellones empedrados, sobre las terrazas escalonadas, en las grandes plazole- tas, una de ellas triangulada, donde suelen efectuarse concentracio- nes humanas en días de mercado, o sirven para celebraciones o ritos, y hasta en las afueras, discurren los taironas venidos de todas partes: pasean por la ciudad, forman grupos, conversan sobre temas de interés, se distraen en juegos y competencias de fuerza o tiro al blanco, algunos aprovechan la oportunidad para ofrecer mercaderías y proponer trueques, otros simplemente descansan y esperan los anuncios del Naoma-Kavi. En tanto los chiquillos corretean, retozan, meten bulla, se distraen con pet, juguetes fabricados de palitos y semillas. :
La mayoría de los recién llegados congestionan los espacios ale- daños a las nunhuañkalas, templos de la ciudad, donde en forma permanente se hallan reunidos los naomas en la práctica de vigilias y ayunos, acompañados de bailes y cantos, vestidos con máscaras
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y atuendos ceremoniales, actividades que a veces hacen públicas y forman parte del espectáculo en los festejos del tiempo de Uxa.
Aquí y allá se reúnen los hombres con sus trajes blancas, deco- rados a rayas pintadas o bordadas en vivos colores; estos ropajes hacen contraste con su piel cobriza, sirven con los gorros de variadas formas para identificarlos según los linajes. Ceremoniosos, intercam- bian unos y otros la fórmula habitual de saludo:
—Saki shivaldau, hayu-hai. ¿Cómo estás? Aquí está coca.
A lo cual la respuesta siempre es:
—Uá, uá... bien, bien.
Y se ofrecen hojas tostadas de hayo portadas en sus mochilas, se las llevan a la boca para masticarlas gustosos, revueltas con la cal extraída de los poporos, mediante palillos labrados en diferentes maderas, blancas, negras, rojas, amarillas,según el lugar de proce- dencia.
Ante la admiración de los hombres y sus comentarios sugestivos, pasan las mujeres jóvenes en permanente ir y venir, hermosas, alegres, risueñas. Las hay serranas de piel clara, y cobrizas de las tierras cálidas, tímidas o desparpajadas, ya provengan de las mon- tañas o del litoral. Las unas visten túnicas y mantas de algodón pintadas y bordadas con pedrería, mientras las otras apenas se cubren son insinuantes faldillas. En las joyas todas compiten: diademas de Dro y plumas, collares de cristal de roca, pulseras y ajorcas, que por su riqueza artística despiertan exclamaciones, elogios y compa- raciones.
Los caciques suscitan diferentes grados de admiración: rodeados por el halo de la fama, miden ésta en la cantidad de adornos de oro sobre el cuerpo; cada acto heroico les dio derecho a colocarse un collar más, otra vuelta de pulsera, o un pendiente adicional, tinti- neando en las narigueras, orejeras, diademas o pectorales. Rodeados de escoltas, también van tras ellos las comitivas de sus mujeres, los consejeros, los asistentes y los servidores; a su paso por Tayronaca levantan rumores y comentarios acordes con sus proezas; en ocasio- nes detienen la marcha para atender el saludo de un admirador, las palabras de un conocido, escuchar una solicitud o recibir un obse- quio. Entre ellos está Toronomala, principal cacique de Posigijeyca, sabio y anciano gobernante del otro centro de la Sierra Nevada, ya sobre la vertiente occidental; él comparte con Nomaragiey de Tay-
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ronaca, los honores y la responsabilidad del manejo de la nación; su séquito, el más numeroso de todos, se acompaña de soldados, músicos, bailarines y cantores. Otro es Gama, reconocido guerrero y cacique de Bonda, región dependiente de Posigieyca, estratégica por su ubicación alta, dominante sobre el mar, de fronteras comunes con Betoma, donde gobierna el indomable Hando, ya en la esquina noroeste de Keka-Bunkua. También atrae la atención el cacique de Cincorona, Guregijey similar al de Bonda, pero bajo la jurisdicción de Tayronaca: él, con su gente, aliado a Gitamaku de Buritaca, controla la entrada por el Oeste al Valle de Tairona. El más popular por aquellos días es el cacique de Ponkeica, Seoname-maku, el Jaguar Negro, seguido de su bella esposa Ula-yang; lo acompaña una impresionante escolta de rabones, capitanes de sus victoriosos ejércitos en los enfrentamientos contra los gulamena, más conocidos como los arranca-brazos. También visitan a Tayronaca otros caciques menores, a su vez sujetos a la gran autoridad del Naoma-Kavi muru nakubi.
Los rabones, profesionales de la guerra, despiertan especial admi- ración entre las doncellas y los chiquillos: jóvenes, semidesnudos, luciendo envidiable fortaleza, enjoyados por los actos de valor rea- lizados, su mayor atractivo son las colas de cabello pretinadas con cintas de oro y pedrería: a cualquier movimiento de la cabeza, estos rabos parecen adquirir vitalidad propia, igual al meneo de las colas de los jaguares, cuando agazapados acechan a sus presas.
Llaman la atención los comerciantes kashingui, nunca vistos antes por muchos de los visitantes a Tayronaca: pertenecen a otra raza; altos, de piel quemada por Surli, musculosos, desnudos, sobre la cabeza lucen penachos de plumas de paujil y guacamaya, y portape- nes sostenidos con cinturones enjoyados. Venidos a las costas de la Sierra Nevada hace algún tiempo, de más allá del mar, conforman con los duanabuká, los únicos grupos extranjeros relacionados en forma amistosa con los taironas. Por ello les permitieron establecerse entre las bocanas de los ríos Ulueiji y Mutaiji; desde entonces, estos navegantes y pescadores surten a las gentes del Valle de Tairona de sal y pescado, y a los naomas de artísticas máscaras y bancas cere- moniales de madera tallada.
En otros puntos de la ciudad los espectáculos son diferentes según las actividades: en lugares altos cercanos a las quebradas están los
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talleres de los alfareros, admirados por su habilidad creativa; allí se pueden obtener piezas utilitarias o ceremoniales; se destacan las vasijas de contornos redondeados y sensuales, los voluminosos tina- jones decorados, las enormes urnas funerarias adornadas con caras, brazos y sexos prominentes, las bandejas y los platos, los asadores, las copas y los vasos, los cilindros, las pintaderas y los ofrendatarios, resultado de la maestría de estos trabajadores de la arcilla.
Otro lugar de la urbe reúne a los orfebres con sus centros de fundición: allí se dominan las técnicas de la metalurgia del oro y la tumbaga. Muy visitados por sacerdotes, caciques, guerreros, y tam- bién por las mujeres, en estos talleres adquieren las joyas los de altos linajes para adornarse con opulencia; y en menor escala y cantidad, las gentes de los estratos intermedios e inferiores de la sociedad tairona. Para unos las alhajas sirven de símbolos jerárqui- cos: religioso, militar, civil; en las mujeres es de imprescindible adorno; y para todos, sin excepción, las piezas de orfebrería son elementos que habrán de acompañarlos en sus tumbas y posteriores viajes ultraterrenos.
También están las industrias donde se trabaja la piedra: granito, esteatita, basalto, materiales empleados en la fabricación de instru- mentos de uso diario en los hogares: hachas, cinceles, metates, manos de moler, pulidores, cucharas; o aquellos que cumplen fun- ciones en las ceremonias religiosas: bastones de mando, placas so- najeras, máscaras, hachas rojas y verdes. Ocupan lugar preponde- rante dentro de estos artífices de la piedra, los encargados de la fabricación, horadación y pulimento de las cuentas-kuitsi, para ador- nos, collares, sewá, ofrendas y ritos. Entrenados en estas técnicas en la legendaria Teyuna, allí se tallan ágatas, cornalinas, jadeítas y cuarzos, en piedras amuletos. Estos artesanos, dirigidos por nao- mas, son muy numerosos en Keka-Bunkua ante la gran demanda de sus productos.
En sitios de las afueras de Tayronaca, sobre las orillas del río Ulueiji, o de los riachuelos, resaltan las grandes cicatrices de las canteras, donde se rompen peñascos enormes con ingeniosos siste- mas: recalentamiento con fuego y enfriamiento inmediato con agua para provocar fracturamientos; percusión; cuñas hinchadas; pulido y raspado; todo ello para obtener lajas y bloques, con destino a la construcción de enlosados, graderías, caminos, o muros de filtro-
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contención, característicos de las obras de arquitectura e ingeniería de los taironas.
En un sector determinado de la ciudad están los textileros con telares para la fabricación de mantas y vestidos, ayudados por agujas de oro, hueso o macana; alternan con las tejedoras de fajas, mochilas, gorros y hamacas, actividades propias de uno y otro sexo; y los encargados de la cestería, del trabajo en cuero, los armeros, los constructores con piedra o madera, y ya en las afueras, los dedicados a labores agropecuarias, como los apicultores y los labriegos.
Todos ellos, en Tayronaca, muestran el cuadro completo de los diferentes oficios, artesanías e industrias, propios no sólo de esta gran urbe, sino representativos de las profesiones especializadas de una nación en proceso de desarrollo.
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Las festividades del tiempo de Uxa se prolongan por tres días con sus noches, con cantos, bailes de uakaiki, máscaras y ofrendas a Mamagakve, Padre del Algodón; a Kualdanehumang, Madre del Maíz; a Duginavi, Padre de la Auyama; y a Nani-Surli y Seijaveya, Dueño, y Madre del Verano; a Monsaui y Misevalyue, Padre, y Madre de la Lluvia; y a Malkua-Kukue, Padre del Sol. La tercera noche culminan con espectacular y multitudinaria marcha de antor- chas que hacen de los caminos de Tayronaca, ríos ascendentes de fuego hacia Nahua-xalda, el cerro donde está la Casa Ceremonial, la Nunhuañkala Mayor, sobre una gran terraza encinturada con mu- rallas de piedra, lugar donde oficia el Naoma-Kavi en ocasiones especiales.
Cerca de la medianoche todo el gentío está reunido en torno al templo. Para entonces las teas son apagadas, la brisa limpia el humo del aire, en el cielo se intensifica el brillo de las estrellas. Los taironas callan: sólo hay miradas y atención hacia la puerta de la gran Nunhuañkala, donde a contraluz se recorta la silueta del N: aoma- Kavi, revestido con ornamentos de piel de jaguar, abanico de plumas de colores en la san-kalda, gorro cónico, y en torno a la cintura la ancha bulukua o faja ceremonial; los adornos de oro y piedras semi- preciosas en collares y brazaletes, y las maxaldas, placas sonoras
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pendientes de los codos, tintinean al compás de sus movimientos; pectoral, orejeras, nariguera, tembeta y demás pendientes metálicos de fina orfebrería, completan y resaltan su figura, despiden destellos, hacen espectaculares los estudiados ademanes del viejo naoma. Esta es la gran noche de Kavi-Tama... Esta es la noche de las velaciones del Naoma-Kavi. Con pasos lentos, ritmo a su canción ceremonial, el sacerdote anza hasta el borde de la terraza y desde allí tiende la vista sobre gentío: en la oscuridad de la noche apenas si lo puede distinguir: ro lo sabe agrupado a sus pies, mar humano anhelante, confiado él, único en Keka-Bunkua con poder de comunicarse con la dre Universal. Para la multitud, esta noche, el Naoma-Kavi es itad humano y mitad sobrenatural: es una silueta movible despi- iendo destellos, que canta en el extraño lenguaje de los Antiguos. ipnotizados lo ven señalar hacia las alturas... siguen sus indicacio- y así pueden descubrir entre la miríada de puntos luminosos del lamento la Constelación de los Jaguares, y dentro de su ámbito, mejante a una pincelada de luz, a Kavi-Tama, brillante, con su uda magnífica, nunca antes vista por esta generación de taironas. Del gentío se levanta un murmullo de admiración: por unos ins- tes parece el rumor lejano del mar: hace vibrar al sacerdote con ntimientos de emocionada plenitud. En ese momento, por la gra- ía principal irrumpe el desfile de los naomas llegados de todos los lugares de la Montaña Blanca con las cabezas cubiertas de uli-tan- kue, penachos multicolores de plumas de las más bellas aves. Unos pos de otros forman una larga fila, portan ofrendatarios con ¡Suentas-kuitsi, obsequios a Kavi-Tama, y otros llevan bandejas de cerámica negra donde arde guxtse, el fuego mítico.
La procesión de los naomas asciende por la gradería entre un coro de cantos y exclamaciones de la multitud: no parecen voces humanas, sino el trepidar de la tierra cuando por ella echa a caminar Seijankua, el Señor de los Temblores. Así llegan hasta la terraza mayor donde se levanta la gran Nunhuañkala envuelta en resplando- res de guxtse, símbolo de Kama, fuerza que imparte el inmenso poder al templo.
Alrededor de la kalauka donde ahora se halla sentado el Naoma- Kavi, los otros sacerdotes colocan los ofrendatarios con las piedras kuitsi, y en un círculo más amplio las bandejas con el fuego mítico,
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avivado con abanicos en secuencias rítmicas, marcadas por los tonos altos del canto, entonado al unísono por los naomas y el gentío a manera de impresionante oleaje: y según se suceden los compases de la canción, se incrementan los resplandores.
A un ademán del Naoma-Kavi el canto se interrumpe: hay unos instantes de silencio, hasta cuando irrumpen en el escenario, dentro del círculo de las bandejas llameantes, un grupo de bailarines con las cabezas y caras cubiertas por máscaras del jaguar Namaku, los cuerpos envueltos en pieles de kavi el jaguar, nebbi el tigre, seiname el jaguar negro, nuhuijabe el tigrillo, y kaxshigugulu el puma o jaguar rojo; en sus movimientos elásticos imitan a la perfección los de estos animales en la selva, e inician el baile sagrado de los felinos al ritmo sugerente y nostálgico de las kuidzi, flautas de hueso. La danza se intensifica, se vuelve frenética en la medida en que las nung-subalda, trompetas de calabazo, y las de caracol grande de mar, llenan los espacios de sones y reverberancias. A otro grito del naoma la música se torna más rápida, retumban los tambores, se oye el chicheo-chicheo de las tani, maracas, el campaneo argentino de los shiminku, cascabelitos de oro, y la aguda estridencia de los gaugi, silbatos de hueso pulido.
Para entonces, otros personajes intervienen en la danza: se trata de hermosas y ágiles doncellas, sin más atuendo que el brillo de sus alhajas; el adorno en las cabezas son anchas cintas con pendientes de oro y pedrería, sostén a las astas ramificadas de segi, el venado, al cual ellas representan. Dentro del simbolismo del acto, del frenesí del baile, y ante la mirada fascinada de la multitud, las danzarinas son perseguidas por los hombres-jaguares en un intento desaforado por alcanzarlas, hasta derribarlas y con rugidos posar sus zarpas sobre las palpitantes caderas y los lomos de las mujeres-venados. Un gran clamor estalla entre la multitud, gritería tempestuosa sólo acallada cuando el Naoma-Kavi se levanta de la kalauka y agita los brazos; con este ademán pone fin al baile sagrado, los ejecutantes se retiran presurosos del escenario, y otro tanto hacen los naomas menores a manera de sombras silenciosas.
El Naoma-Kavi vuelve a quedar solitario frente a la Nunhuañkala, ahora, en un efecto óptico, emergiendo entre las refulgencias del guxtse: ha llegado el momento esperado después del transcurso de los ciento cincuenta y dos solsticios: es la hora de las revelaciones
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del muru nakubi. Sin dejar de mirar y señalar la estrella del Gran Jaguar anuncia con su voz aguda y nasal:
—Está apuntado en el firmamento. Ahí... en las estrellas de la Constelación de los Jaguares: así lo quiere Haba Séinekan: así lo piden Sintana, Seihukukui, Seijankua, Kunchavita-ueya, y todos sus hijos y hermanos, Padres, Madres, Señores, Dueños. ¡Todos!. Así lo anunciaron: para esta época, cuando Kavi-Tama aparece en el cielo y llega a su casa a reunirse con sus otros hermanos Jaguares, será también el tiempo de la guerra... de la lucha por recuperar los territorios usurpados a orillas del mar por los ubatashi... el de recon- quistar las llanuras invadidas por los arranca-brazos y los arranca-ca-
bezas.
Hace una pausa: la tensión se acrecienta entre la multitud; el viejo toma aire y exclama con toda la potencia de su voz:
—¡ Hijos de Haba Séinekan! ¡Hermanos Mayores!. ¡Taironas habitantes de Keka-Bunkua! Volveremos a ser dueños de las llanuras del litoral. Volveremos a dominar las bocanas de los ríos. Rescata- remos a nuestras mujeres. Vengaremos a los muertos. Así está señalado en las estrellas. ¡Así será! Ahora que Kavi-Tama llegó a ocupar su lugar en la Constelación de los Jaguares.
El viejo sacerdote hace otra pausa, levanta en alto el sa-xavalda, bastón-calendario, donde ya registró con otra muesca el paso del Gran Jaguar; lo agita en amplios círculos, primero con la mano derecha para invocar buenos sucesos, luego con la mano izquierda para alejar malos acontecimientos. Y con su voz peculiar continúa sentencioso: ;
—+». grandes días están por venir: de gloria para nuestra nación. Pero antes, la sangre de muchos guerreros teñirá las aguas de los ríos en su curso hacia el mar; éste será el precio de la victoria, de la futura felicidad, de la prosperidad para nuestros hijos, y los hijos de nuestros hijos. Así está marcado en el firmamento. Así.
Se aparta de la kalauka, toma un largo bastón de mando, elaborado en macana con anillos y cabeza felínica de oro, da varios pasos por el borde de la terraza, mira entre la multitud, hace una señal y llama en alta voz:
—¡Seoname-maku!... ¡Jaguar Negro!... ¡Cacique de Ponkeica! Así lo ordena Haba Séinekan: desde este momento, por voluntad
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de ella y de sus hijos, y ante la presencia de Kavi-Tama, le entrego el bastón de mando de la guerra.
Al llamado perentorio del sacerdote, el joven cacique asciende a la terraza, recibe la insignia guerrera, se vuelve y la presenta a la multitud. Su ademán obtiene por respuesta un grito unísono: se sacude el aire a manera de tempestad, como si el Señor del Trueno, Kunchavita-ueya, dejara oír su potente voz sobre los picos de las montañas.
Sólo una persona se aflige por estos honores y responsabilidades asignados a Seoname-maku: Ula-yang, espectadora desde un lugar preferencial; hasta ahora, la felicidad la acompaña en los días y en las noches; hasta ahora, su joven esposo no se separa de su lado y la llena de alegría; y cuando ya el acto de la pasión es una experiencia plena y placentera, deberá apartarse y, revestido con las insignias, partir a la guerra. Los hermosos ojos negros de Ula-yang se llenan de tristeza: le duelen el corazón y sus entrañas de mujer enamorada, así sienta orgullo por el destino asignado por las estrellas a su hombre.
IX
Para Kashín y Ulaban los primeros recuerdos infantiles los situaban juntos, uno al lado del otro, dentro del vientre congestionado de las embarcaciones, respirando el aire caliente y ese olor salobre, a pescado, impregnándolo todo entre el chapoteo de agua de mar, filtrada por los resquicios abiertos en los cascos carcomidos de tanto bregar con las olas; ellos, con los otros chicos, tenían por encargo evacuarla sin descanso, con las totumas o los caparazones de tortuga, mientras a su lado se desarrollaban el trajín y el grito estentóreo de los hombres en las faenas marineras. :
Entre esa confusión de cuerdas, varas, velámenes, arpones, armas, utensilios, remos, pescados y crustáceos capturados, algunos vivos, que todo lo volvían estrecho y desordenado debajo de las bancas, era de donde a veces los rescataban las manos de sus madres, obligadas compañeras de los caribes, valientes pasajeras de estas
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naves, destinadas a surcar los mares del trópico y cortar distancias entre una y otra de sus cientos de islas.
De aquella vida impuesta por la naturaleza de sus padres, audaces navegantes y temidos guerreros, les quedaron grabadas en las mentes las visiones del horizonte ilímite, unas veces de sólo cielo y agua, otras salpicado de pequeñas islas, o también de porciones de tierra mayores, con su-silueta inconfundible por la cerrada vegetación, donde se intuía el discurrir fresco de los arroyuelos; en aquellos tiempos fue una constante, en el día los ardores del sol, en la noche el brillo parpadeante de las estrellas; y, añadido a ellos, los recuerdos sangrientos de batallas para tomar posesión de una punta de playa, o la medialuna de una ensenada donde pasar algunos días explorando sus alrededores, para aprovisionarse de frutas, carne de monte, de los bosques extraer madera para reconstruir alguna parte averiada de los barcos, remendar velámenes, rehacer cordelerías, o descansar de tantas fatigas y sentir bajo los pies la estabilidad física de la tierra.
Sin ser hermanos, Kashín y Ulaban crecieron como tales, viajeros con otros chicos en los navíos caribes. Los ajetreados vientres, costillares y bancas, fueron sus estrechos hogares; en las esbeltas piraguas aprendieron de la vida y de la muerte, de la alegría y el miedo, de la abundancia y la escasez, del triunfo y la derrota, de la paz de los hombres y de la naturaleza en los días de navegación en calma, cuando era un regocijo la abundante pesca en las aguas transparentes de los bajos de coral, acompañada de los cantos de los hombres y las risas y exclamaciones entusiastas de las mujeres; o también, de la furia ciega desatada por los seres humanos en la guerra, el llanto de los inocentes, nunca comparable con esa otra ira, la aterradora, y pese a ello grandiosa de los elementos naturales desbocados, así una y otra ocasionaran dolor y muerte. En las naves caribes aprendieron las reglas de la marinería, a interpretar el rumbo en el manto nocturno de las estrellas, a conocer la dirección de los vientos en la forma de las nubes y sus desplazamientos; a dilucidar por el color de las aguas su profundidad y sentido de las corrientes; a ser hermanos del sol y del viento, a saltar las embarcaciones sobre los lomos de las olas, a ir de uno a otro lado en esos mares de nunca acabar.
Porque ese fue su destino, desde niños debieron presenciar mil combates, escuchar los gritos de guerra y el silbido de las flechas
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al rasgar el aire y cantar la muerte; y pese a su corta edad, participaron en sangrientas batallas, donde unas veces se alcanzaba la victoria, y con ella apreciado botín, mujeres para perpetuarse como raza, o un territorio donde establecerse por un tiempo, cultivar, esperar las cosechas, reaprovisionarse y volver a su inacabable peregrinaje.. La victoria no fue siempre su compañera: diezmados, con el sabor amargo de la derrota, también regresaron a sus naves para escapar por la única vía libre: el mar.
Los dos chicos vieron morir a sus padres en medio de feroces combates; así perdió Kashín a su madre, dentro de su propio hogar- embarcación, asaeteada cuando protegió con su cuerpo la vida de otro chiquillo; y Ulaban perdió la suya, raptada, porque para otros fue el triunfo y el botín en aquella ocasión. De esa tragedia le quedan vívidos recuerdos: él, con sus escasas fuerzas, aferrado al cuello de su madre en un intento sobrehumano por defenderla y evitar ser separado de ella. Vana y heroica intención: se la arrancaron de sus manos de niño: le quedó la imagen llorosa y despavorida de su rostro, y esa piedra, nube-cielo, llevada ahora en su garganta como remembranza y amuleto.
Hasta cuando llegaron un día a las costas de la Montaña Blanca, visión maravillosa, emergente en la lejanía del horizonte con el resplandor níveo de sus cumbres. Aquella aparición de la Sierra fue algo nunca imaginado por los caribes, acostumbrados a los paisajes insulares. Para entonces ya conformaban una flotilla de embarcacio- nes con las bordas acorazadas con caparazones de tortuga carey, eficientes escudos donde se estrellan y resbalan las lanzas y flechas de los enemigos.
Para ese tiempo Kashín era un guerrero con temperamento de líder: se distinguía en las batallas por la audacia y el valor de sus actos. Ulaban, por su parte, se peculiarizaba por su ingenio excep- cional y las condiciones de estratega, hábil en la construcción de navíos, armas, o cuanto implemento requirieran los caribes en sus aventuras de mar y tierra.
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El tiempo transcurrido en bordear las costas, y en especial la apari- ción sobre el horizonte de la colosal montaña blanca, imponente
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detrás de las llanuras y colinas próximas al litoral, convencieron a Kashín, Ulaban, y demás expedicionarios caribes, de hallarse ante unas tierras diferentes a las islas de donde provenían; aquello no era la geografía simple de los playones y las eminencias cubiertas de palmeras: esto era un complejo montañoso de grandes proporcio- nes. Ulaban guardaba en la memoria relatos de los mayores, y recordó lo escuchado sobre un país grande y poblado, de tierras extendidas en las faldas de una altísima cima nevada, habitado por gentes distintas a ellos, donde por la forma de explotar la tierra se podía permanecer en un mismo sitio todo el tiempo, facilitando la construcción de centros poblados, algunos de gran tamaño.
La vista de la Sierra Nevada y los relatos de Ulaban acrecentaron en Kashín y sus compañeros la curiosidad por conocer tales lugares. En un mar apenas rizado por los vientos del Noreste, los expedicio- narios aproximaron sus embarcaciones unas a otras para comunicarse con facilidad según su costumbre: la vista de esa tierra nueva hacía imperioso deliberar sobre el futuro. En esta toma de decisiones también era práctica, además de escuchar a los capitanes de los navíos, atender los razonamientos de aquel a quien consideraban el más sabio, al poderoso sin serlo, al que no buscaba jefaturas porque su autoridad era distinta y no rivalizaba. Por ello, como ya se estaba volviendo hábito de un tiempo para acá, pidieron a Ulaban, el líder natural, su opinión y consejo.
Atehtos a su voz pausada, sin apartar la vista de esas dilatadas y al parecer promisorias costas, los caribes sintieron la urgencia de probar suerte en las tierras de la Montaña Blanca.
— ¡Vamos allá! —gritaron entusiastas, y cada cual aventuró, según su imaginación, las sorpresas y hasta los peligros que allí podrían encontrar
De inmediato decidieron poner rumbo a las costas de la Montaña Blanca y nombrar como jefe único para el desembarco a Kashín. Sin vacilar, éste organizó la formación de la flotilla de quienes, a partir de este momento y según la tradición caribe, se denominarían kashinguis, o gente de Kashín.
—;¡A tierra! —clamó con su voz potente, la mirada fija en la gran montaña. El trajín con los aparejos llenó de viento las velas, las proas enfilaron a tierra en pos de la nave capitana, donde Kashín
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compartía el puente de mando con Ulaban, su hermano de vida en el mar.
Mientras unos atendían labores marineras, la mayoría de los ca- ribes aprestaron las armas. Asomados sobre las bordas acorazadas con caparazones de tortugas, los vigías observaban cualquier movi- miento sospechoso en tierra firme. Bajo el sol ardiente del mediodía, a toda vela, acelerados aún más los navíos con el impulso sincroni- zado de los remeros, se aproximaron a la costa.
El recuerdo de estos hechos revive a Kashín el pasado. Después de una trajinada mañana de pesca en el mar, apunta su canoa hacia la playa, con sus arenales blancos extendidos entre las bocanas de los ríos Mutaiji y Ulueiji, donde con el consentimiento de los taironas se han establecido en forma pacífica. .
La bondad de los nativos y de la naturaleza, debo reconocerlo, nos volvió la vida amable, tranquila y productiva, sin las vicisitudes y los riesgos propios de la existencia en el mar. Esta es una realidad que ahora gozamos.
Con un envión final del canalete, la canoa salta las últimas olas y su quilla abre un surco en la arena. El jefe kashingui, tostado de sol, luciendo todavía como un trofeo las cicatrices de combates donde se ganó fama de héroe, salta sobre la borda y comienza a arrastrar la embarcación hacia un lugar alto de la playa. Arriba, desde la aldea, lo divisan algunos chiquillos y de inmediato acuden a ayudarlo entre el bullicio de sus gritos: son hijos de caribes y mujeres taironas, conocedores por boca de sus padres de las hazañas realizadas por Kashín en otros tiempos: debido a ello lo admiran y respetan como a un gran jefe, así la vida ahora sea de pacíficos pescadores, agricultores y artesanos, organizados bajo un gobierno compartido con Ulaban, el sabio y el artista. La hermandad entre estos dos jefes ha permitido trocar sin traumatismos las costumbres: mazas, flechas y lanzas han sido reemplazadas por herramientas e instrumentos de trabajo en los campos, o para fabricar utensilios, máscaras, bancas ceremoniales y otros elementos muy apreciados por los taironas, en especial de los sacerdotes.
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Kashín deja a los niños la tarea de sacar del fondo de la canoa fruto abundante de la pesca, se encamina hacia la aldea enterrando fruición los pies en la arena suave y tibia. Con aire satisfecho templa la perspectiva del lugar donde es líder y cacique: allí todo es adelanto, paz, seguridad, condiciones disfrutadas a concien- ia por su gente. Esto, tal vez, lo soñaron sus antiguas mujeres, quizás su misma madre... Que lo recuerde, nunca vio en ellas la expresión alegre y despreocupada de quienes ahora son sus compa- eras. ¡Y los niños!... Con todo, a veces, no puede sobreponerse 2 los ímpetus de su sangre caribe corriéndole por las venas, exigién- “ole las emociones de los combates y las aventuras en el mar. Cuando la nostalgia le vuelve un imposible la vida sosegada de la aldea, se levanta antes del amanecer, arrastra la canoa por la playa, se enfrenta al mar, se lanza solitario a desafiarlo, a luchar contra la furia de las olas, hasta cuando el sol asome sobre el horizonte y lo descubra lejos de la tierra, en medio de la inmensidad del océano, allí donde tuvo su primera razón, donde creció y se hizo hombre entre el fragor de las batallas y los gritos de guerra de sus mayores, woces que quisiera oír de nuevo entre el bramar del viento y la agitación de las maretas.
Cuando la fatiga se apodera de sus músculos y siente desfogados los impulsos, enrumba otra vez la embarcación hacia la costa y la aldea kashingui, de la cual y como una paradoja, su ótro yo tampoco quisiera alejarse. Estos sentimientos encontrados, esta ambivalencia de su personalidad, unas veces lo identifica con su padre, el guerrero- navegante a quien vio morir combatiendo, y otras con su madre, desarraigada de su tierra y de su gente, convertida en botín en alguna expedición, sacrificada luego en medio de un combate. Ambivalen- cía quizá repetida en la forma como ejerce su gobierno y al tiempo lo comparte con Ulaban.
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Desde cuando llegaron a las costas de la Montaña Blanca han pasado para los kashingui muchas lunas: de esa primera aldea construida a orillas del mar, en inmediaciones de la quebrada Palanoa, habitada por hombres solitarios y recelosos, a ésta de ahora cambiada en
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próspero poblado, con mujeres y niños por virtud del entendimiento con los taironas, hay una diferencia sustancial. Gran parte de la prosperidad se debe a una circunstancia singular, protagonizada por Ulaban, aficionado al arte manual practicado sobre maderos a la deriva, rescatados y labrados cuando su presencia no era indispen- sable en otras actividades. Y de la habilidad de sus manos surgieron cantidad de instrumentos y objetos fáciles de recuperar en las con- tingencias de los naufragios, entre ellas las bancas de mando de los navíos, labradas con perfecta simetría y motivos faunísticos como adornos: quedaba así resaltado el lugar desde donde Kashín y los otros comandantes de las piraguas dirigían a las tripulaciones.
A las bancas talladas por Ulaban, a la forma oportuna y sagaz como actuó, a la actitud prudente y racional del líder oficial Kashín, se debió el logro del primer encuentro de este grupo caribé con los taironas.
Para atracar los barcos, Kashín escogió un playón al Oriente de la bocana del río Mutaiji, cerca de un pintoresco poblado compuesto por bohíos alineados frente al mar; dentro de la perspectiva del lugar se destacaba una construcción de mayores proporciones, con alto cono de palma y finas paredes de esterilla tejida; a su puerta Ulaban distinguió, colocadas a lado y lado, unas toscas banquitas de madera, una de ellas ocupada por un anciano de porte severo. La cantidad de canoas varadas en la arena y los aparejos extendidos al sol, atestiguaban las costumbres pescadoras de la aldea, con sus habitan- tes amontonados, curiosos por la presencia de las naves kashinguis, espectaculares con sus costados acorazados, las velas desplegadas, enormes si las comparaban con sus pequeñas embarcaciones.
Para los nativos eran una incógnita las intenciones de los caribes; y para éstos, acostumbrados a los recibimientos violentos, los des- concertaba la apariencia sosegada del caserío tairona. Agazapados tras las bordas, prestos al asalto, sólo esperaban la orden de Kashín. A su voz arriaron las velas, avanzaron a remo hasta pocas brazas de la orilla, los tripulantes hundieron los canaletes en el agua y frenaron las piraguas. Desde el puente de mando Kashín y Ulaban recorrieron otra vez.con la mirada el panorama del pueblo y sus contornos: todo seguía tranquilo y normal, el anciano continuaba impasible en su banquito de madera, al parecer sin extrañarse por la presencia de la flotilla caribe; y de las chozas salían más mujeres
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niños a curiosear a los recién llegados: con desparpajo, bulliciosos, señalaban con los brazos extendidos y un idioma desconocido. —Sólo veo mujeres y niños... —comentó Kashín confuso con recibimiento. Ulaban tampoco podía ocultar su sorpresa: por experiencia, muy pocas veces su llegada a tierras extrañas ocurría paz. Y comentó clavando los ojos primero en las canoas, luego los penachos de las palmeras, tupido cortinaje detrás del villorrio: Si la cantidad de embarcaciones corresponde a los hombres de lugar pueden ser tantos como nosotros, O más —y con gesto uente y receloso—: Deben estar escondidos en alguna parte. hándonos. Y no entiendo este comportamiento despreocupado las mujeres y los niños. ¿Acaso no saben de nosotros?
Kashín, guerrero nato, sintiendo por todo el cuerpo ese hormigueo inconfundible cuando de la proximidad de un combate se trataba, senía listo en la garganta el grito para lanzar a su gente al ataque. Pero... ¿contra quién? ¿Asaltarían a ese grupo indefenso de mujeres y niños? Y se resistía, así él y sus guerreros ya se regodearan con ese botín humano, al parecer tan fácil de capturar. Su indecisión aumentó a la vista serena del anciano: no alcanzaba a detallar todavía su rostro, pero su actitud no mostraba ninguna prevención. Miró de reojo a Ulaban:
—-¿A qué tierras extrañas hemos llegado, donde no parecen temer- nos?
Ulaban nada contestó: pensaba: y esto le sirvió para proponer:
Tengo una idea para dilucidar el proceder de estas gentes: que nadie abandone los navíos. Bajaré a tierra, solo. Si actuamos en forma pacífica, quizás sean hospitalarios.
Ante la mirada todavía vacilante de Kashín, Ulaban se dirigió a la banca de mando tallada por él, arrancó las cuñas que la aseguraban al puente, con ella sobre los hombros saltó al mar. Poco después emergió ya en la orilla, con su carga en los brazos, y en actitud confiada, muestra de sus intenciones, se dirigió al grupo de mujeres y niños. De inmediato se apartaron y le permitieron avanzar hacia el bohío grande, desde donde lo miraba el anciano con penetrante fijeza, como si quisiera leerlo la mente.
Con su figura alta y cenceña, obligándose a irradiar serenidad en todos sus movimientos, Ulaban se detuvo ante Cotocique, naoma
de Buritaca, y con ademanes expresivos depositó el banco a sus
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pies, a manera de obsequio. El sacerdote miró, ya a Ulaban, ya al banco: comparado con el suyo, éste era una obra de arte excepcional. Sin poder contener la curiosidad, lo recorrió con sus manos afiladas, de dedos sensitivos, comprobó la fina calidad de las tallas y la madera, el expresionismo de las dos cabezas de dragones de mar, para él, indudables representaciones de kavi, el jaguar, animal sa- grado de los taironas.
A partir de ese momento, Ulaban y el anciano se comunicaron por medio de señales: ello sirvió al primero para pedir, y al segundo para conceder, permiso a los kashinguis de bajar a tierra y establecer un campamento en la playa, a distancia prudencial del poblado. La banca tallada por Ulaban pasó de su sitio preferencial en la nave de Kashín, a banca ceremonial del naoma Cotocique de Buritaca, y fue, a fin de cuentas, la clave que permitió a estos caribes establecerse en el País de los Taironas.
Para ese momento y de todos los alrededores principiaron a hacer su aparición los hombres, armados de largas lanzas de macana, arcos, flechas, hachas y cuchillos de piedra pulida. A su vista y desde las piraguas, los kashinguis entendieron la razón de Ulaban para actuar como lo hizo: vencerlos hubiera sido imposible ante su superioridad numérica.
Satisfecho con su acierto y observador por naturaleza, Ulaban permaneció en el caserío de Buritaca el tiempo suficiente para deta- llar el desarrollo cultural de aquellas gentes. Y por la actitud alerta de los hombres cuando posó su mirada en alguna de las mujeres, dedujo que por ahora no habría botín. De regreso al barco, Kashín lo esperaba impaciente y convocó a inmediata reunión: necesitaban conocer sus impresiones; y dada la urgencia de reabastecerse de agua y alimentos, acordaron aceptar las condiciones del naoma Co- tocique.
Lejos del pueblo a fin de evitar cualquier enfrentamiento, y a orillas de un riachuelo llamado Palanoa, Cotocique en persona señaló a Kashín y Ulaban el lugar donde podían instalarse con su gente por un tiempo. Los kashinguis atracaron sus navíos en el pequeño
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sstuario, a su orilla dispuso Kashín la construcción de algunos rús- cos bohíos, el resto de sus hombres se dedicó a patrullar los con- oros: ante el poderío armado de los taironas, no quería dejarse orprender. -—No acabo de comprender a estas gentes —solía comentar a Elaban, al paso del tiempo. Y éste guardaba prudente silencio, al ecordar la concesión del naoma de sólo permitirles a ellos dos isitar y recorrer a Buritaca; si cualquier otro caribe lo intentaba, inmediato era obligado a regresar a los linderos circunscritos al huelo de Palanoa. A Ulaban, desde el primer momento, lo movió el afán de investigar pbre el País de la Montaña Blanca: se aplicó a estudiar y entender 2 los taironas, y entre más los conocía, mayor fue su entusiasmo or la ordenada conducta social que los regía. La simpatía expresada or Cotocique y el deseo de aprender el idioma de Keka-Bunkua, permitieron visitar con frecuencia a Buritaca: así se percató del enso intercambio comercial entre la aldea costera y los centros oblados del interior: vio llegar caravanas humanas portadoras de antas de algodón, vestidos, joyas de oro y pedrería, armas y lísticas piezas de cerámica, para retornar cargadas de algodón en Borra, sal, aceite, pescado ahumado y seco, maíz, conchas, caracoles * urnas funerarias de gran tamaño. En el campo kashingui, sin descuidar la vigilancia y los ejercicios e adiestramiento a sus guerreros, Kashín se ocupaba en la reparación sus navíos y al reaprovisionamiento de víveres con partidas de £aza y recolección: era necesario conseguir abundante carne de monte sen las selvas vecinas, y pescado seco para almacenarlo en las bodegas e los barcos, junto con coco y otras semillas alimenticias y frutos “desecados. A la noche Kashín y Ulaban solían reunirse para hacer inventario de los alimentos, y comentar los sucesos del día. —Sigo sin entender a estos taironas —repetía Kashín—. Me des- conciertan su generosidad para dejarnos abastecer, y su prohibición visitar el pueblo y tener relación con sus mujeres. Ellos saben que las necesitamos. .Y nuestra gente ya se impacienta: tenerlas cerca incita los deseos a poseerlas. Dime, Ulaban: ¿Has logrado algo al respecto?... No podemos esperar indefinidamente. A estas inquietudes, Ulaban respondía pensativo: —Por ahora, la paciencia es nuestra única alternativa. El compor-
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tamiento de los taironas tampoco lo entiendo del todo. De haberlo querido, nos habrían impedido desembarcar; o nos hubieran dejado hacerlo para luego exterminarnos.
Ellos, ya no lo dudo, gozan de gran poderío.. Buritaca es apenas uno de sus muchos poblados: en el litoral y en el interior los hay más grandes y populosos. De requerirlo pueden levantar en armas un ejército como nunca hemos visto. La razón para permitirnos permanecer aquí se debe, o al espíritu amistoso, o por motivos todavía desconocidos para nosotros. . Y ese sacerdote.. que parece adivinarlo todo: como si leyera los pensamientos.
Ala noche, mientras los kashinguis soñaban inquietos y desespe- rados por la falta de mujeres, Ulaban comprendió la urgencia de ingeniarse una forma para convencer a Cotocique.
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Como lo hace todas la mañanas desde cuando llegaron a Keka-Bun- kua, Ulaban se encamina al caserío de Buritaca siguiendo la franja húmeda de la playa, donde revientan las olas. Va pensativo, bajo la limpia inmensidad del cielo, confundido en el lejano horizonte con el azul del mar
A sus espaidas, frente al campamento kashingui y a la vista inconmensurable del océano, se ha quedado Kashín, como siempre sometiendo a sus hombres a prácticas marciales; con éstas, les distrae de la soledad, descansan de los trabajos rutinarios de pesca, de cacería y de recolección, mantienen el espíritu combativo y la des- treza en el manejo de las armas.
Por la hora temprana, el mar está todavía en calma, apenas rizado con espaciados y murmujeantes oleajes. Al Occidente se extiende la gran planicie litoraleña y más allá, próximos al río Mutaiji, resaltan entre las frondas los conos de palma de las vivieridas del poblado, a esa hora bullicioso con el griterío de las mujeres y los niños, al recibir las canoas de los pescadores.
En las cercanías a Buritaca, Ulaban vio por primera vez a Nyuba- yang: de cara al mar, con los párpados cerrados, se mantenía rígida
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o una estatua, la barbilla levantada, la cabeza hacia atrás y en los labios y las aletas de la nariz un imperceptible temblor: se scupaba de captar, con sensibilidad extrema, la variación en la welocidad y dirección del viento, su temperatura y humedad; así mantuviera los ojos cerrados, la posición de los brazos a lado y lado de las caderas, con las palmas de las manos al frente, le servía para analizar las condiciones atmosféricas.
Joven, esbelta, con estatura un poco mayor al común de las mujeres taironas, era una escultura de bronce, solitaria, allí en medio de la playa. Ulaban, con su caminar sosegado, silencioso sin propo- mérselo, se acercó a la muchacha atraído por su quieta belleza... y algo en su figura, en el porte, en la tranquila serenidad, le hizo recordar a su desventurada madre. Estaba ya a pocos pasos de ella, sin verla variar de posición, cuando oyó su voz dirigiéndosele sin mirarlo:
—Hánchika, jaldji... Te saludo, extranjero.
Ulaban se detuvo en seco, sin poder ocultar la sorpresa. ¿Cómo lo había reconocido sin siquiera mirarlo? Ella continuó: —Na kusa,
yo te vi.. a mi manera. Y en sus labios vagó una enigmática sonrisa—. Eres Ulaban, el fabricante de las bancas ceremoniales.
Y... ¿tú quién eres que todo pareces saberlo? ¿Acaso te había visto antes?
La muchacha se volvió. Seguía con los párpados cerrados. Era bien hermosa, con una dignidad inmanente, resaltada aún más por las alhajas de oro cubriendo con opulencia su cuerpo.
—Soy Nyuba-yang. también me llaman Nyuba-Aluna, el Espí- ritu de Oro.
El Kashingui recordó haberla visto en forma fugaz a la puerta de la nunhuañkala femenina, a donde no podían entrar los hombres, rodeada de un séquito de mujeres y chiquillos, en actitud distante, superior como si fuera una sacerdotisa. Y también que había sentido atrevidos deseos por poseerla, así este impulso bastara para conver- tirlo en quebrantador de las normas estrictas de los taironas. Y añora. la tenía cerca, al alcance de sus manos...
Se refrenó: contuvo con esfuerzo la respiración agitada para evitar denunciarse. Nyuba-yang, sin embargo, ¡o advirtió, levantó su mano derecha, la extendió, rozó sus labios y le hizo sentir un estremeci- miento por todo el cuerpo; arriesgándose a cometer la profanación,
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a su vez llevó sus manos a la cara de la joven, la acarició fugaz, para al final posar los índices sobre sus párpados cerrados. —Dime... ¿Nunca los abres? .. ¿Cómo supiste que venía? Nyuba-yang sonrió, el rostro se le embelleció aún más, retiró su mano de la boca de Ulaban y contestó con misterioso orgullo: —Soy hija de Misevalyue, Madre de la Lluvia y del Viento... y de Taiku, Padre del Oro. Por eso soy Nyuba-Aluna... —y después de una pausa breve— Pero no te detengas, jaldji: debes seguir tu camino: Cotocique el naoma te espera. Vete: que aluna te acompañe. Y se volvió otra vez de cara al mar y adoptó su actitud hierática, con las palmas de las manos al frente y la barbilla levantada. Vaci- lante, como si hubiera recibido un golpe de viento, el kashingui continuó su marcha por la playa, mirándola una y otra vez.. Y su corazón se llenó al mismo tiempo de alegría, de deseos, y de nos- talgia.
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La idea le vino de pronto: con seguridad su subconsciente la estaba fraguando de mucho tiempo atrás, desde cuando conociera a Nyuba- yang, el Espíritu de Oro... Para él las noches eran solitarias y áridas; y en sueños y como fantasmas venían a visitarlo mujeres de su pasado, algunas ahogadas durante tempestades, otras muertas en absurdas batallas, y también Nyuba-yang con su cuerpo esbelto y enjoyado, la piel tersa, los labios carnosos y ardientes, y ese rostro sereno, siempre con los párpados escondiendo sus pupilas; y a veces, en noches de frustrada lujuria, de soledad agobiante, hasta otras jóvenes taironas de Buritaca, curiosas y risueñas, quienes salían a mirarlo a las puertas de sus bohíos cuando él llegaba a entrevistarse con el naoma Cotocique.
Con entusiasmo desusado Ulaban expuso el proyecto a Kashín; y éste, al oírlo, no pudo evitar mirarlo con extrañeza: parecía con- cebido por una imaginación alocada, y no por su cabeza sensata y calculadora. Y se quedó pensativo cuando trajo a la memoria los éxitos alcanzados en muchas de las empresas acometidas por ellos, debido a las originales ideas de su compañero.
Ante la vehemencia de Ulaban, Kashín aceptó colaborarle. Con-
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vencer al resto de los kashingui fue labor más difícil: ellos hubieran preferido para conseguir mujeres, tomar las armas, caer por sorpresa en Buritaca, raptarlas y con ellas hacerse otra vez a la mar; la consideración de morir en el intento no era un obstáculo: en su ley y destino de caribes, esto no era factor que atenuara o cambiara las decisiones. En esta ocasión pesaron la autoridad de Kashín y los razonamientos de Ulaban; a partir de ese momento y con excepción de los encargados de la vigilancia, la actividad de los kashingui fue bien diferente a sus habituales ocupaciones.
Cuando varios días después todo estuvo preparado, Ulaban se presentó ante Cotocique y empleando palabras del idioma tairona, ya comenzado a dominar, lo invitó con los principales personajes del pueblo a una gran ceremonia en su aldea; ¿el motivo?: la llegada de Saxa-ti a la fase de Luna Llena. El sacerdote aceptó de buen agrado:
—Nas seinjarlde, na peibu: te lo agradezco, mi amigo: Saxa-ti sentirá agrado porque taironas y kashinguis le rindan tributo cuando mos mira de frente.
La delegación tairona al festejo kashingui llegó al atardecer a la bocana de la quebrada Palanoa, después de recorrer en imponente desfile la distancia que por la playa separaba al poblado de Buritaca de la aldea caribe. Se componía el cortejo de dos largas filas de guerreros empuñando lanzas, enormes arcos de macana, hachas y cuchillos de piedra, y engalanados con adornos de oro destellantes a los rayos del sol. En medio de tan espectacular escolta, con andar pausado y solemne, iban los principales del pueblo: naoma Cotocique y Gitamaku, al lado del Naoma-Kavi muru nakubi, venido de Tay- ronaca para conocer a los kashingui; tras ellos, entre mujeres y chiquillos, bailarines y músicos, cerraba el desfile Nyuba-Aluna, el Espíritu de Oro, esplendorosa en su belleza física y en las alhajas formándole tocado de la cabeza a los pies.
Kashín y Ulaban acudieron a presentar saludos de bienvenida, contrastando la opulencia de los atuendos taironas con la desnudez de los caribes, apenas cubiertos con portapenes de caracol y penachos de plumas en la cabeza. Los visitantes fueron guiados hasta el sitio preparado, una franja ancha de playa, donde formando semicírculos estaban ya prendidas las fogatas: allí se asaba carne de monte en abundancia, pescado, y se cocinaban diversas viandas; frente a estos
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fuegos y sobre un montículo artificial de arena se había dispuesto el lugar para los invitados, con las bancas de madera trasladadas desde los puentes de mando de los barcos. El efecto que ellas hicieron sobre los taironas fue el previsto: incluido el Naoma-Kavi, todos se sintieron atraídos e impresionados con las cabezas-dragones, adorno sobresaliente interpretado por ellos como representaciones del ja- guar.
Actuando de principal anfitrión, Kashín invitó a Naoma-Kavi, Cotocique y Gitamaku a ocupar las bancas talladas. A Nyuba-Aluna, Ulaban le tenía otro asiento especial, trabajado en esos días con singular esmero y creatividad: los motivos de adorno laterales, eran reproducciones del rostro de la muchacha, que ella recorrió con sus dedos como reconociéndose. En ningún momento levantó los párpa- dos, pero la sonrisa en sus labios era testimonio de su agrado. Para entonces había anochecido y las fogatas impartían a los contornos rojos resplandores. Ulaban, muy atareado, daba Órdenes y organi- zaba repartos de comida y bebida. Cuando el lomo brillante de Saxa-ti rieló a manera de oro líquido en el horizonte marino, los caracoles grandes tocados a manera de trompetas llenaron el am- biente con sus penetrantes sonidos; frente al montículo de arena saltaron los bailarines caribes en una danza frenética. Se oyó un murmullo de exclamaciones entre los espectadores.
Desnudos, untado el cuerpo con aceite de pescado para resaltar su musculatura, el único atuendo de los bailarines eran los grotescos y erguidos portapenes de caracol de mar, y las máscaras de jaguares con tocados de plumas, dándoles aspecto de hombres-felinos. La abundante y fuerte bebida en ese momento cumplía su propósito, y el espectáculo adquirió la dimensión preconcebida por Ulaban: a un toque final de las trompetas, los danzantes corrieron hasta el sitio ocupado por Naoma-Kavi y los otros personajes, se prosternaron ante ellos y, como obsequio, les ofrecieron las emplumadas másca- ras, semejantes ahora, a los pies de los taironas, a extrañas cabezas de monstruos míticos decapitados.
Miraban fascinados los invitados aquellas caretas de hombres-ja- guares, poco antes poseídas de prodigiosa vitalidad al servir de cabezas a los bailarines kashinguis, cuando a otra orden de Ulaban callaron en seco las trompetas y el suspenso contuvo el aliento de todos sin excepción: el aire trepidó ahora con el batir de muchos
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tambores, tocados bajo el sombrío de las palmeras, como si de pronto allí se hubiera originado una tempestad.
Los taironas voltearon a mirar hacia el lugar de donde provenía el estruendo: cada vez más sorprendidos con el espectáculo brindado por los kashinguis, vieron emerger de la oscuridad, e irrumpir dentro del semicírculo iluminado por las fogatas, un inconcebible cortejo compuesto por rígidas mujeres fabricadas en palo de balso, cargadas en alto por hombres desnudos. De inmediato se dio inicio a un nuevo baile, esta vez con los movimientos sugerentes del galanteo, danza que fue adquiriendo enardecida vitalidad, pareja ala intensidad en aumento de la música, ahora acompañada por flautas de hueso, trompetas de caracol y racimos de semillas. Culminación al baile, fue la posesión dramática y delirante de aquellas mujeres de palo, yacentes en la arena, entre los brazos apasionados de los bailarines kashinguis.
Cuando el silencio volvió al escenario, los danzarines se retiraron y allí quedaron tendidas, rígidas como cadáveres, las hembras de madera con su sexo violado. Ulaban y Kashín miraron expectantes a sus invitados: sin excepción, todos estaban consternados, los ojos puestos en aquellas mujeres de balso, única y obligada posesión de los caribes.
El acuerdo con los taironas no demoró: días después llegaron al campamento kashingui un grupo de doncellas: serían sus mujeres por el tiempo de permanencia en las costas de Keka-Bunkua, a condición de no ser llevadas a otras tierras, ni ellas ni los hijos de su unión; en reciprocidad, los caribes se comprometieron a suminis- trar pescado de mar sal, bancas ceremoniales para los naomas, y máscaras con destino a los bailes rituales.
Kashín se encamina al bohío que le sirve de hogar, donde lo espera Nemi-yang, su joven mujer: risueña, sostiene en sus brazos a una hermosa chiquilla de sangre mezclada como los otros niños del pueblo: caribe y tairona.
A su paso por una construcción cerrada, se detiene y mira a través de los estantillos de chonta; allí, amontonadas en la penumbra, en
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promiscua y grotesca quietud, yacen las hembras de palo que sirvie- ron para mostrarle a los taironas su necesidad de tener mujeres. Kashín no puede evitar una sonrisa al recordaresta exitosa ocurrencia de Ulaban. Satisfecho, da una mirada al conjunto de chozas de los contornos, algunas ya edificadas con el tipo de los nunhúes; se siente realizado por la presencia de este poblado, donde la vida.es placentera y organizada.
También en la casa de las mujeres de balso, están guardadas las lanzas y mazas de piedra, ahora utilizadas en ocasiones especiales, cuando conmemoran con actos simbólicos su vida pasada. Ver las armas allí arrumadas y sin uso, le produce sentimientos contradic- torios de amor a la paz y añoranza por la guerra. ¿Hasta cuándo? se pregunta. Y entonces se ve precisado a enfrentarse solitario al mar, a la fuerza de los vientos, a revivir un poco las pasadas correrías por sus antiguos mundos insulares.
Pensativo, titubeante, allí lo encuentra Ulaban recién llegado de Tayronaca, a donde viajó con un cargamento de bancas ceremoniales y máscaras, requeridas por los naomas para las festividades del solsticio estival y el paso por el cielo de la estrella del Gran Jaguar. Mientras caminan por la aldea, Ulaban lo pone al tanto sobre los proyectos de los taironas, para emprender la guerra de reconquista de los territorios invadidos por los ubatashi, los sangaramena y los gulamena.
—Por las descripciones de estos últimos y de sus naves, deben ser caribes, igual que nosotros. Sobre los demás, dicen es gente muy extraña, de piel blanca, cabello color de fuego y ojos azules; por eso los llaman así: los ubatashi.
Para entonces han vuelto frente al bohío de las mujeres de palo y las armas. Kashín lo escucha atento, con los ojos puestos en los arrumes de lanzas, arcos, flechas y mazas; mira luego hacia el horizonte marino, donde las nubes forman gigantescas figuras, en su imaginación, semejantes a ciclópeos guerreros enlazados en mor- tales combates. Su voz suena premonitoria al comentar:
—Mañana la gente volverá a los adiestramientos marciales. Pre- siento que el tiempo de la paz llegó a su fin y deberemos prepararnos para la guerra.
A la puerta de su casa, con la pequeña hija abrazada a sus piernas, Kashín se despide de Ulaban: lo ve alejarse con su andar parsimo-
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nioso por la playa, en dirección a los conos agrupados de Buritaca. Nemi-yang ha salido de la choza y en una copa le ofrece bebida de frutas frescas. En tanto Kashín sacia la sed, ella le comenta: —Qué extraño es Ulaban... Para mí, lo agobia un secreto. —Tampoco yo lo entiendo: no aceptó compañera para su vida y... antes nunca había sido así. Y la idea fue de él... eso de las mujeres de palo.
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Con el rostro levantado y en los ojos una expresión decidida, Ulaban se aleja de la aldea kashingui, no por la ruta convencional de la playa sino sorteando un espinoso bosquecillo de trupillos y guama- chos, donde es fácil esconderse a la vista de quienes recorren los arenales inmediatos al mar, o de los ocupantes de las canoas dedi- cados a la pesca cerca de la orilla. Lleva una ruta fija, diagonal a las primeras serranías; en sus laderas, por la época, resaltan las florescencias amarillas de los guayacanes a manera de ramilletes. Cuando del mar no queda sino el murmullo espaciado de las olas, Ulaban aminora la marcha, avanza silente, observa atento los alre- dedores, y, como siempre le sucede, lo sorprende esa voz ya incon- fundible:
—Ulaban. aquí estoy.
Se detiene en seco, mira a su derecha:
—;¡Nyuba-yang!
Y sin mediar otra palabra se acerca a la muchacha, la toma por la cintura, siente bajo sus manos la primera insinuación de las cade- ras, la estrecha apasionado, apoya su rostro en el de ella.
—Nunca te descubro... siempre lo haces primero. ¿Cómo puede ser?
Nyuba-yang sonríe con divertida superioridad, levanta los brazos enjoyados, sacude juguetona los shimunku, pequeños cascabelitos de oro, mimosa recorre con sus manos las facciones de Ulaban y le aproxima sus labios carnosos. El murmura a su oído:
—¿Cuándo serás mía del todo?... Ya no resisto.
Corre las manos bajo las cintas enjoyadas colgantes por las cade- ras, aparta el faldellín de algodón, se recrea con su piel tersa.
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Nyuba-yang se cuelga de su cuello, para no desfallecer ante la sabia profundidad de esas caricias llenándole de fuego las entrañas. Uno a Otro se beben el aliento, con acalorados besos. En torno revienta el concierto de las cigarras, el tiempo se detiene, sólo la altura de Surli la vuelve al presente. Con esfuerzo se desprende de los brazos de Ulaban, su voz se escucha ahogada cuando le reclama:
Ya lo sabes: soy Nyuba-Aluna y poseerme a plenitud no será posible aún. Sigues siendo un extranjero. Todo dependerá de tus futuras acciones. Sólo entonces. Y poniéndose trascendental—: El tiempo está próximo: Kuishbangui, Dueño del Trueno y del Rayo, me lo ha revelado.
Se aparta de Ulaban, se compone el vestido y las alhajas en desorden, adquiere otra vez su aire misterioso, lo deja, se va por entre el bosque espinoso. a sus pies florecen rosadas las rastreras y en los espacios arenosos quedan marcadas sus plantas. Pensativo, hincada una rodilla en tierra, Ulaban mira las huellas de su amada y piensa en sus últimas palabras; por rara asociación recuerda lo escuchado al Naoma-Kavi en Tayronaca. ¿Tendrá que ver la prueba exigida por Nyuba-Aluna con los propósitos guerreros del gran naoma?
XI
La presencia de dos flotillas de barcos con las bordas acorazadas, navegando más allá de las costas del País de los Taironas y muy al Oriente del río Hukumeiji, frente a los territorios de los duanabuká, la Gente del Pelícano, no despierta ninguna alarma entre estos pa- cíficos habitantes, agrupados en poblaciones con grandes ramadas a manera de aleros, construidos frente 'a sus chozas de tronco y palma, donde suelen reunirse a descansar terminadas las labores pesqueras y agrícolas.
Como tienen noticia del proceder amistoso de los Kashinguis, y de los intercambios comerciales con sus vecinos los taironas, los duanabuká se disponen a recibirlos con demostraciones de hospita- lidad; grande es su sorpresa cuando a una orden lanzada por los
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capitanes de las flotillas, los hermanos Gula y Sangama, los ven saltar sobre las bordas de los navíos ya anclados, y con gritos de guerra arremeter contra ellos como fieras.
La masacre rompe la armonía del litoral: desarmados e indefensos, en una lucha violenta y desigual, caen los hombres duanabuká atra- vesados por las lanzas o aplastados por las mazas de piedra; en medio del delirio triunfal de los invasores, son decapitados y des- membrados, incendiadas y destruidas las aldeas, perseguidas y vio- ladas las mujeres, ante la vista inocente y despavorida de los niños. Unos pocos logran escapar para dar aviso de la tragedia a las gentes del interior, donde de inmediato se aprestan a la defensa contra la horda caribe que no sólo invade las llanuras de la Gente del Pelícano, sino cruza las fronteras del País de los Taironas e inicia el saqueo y devastación de sus sitios habitacionales.
Por los senderos corren desalados los correos a Tayronaca; y otros relevos a su vez parten por todos los caminos que comunican con el resto del país: van a poner sobre alerta a las gentes del Valle de Tairona y más allá de sus fronteras; la noticia también es llevada al Naoma-Kavi, por esos días, concentrado en observaciones astronó- micas y adivinaciones en un lugar muy escondido de las montañas: en Moraca, centro ceremonial, emplazado cerca de los páramos y las Lagunas Sagradas, el sitio religioso más importante de Keka-Bun- kua, sobre las cabeceras del Nyuba-Nyna, el Río del Oro. Allí está y se venera la Haggi-Koktuma, la Piedra-Asiento de Haba Séinekan, el gran trono rectangular con tres espaldares, usado por la Madre Universal en los primeros tiempos de la creación; por eso en torno a Moraca, se alzan montañas de significado grandioso para los taironas: el Cerro Nukasa: morada de todos los animales de la Mon- taña Blanca; Yantú: donde en sus escarpadas laderas, Kaldyi-Kukui, Madre de las Plantas, guarda todas las semillas del Mundo; Tukume- na: el Cerro de los Manantiales, espejo de Surli, quien en las primeras horas de la mañana se mira en sus aristas congeladas antes de derretirlas; Sekuigaka: la cima donde Taiku, Padre del Oro, fabrica las hachas; Sénetejan: el Cerro Padre de todos los hombres.
El anciano sacerdote, sentado en la kalauka frente a la plazoleta de la Haggi-Koktuma, en sus manos el niguiguí, bastón-calendario de sa-xavalda, escucha las noticias con rostro adusto y ojos cente- lleantes: él ya lo había adivinado en las estrellas: todas estas desven-
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turas acontecerían con ocasión de la visita de la estrella del Gran Jaguar. Era el momento de preparar los ejércitos e iniciar la guerra de exterminio contra los intrusos.
Sus ojos levantados al cielo, iracundos, se clavan en Aui-atseshi, la estrella roja de la guerra... y en la de la muerte: la estrella Heisei.
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Igual a como sucede en otras poblaciones taironas, en Ponkeica se alistan los hombres en edad de combatir: ellos marcharán a la con- centración de tropas al Valle Interior, región central de gran valor táctico para hacer la guerra, en la parte del país que mira hacia Noana-mashika, el Norte. Además de la presencia ya molesta de los ubatashi, la situación se ha tornado alarmante por los continuos asaltos de los gulamena y los sangaramena. La estrategia general de la guerra, acordada con Nomaragiey y Toronomala, caciques de Tayronaca y Posigúeyca, y el Naoma-Kavi muru nakubi, es enco- mendada en la dirección total de los ejércitos a Seoname-maku. Consultas astronómicas, adivinaciones, bailes con máscaras a la luz de las estrellas y a la vista de Kavi-Tama, ya desplazándose para salir de su casa en la Constelación de los Jaguares, preceden a la aprobación de las maniobras para la guerra.
De regreso en Ponkeica, Seoname-maku apenas si ha tenido tiempo de dedicar atenciones a Ula-yang, ocupado como está en preparar a quienes habrán de seguirlo al Valle Interior. La defensa de los poblados quedará a cargo de los naumas, hombres mayores, en posibilidad de manejar armas, mientras los más ancianos, las mujeres y hasta los niños, dedicarán su tiempo a las labranzas, a la fabricación de flechas, hachas, jáculos, mazas y arcos de gran po- tencia, algunos con capacidad de disparar cuatro saetas a la vez; también hay intensa actividad en la preparación de atuendos y tintu- ras, vendas, medicinas, o sustancias venenosas, a fin de impregnar las puntas aguzadas de las armas.
Sudoroso, cansado pese a su fortaleza, con el hacha en una mano y la lanza en la otra, Seoname-maku sube la escalera de piedra que conduce a la terraza donde se levanta su bohío. A la puerta del nunhúe ya lo espera Ula-yang: amorosa sostiene en sus manos un munku, calabazo decorado, rebosante de fresca y deliciosa chibil-
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djía, chicha de maíz, para calmarle la sed. Ella lo ha observado todos estos días desde el borde enlosado de su terraza habitacional, sentada a intervalos en un banquito de madera, porque los primeros malestares del embarazo ya le producen vahídos. La joven esposa no oculta el orgullo en su rostro cuando mira con ojos enamorados a Seoname-maku, entregado con ardor a sus responsabilidades de cacique y jefe: su aspecto físico, la vitalidad de sus movimientos cuando dirige y participa en los simulacros de combate cuerpo a cuerpo, producen en Ula-yang intensa satisfacción, así, en el fondo de su corazón, tema por los grandes riesgos que deberá enfrentar Ya los días hermosos de la Casa del Murciélago quedaron atrás, convertidos en su más maravilloso recuerdo; ahora, en sus entrañas, bulle una nueva vida: a ese hijo deberá entregarle todos sus cuidados, mientras Seoname-maku, con similar consagración, se dedicará en cuerpo y alma a la defensa de su país.
En cualquier instante esperan en Ponkeica al emisario del Naoma- Kavi: éste traerá la orden que pondrá en movimiento a los rabones y sus escuadras de guerreros, en dirección al Valle de Tairona. En tanto, Ula-yang hace placenteros e inolvidables los últimos momen- tos de vida hogareña que aún le restan al joven cacique.
Dejando de lado las tensiones de esta actividad prebélica, Seo- name-maku bebe sin prisa la totumada de chibil-djía y se recrea con su esposa: desde que está gama-ateuki, embarazada, parece revestida de una deslumbrante y a la vez serena belleza; ello lo hace pensar en Haba Séinekan, la Gran Creadora. Sentado a su lado, pasándole el brazo por el talle, le acaricia la redondez de los senos y la tibieza del vientre próximo a hincharse con el prodigio de la maternidad; disfrutan cada uno de los instantes, de las palabras, de las sensaciones en los dedos y sobre la piel... aunque lo callen, temen puedan ser los últimos: así es la guerra. Sus ojos se extasían con el incendio en Mamashkaxa, la boca de fuego del Poniente, insinuado como un resplandor sangriento, asomado sobre el horizonte cerrado de la selva. Como lo hicieran en Haggi-Ateima, esperan en el cielo la aparición de las estrellas.
—Te extrañaré, Ula-yang... te extrañaré. Nagluñi: te quiero.
—Y yo esperaré tu regreso... con nuestro hijo. Haré ofrendas a La Madre todos los días, para que te proteja y salves nuestra nación.
También ellos han seguido atentos los movimientos de Kavi-Tama
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en su viaje por las fronteras de la Constelación de los Jaguares. Cuando cruce este lindero estelar, deberán separarse: los grandes tambores retumbarán por todo el Valle de Tairona, se anunciará el inicio de la guerra: todos los hombres en edad hábil empuñarán las armas y sus pies ligeros hollarán los caminos de piedra que bajan al mar. En las nunhuañkalas se encenderán fuegos a Heisei, Señor de la Muerte, se le harán ofrendas y bailes con máscaras.
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Cuando los sobrevivientes de los poblados de Buya y Tapiraguana relatan al poderoso Avincuo, cacique del principal centro duanabuká en las laderas de la Montaña Blanca, sobre el saqueo, destrucción y crueldades cometidos contra su gente por los invasores venidos del mar, éste monta en cólera e indignación: sus hábitos de vida pacíficos no son prueba de debilidad: por el contrario: en las costas y laderas de la Sierra Nevada, la Gente del Pelícano ha dado muchas muestras de valentía. De inmediato, Avincuo convoca a otros jefes duanabuká para organizar la resistencia y cobrar venganza contra los caribes; y envía al País de los Taironas a Chole, uno de sus viejos consejeros y principal emisario, a fin de concertar alianza con sus poderosos vecinos.
Koko
Sobre las ruinas de Buya, Sangama, jefe de los arranca-cabezas, ordena la construcción de un gran campamento para sus victoriosos expedicionarios. La combatividad de que hacen gala está a tono con su aspecto intimidante de cráneos rapados y sometidos a deformacio- nes: de piel cobriza, apenas vestidos con taparrabos, su fama y orgullo se sustentan en la eficiencia mortal de sus escuadras al mando de manicatos. Obedecen sin vacilar las órdenes de Sangama, siempre al frente de ellos durante los combates, en los puntos de mayor riesgo. Su ejemplo y temeridad los enardece y conduce a la victoria. De corpachón marcado por cicatrices de heridas recibidas en batallas, y pinceladas o tatuajes rojos y negros, el líder sangaramena, esté donde esté, se destaca entre los suyos y comparte todas y cada una de sus actividades: se mezcla con sus guerreros, participa en com-
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petencias con ellos, convive. Su lugar como jefe caribe de los arranca-cabezas es bien ganado: por eso puede imponer su férrea e implacable disciplina. Amedrentarse, no acatar sus Órdenes, se paga con la vida.
Bajo una ramada abierta a las cuatro direcciones, Sangama goza de la vida al comienzo del atardecer Rodeado de las atenciones y el bullicio de sus mujeres, botín de guerra en distintas expediciones, se complace con anterioridad en observar las formas y los ademanes de quien habrá de acompañarlo esa noche en la hamaca. Unas pocas son caribes, venidas con él desde las islas; la mayoría son duanabuká, y otras alduguiji y kogis, recién capturadas. Todas comparten los gustos del líder caribe y se dan por satisfechas de haber sido selec- cionadas en los repartos posteriores a la victoria. Propio de sus nuevos dueños es el buen trato hacia las mujeres, siendo las más afortunadas las pertenecientes a los de mayor jerarquía.
Entre ellas camina Sangama, las consiente, las acaricia para esti- mular los deseos. Pero también hay otra clase de lujuria en sus pupilas, y es cuando mira hacia las vertientes mayores de Keka-Bun- kua...
Son fértiles, provocativas como mis hembras, estas tierras donde quiero establecerme y organizar una gran nación para mi gente. Y lo haré en valles y montañas, en esas cumbres y detrás de ellas: así lo intuyo. Pero antes debo arrebatárselas a estos nativos. ¡Como sea!... Vencerlos y obligarlos a compartir su riqueza Con nosotros. Y mi hermano Gula y sus arranca-brazos me ayudarán. Y del mar vendrán más caribes acudiendo a nuestro llamado.. ¡Que aquí hay tierra para todos!
Una joven duanabuká se interpone en su camino. Como un animal de presa estira los brazos, la levanta, la contempla en su espléndida desnudez, con sensualidad y ternura le mordisquea la punta de los senos, con pasos triunfales la lleva hacia su hamaca. Las otras mujeres cuchichean risueñas.
Frente a los campamentos de los sangaramena erigidos sobre franjas de litoral, entre las tiznadas ruinas de Buya y Tapiraguana, anclados a pocas brazas de la orilla, bornean las naves caribes llegadas a las costas de la Montaña Blanca; día a día arriban nuevas flotillas cargadas de guerreros... acuden al llamado de Sangama. En tanto Gula y sus arranca-brazos han eruzado el ancho río Gua-
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moea, ya dentro de los territorios taironas, y como una avanzada buscan posiciones estratégicas dónde hacerse fuertes, para preparar la invasión caribe en estas fértiles llanuras y prometedoras laderas.
XII
Dentro de la relativa seguridad de la empalizada, Ubatashi-thor pasa mucho tiempo sumido en cavilaciones: después de su regreso de la expedición por el Valle de Tairona, está ocupado en preparar una estrategia, con el fin de resolver el futuro de su gente. Ahora, más que nunca, los mantiene alerta, y él recorre la plataforma alta del cercado, desde donde domina los contornos, los marinos, los del estuario del río Hukumeiji, y los de las primeras montañas de la Sierra Nevada: detrás de ellas, ya lo comprobó, se desarrolla de Este a Oeste, ese gran valle interior llamado de Tairona, y en su mente sigue viendo los poblados y campos de cultivos. En otra parte de ese viaje, ya de regreso al mar, pudieron conocer de lejos a otros invasores como ellos: los kashingui. Ocultos entre las ramas de un árbol esperaban el momento propicio para seguir la marcha, cuando presenciaron su paso y los reconocieron por su aspecto físico y el idioma diferente al de los taironas. Casi desnudos, sin otro atuendo que los portapenes de caracol, algunos con penachos de plumas sobre la cabeza, avanzaban despreocupados por el sendero de bajada al mar.
—¿Y éstos. . quienes serán? —preguntó Od curioso, en un cuchi- cheo.
—Por la forma de comportarse deben ser amigos de los taironas. Luego... —dedujo Conoh al recordar las descripciones hechas de ellos por sus mujeres.
Desde allí, en el sitio de confluencia de los ríos Sekaimaka y Ulueiji, debieron movilizarse con máximo de precauciones por la frecuencia de patrullas.
Salían por el último boquerón de la serranía y su olfato volvía a percibir el aire salobre del mar, cuando dieron con otro poblado, éste sí concurrido por servir de campamento a las partidas de vigi- lancia; el lugar, estratégico, permitía controlar las riberas del Ulueiji
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en su llegada al mar, y desde el sitio escogido por los ubatashi para observar, constataron la acertada deducción de Conoh: en ese pueblo- frontera departían taironas y kashingui.
En adelante dejaron a un lado los senderos y se internaron por la selva que bajaba hasta las mismas orillas del mar cubriendo peñascos casi inaccesibles: reemplazaban el peligro a ser descubiertos, por las torturantes hordas de moscos y zancudos, o la inquietante presen- cia de los jaguares. Aquí, por lo exuberante de la vegetación, reinaba en el día la penumbra y no observaron el cielo hasta emerger al borde de un alto farallón, con vista a la desembocadura del río Hukumeiji.
Fatigados, con la piel destrozada y llena de hinchazones por las picaduras de los insectos, sintieron alivio: la aldea y los brazos de sus mujeres eran otra vez una realidad próxima. Entusiasmados se descolgaron por los peñascos, aferrados a las grietas y salientes, o ayudados por la maraña recursiva de los bejucos, hasta sentar pie en la tibieza fina de los playones. Se encontraban en una pequeña ensenada enmarcada por ciclópeos riscos azotados con las olas, donde aquí y allá, incrustados entre grietas y covachas, se advertían restos de anteriores naufragios: trozos de mástiles, costillares, qui- llas... algunos de apariencia conocida. ¿Acaso habían pertenecido a sus malogradas embarcaciones? El hallazgo de restos humanos y algunos utensilios, pertenecientes a su bagaje expedicionario, con- firmó sus presunciones; los ubatashi se miraron entre sí: los recuerdos de sus compañeros surgieron como una evocación trágica y hasta al inconmovible Conoh se le enrojecieron los ojos: la inmensidad de su desventura, el peso de la soledad en estas tierras, la verdad de su mundo perdido tal vez para siempre, los abatió. Como sonám- bulos vagaron por los soleados arenales, batidos con el rumor impla- cable de las maretas; silenciosos, sin volver a mirarse entre sí para no flaquear, tristes y a la vez rabiosos, buscaron aquí y allá. El encuentro de un arcón forrado en cuero, con incrustaciones y manijas de bronce, les volvió un tanto el ánimo: permanecía cerrado y era de aquellos donde acostumbraban guardar las armas durante los viajes. Lo abrieron y al hallarlo repleto de espadones, hachas y cuchillos, con los cuales conquistaron tantas victorias en el pasado, su tristeza se trocó en otra clase de emoción: se armaron, se sintieron de nuevo con arrestos, buscaron y dieron con más hachones y espa- das... ¡Ah! Ahora tenían nuevo valor para encarar el presente.
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Cargando las armas como un tesoro, emprendieron la marcha hacia su campamento. Para el atardecer cruzaron la empalizada entre los vítores de sus compañeros y el saludo alegre de las mujeres taironas, quienes a su manera habían aprendido a amarlos.
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Con las facciones demacradas, desfalleciente por el esfuerzo reali-- zado, el emisario de Naoma-Kavi se prosterna ante Seoname-maku y le entrega la flecha de macana ornada de plumas de kua, la guacamaya roja; su significado ya todos lo conocen: Kavi-Tama, la Estrella del Gran Jaguar, abandonó la Constelación de los Jaguares y la hora de la guerra ha llegado.
Testigos de este acto simbólico son los habitantes de Ponkeica, reunidos en la gran plazoleta ovalada. De inmediato, revestido con sus ornamentos y alhajas de oro y pedrería, Naoma-Doa sale de la Nunhuañkala e inicia un baile circular, primero en torno al templo, luego alrededor del joven cacique: invoca para él y sus guerreros, suerte en la futura empresa bélica.
Desde la entrada en penumbra de su nunhúe, Ula-yang presencia la ceremonia: tiene el rostro petrificado para disimular la angustia por la llegada del mensajero del muru nakubi; debe dar ejemplo de entereza por la magna misión encomendada a su hombre; sin embar- go, sus ojos no pueden esconder esa tristeza infinita de mujer ena- morada, y en sus manos, en el pecho, en los labios, en su fina quijada, hay un temblor imposible de controlar
Terminado el ritual del Naoma-Doa, Seoname-maku alza la flecha a la vista de todos. Al instante se levantan sobre los conos de palma de los nunhúes, las reverberaciones sonoras y lúgubres de las nung- subalda, enormes y curvas trompetas de calabazo, acompañadas del grito delirante de los presentes. El cacique dirige la mirada al lugar donde permanece Ula-yang, se queda observándola por instantes que parecen eternos, no permite a los músculos de su cara expresar | ningún sentimiento: así debe ser, dada su alta dignidad. Con arreos de oro y plumajes sobre la vestimenta de piel de jaguar negro, el
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carcaj repleto de flechas, arco y lanza de macana en cada una de las manos, Seoname-maku emite un rugido semejante al de los felinos, su voz se impone sobre el griterío de la gente. Con agilidad de tigre se lanza graderías abajo seguido de un centenar de sus escogidos guerreros, en dirección a la salida de Ponkeica, acompa- ñadas ahora sus pisadas marciales por el retumbar sonoro de los tambores de dos membranas.
Cuando el último de la larga fila de la tropa abandona la población, los tambores y las trompetas callan, vuelve Ponkeica a quedar sumida en su habitual ambiente tranquilo, apenas alterado por el vendaval rugiente de los monos de viento, o el parloteo de los shauxalda, pájaros chao-chao, en su remedo de las voces humanas y de los animales de la selva.
Igual a como sucede en Ponkeica, en todas las otras poblaciones dependientes de Tayronaca, los caciques y sus cuerpos armados emprenden la marcha hacia un lugar determinado del Valle de Tai- rona, en medio de la confluencia del río Mutaiji y el arroyo sagrado de Surli, en cuyas arenas blancas chispean trocitos de nyuba, el material precioso de los crfebres.
Superada la tristeza que oprimió su pecho ante la última visión de Ula-yang, pero sin poder evitar sentirse nostálgico, Seoname- maku marcha pensativo al frente de sus guerreros...
Ahora sólo debo preocuparme por cuanto obligue al éxito de la misión que se me ha encomendado: ¡Vencer a los enemigos de los taironas! Y si voy a evocar los recuerdos gratos de mi infancia, del aprendizaje bajo la amable tutela de los ancianos naumas, conoce- dores de la tradición, de los juegos, de las labores en los campos, de la cacería por la selva, o mis días felices al lado de Ula-yang, será como una razón para llenarme de más valor y así recobrar la antigua paz reinante, cuando mi padre vivía y era un cacique amado y respetado por todos. Por ello seguiré poniendo en práctica cuanto aprendí en los adiestramientos marciales, coincidentes con las prime- ras noticias sobre la llegada de los invasores, esos ubatashi de piel clara, ojos azules y cabello de fuego, que nos traicionaron y robaron mujeres en Aldagúiji y Savijaka, una de ellas mi hermana; o los sangaramena y los gulamena, destructores de los poblados duanabu- ká, y ya dentro de las fronteras taironas, los de los aldu-guiji y los kogi; desde entonces, estos intrusos se han hecho fuertes en los
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territorios de Keka-Bunkua, han organizado incursiones guerreras y se atrevieron a subir por el curso cerrado de los ríos. Así llegaron a las vecindades de Ponkeica e incitaron a mi padre a salir en defensa de la población, y entablarles batalla.
Saltando sobre las piedras del camino, Seoname-maku revive en la mente cuanto sucedió en aquella ocasión: las primeras escaramuzas que favorecieron a los taironas: subestimaron al enemigo, lo persi- guieron hasta las mismas orillas del mar: allí los esperaba Gula con todo su poderío: desplegó una estrategia envolvente, rodeó a los nativos y los obligó a deponer las armas; luego, en demostración de superioridad y acorde con sus prácticas, ordenó colgar a los vencidos de las ramas de los árboles, por los pies, se procedió a cortarles los brazos y les dio muerte lenta por el desangre. Uno de los sacrificados fue el propio cacique de Ponkeica. La noticia del desastre bélico produjo consternación en Keka-Bunkua: se organiza- ron partidas de defensa y contraataque, Seoname-maku empuñó las armas y marchó a los frentes de combate del litoral.
En estas expediciones lograron reconquistar la franja litoraleña donde fuera vencido y muerto el cacique de Ponkeica, sus restos y los de sus guerreros los encontraron todavía suspendidos de las ramas, secándose al viento y al sol, luego de servir de alimento a los buitres y las fieras. La vista del macabro espectáculo impactó a Seoname-maku: juró venganza total, su alma se llenó de odio, se convirtió en el guerrero más temerario entre los suyos; desde entonces infligió significativas derrotas a los gulamenas y la leyenda del Jaguar Negro tomó cuerpo hasta entre los mismos caribes. Por ello se ganó el derecho a suceder a su padre como cacique de Ponkeica, y más tarde, ser escogido por el Naoma-Kavi para comandante supremo de los ejércitos.
Las grandes planadas entre los ríos Nakulin y Mutaiji, en el Valle de Tairona, se llenan de visos rojos cuando el sol del atardecer forma abanicos de luz sobre las cumbres de los cerros Guachaca y Buritaca, labrados desde inmemoriales tiempos por las aguas de los ríos en su paso incontenible hacia el mar En estas sabanas se
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concentran ahora miles de guerreros a la espera de la orden para lanzarse a la guerra; agrupados en torno a las fogatas se dan un último descanso, cuecen alimentos y se reparten chibil-djía, la chicha de maíz.
Circulando entre los soldados, con miradas altivas y ademanes imperiosos, se ve a los rabones con sus largas colas de cabello pretinadas de oro: conversan entre sí, se dan importancia,con el relato de sus acciones bélicas. Todos, sin excepción, lucen la piel pintada de bija, tintura de achiote, semejan una raza de hombres colorados.
Sobre los playones de arena blanca chispeante de mica y oro de Surli-tukua, la Quebrada del Sol, se ha construido una gran nunhuañ- kala para sitio de reunión de los caciques. Allí están en lugar pree- minente, Nomaragiiey de Tayronaca y el viejo Toronomala de Posigijeyca, quien con Seoname-maku dan los toques finales a la estrategia de guerra: son asesores los caciques Gama, Guregúey, Gitogare y Gitamaku, de Bonda, Cincorona, Chairama y Buritaca; y atentos escuchas, otro medio centenar de caciques menores.
A la noche, en medio de gran pompa, se presenta en el campo armado Naoma-Kavi muru nakubi, seguido de un séquito integrado por los principales sacerdotes de Keka-Bunkua. Con ellos, a la luz de las estrellas, inician un complicado ceremonial de ofrendas, adi- vinaciones y danzas guerreras, interpretadas por los rabones. El viejo y supremo naoma realiza las últimas observaciones en el firma- mento, y muestra la posición de Kavi-Tama en la frontera de la Constelación de los Jaguares: la Estrella del Gran Jaguar comienza a apagar su cauda, a confundir su apariencia con los otros cuerpos luminosos, y a emprender un largo viaje por otros ciento cincuenta y dos solsticios.
En medio de la tempestad de gritos de los guerreros, Seoname- maku recibe de las manos del Naoma-Kavi la flecha ornada de plumas negras y blancas de nambo, el cóndor, ave rey de la Montaña Blanca, insignia que lo ratifica como gran jefe de los ejércitos, y a la vez, es orden para intentar la consolidación de las fronteras y el exterminio de los invasores.
Se apagan una a una las estrellas. Munseishi, el Amanecer, se insinúa tras de los horizontes montañosos, el viento transporta nebli-
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nas de lo profundo de los cañones del Nakulin y el Mutaiji, teje celajes sobre las lomas azules de Guachaca y Buritaca.
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Solitario, de incógnito, Seoname-maku abandona silente el campa- mento donde desde hace dos lunas se concentran los guerreros. Sei, la Noche, es su cómplice y compañera en esta misión, más que secreta, trascendental y misteriosa. Sólo Naoma-Kavi muru nakubi está enterado de su cometido.
Para no dejar huella de su paso ni ser detectado por sus propios centinelas, se aleja del campamento siguiendo el curso tranquilo de Surli-tukua. Camina con los pies dentro del agua, tibia por el arroyo caliente, fluyendo a ella después de brotar entre humaradas y reso- plidos, atribuidos a Karldikukui, Madre del Agua, como una forma de requerir ofrendas desde las profundidades de la tierra. Cuando llega al río Mutaiji, sonoro y caudaloso, se detiene por unos instantes y mira al frente, hacia Sei-Ashkuan, el Occidente, donde nacen la noche y el color negro: quiere distinguir bajo el cielo estrellado la mole oscura y monumental del Cerro Buritaca, con los tres picos de Seinku, Padre de la Maldad, donde Mama Ubalangui construyó Otras tantas nunhuañkalas y oficia con los poderes de Noanase, la Ley del Mal. Pese a la oscuridad, Seoname-maku distingue la mon- taña. La valentía, compañera en todos sus actos, en esta ocasión no lo libra de sentir una extraña sensación: es un frío corriéndole por todo el cuerpo, la piel erizada y temblores imposibles de contro- lar Igual sentía de chiquillo cuando se atemorizaba, y, con excepción de esas veces, el miedo nunca lo ha inquietado, ni siquiera en los momentos de tensión precedentes a las batallas. Esta noche, cuando debe subir a una de las tres cimas de Seinku a entrevistarse con el Mama Ubalangui, con dificultad domina estos sentimientos.
Según el Naoma-Kavi, al otro lado del río debe esperarlo quien será su compañera en la misión: Nyuba-Aluna, el Espíritu de Oro de los Taironas; ante su pureza y bondad, quizás el Mama Ubalangui refrene sus deseos por desatar la maldad y permita a Seoname-maku presentar las ofrendas a Seinku; así los peligros y desgracias de la guerra caerán sobre los invasores, y no sobre los taironas.
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Se echa al río Mutaiji y en la lucha por dominar sus impetuosas aguas, vuelve a conquistar la confianza en sí mismo; cuando emerge en la otra orilla, con los músculos tensos por el esfuerzo realizado, ya no siente vacilaciones: ahuyentó el miedo, ahora camina por la ribera alta y pedregosa, busca entre las sombras a la mujer sagra- da. Como lo advirtiera Naoma-Kavi, la encuentra cerca de allí, de cara a lagakenka, el Suroccidente. A sus espaldas ya se insinúa la aparición de Saxa-ti aclarando la noche. Seoname-maku ha oído hablar de Nyuba-Aluna, de su belleza corporal, de sus poderes adivinatorios, de su desconcertante capacidad para verlo todo sin levantar lbs párpados. Nadie le conoce el color de las pupilas, porque ninguno la ha visto con los ojos abiertos... Tal vez sólo el muru nakubi. Y allí está, solitaria, el cuerpo desnudo, sin otra prenda que las joyas cubriéndole la piel.
—Te esperaba, Seoname-maku... Ya es tiempo de subir al Cerro Buritaca: antes de la llegada de Mukulda, el Viento Malo.
El cacique se queda mirándola, admirado con su presencia enjo- yada: en sus alhajas parecen chispear las estrellas del cielo.. toda ella, de la cabeza a los pies, es una mujer de-oro. Y siente orgullo de tenerla por compañera en esta misión. Nyuba-Aluna, símbolo del Bien, inspira la confianza necesaria para neutralizar los poderes malignos dei Mama Ubalangui.
—Te saludo, Nyuba-Aluna. Me complace tu compañía. Dime: ¿Conoces el camino? :
La joven se vuelve: halagada, esboza una ligera sonrisa; su rostro sereno, con los párpados cerrados, la reviste de un halo propio de los dioses. Su voz es de acentos suaves cuando responde:
—Sí. Debemos seguir el camino ancho de piedra: nadie lo frecuen- ta; todos temen subir a las casas ceremoniales de Mama Ubalangui. Lo encontraremos cerca.
Con pasos seguros Nyuba-Aluna guía al cacique ribera arriba del Mutaiji, hasta un lugar donde blanquea la ancha cinta empedrada, apuntando como un trazo hacia las primeras laderas del Cerro Buri- taca.
—Aquí está —confirma cuando siente bajo sus pies las losas del camino. Levanta el brazo hacia los picos de Seinku y señala la larga calzada que conduce a la Montaña del Mal. Seoname-maku sigue con la vista el gesto de la muchacha y no puede evitar volver a
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sentir un vago temor: tanto es el poder sobrenatural atribuido al sacerdote oficiante en los templos de la montaña.
—»Nyuba-Aluna: debemos tener éxito. No podemos fracasar —d<ice preocupado y la mira esperanzado por ver en su rostro un aire optimista. La joven permanece serena, sin la menor señal de inde- cisión. Seoname-maku se admira de la propiedad de su compañera para desplazarse con los ojos cerrados. La curiosidad se impone:
—Dime: ¿Cómo lo haces?... ¿Acaso nunca necesitas abrir los ojos?
Ella sonríe, con su aire distante ahora un tanto burlón. Y para demostrar sus raros poderes, lo toma de la mano y lo obliga a seguirla.
—Vamos: de esta misión dependen el futuro y la vida de nuestros hermanos. Será imperioso llegar a uno de los tres picos de Seinku. ¿Trajiste las ofrendas?
Seoname-maku asiente y aprieta entre sus dedos la mochilita de algodón colgada del cuello, donde lleva las kuitsi de cristal de roca negra. Y sin soltarse de las manos aceleran la marcha y se internan por el camino ancho de piedra, a la vista de Saxa-ti, alumbrándolo todo con su luz blanca. Ya próximos a las faldas del Cerro Buritaca, el sendero se abre en tres ramales que apuntan a cada uno de los picos de Seinku. Se detienen: Seoname-maku vacilante, Nyuba- Aluna pensativa: al final de uno de estos caminos espera Mama Ubalangui, acechándolos, dispuesto a desatar las fuerzas del mal para impedirles entregar las ofrendas.
—No atino por cuál seguir. Me acojo a tus conocimientos —re- conoce Seoname-maku. Nyuba-Aluna se sitúa en el lugar de conver- gencia de los ramales, voltea las palmas de las manos al frente, levanta la barbilla, se queda quieta, como si percibiera algo en el aire.
—Se acerca Mukulda... ¡El Viento Malo! Ya lo oigo. Debemos darnos prisa.
Con movimientos impulsivos toma la mano del cacique, le trans- mite su vehemencia, lo arrastra por el camino del medio, escogido según su esotérica sabiduría. Un poco adelante la ancha calzada de lajas se convierte en gradería. A esta parte, las labranzas de eibi, maíz, mulda, algodón, y seina, yuca, han quedado atrás. Sólo los rodea la espesura inextricable de la selva con sus mil voces miste- riosas, acompañadas por el aleteo creciente de las hojas en las ramas de los árboles, agitadas por una brisa cada vez más intensa.
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—¡Mukulda! —confirma Seoname-maku, atento al murmullo del viento, rugiente como un jaguar gigante sobre las cumbres del Cerro Buritaca.
—No podremos escapar a él: en un momento lo tendremos encima. Mama Ubalangui ya descubrió nuestra presencia.
La brisa arrecia y se convierte en viento.. en vendaval... en fortísimo huracán: los árboles se sacuden, gimen, algunos son arran- cados de cuajo con gran estrépito: se astillan las ramazones: hay lluvia de hojas: se agitan los bejucos a manera de látigos, deben esquivar la inexplicable precisión de estos azotes y el derrumbe fragoroso de los colosos vegetales sobre el sendero de piedra. Vapu- leados por este cataclismo, reconocen los tremendos poderes del Mama Ubalangui empeñado en hacerles imposible el acceso a la montaña. En medio de relámpagos, Nyuba-Aluna y Seoname-maku avanzan con esfuerzo. Ruge el viento con intensidad rayana en lo inconcebible, zigzaguean los rayos, parpadean los relámpagos, es- tallan los truenos en una tempestad seca.
Cuando después de sortear los peligros del huracán, coronan los lomos aplanados de la montaña, el ventarrón se interrumpe en forma instantánea: todo queda en calma, cesa el clamor horrísono de la naturaleza, de nuevo es posible mirar el cuadro luminoso de las estrellas.
Seoname-maku se detiene desconcertado: él, como la muchacha, están sofocados.
—¿ Y ahora? —pregunta convencido de enfrentar fuerzas sobrena- turales.
—No perdamos tiempo. Sigamos... antes que Mama Ubalangui yuelva a atacar.
—¿Fue él?
Frente a ellos, emergiendo del horizonte boscoso y plano del lomo del Cerro Buritaca, se alza uno de los tres escarpados picos de Seinku. Pese a la fatiga, sin soltarse de-las manos, echan a correr por el camino enlosado, allí otra vez llano, apenas con ligeras curvas determinadas por el filo de la montaña. De reojo Seoname-maku mira a su compañera, admira su agilidad y velocidad para correr, sus pies no parecen tocar el suelo... y sus párpados siguen cerrados.
—¿Acaso vuelas? —le pregunta sobre la carrera. Nyuba-Aluna suelta una carcajada. Es la primera vez que le aprecia una actitud
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expansiva y no su habitual sonrisa misteriosa: ahora ríe de verdad, sin limitaciones.
Un repentino cambio en la pendiente del camino indica la llegada a la base del pico: se detienen, él con la respiración agitada, ella ya sin la menor muestra de fatiga, como si en realidad hubiera volado.
—En verdad... ¡Tú eres el Espíritu de Oro de los Taironas! —cen- fiesa admirándola. Nyuba-Aluna torna a su habitual actitud, y ad- vierte:
—Hasta aquí te acompañaré. Ahora debes seguir sólo.. y así veas y encuentres obstáculos y enemigos, avanza sin detenerte, hasta coronar la cima y depositar en el templo las kako, ofrendas para Seinku. Así la suerte se pondrá de tu parte. Y ahora, ten.. —la muchacha se suelta un cinturón de cabello con pretinas de oro y se lo entrega—, con esto te defenderás. Será suficiente.
—¿Esperarás mi regreso?
Nuyba-Aluna sonríe con su aire distante.
—No será necesario.
—¿ Volveré a verte?
—Haba Séinekan lo decidirá. Tu vida y la mía están ligadas a la suerte de nuestro pueblo. Cumple tu misión: hankua seiji: sé fuerte.
Se separan, cada cual caminando hacia atrás, conmovido el joven cacique con ese raro poder que emana de la muchacha. Cuando se vuelve para continuar la marcha, encuentra el camino cerrado por un enorme jaguar negro, agazapado, con las fauces abiertas, amena- zante, los ojos fosforescentes en destellos rojos y verdes. Nunca ha visto uno de tal tamaño.
—;¡Seiname!. ¡El Jaguar Negro! —murmura entre dientes y va- cila en proseguir. Pero Nyuba-Aluna le dijo: Sigue adelante, sin detenerte, no importan los obstáculos: Y... ¿Por qué va a interpo- nerse en su camino un jaguar negro? ¿Acaso él mismo no es un seiname?... Levanta el látigo-cinturón de cabello y oro, lo hace girar sobre su cabeza, embiste simultáneo con el jaguar, le lanza un fuetazo y cuando va a dar en el blanco el animal se deshace: como por encanto el camino queda libre.
—¡Oh!.. Y parecía tan real.
Se vuelve a mirar atrás. Distante divisa a Nyuba-Aluna: es una silueta dorada resplandeciendo en la oscuridad. Así esté lejos cree
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divisar sus rasgos sonrientes, satisfecha por su conducta, y compren- de: el jaguar negro era la visión de sí mismo, su peor enemigo de haberse atemorizado.
Decidido, casi con alegría, triunfante sobre el miedo, hace girar varias veces el látigo-cinturón en señal de despedida a la muchacha. Y emprende a saltos el ascenso al pico de Seinku. Nuevos obstáculos aparecen en su camino: cubriendo la gradería, en forma de tapiz, se retuercen nudos de serpientes tejaku, venenosas cascabel agitando sus colas sonoras como bastones de brujo: ante su presencia levantan las cabezas dispuestas al ataque. Seoname-maku no se detiene, salta sobre ellas y al hacerlo desaparecen. Un poco más arriba el camino se cierra con otro tropiezo: las geométricas malkua-shisa, telas de las arañas gigantes de hilos plateados a la luz de Saxa-ti. ¿Serán imaginarias?... Lo cree y se lanza sobre ellas: queda atrapado entre la pegajosa maraña. Sus movimientos desesperados por recobrar la libertad alertan a los peludos y rojizos arácnidos: de inmediato se arrojan sobre él. Con supremo esfuerzo rompe la resistencia de los telares y escapa de ser inoculado con veneno paralizante.
Ante una nueva trampa de Mama Ubalangui se confunde: inter- puestos en el camino hay tres corpulentos guerreros de piel blanca, cabello de fuego, armados con bruñidos espadones de metal, con ojos brillantes como kuitsis azules: ¡Los ubatashi!, alcanza a pensar y ya los tiene encima atacándolo a fondo con la punta afilada de sus armas. Amaga con el látigo en desigual batalla, salta a un lado y otro para evitar los mandobles. Está pensando cómo habrá hecho Mama Ubalangui para aliarse con estos invasores, cuando descubre que ya no empuñan espadas, sino las pesadas y mortíferas hachas de piedra de los caribes; les mira a la cara y los ve transformados en gulamenas o sangaramenas, de cuerpo desnudo y cráneo deforma- do. ¡Ah! Es otra treta del poseedor de Noanase, la Ley del Mal. Deja de combatir y esquivar a sus enemigos, salta al frente echando fuetazos, pasa entre ellos, los ve deshacerse al contacto centelleante del prodigioso cinturón de Nyuba-Ajuna.
Ya está próximo a la cima del pico de Seinku: tiene forma de torreón, con paredes forradas en piedra, un escalonamiento interme- dio a manera de contrafuerte, y como acceso una amplia rampa enlosada.
—;¡La Terraza del Mal! —pronuncia entre dientes, sobrecogido
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con la imponencia del lugar y sus implicaciones mágico-religiosas. Sin soltar el cinturón de cabello y oro, aprieta en la otra mano la mochilita donde guarda las kako, por la rampa inicia la subida, los sentidos alertas para no dejarse sorprender; de una cosa está seguro: el maligno sacerdote será su última barrera. Así sucede: ya divisa la mole cónica de la nunhuañkala, cuando interponiéndose aparece un viejo alto, fuerte, de piel tan oscura que podría confundirse con la noche de no ser por los ropajes blancos pintados con signos cabalísticos. Su voz es ronca, iracunda, con resonancias:
—¡Dikuijiname!... ¡Hombre-león-negro! —grita y le centellean los ojos. Seoname-maku responde también a los gritos, sin mostrar temor:
—¡Así es!... Traigo kako para Seinku. Tributos para que Noanase, la Ley del Mal, no caiga sobre los taironas en la guerra por em- prender.
ES
Cuando vuelve a tener conciencia de sí, Seoname-maku se halla de nuevo en las orillas del río Mutaiji.
Es el amanecer y la gran mole del Cerro Buritaca se eleva al frente, azulada, cubierta de celajes. Desconcertado, el cacique no sabe si cuanto acaba de vivir fue realidad o apenas un sueño. Está por creer esto último, cuando se lleva la mano al cuello y aprieta entre los dedos la mochilita donde guarda las kuitsi de cristal de roca negra: está vacía.
Lo dominan sentimientos encontrados: un interrogante le taladra el cerebro: ¿Cumplió su cometido y estuvo allá arriba enfrentado al Mama Ubalangui? Piensa en Nyuba-Aluna con intensidad frenética: si la viera otra vez... ella debe tener la respuesta. Pero no está a su lado ni en los contornos, en sus manos tampoco conserva el cinturón de cabello y pretinas de oro.
Abrumado por la incertidumbre, Seoname-maku enfila sus pasos hacia el campamento donde lo esperan sus guerreros. Y si no entregó las ofrendas a Seinku, ¿cuál será el destino de sus ejércitos? Le angustia no tener contestación. ¿Habrá triunfado Mama Ubalangui con su Ley del Mal?
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E
El gran jaguar 93
No advierte Seoname-maku que a sus espaldas, con la agilidad silente de los animales de su especie, lo sigue un enorme seiname... el jaguar negro.
XIV
El paso de la flotilla caribe a regular distancia de la playa y frente a las costas de Buritaca y la aldea kashingui, confirma a Kashín y Ulaban la llegada de otras gentes de su raza, en busca de Tierra Firme. De inmediato una pregunta los inquieta: ¿Tendrán estos vi- sitantes relación con los gulamena y los sangaramena? Un emisario se presenta y los urge a comparecer ante el Naoma Cotocique.
Conocedor de los aprestos bélicos de los taironas y de los actos que pueden esperarse de los caribes, y preparándose para cualquier eventualidad, Kashín ordena aparejar sus navíos frente al estuario de Palanoa: así pone en alerta a los kashingui, dedicados a mirar los barcos de sus hermanos de raza, inconfundibles con sus bordas acorazadas con caparazones de tortuga carey. Ya a todos inquieta un mismo interrogante: ¿Vendrán en son de guerra o de paz?... De común acuerdo, Kashín toma puesto en el puente de mando de su nave y se apresta a cualquier contingencia; Ulaban, en tanto, sale para Búritaca en plan de comisionado.
En el poblado tairona y dentro de la nunhuañkala, lo esperan Naoma Cotocique y Gitamaku el cacique, éste recién llegado de Tayronaca al frente de un numeroso cuerpo armado.
—Saki shivaldau, Naoma Cotocique —saluda de entrada Ulaban y hace una reverencia ante el sacerdote; luego se vuelve a Gitamaku y con una leve inclinación de cabeza, añade—: —Hánchika, mako tama. Te saludo, gran jefe.
Cotocique y Gitamaku, con rostros hieráticos, a su vez inclinan las cabezas y responden en coro:
—Uá, uá: bien, bien.
Esto es sólo la formula de respuesta acostumbrada, porque su actitud, con los brazos cruzados y la frente arrugada, muestra gran preocupación. Ceremonioso, Cotocique toma su lugar en la banca, y con vOz grave anuncia:
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—Seingabe itei, hangui: estoy sentado, pensando.
Con ello indica estar dispuesto para hablar de asuntos importantes.
Gitamaku y Ulaban ocupan otras bancas y de inmediato Cotocique pregunta:
—¿Ha visto las embarcaciones?
Sus ojos se clavan profundos en el rostro de Ulaban: no quiere perderse ninguna de sus reacciones: así podrá leerle el pensamiento.
—Las he visto.. son caribes: gente de mi raza: he reconocido sus piraguas.
El naoma y el cacique cruzan significativas miradas; el sacerdote prosigue dejando ver su inquietud:
—De todos son conccidas las atrocidades cometidas por gulame- nas y sangaramenas entre nuestros vecinos los duanabuká; y también, ya entre mis hermanos los kogi y los aldu-guiji. ¿Qué piensa de estos que ahora llegan?
Ulaban comprende la actitud de los taironas: ya hasta desconfían de ellos y con razón; su única opción es ganar tiempo.
—Sí. he sabido: por lo dicho por usted, Naoma Cotocique, y por lo escuchado en Tayronaca. Habrá guerra. Por ello, con todo respeto, invoco su sabiduría y poder; nosotros los kashingui hemos cumplido lo prometido a los taironas y no los hemos ofendido. Para mi gente pido amistad y comprensión. De los otros —y señala en dirección al mar—, así sean de mi raza, ni Kashín ni yo conocemos sus intenciones. No podemos adivinar ni responder por sus actos.
Por segunda vez Cotocique y Gitamaku intercambian miradas. La franqueza de Ulaban los convence y para ellos es suficiente. Se lo hacen saber, lo interrogan sobre las costumbres guerreras de los caribes, luego dan por terminada la entrevista. Sale el kashingui de la nunhuañkala con aire preocupado, le cuesta trabajo atender a los chiquillos taironas agrupados a su alrededor como suelen hacerlo siempre que viene al pueblo, debido a su costumbre de enseñarles juegos, participar en ellos, o contarles historias sobre sus aventuras. Ahora, ensimismado, mira a los niños sin verlos. Tiende la vista hacia el horizonte marino, descubre las manchas alargadas de los navíos. Entiende por qué los de su raza buscan las tierras fértiles de Keka-Bunkua para establecerse y progresar, pero no comparte sus sistemas violentos. Y en forma fugaz recuerda un pasaje de su vida: el rapto de su madre. ¿Dónde estará ella?.. ¿Vivirá aún? Y
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de ser así, ¿cuál será su suerte? Preguntas dolorosas que desde niño lo han atormentado y sólo tienen consuelo en la piedra nube-cielo, amuleto cuya superficie pulida acaricia cuando la rememora. Angus- tiado, mirando el mar y rodeado de los chicos taironas, siente un dolor anticipado por una guerra imposible de evitar
La actitud inocente de los pequeños enfrentada al desastre en ciernes, le produce desazón: es un sentimiento de tristeza adelantada, por cuanto pueda ocurrirles a ellos y a todos los demás habitantes sin capacidad de combatir: víctimas sin albedrío. Con esfuerzo echa a un lado los presagios, cede ante la insistencia de los chiquillos y participa con ellos en el juego. El aire se llena de un alegre bullicio, obliga a Cotocique y Gitamaku a asomarse a la puerta de la nunhuañ- kala.
Por entre el bosque de trupillos, almendros y marañones, Ulaban regresa a la aldea kashingui. De cuando en cuando mira hacia el mar para evidenciar la posición de los barcos. Su andar es firme, de grandes zancadas, y en su faz se refleja la determinación. Como suele suceder, la voz de Nyuba-Aluna lo sorprende:
—¡Ulaban!
El se detiene, transformado el rostro por una expresión de alegría.
—;¡Nyuba-yang!
Mira en contorno, cauteloso, pero ella se le adelanta:
—-Nada hay que temer: estamos solos. Todos miran hacia el mar
Sonríe confiada, extiende los brazos y cuando el kashingui está frente a ella, con las manos le palpa el semblante.
—Narldunye, me gusta. Has tomado tu decisión. —Baja las manos hasta el cuello, toma la piedra amuleto nube-cielo, la sujeta entre los dedos y con expresión de quien presienie su significado, musita—= Yo, y esta kuitsi, siempre te acompañaremos.
Ulaban la abraza, la estrecha en una combinación de ternura y pasión, besa una y otra vez sus párpados cerrados y tranquilos, observa admirado su belleza, enmarcada por el largo cabello negro y las diademas colgantes de oro; se recrea con anticipación en el ardor incitante de sus labios curvados en gesto provocativo. Ella se
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deja acariciar, se muestra complaciente al contacto de sus manos, descubriendo sus intimidades y secretos. Cuando la locura del amor comienza a convertirse en urgencia, lo contiene:
—Basta, Ulaban. Recuerda: soy Nyuba-Aluna. Más bien... cuén- tame: ¿Cuál es tu decisión? Lo palpé en tu cara:
—¿Debo revelártelo?... Cotocique y Gitamaku no me confiaron sus intenciones, y no se los reprocho.
—Puedes no hacerlo. Pero si confías en mí, podré ayudarte.
Ulaban no se sorprende: ya conoce los poderes mentales de su amada; y porque confía en ella, decide contarle lo acordado con Kashín. Nyuba-Aluna se lo impide sellándole los labios con una de sus manos. Sonríe enigmática y a continuación, adivina cuanto ellos han pensado hacer. Lo ha leído en el pensamiento.
—-Dime, Nyuba-yang: ¿Cómo sabes todo?... ¿Hasta mis pensa- mientos? Y sobre el futuro, ¿qué pasará?... ¿Qué será de nosotros?
El Espíritu de Oro vuelve el rostro al mar, con sus largas y negras pestañas haciendo sombra sobre sus pómulos. Le tiemblan los labios y las aletas de la nariz. Ya no sonríe. Una seriedad extrema marca sus bellas facciones.
—El futuro está en tu corazón. La muerte, ahora o después, no importa. Haré ofrendas a Heisei... no puedes desviar tu camino. Yo estaré acompañándote. Ahora vete: el tiempo apremia.
Impresionado como nunca con los poderes de Nyuba-Aluna, amándola con todas sus fuerzas, Ulaban prosigue su camino. Para entonces Surli enrojece, desciende hacia Mamashkaxa, la Boca de Fuego.
Con los velámenes recogidos y las tripulaciones adormiladas, las naves abarloadas de los kashingui cabecean por la marea alta. En la piragua capitana, Kashín y Ulaban ultiman detalles: —-Cotocique y Gitamaku querían saber nuestra actitud. Los des- manes de los caribes han desbordado su indignación. Les dije lo acordado, pero no sé si logremos ganar el tiempo necesario. Kashín, recostado sobre la borda, luce poderoso y temible con sus arreos guerreros. Quisiera penetrar con la mirada la oscuridad,
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acentuada por la ausencia de luna y estrellas. Se ve impaciente, deseoso de entrar en acción. La voz le sale en un cuchicheo:
—La última visión que tuve de la flotilla, la mostraba en posición de ataque. Se aproximan al amparo de la noche. Cuando amanezca, estarán frente a Buritaca.
Ulaban concuerda con estas apreciaciones:
—Los taironas preparan la defensa y no esperan contar con noso- tros como aliados. Su recelo es justificado por las experiencias con ubatashis y caribes. Por ello debemos actuar con prontitud. No queda otra alternativa.
Kashín, con un ademán, indica ahora a tierra firme, a espaldas de la aldea kashingui:
—Los taironas ya nos tienen rodeados: en este enfrentamiento no podremos ser neutrales.
Envueltos en la noche, los dos amigos se despiden.
Ulaban se descuelga por la borda hasta una pequeña embarcación aparejada, suelta las amarras, orienta la vela, la tesa, solitario se hace a la mar en dirección a la flotilla caribe. Kashín reúne a los habitantes de Palanoa en la playa, les revela lo convenido con Ulaban y Su arriesgada misión, les pide expresar su voluntad.
XV
Es el amanecer.
Desde la bocana del Mutaiji y a través del boquerón de la serranía, se divisan como diamantes blanco-azules los picos de Keka-Bunkua. En el mar, a esa hora con inmovilidad de espejo, se destacan a regular distancia las formaciones de las piraguas caribes, semejantes a extraños y enormes insectos posados en el agua. Arriados los velámenes, con sus bordas acorazadas y erizadas de lanzas, avanzan al impulso sincronizado de los remos.
En el puente de la nave capitana y tras una mampara, Gula atisba hacia tierra y el poblado de Buritaca. Sobre su cabeza, prendidos del mástil, macabros trofeos de combate, se balancean racimos de brazos secos con las manos agarrotadas, pertenecientes a rivales
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vencidos. Por la expresión del rostro se adivina su ánimo resuelto, impulsivo cuando de combatir se trata; Buritaca será su próxima conquista y ya lo posee la acostumbrada exaltación hormigueándole por todo el cuerpo. Ese día, sin embargo, un nuevo ingrediente contribuye a aumentar su agresividad: la causa es Ulaban y sus insólitas propuestas.
Clareaba la Luna Llena y sacaba brillo alos caparazones de tortuga de sus barcos, cuando uno de los vigías anunció la presencia del kashingui. El, igual a todos, curioseó sobre las bordas y vio acercarse silenciosa la pequeña canoa tripulada por un hombre solitario, a quien no tardó en reconocer como caribe. Esto se confirmó cuando al estar ya próximo, preguntó en su mismo idioma:
—¿Quién comanda esta expedición?... Necesito hablarle.
Gula subió de un salto al puente de mando y contestó con voz tronante:
—;¡Yo!.. ¡Gula!. Puede aproximarse.
Bajo la luz de la luna, el kashingui y el arranca-brazos tuvieron su primer encuentro, se analizaron uno a otro con malicia y curio- sidad. Ulaban expresó a manera de saludo:
—Por todas las costas de este poderoso País de los Taironas, ya se tiene noticia de Gula y de Sangama, hermanos caribes cuya fama de guerreros nadie pone en duda.
Gula, de rostro duro e inexpresivo, no se impresionó con estas palabras, así el chispeo de sus ojos indujera de inmediato al kashingui a exponer en cortas palabras las experiencias pacíficas y prósperas del grupo de Kashín; y para sustentar sus argumentos, informó sobre los inmensos territorios existentes en torno a la Montaña Blanca, donde, si lo querían, podrían establecerse sin recurrir a acciones guerreras. Gula escuchó sin despegar los labios, sorprendido con este nuevo lenguaje; acorde con su temperamento, comenzó a sentir fastidio. ¿Cómo se atrevía este caribe renegado a exponer tan extra- vagantes razones? ¿Acaso el poderío de otras gentes había sido alguna vez motivo para inducirlos a cambiar de conducta?.. Con mueca despectiva rechazó las propuestas de Ulaban, así fueran ellos un puñado, comparado con los taironas. Pero algo en el kashingui, quizás el brillo de su mirada o la tenacidad para sostener los argu- mentos, le contuvo el deseo de levantar la maza y hundirle el cráneo; este hombre, era innegable, detentaba una verdad diferente a la
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suya, y ello lo imbuía de un raro valor Gula nunca había probado la impotencia al discutir con otro hombre, y se sintió iracundo... Si al menos Ulaban hubiera venido armado, no habría dudado en de- safiarlo a muerte; pero no: este kashingui, ni dándole una lanza lucharía contra él en ese momento. Así lo comprendió y en su lógica violenta dictaminó que no merecía morir en sus manos. Despreciándolo, lo hizo llevar a la nave donde se amontonaban las mujeres y los niños, detrás de la formación de combate. Este era el lugar apropiado para Ulaban, y una forma de humillarlo. Para entonces amanecía y el jefe arranca-brazos ordenó tesar las velas y enfilar las proas de las embarcaciones hacia el poblado de Buritaca.
Desde su puesto de mando en la piragua, receloso, atento a la menor señal, Gula observa todo con mirada de águila: frente a él se despliega el litoral de amplios playones, bosques espinosos, coqueras, el pue- blo tairona y, en el extremo oriental, la aldea kashingui. Ya ha descubierto la flota de Kashín a pocas brazas de Palanoa, pero su participación en la batalla es una incógnita. Comparada con la suya, la de los kashingui es bastante menor, pero espera; por tratarse de gente de su misma raza, lo apoyen en el ataque contra los nativos. De obtener este respaldo las posibilidades de victoria se acrecentarán. Sólo duda cuando recuerda los razonamientos de Ulaban, ahora atado y prisionero en la nave de las mujeres y los niños: si los kashingui no lo apoyan, cuando concluya la contienda, dará con él un aterrador escarmiento.
En el pueblo tairona y la aldea kashingui todo es silencio y quietud: el factor sorpresa no estará en esta ocasión a favor de los caribes, como sí sucedió en los otros sitios del litoral, donde ya han impuesto su dominio. Sin embargo, Gula confía en las proverbiales dotes guerreras de su gente. Cuando su proximidad a la costa le permite observar mínimos detalles de la población, descubre por fin una presencia humana: se trata de un viejo, solitario, de pie a la entrada del bohío de mayor tamaño, engalanado con alhajas de oro y pedre- ría, concentrado al parecer en un curioso ritual: mueve los brazos colmados de pulseras, agita unos largos bastones ornados de plumas
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de colores, rematados en abultadas semillas, su chicheo-chicheo lo alcanza a escuchar. Si avanzan un poco más, el anciano quedará a tiro de arco y ordenará a sus flecheros que lo asaeteen.
Gula no sólo mira al frente: por el rabillo del ojo también sigue atento a los movimientos de los barcos de Kashín, advierte cuando sus tripulantes maniobran con los aparejos, tesan los velámenes y se lanzan a todo viento para salirles al encuentro. Este accionar de los Kashingui le hace aplazar la orden de flechar a Cotocique, ahora entregado a un agitado baile. Es más importante, por ahora, concen- trar la atención en el avance de los navíos repletos de guerreros, con las lanzas en alto y un griterío que rompe la calma del aire.
Hinchadas de viento las velas, inclinándose y cortando los oleajes, saltan raudas las embarcaciones de Kashín: salen al paso de la flota de Gula, rompen su formación, con hábiles maniobrás giran sobre sí mismas, desde las bordas acorazadas se levantan los arqueros y disparan mortales lluvias de flechas, se causa un primer y efectivo desconcierto entre los gulamena. En medio del griterío ensordecedor las piraguas entrechocan y se amontonan, ocurre el abordaje y la lucha cuerpo a cuerpo, giran las mazas de piedra y las acompaña el sonido seco de los cráneos aplastados; por todos lados hay voces iracundas mezcladas con gemidos. Kashín es otra vez el valeroso y temerario jefe, alentando con el ejemplo a sus hombres; Gula, en tanto, repuesto de la sorpresa, trata de organizar a los suyos.
La actuación de los kashingui fue el momento esperado por los taironas: Cotocique interrumpe el agitado bailoteo y lanza el grito convenido: como un huracán le responde el vocerío de los guerreros atrincherados detrás del pueblo. Comandados por Seoname-maku en persona, y por Gitamaku como segundo, cargan canoas sobre los hombros, emergen cual río desbordado por entre los espacios libres de las viviendas: son una horda ululante, emplumada, pinta- rrajeada de bija; avanzan hacia la orilla en vertiginosa carrera, los flecheros y los lanceros agitan con ardentía las armas. Su frenético griterío opaca ahora el fragor de la batalla entre kashinguis y gula- menas. La hasta hace unos pocos instantes blanca y tranquila playa,
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se convierte en movible y ruidoso enjambre humano. Las largas y livianas barcas son echadas al agua, los guerreros las ocupan y en pos de Seoname-maku y Gitamaku, figuras emplumadas como ex- traños pajarracos, se lanzan al combate en apoyo de los kashingui, ahora en peligro de ser doblegados por la superioridad numérica de los gulamenas.
Reverberea el aire con los gritos de los combatientes: semeja un vendaval desgarrando su voz entre los acantilados. Gula ha logrado abordar la nave de Kashín y está empeñado con él en feroz combate. Cuando escucha a sus espaldas el estruendoso vocerío de los taironas, demoníacos con sus cuerpos embadurnados de rojo, tiene un mo- mento de vacilación; ya los primeros empiezan a trepar por las bordas acorazadas y caen en montonera sobre los gulamenas. Pese a la intensidad de la lucha, el jefe arranca-brazos analiza la situación: la arremetida de los nativos desequilibra ahora su posición; y cuando reconoce entre los combatientes nativos a Seoname-maku, su ya conocido y feroz adversario, no duda en ordenar la retirada: no es ésta la ocasión para enfrentarse con posibilidades de éxito al cacique tairona.
Kashín advierte la actitud titubeante de Gula y contraataca con mayor vigor: con la punta de su jácula le atraviesa el antebrazo, levanta la maza de piedra y se apresta a descargar el golpe definitivo. Otros gulamenas acuden en ayuda de su jefe, evitan la acción del kashingúui y permiten al arranca-brazos escabullirse y retornar a su navío. Desde él ordena tocar a retirada con la gran trompeta de caracol. Kashinguis y gulamenas suspenden al instante las acciones bélicas: dejando heridos y muertos, las gentes de Gula se repliegan atropelladamente; los taironas sí continúan combatiendo y entorpe- cen la huida a los caribes. De nuevo se forman las dos flotillas de piraguas: una en retirada, perseguida por las canoas de los indígenas y su lluvia de flechas envenenadas; la otra, la kashingui, también rodeada de embarcaciones taironas con rumbo a la playa. El aire vuelve a sacudirse, esta vez con los gritos unísonos y triunfales de los aliados celebrando la victoria. Y desde sus puestos de mando, satisfechos, Seoname-maku y Kashín cruzan por primera vez sus miradas.
Por primera vez, también, los caribes han sufrido una derrota de importancia en Keba-Bunkua. Con las naves maltrechas: amontona-
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dos los heridos en el vientre de los barcos y retorciéndose de dolor: con el amargo sabor del fracaso, intensificado al considerar la actua- ción de los kashingui como una traición: herido su mismo jefe: los gulamena ponen proa hacia el Oriente; regresan hacia donde la suerte no les ha sido tan adversa. Y para completar, temen haber sido objeto de la más inconcebible humillación: el navío con las mujeres y los niños se ha perdido; no saben si naufragó en medio de la batalla, o lo que es peor, si taironas o kashingui se lo robaron con su preciosa carga. Y Ulaban también ha desaparecido...
Con el brazo inflamado y sangrante, sumido en: terco silencio, Gula no deja de pensar en el kashingui: le trajo mala suerte desde el mismo momento en que puso los pies en su piragua.
—¡Maldito caribe!... ¡Traidor!
La incertidumbre reflejada en el rostro de las mujeres apretujadas dentro de la embarcación asignada a ellas mientras durara la contien- da, conmovió a Ulaban, maniatado y también obligado ocupante de esa nave; y los ojos de los niños expresando un miedo cerval, le revivieron tiempos pasados, cuando con Kashín debieron enfrentar atemorizados iguales situaciones. La ira, la indignación, el deseo imperioso de cambiar la suerte de esas mujeres y niños, poseyeron al kashingui: aprovechó la distracción de los tripulantes, apenas con ojos y oídos para seguir el desarrollo del combate, se dirigió al grupo de mujeres cercanas, se identificó como caribe y explicó su presencia en el barco; también pronosticó el curso de los aconteci- mientos y cuando todo sucedió según sus palabras, vio llegado el momento de proponer una de sus ocurrencias:
—Libérenme de estas ataduras y ayúdenme a tomar el control del navío; así podré llevarlas con sus hijos a tierra, y a mi aldea caribe. Allí, se los prometo, tendrán una vida tranquila y feliz.
Las mujeres le creyeron, lo pusieron en libertad, y con ellas, armados de canaletes, atacaron a los tripulantes y los arrojaron al mar; luego, bajo las órdenes precisas de Ulaban, izaron la vela, ocuparon puestos de remeros y apuntaron la proa a las costas de Palanoa.
El gran jaguar 103
XVI
Mezclada con la fosforescencia de los nóctilus riela la luz clara de Saxa-ti. Al ritmo sonoro de los oleajes se mecen las piraguas caribes y las canoas taironas ancladas a pocas brazas de la orilla.
En los playones, vasto triángulo de arena frente al mar y la ribera del caudaloso Mutaiji, festejan la victoria cientos de bulliciosos guerreros y habitantes de Buritaca.
En los nunhúe a donde llega apagada la celebración, las mujeres atienden a los heridos; en las afueras del pueblo, los enterradores sepultan con golpes de odio los cadáveres de los gulamena en una fosa común; en otro lugar, escogido por Cotocique, los despojos de taironas y kashinguis, acompañados de sus alhajas y armas, son cubiertos con la tierra cálida que su heroísmo defendió. Allí hay coros de plañideras, cantos de alabanzas y súplicas a Gaulkuché, Dueño y Señor de los Muertos: le piden conduzca los espíritus de los guerreros por el camino de Shikua-xalda, sólo permitido a los valientes; por él llegarán hasta Nean-Biró, la gran Puerta de Ir, entrada a la región del Más Allá.
En la Nunhuañkala mayor la festividad es diferente: Naoma Co- tocique, dedicado a las adivinaciones, entra en éxtasis, se desdobla, viaja sobre las serranías y los valles, se adelanta a los emisarios enviados a Tayronaca para llevar el parte de victoria al Naoma-Kavi.
Tan pronto se apaga en el horizonte la última explosión de colores del atardecer, y antes de asistir a la convocación de jefes en la Nunhuañkala de Buritaca, Kashín y Ulaban recorren su aldea, aumentada en población con las mujeres y los niños rescatados a los gulamena. Las gentes les demuestran entusiasmo y agradecimien- to, así en algunos bohíos haya duelo por los caídos durante la batalla. Pero a la nostalgia de su recuerdo se impone la alegría de la fiesta.
El amanecer encuentra a Ulaban deambulando solitario por el bosque de trupillos cercano a la playa, donde en pasadas ocasiones ocurrieron sus encuentros con Nyuba-Aluna.
Cuando en la Nunhuañkala terminó la reunión con el naoma y los caciques, Ulaban dejó marchar a Kashín hacia Palanoa y buscó disculpa para quedarse recorriendo el poblado de Buritaca. Con aire
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distraído circuló entre los nunhúes, afinó el oído, intentó mirar con disimulo a través de los estantillos de muros y puertas. ¿Estaría ella en alguno de esos bohíos?... Las mujeres y los niños refugiados en las afueras del pueblo habían regresado y a Nyuba-Aluna no se la veía. El kashingui visitó el nunhúe de las tejedoras de mochilas, donde solía frecuentar el Espíritu de Oro; y el taller de fabricación de lanzas, arcos y hachas, de mucha actividad por aquellos días, a cargo de ancianos y mujeres; y hasta en ese lugar solitario, apartado del pueblo, inconfundible por las nauseabundas emanaciones, dela- toras de la labor allí ejecutada: preparación de mortales venenos para impregnar las puntas de macana de las armas arrojadizas. No había rastro de ella. También se acercó a la Nahua, el templo femenino, y tuvo el atrevimiento de atisbar por su puerta: nada. Sólo penumbra vacilante y la silueta encogida de una anciana frente a las brasas, cuidando en ritual silencioso el fuego sagrado.
Ante ese fracaso emprendió la marcha hacia la aldea: sentía envidia de Kashín y de los otros hombres, a esa hora concluyendo las celebraciones de la victoria entre los brazos y la ternura de sus mujeres. En cambio, su soledad podía compararse con la de los hogares a donde no regresaron los hombres, muertos en la contienda.
ES
Ruge la pleamar: estalla con grandes oleajes; y en el cielo estrellado se marca con una inmensa franja la Avenida de la Luz.
Piensa recorrer la distancia a la aldea kashingui por la playa, siguiendo la cinta donde la arena está húmeda y apretada por el último empuje de las marejadas; atraído por una fuerza superior, se aparta de la orilla y se interna en el bosque descarralado de los almendros y los mereyes.
Saborea distraído los frutillos, cuando...
—¡Ulaban!
—;¡Oh...! ¡Nyuba-yang! Te he estado buscando.
Ella con voz risueña:
—Y yo te esperaba. ¿Por qué llegas hasta ahora?
—Estaba en la Nunhuañkala; y luego... buscándote por todo Bu- ritaca. ,
Nyuba-Aluna comenta pensativa:
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El gran jaguar 105
—Sí... Sí —y sin mediar otra palabra se arroja a sus brazos. Se estrechan como desesperados por haber aplazado tanto este en- cuentro, se besan, se acarician enloquecidos de pasión: se revuelcan en los arenales...
—¡Ulaban!
—;¡Nyuba-yang!
Y Munseishi, el Amanecer, conspira contra ellos.
—No puede ser todavía, Ulaban... ¡Basta!
Rabioso con su destino, Ulaban se incorpora un tanto: rechina los dientes, iracundo mira la claridad creciente por Mu. El momento de separarse otra vez se aproxima. Surli es su rival y torna a robarle a su amada.
Aprovechan los últimos instantes, Ulaban de espaldas en la arena, Nyuba-Aluna recostada en su pecho, desplegando sus poderes extra- sensoriales:
—Aluna arseshi. Estás triste. Lo sé —comenta con voz apagada. Corre sus labios carnosos sobre el pecho de Ulaban, lo hace estre- mecer.
—=Sí: por dejarte. Sí: porque odio la guerra. Siempre la he abo- rrecido y una y otra vez mi destino es empuñar las armas y matar.
La muchacha, con los párpados cerrados, con sus grandes pestañas haciendo sombra sobre los pómulos decorados con polvo de oro, apoya su rostro en el del kashingui, le cuchichea al oído:
—Así deberá ser, hasta cuando derrotemos y expulsemos a los invasores de nuestro país. Para entonces serás famoso... —y-suelta una risita, actitud rara en ella. Ulaban aprovecha de inmediato: la rodea apasionado con los brazos, corre las manos por su piel, por sus senos apretados, por sus muslos y caderas, por su vientre, desliza los dedos en sabias caricias a través de gelda, el vello suave y tupido, se acerca sensitivo a humshi, su sexo sorprendido, con ronroneo de jaguar aproximándose al venado. Nyuba-Aluna se re- tuerce en la arena y le aprisiona las manos, se las contiene. Se le ahoga la respiración. Desfallece ante la ternura de las caricias.
—¡Narl-dunye!... ¡Narl-dunye!... ¡Me gusta, me gusta!, pero basta. Sólo hasta cuando vuelvas triunfante de la guerra podrás arlunyi conmigo. Antes no.
—¿Por qué?
106 Bernardo Valderrama Andrade
—Lo sabrás a tu tiempo. Ahora márchate. Ya suenan las nung-su- balda y debes partir. Detrás de Buritaca y en lo recóndito del bosque, retumban con sonido largo y profundo las grandes trompetas de calabazo, llamando alos guerreros de Seoname-maku. Y ahora, Ulaban es uno de ellos.
XVII
En Buritaca y Palanoa, pueblos hermanos desde la batalla contra los gulamena, permanecen Cotocique y Kashín, el primero naoma y suma autoridad, el segundo cacique al mando de los guerreros, dispuestos a resistir un nuevo ataque. Fiel a su disciplina, Kashín somete a caribes y taironas a intensos entrenamientos en tierra y mar, simulacros de batallas observados por mujeres y niños, apren- sivas ellas, entusiastas y fascinados los segundos.
El grueso del ejército al mando de Seoname-maku regresa al Valle de Tairona, siguiendo el retorcido cauce del Mutaiji. Con ellos, en calidad de asesor, va Ulaban. La meta es volver a Tayronaca, de donde partirán a cumplir su encargo exterminador contra los uba- tashi.
Sin pérdida de tiempo Seoname-maku se entrevista con Naoma- Kavi. Debe adivinar el muru nakubi la conveniencia de tener al kashingui como consejero: el resultado en las burbujas de las cuentas- kuitsi es aprobatorio. Beben el contenido mágico de las copas cere- moniales y el sacerdote, cubierta la cabeza con la Máscara de los Cinco Jaguares, sale a la Nahua-xalda, la plazoleta sagrada, e inicia un baile al tiempo que pronuncia palabras, mirando a lo alto, y en el cuadro de las estrellas encuentra la conjunción esperada: los uba- tashi deben ser atacados de inmediato. En su siguiente actuación, el Naoma-Kavi toma a Seoname-maku de la mano, lo lleva hasta el sitio preferencial donde tiene instalada la kalauka, lo hace ojear el firmamento, con el brazo extendido le señala un espacio negro en medio de la Constelación de los Jaguares, donde no brilla ningún cuerpo estelar; su voz suena aguda, gutural, cuando explica:
—Allá. allá está: ¡Seiname!... ¡El Jaguar Negro! La estrella que
El gran jaguar + 107
no se ve pero está ahí —y mirando al cacique con pupilas taladrantes e hipnóticas—: Seoname-maku debe actuar igual a Seiname, y suya será la victoria.
Calla el Naoma-Kavi, se petrifica en la kalauka, parece parte de ella. Los caciques y demás espectadores lo observan, queriendo entender el significado de sus últimas palabras; también Seoname- maku: comprenden: allí está la clave. Permanecen pensativos, en meditación, todos.
Ulaban camina sobre la terraza enlosada y mira al cielo en un esfuerzo por descifrar el mensaje del muru-nakubi. Para él y la gente de su raza, el manto de las estrellas es la clave de los rumbos y distancias, orientación de cómo surcar los mares. No así para los habitantes de Keka-Bunkua, hijos y hermanos de la inmensa lumi- nosidad de los cielos.
Cuando Enduksama, Venus, alcanza su mayor esplendor, Naoma- Kavi llama a Seoname-maku a la Nunhuañkala y le entrega la Sesa, flecha emplumada de la guerra. Ha llegado la: hora de la venganza, la de rescatar a sus mujeres, la de cobrar a los ubatashi su traición. Por todos los ámbitos de Tayronaca, sobre los conos de palma de los nunhúe y las copas circundantes de los árboles, resuenan como un trueno prolongado las trompetas de caracol grande de mar y las nung-subalda de calabazo,:sopladas a todo pulmón desde las plazo- letas y sitios altos de la ciudad. Es un sonido lúgubre, de profundas repercusiones: hace callar las voces nocturnas de los animales en la selva y