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DE GOMPOSTELA

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jLiIC. p. y^NTONIO pÓPEZ p^ERREIROj

CANÓNIGO DE LA MISMA

y correspondiente de la Real Academia de la Historia.

(CON LICENCIA DE LA AUTORIDAD ECLESIÁSTICA)

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Imp. y Enc. del Seminabio Conciliab Centkal

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Es PROPIEDAD. — fiHt3a ia lili.

LIBRO CUARTO

LOS DOS SIGLOS DE DECADENCIA

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(SIGLO XIV)

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CAPITULO I

Cisma en la Iglesia compostelana después de la muerte de D. Rodrigo 11.— Es elegido Arzobispo el Maestro general de la Orden de Santo Domingo. — De cómo recobró el Se- ñorío de la ciudad de Santiago.

m^VyJP AL impresión produjo el fallecimiento del ^-^ Arzobispo D. Rodrigo II y tan irreparable fué considerada su pérdida, que cuando el Cabildo com- postelano se reunió para publicar la vacante y para la elección de Vicarios capitulares, nombró nada menos que siete: al Chantre D. Lorenzo Pérez, al Arcediano de Trastámara D. Vasco Gómez, al de Cornado D. Gar- cía Eans y á los Canónigos D. Juan de Campo, Arce- diano de Lugo, D. Ñuño González, D. Juan Jacob y D. Martín Martiz de Tudela. No sabemos si tanto nú- mero de Vicarios favorecería ó perjudicaría; lo cierto es que poco aprovechó (1). Cuando llegó el momento de

(1) A lo que parece, tanto número de Vicarios obedeció á que el Ca- bildo se dividió en dos bandos, y cada bando eligió los que tuvo por aouvQ- niente.

LOS DOS SIGLOS DE DECADENCIA.— PARTE I

elegir Prelado, el Cabildo se dividió, y unos eligieron al Arcediano de Nendos D. Rodrigo Yáñez de Parada, so- brino del Arzobispo difunto; pero otros no se conforma- ron, hicieron nueva elección, y dieron su voto al Canó- nigo juez de Luou, D. Alfonso Eans. Como era consi- guiente, los Vicarios también se dividieron, y unos esta- ban por el Arcediano de Nendos y otros por el Juez de Luou D. Alfonfo Eans ó Yáñez.

Resultó de aquí un verdadero cisma; pues los Vica- rios trataban cada cual de favorecer á los de su partido, y hasta tal punto se dejaban arrastrar de la pasión, que si lo creían conveniente á sus propósitos, no mostraban recelo en suspender, excomulgar, privar de la prebenda y aun encarcelar á los Canónigos de los cuales habían llegado á concebir alguna sospecha. Y efecto de la emu- lación que entró entre ellos en mostrar mayor celo y solicitud por sostener á los de su partido, no hubo licen- cia que no se permitiesen, ni abuso que tranquilos no cometiesen.

Por otra parte, los Electos se arrogaban más facul- tades de las que por sólo este título les competían. El Arcediano de Nendos, que fué el primer elegido, hizo al punto entrega de la fortaleza de la Catedral (1) con el Tesoro y las Ofrendas del Altar, y de los demás castillos de la Mitra al famoso Alonso Suárez de Deza, Mayordo- mo del Infante D. Felipe, si bien exigiéndole juramento y homenaje de entregarlos al nuevo Arzobispo tan pron- to éste se los pidiese.

En esta especie de anarquía, no menos perjudicial á

(l) La fortaleza de la Catedral debía de ser el propugnáculo que había levantado D. Rodrigo II sobre el crucero.

CAPITULO I

los intereses materiales, que á los morales, el Cabildo se creyó en el caso de tomar una resolución extrema, cual era la de fijar las atribuciones que debían tener los Vicarios y terminar algunas de las muchas cuestiones á que habían dado margen los anteriores sucesos, A este efecto, nombró el Cabildo una comisión compuesta de cuatro individuos: D. Alfonso Eans, uno de los dos Elec- tos, y los Canónigos Rodrigo Yáñez, Fernando Yáñez y Juan Miguez, para que estudiasen y propusiesen las limitaciones y reformas que se debían establecer. Reuni- da la Corporación el 14 de Febrero del año 1317, se dio lectura á los veintitrés artículos propuestos por la comi- sión; los cuales fueron aprobados y jurados todos por el Cabildo, á excepción de algunos que sólo admitieron con reservas los dos Vicarios capitulares D. Juan Jacob y I). Martín Martínez, y D. Fernando Yáñez uno de los comisionados.

Los citados artículos pueden verse en los Apéndices, núm. I; aquí sólo extractaremos algunos de los más no- tables. Se declaró que en lo sucesivo los Vicarios capi- tulares no habían de tener jurisdicción para proceder criminalmente contra los Canónigos y Porcioneros ma- yores; y que en las causas civiles las apelaciones pre- sentadas por éstos habían de tener siempre efecto sus- pensivo. Se señalaron de salario cien maravedises para distribuir cada día entre los Vicarios, y veinte libras para los receptores ó administradores de los bienes de la Mitra. Reservóse el Cabildo el conocimiento de los liti- gios que pudieran surgir entre los Vicarios y los Re- ceptores; la provisión de las tenencias de los casti- llos y fortalezas propios de la Iglesia; el disponer las gestiones necesarias para el recobro y conservación de

10 LOS DOS SIGLOS DE DECADENCIA.— PARTE I

las cosas y derechos que le pudiesen pertenecer; y los ordenamientos convenientes para el buen estado de la Iglesia, de la ciudad, de la Diócesis y de la tierra de Santiago. Exigióse también, que en la confirmación de los Obispos electos de la provincia y de los Abades y Abadesas electos, y en la comisión para hacer la consa- gración ó la bendición, en su caso, de los electos, los Vicarios tuviesen que contar con el consentimiento del Cabildo. Lo propio se acordó para dar en encomienda las tierras y beneficios que fueren vacando; si bien se prohibió molestar al Arcediano de Nendos en la tenen- cia de las fortalezas de que por sí ó por otros se hallaba apoderado. Ordenóse, asimismo, que los Vicarios y todos los del Cabildo se condujesen entre sí como sinceros ami- gos, y que si alguna discordia naciese entre ellos, se terminase á juicio de dos de los Capitulares que desig- nasen las partes. Se impuso, por fin, á los Vicarios la obligación de jurar la observancia de todos estos artícu- los so pena de quedar privados del cargo y de toda jurisdicción.

Como en el artículo XVIII de este acuerdo capitular se hace mención de un D. Felipe con motivo de las cartas que había dado acerca de los Vicarios y Recep- tores, y como en el artículo XX se añade que el Vicario capitular D. Juan de Campo le seguía para procurar los intereses de la Iglesia, no será fuera de propósito el indicar quién pudiera ser este personaje. Era el Infante D. Felipe, el hijo menor del Rey D. Sancho IV, de quien ya hicimos mención en el tomo anterior, capítulo VIII, pág. 268. Desempeñaba el cargo de Pertiguero mayor de Santiago; pero este título no le daba autoridad para entrometerse en los asuntos eclesiásticos de la Vacante

CAPÍTULO 1 1 1

y menos para definir las atribuciones de los Vicarios. Otros resortes, que no legales, impulsaban al Infante para proceder de este modo. Era D. Felipe generoso de condición, intrépido y naturalmente piadoso; pero al mismo tiempo muy fácil en dejarse explotar y en auto- rizar con su nombre las maquinaciones de pérfidos con- sejeros. Figuraba entre éstos en primera línea, su ma- yordomo Alonso Suárez de Deza, aquel á quien el Arcediano de Nendos, tan pronto fue electo, entregó en encomienda la Catedral y todos los castillos de la Iglesia (1). No adelantaremos los sucesos; pero conviene tener noticia de los principales protagonistas de las escenas que estaban para desarrollarse.

El Papa Juan XXII no ignoraba ciertamente la si- tuación en que se hallaba la Iglesia de Santiago, porque, como es fácil suponer, no había de faltar quien estuviese interesado en enterarle de todo. Ya en los acuerdos capitulares acerca de los Vicarios, se hace mención de Letras emanadas de la Sede Pontificia sobre asuntos de la Vacante. Pero por lo mismo que el Pontífice conocía la gravedad del mal, comprendía cuan urgente era el aplicar el oportuno remedio y designar persona hábil, extraña al país, y por consiguiente libre de las pasiones y de las banderías que lo tenían en conmoción; la cual con mano experta y con expedientes sagaces, no menos que pacíficos, redujese las cosas á su estado normal.

Hallábase á la sazón gestionando la paz entre el Rey

(1) Alonso Suárez puso por su cuenta lugartenientes en loa castillos de la Mitra; y á titulo de encomienda pretendía cobrar todos los años 6.000 mrs. de la moneda del Rey D. Fernando IV. En la Rocha de Padrón puso por alcaide á Fernán García de Ledesma. (Véase un documento del año 1318 en la Colección Diplomática, núm. XXXI de la Oalicia Histórica),

12 LOS DOS SIGLOS DE DECADENCIA.— PARTE I

de Francia, Felipe V y los Flamencos, el General de los Dominicos, Fr. Berenguel de Landora en unión con el Arzobispo de Bourges, después Obispo de Ostia. Ocupado en estas negociaciones (1), el 25 de Julio del año 1317 recibió Fr. Berenguel del Papa Juan XXII el nombra- miento de Arzobispo de Santiago. Aceptando Fr. Be- renguel el nombramiento que se le había confiado, más bien como un mandato, que como una gracia, se pre- sentó en la Corte Pontificia, entonces en Aviñón, á donde llegó en la fiesta de la Natividad del Señor del mismo año 1317. En la octava de Pascua de 1318, que aquel año cayera en 23 de Abril, recibió la consagra- ción por orden del Papa; y en la octava de la festividad de San Pedro y San Pablo salió de Cune en dirección á España, para tomar posesión de su Diócesis.

Los antecedentes que se conocían del nuevo Arzo- bispo, demostraban cuan acertado había sido su nom- bramiento. Oriundo de la Casa de los Condes de Rodez, en Francia, descubrió desde su niñez índole natural- mente inclinada á los ejercicios de la piedad, así es que fué en vano que sus padres se opusiesen á que tomara el hábito de Santo Domingo (2). En los estudios generales que la Orden tenía en el Convento de Tolosa, en Francia, recibió el grado de Doctor, pasando después á completar sus estudios en la Universidad de París. Como Vice- maestro de toda su Orden, asistió en el año 1311 al

(1) Justamente, en uno de los capítulos del convenio que ya se había hecho en 4 de Septiembre de 1316 entre el Regente de Francia Felipe y Roberto, Conde de Flandes, se estipuló que éste acompañaría al que fuese Rey de Francia á Ultramar, y que también iría con sus hijos á, San- tiago de Galicia y á otros santuarios que allí se nombran.

(2) Era hijo de Arnaldo de Landore, señor de Solomiech.

CAPITULO I

Concilio ecuménico de Viena, y al año siguiente en el Capítulo celebrado en Carcasona, fué elegido por unani- midad Maestro general. Los PP. Martene y Durand publicaron en el tomo IV del Tliesaurus noviis Anecdotorum algunas de las cartas circulares que dirigió á todos los religiosos de su Orden, impregnadas todas ellas del fer- voroso espíritu que lo inflamaba. En la que les escribió desde Bolonia el año 1315, hallamos:

«Puritatem conscientiae amplecti satagite quae pan- dit portas regni coelestis, et ad videndum Regem in decore tamquam familiaris ostiaria introducit... Amor scientiae, qui proli dolor! videtur tepescere, in vestris cordibus recalescat. Nullus deinceps in studio inveniatur piger, et dimissis quae íoris sunt, semper tenentes in manibus sacros libros, et ex illis percipite normam scri- pturarum....»

Varias fueron las ocasiones, y algunas gravísimas, en que cupo á Fr. Berenguel el demostrar su tacto y pericia en el manejo de los negocios, y lo sutil y pro- fundo de su ciencia. Tal fué la célebre causa que se instruyó al religioso dominico Fr. Bernardo de Monte- pulciano, acusado de haber procurado con veneno la muerte del Emperador Enrique VII. El Maestro Gene- ral, Fr. Berenguel, no dejó piedra por mover hasta hacer resaltar como evidente la inocencia del religioso acusado. Él fué también uno de los examinadores de- signados por el Papa Juan XXII para juzgar de la equí- voca ortodoxia del Comentario sobre el Apocalipsis, com- puesto por Pedro Juan de Oliva. En los cinco años que tuvo el generalato de los PP. Dominicos, celebró cinco Capítulos generales en Carcasona, Metz, Londres, Bo- lonia y Montpeller.

14 LOS DOS SIGLOS DE DECADENCIA.— PARTE I

Durante este tiempo los compostelanos, que tan contra su voluntad se habían sometido al señorío del Arzobispo D. Rodrigo II, no desperdiciaron la ocasión que les ofrecían la vacante de la Sede y la minoría del Rey D. Alfonso XI, para promover nuevos disturbios y alcanzar el cambio de señorío. Aprovechándose de la agitación en que se hallaba el reino en el año 1317, enviaron como procuradores á las Cortes, que se cele- braban en Carrión, á los dos burgueses Pedro Yáñez do Campo y Martín Bernáldez. Llevaban también varias quejas contra el Cabildo por razón de penas y otros hechos, las cuales presentaron, no ante el Infante Don Pedro, bajo cuya regencia el Arzobispo D. Rodrigo II había puesto á la Iglesia de Santiago y á todas sus tierras (1), sino ante el Infante D. Juan. Este, en vista de sus representaciones, les dio, como pedían, Real Car- ta, «por que el sennorio del Rey fosse guardado et el derecho del conceio non pereciese» (2).

Alarmóse el Cabildo ante esta declaración, y envió como procurador al Canónigo García Prego, el cual presentó en Zamora un memorial al Infante D. Juan protestando y pidiendo declinatoria para ante el In- fante D. Pedro. D. Juan contestó que como tutor no podía menos de oír en derecho á los que viniesen ante él, y que la carta, objeto de la reclamación, había sido expedida por la Reina D.^ María, por él y por G-arcía Laso, apoderado del Infante D. Pedro (3).

Otro encargo desempeñó el Canónigo García Prego en aquella ocasión.

(1) Véase tomo V, cap. IX, pág. 317, nota 3.

(2) Véanse Fueros de Santiago^ tomo I, cap. XXIV, pág. 313.

(3) Véanse Fueros de Santiago, loo. cit.

CAPÍTULO I 15

En dichas Cortes de Carrión, celebradas á principios del año 1317, se otorgaron al Rey D. Alfonso cinco ser- vicios de los labradores, y otro más que le otorgaron los hidalgos y las Ordenes (1). El Canónigo García Prego, uno de los Receptores ó Ecónomos de la hacienda de la Mitra, representó que los Arzobispos de Santiago, según los privilegios de su Iglesia, habían de tener la mitad de los servicios que se cobrasen de sus vasallos en donde quiera que morasen. En su virtud, el Rey con consejo de sus tutores, escribió á los cogedores de dichos servicios ordenándoles que hechos los padrones, dejasen recaudar á los receptores de Santiago la mitad corres- pondiente á la Mesa Arzobispal. Dióse el privilegio en Valladolid á 20 de Mayo de 1319.

Aun se había de diferir por más de un año la venida de la persona que debía administrar en propiedad estos bienes y los demás de la Mitra. Don Fr. Berenguel entró en España por el puerto de Aspe, atravesó parte de Aragón y de Navarra, y el día 24 de Agosto de 1318 llegó á Logroño. En Santo Domingo de la Calzada halló que venían á su encuentro los legados que le habían en- viado el Rey y su abuela D.^ María; los cuales legados lo condujeron á Valladolid. De alH pasó á Medina del Campo, en donde á la sazón se estaban celebrando Cortes.

Traía D. Berenguel varios encargos y comisiones del Papa; la de interceder con el Rey y sus tutores en favor del Infante de La Cerda para que se le entregasen las villas que se le habían adjudicado por sentencia de los

(1) «Et para esto dieron al Rey cinco servicios, que pechasen los la- bradores.»— (Crónica de D. Alfonso XI; Madrid, 1787; cap. XIII, pág. 32).

16 LOS DOS SIGLOS DE DECADENCIA.— PARTE I

Reyes de Aragón y Portugal en el año 1304; la de legi- timar los matrimonios del Infante D. Juan, uno de los tutores, y de su hijo D. Juan con sus respectivas mu- jeres D.^ María Díaz de Haro y D.^ Isabel; y la de con- certar á los dos tutores D. Juan y D. Pedro acerca de la concesión que al segundo había hecho el Papa de la Bula de la Cruzada, y de las tercias y la décima de las rentas eclesiásticas para la guerra de Grranada.

Respecto al primer punto contestaron los tutores que habían hecho homenaje al Rey de entregarle el reino tal cual había quedado de su padre, y que en esto no consentirían en modificación alguna (1). En Toro dispensó con el Infante D. Juan y su hijo, según las facultades que traía del Papa. Una grave enfermedad, que le detuvo en Toro por más de un mes, impidió que pudiese despachar más pronto el tercer punto, que se refería, á lo que creemos, á la discordia entre los dos tutores; y acaso á sus buenos oficios se debió el que el Infante D. Pedro accediese á dar parte á D. Juan en la Cruzada, en las décimas y en las tercias.

Despachados estos asuntos, y obtenidos de los tutores varios diplomas, y en especial el en que se declaraba que el señorío de la ciudad de Santiago pertenecía á los Arzo- bispos, según la sentencia definitiva del Rey D. Fernan- do IV (2), partió de Zamora á principios de Noviembre, y el día 11 Uegó á Mellid, á donde para felicitarle y cum- plimentarle acudió el Infante D. Felipe con su esposa D.^ Margarita de La Cerda (3). Se presentó también allí

(1) Crónica de D. Alfonso XI, cap. XVI.

(2) Dado en Toro á 1.0 de Octubre de 1318.— Véase Tumbo B, fo- lio 1317-1319.

(3) D. Berenguel traía numeroso acompañamiento de Francia. Venían

CAPÍTULO I 17

el mayordomo de los Infantes Alonso Suárez de Deza é hizo entrega de los castillos que tenía, previo homenaje de restituirlos cuando llegase el Arzobispo. Retuvo, no obstante, la tenencia de la Catedral con la fortaleza que en ella había edificado D. Rodrigo del Padrón.

Desde Mellid envió D. Berenguel legados á los burgueses compostelanos anunciándoles su próxima lle- gada para que se dispusiesen á recibirlo como á su padre y pastor, y no le impidiesen que visitase á su Esposa y al sepulcro de] Apóstol Santiago. A tan comedidas insi- nuaciones, los compostelanos contestaron cerrando las puertas de la ciudad y dejándose ver armados y en acti- tud hostil sobre los muros. El Arzobispo tuvo que pasar de largo y refugiarse en el castillo de la Rocha, en don- de entró el 22 de Noviembre. Estuvo aquí algunos días esperando á que los compostelanos reconociesen su yerro y depusiesen su actitud, y exhortándoles á ello con paternales embajadas y ventajosas proposiciones.

Todo fué inútil; y, persuadido el Arzobispo de que nada se conseguía por las vías puramente pacíficas, el 23 de Diciembre dejó la Rocha y se puso en camino para Pontevedra, en donde fué recibido con grandes fiestas y aclamaciones. Desde aquí envió de nuevo legados á los compostelanos y á Alonso Suárez empla- zándoles, al Suárez para que hiciese entrega de la Igle- sia, y á los burgueses para que lo recibiesen como á su padre y señor. Al mismo tiempo reunió algunas tropas para hacer con ellas más eficaz su intimación. De Pon-

con él el Caballero Guillen de Escoralle, Beltrán Rousinol, Aymerico de Anteiac, Bernal de la Roche, Hugo de Vesín y los Priores de Santo Do- mingo Fr. Beltrán y Fr. Bernardo y Fr. Gezelino de la Orden de San Benito.

Tomo VI. -2.

18 LOS DOS SIGLOS DE DECADENCIA. — PARTE I

tevedra pasó á Padrón, en donde celebró la fiesta de la Epifanía (que aquel año cayera en Sábado), recibiendo días después la visita del Infante D. Felipe y de Alon- so Suárez, que protestaron estaban dispuestos á hacer al Domingo siguiente la entrega de la Iglesia y de la ciudad.

Tales promesas no satisficieron por completo al Ar- zobispo; pero para que no se dijese que en él había estado el que no se hubiesen cumplido, de Padrón se dirigió á la Rocha de Santiago, y en el camino, en la ermita que había antes en el Miñadoiro (Humiliatorium) delante de gran muchedumbre de clérigos y legos reci- bió de Alonso Suárez nuevo homenaje de hacer entrega de la Iglesia el día convenido (14 de Enero).

Acampado con su hueste en el monte de Santa Su- sana, al Oeste de la ciudad, hizo saber á los burgueses y á Alonso Suárez que venía á recibir la entrega de la Iglesia, según lo que estaba pactado. Mas los composte- lanos cada vez se mostraban más audaces é insolentes. Alentados con los consejos del Infante D. Felipe y de su mayordomo, arriaron el pendón de Santiago, gloriosa enseña que hasta entonces los había guiado en todas sus empresas, y enarbolando el pendón del Rey de Cas- tilla se subieron armados á lo alto de los torreones y de las murallas, dando á entender así que clase de recibi- miento estaban dispuestos á hacer á su Prelado y que clase de entrega pensaban hacer de la Iglesia. Según todos los indicios, su intención era entregar la Iglesia, no al Prelado vivo, sino difunto, para que en ella pu- diesen ser depositados su cadáver y los de todos los que le acompañaban.

Don Berenguelj no queriendo dar lugar á que sus

CAPÍTULO I 19

subditos pusiesen en práctica tan infames y horrendas maquinaciones, se retiró á la Rocha, y de allí á los pocos días á Pontevedra, en donde asistido de los Obispos sufragáneos y de los de otras provincias, el día de la Purificación de Nuestra Señora celebró de Pontifical Misa nueva en presencia del Rey de Portugal D. Dioni- sio y de otros muchos proceres y señores.

Por este tiempo, ó quizás ya antes, D. Berenguel publicó sentencia de excomunión contra los burgueses privándolos de los préstamos eclesiásticos que tuviesen y declarándolos á ellos y á sus hijos hasta la tercera y cuarta generación inhábiles para obtener beneficios ó tenencias de la Iglesia. Todas estas sentencias fueron confirmadas por el Sumo Pontífice Juan XXII.

Mas los Compostelanos estaban tan ciegos y tan em- peñados en la ejecución de sus perversos propósitos, que el mismo día de la Purificación, después de haber incen- diado los palacios Arzobispales de la ciudad, corrieron hacia el castillo de la Rocha y pusieron fuego á las habitaciones del Arzobispo y á todos los demás depar- tamentos de la fortaleza en que podía cebarse la tea incendiaria.

Todo esto lo supo el mismo día el Arzobispo; y lejos de intimidarse, para demostrar que no cejaría un punto en la defensa de los derechos de su Iglesia, se vino á la Rocha-blanca de Padrón con ánimo de reunir allí á todos los vasallos de la tierra de Santiago y marchar á su frente á combatir y castigar la soberbia de los bur- gueses compostelanos.

Estando en Padrón tuvo lugar un suceso que nos da á conocer la lealtad con qué procedían los rebeldes y sus valedores. El primer día de Cuaresma (21 de Pebre-

ÓO LOS DOS SIGLOS DE DECADENCIA.— PARTE I

ro) confirió al Infante D. Felipe la Pertiguería mayor de Santiago, previo juramento de no ayudar á los rebeldes compostelanos, antes bien constreñirlos en sus cuerpos y en sus bienes á reconocer el señorío del Arzobispo, hacerles la guerra, y hasta sitiarlos con sus caballeros en la ciudad. Pero para que los compostelanos no estuvie- sen mucho tiempo en la incertidumbre acerca de la actitud que habría de tomar el Infante, al día siguiente de haber prestado dicho juramento, recibió bajo su am- paro y encomienda á la ciudad y á todos los ciudadanos.

No por eso desistió el Arzobispo de llevar adelante sus proyectos. Al frente de numerosa hueste salió de la Rocha de Padrón el 25 de Marzo y estableció en la Ro- cha de Santiago su cuartel general. Desde aquí extendió sus tropas todo alrededor de la ciudad, cortando todas las comunicaciones y molestando á los sitiados con con- tinuos rebatos é incursiones. A principios de Julio man- dó talar todas las mieses en los campos próximos á la ciudad; y para apretar más el cerco, se situó con un buen golpe de gente sobre el monte de la Almáciga. Entre- tanto se armaban las tiendas de campaña, se alojó él en el próximo convento de Santo Domingo. Poco tiempo le dejaron estar allí seguro y tranquilo los compostelanos; una enorme piedra lanzada á media noche por una de sus máquinas pasó por sobre la cámara en donde tenía su lecho, y le obligó á abandonar aquel lugar que estaba al alcance de los tiros de sus enemigos. Tuvo que trasla- darse al monte de la Almáciga y acomodarse en una de las chozas que estaban sobre la cumbre.

Sin embargo, el cerco siguió estrechándose; y los compostelanos acosados por el hambre estaban á punto de rendirse, cuando recibieron aviso de que venían en su

CAPÍTULO I 21

auxilio el Infante D. Felipe con su esposa D.* Margari- ta; la cual no sabemos por qué motivo, influida, acaso, por su pérfido mayordomo, en todo se mostró acérrima adversaria del Arzobispo. Este, que debía tener excelen- tes confidencias, noticioso de los movimientos del Infan- te, con buena parte de su ejército le salió al encuentro, alcanzándole más allá del lugar de Dos Casas, en la pa- rroquia de Santa Eulalia de Arca. No osando D. Felipe medir sus armas con las del Prelado, le propuso que se viesen ambos, acompañados tan sólo de cierto número de personas. En esta conferencia prometió el Infante el negociar la paz entre el Prelado y los burgueses, si se le dejaba entrar con su esposa en la ciudad. Prometió, ade- más, bajo juramento, que por él prestaron ocho caballe- ros, sus vasallos, no introducir víveres, ni armas, ni dar ninguna clase de auxilio á los rebeldes.

La presencia de los Infantes en Santiago fué como una chispa que reavivó aquel incendio ya casi apagado. En vista de esto el Arzobispo, taladas las mieses y arra- sados los arrabales de la ciudad, por consejo de sus va- sallos se retiró al castillo de la Rocha á esperar los acon- tecimientos. Quizás habría influido en esta determina- ción del Prelado un suceso del cual en la biografía de D. Berenguel sólo se hace muy lejana alusión. Dícese allí que por este tiempo, es decir, al tiempo en que Don Berenguel se retiró á la Rocha, Alonso Suárez fué cita- do á comparecer personalmente ante el Rey. Veamos los motivos de esta citación.

En la primavera de este mismo año, 1319, se presentó en Ciudad-Rodrigo, en donde, á la sazón se hallaba la Reina D.^ María con su nieto el Rey D. Alfonso, un ca- ballero llamado Gonzalo Soga, de una de las principales

22 LOS DOS SIGLOS DE DEGADENlíIA. — PARTE I

familias de Galicia. Pidió audiencia y dijo que retaba al caballero Alonso Suárez de Deza (1), porque siendo vasallo de los Arzobispos de Santiago y teniendo la Igle- sia bajo homenaje de devolverla tan pronto el Arzobispo electo y confirmado se la reclamase, por más que Don Fray Berenguel varias veces se la había demandado, nunca se la había querido entregar, y que por lo mismo había incurrido en caso de traición. Treinta días repitió el reto Gonzalo Soga; y al cabo de ellos el Rey «por guardar el derecho de Alííonso Suarez mandólo empla- zar que pariciese ante él personalmientre a treynta dias a Responder al dicho Ripto et a decir por qual Razón non entregaua la dicha iglesia al dicho arzobispo.» A los treinta días compareció Alonso Suárez ante los Reyes en Toro, y al reto de Gonzalo Soga contestó que mentía, pero que haría lo que el Rey y su Corte le mandasen. Confesó, no obstante, á los Reyes que él era, en efecto, vasallo del Arzobispo y que tenía la Iglesia bajo home- naje de devolverla cuando se le pidiese, y añadió que él ya varias veces había querido entregarla, pero que el Arzobispo no quisiera recibírsela. Y para que los Reyes

(1) Alonso Suárez de Deza no es <el famoso Churruchao, tan traído y llevado sin conciencia por autores de dramas y novelas románticas,» según dice el Sr. Barreiro en su edición de la crónica de D. Berenguel, nota 1 de la col. 2.* de la pág. 8. La familia de los Dezas era entonces distinta de la de los Churruchaos, que vivían en la comarca de Tuy y cuyo tronco en el siglo XII fué un Pedro Artario ó ^rtoVo. (V. Nobiliario del conde Don Pedro, título de los Turrichaos ó Churruchaos). El hijo dePedro Arteiro, Fernán Pérez Churruchao, tenenfe Morgadanes, es mencionado en un Diplo- ma, que hoy se conserva en el Archivo Histórico Nacional, y fué dado en Tuy por D. Alfonso IX al Monasterio de Oya en 11 de Abril de 1201.

Alonso Suárez falleció sin sucesión; pero su familia, si ya no lo estaba, emparentó después con la de los Churruchaos.

A íines de este siglo XIV hubo, sí, un Alonso Suárez Churruchao, hijo

CAPÍTULO I 23

estuviesen ciertos de esto, pidió un plazo de treinta días que finalizaba el 25 de Agosto, y que enviasen un fiel para que viese por quién estaba el que no se hiciese la entrega, si por él ó por el Arzobispo. Y obligóse á entre- gar la Iglesia en el plazo señalado con cuantos hombres y armas quisiese el Arzobispo hasta lO.OOO, y entregar asimismo el Tesoro de la Iglesia y las ofrendas del Altar desde el tiempo que él los tuvo embargados. Efectivamente, los Reyes nombraron á Alfonso Nú- ñez, su vasallo, para que presenciase la entrega; raas lo que pudo ver éste fué que al plazo señalado nadie se presentó para hacerla, por más que el Arzobispo, en presencia de Alfonso Núñez, había notificado á Alonso Suárez que estaba pronto á recibir la Iglesia. De todo ello, á los veinticuatro días después del 25 de Agosto, dio cuenta el fiel en Valladolid á los Reyes; y en su vista, Gonzalo Soga les pidió que diesen sentencia declarando á Alonso Suárez traidor. Los Reyes contestaron que para tomar resolución en asunto tan grave, necesitaban aconsejarse antes con los hombres buenos de su Reino y con los caballeros, sus vasallos; lo cual harían en las Cor- tes que estaban para convocar. De todo esto se dio tes- timonio en Valladolid á 20 de Septiembre de 1319 (1).

de Alonso Gómez Churruchao y D.* Teresa Sánchez de Gres, y mai-ido de D.* María de Lima. Este Alonso Suárez Churruchao, parece, fué nieto de Fernán Pérez Churruchao, el asesino del Arzobispo D. Suero.

Tampoco es cierto como supone el Sr. Barreiro, que Alonso Suárez hu- biese sido Pertiguero mayor de Santiago. Entonces esta dignidad solía conferirse á personas de más elevada posición social. A la sazón era Perti- guero mayor el Infante D. Felipe, que se intitulaba tal Pertiguero antea que D. Berenguel le confiriera dicha dignidad.

(1) Véanse Apéndices, núm. II. — Dificilísimas eran las circunstan- cias en que se hallaban los Reyes. Muertos los dos Tutores D. Juan y Dou

24 LOS DOS SIGLOS DE¡ DECADENCIA.— PARTE I

Tan pronto 'se hubo ausentado el fiel Alonso Núñez, antojósele á Alonso Suárez el hacer una nueva comedia y prometió, bajo juramento, entregar la Iglesia en uno de los próximos días. Concurrió D. Berenguel con su gente el día señalado, y se detuvo cerca del Convento de Santa Clara, que entonces estaba en un lugar pan- tanoso más alejado de la ciudad, esperando alguna demostración por la cual viniese en conocimiento de que Alonso Suárez estaba dispuesto á cumplir su palabra. ¡Vana esperanza! Lo que pudo ver el Arzobispo fué el cerro de Santa Susana coronado de gente pronta, ya que no á combatirle, á impedirle la entrada en la ciudad.

Don Berenguel, no rehusando la batalla, pero no que- riendo provocarla, al acercarse la noche emprendió un movimiento de retirada, y pasando por la falda del monte de Santa Susana, se acuarteló en el castillo de la Rocha.

Prosiguiendo los compostelanos en la representación

Pedro el 25 de Junio de 1319 en la Vega de Granada, D.^ María debió quedar iinica tutora, según lo acordado en las Cortes de Burgos del año 1315 No obstante, aspiraron con todo empeño á la Tutoría el Infante D. Telipe, D. Juan Manuel, D. Juan el Tuerto, y D. Fernando de la Cerda.

El derecho del Arzobispo era evidente; pero en aquella ocasión la Rei- na D.* María juzgó prudente contemporizar con su hijo el Infante D. Fe- lipe y esperar circunstancias más favorables.

Don Felipe era bravo y animoso como su padre D. Sancho, noble y gene- roso; pero el no dar lugar á que pudiera ser tildado de candido, parece que fué cosa que nunca le preocupase. Esto bien lo sabían los consejeros. Gali- cia para él venía á ser como un feudo; así es que pretendía que la merindad de esta región no se diese sino fá quien él quisiese,» como se dice en la Crónica deD. Alfonso XI, cap. XIX, pág. 45. Verosímilmente la misma pre- tensión abrigaría respecto de los Obispados gallegos. Respecto del Prelado de Santiago, ningvín motivo especial de animadversión podía tener hacia él, pero al fin era una persona extraña y desconocida.

CAPITULO t 25

de su drama, que necesariamente había de terminar en tragedia, después de muchos tratados y embajadas, con- vinieron en ceder la Catedral al Prelado, más una de las puertas de la ciudad, la de la Peña — por cierto la de más difícil acceso — para que por ella pudiera surtir- se de víveres y de todo lo demás que le fuese necesario. Aceptó D. Berenguel, para que no se dijese que su in- transigencia era la causa de tanta perturbación. Acom- pañado del Infante, de Alonso Suárez y de los burgue- ses, penetró en la Catedral; pero aquí se acabaron todas las muestras de respeto y reverencia que hasta aquel punto se le habían hecho.

Los compostelanos habían conseguido su objeto. Viendo encerrado al Prelado, se convirtieron de sitiados en sitiadores. Incomunicaron por completo la Catedral, rechazando con las armas á todo el que pretendía entrar ó salir. Cerraron todas las puertas de la ciudad, incluso la de la Peña. Agotados los pocos víveres que podían existir en la Catedral, los sitiados tuvieron que apelar á la carne de caballo y á otras cosas más groseras que por ventura tenían á la mano. Trece días duró esta san- grienta burla, que quisieron hacer de su Prelado; al cabo de los cuales D. Berenguel, para salir de aquel duro trance, les propuso un partido, cuyas condiciones no ex- presa el biógrafo, pero que los rebeldes hallaron acepta- bles. Salió ya de noche de la ciudad, se refugió en el castillo de la Rocha, pasó después á la Rocha de Padrón, desde donde á los pocos días se encaminó á la villa de Noya. Allí celebró sínodo diocesano, en el que publicó las sentencias dadas ya en el convento de Bonaval, por las que declaró privados de sus préstamos y beneficios, no sólo á Alonso Suárez y á los caballeros y á los bur-

26 LOS DOS SIGLOS DE DECADENCIA. — PARTE 1

gueses, sus cómplices, sino á todos los clérigos de la ciu- dad y de fuera de la ciudad, que pública ú ocultamente los favorecían.

Al poco tiempo recibió una carta de la Reina Doña María de Molina en la que se le invitaba á ir á la Corte, en donde ella con sus consejos, con su autoridad y con su influencia procuraría que se le diese condigna satis- facción de las injurias que había recibido del Infante D. Felipe, de Alonso Suárez y de los rebeldes composte- lanos. D, Berenguel juzgando imperioso deber el corres- ponder á tan cortés invitación, dispuso sin tardanza to- das las cosas para el viaje, y acompañado de numeroso séquito partió de Pontevedra el 25 de Enero de 1320. Siguió la vía de Portugal; en Guarda halló al Obispo de Coria que había salido á esperarle, y con él entró en Sa- lamanca el 16 de Febrero. Aquí se detuvo hasta el 22 de Marzo, y en este tiempo, asistido de los Obispos de Salamanca y de Coria, consagró á D. Gonzalo, Obispo de Orense. Durante este tiempo recibió también dos emba- jadas de la Reina D.^ María, la primera por conducto del Obispo de Burgos y la segunda por el Prior de los Hospi- talarios. En ambas se le hacían en nombre de la Reina ciertas proposiciones de composición, en las cuales no ha- llando aquella condigna satisfacción, que se le había prometido, desistió de ir á la Corte, y desde Salamanca, pasando por el monasterio cisterciense de Valparaíso, en donde celebró la fiesta de Ramos, se encaminó á Za- mora.

Aquí vino á visitarle el Infante D. Juan el Tuerto con su esposa D.^ Isabel, cuyo matrimonio había él legi- timado á su entrada en Castilla. En varias conferencias que celebraron, trataron de la cuestión entonces canden-

CAPÍTULO 1 2l

te, que era la de tutoría, ó más bien regencia del reino, á la cual también D. Juan aspiraba. Con este motivo establecieron entre sí ciertas posturas en las cuales el Infante D. Felipe no salía muy favorecido. Tales trata- dos no dejaron de inspirar graves recelos y temores á la Reina D.^ María, y esta gran Señora, de la cual puede decirse que pasó toda su vida zurciendo díscolas volun- tades, y sin otra mira que la gloria de Dios y el bien de la patria, procuró atraerse á toda costa al Arzobispo D. Berenguel. Volvió á enviarle desde Valladolid, en donde se hallaba, al Obispo de Burgos, y después al Prior de los Hospitalarios, rogándole que viniese á conferen- ciar con ella y prometiéndole en este caso toda clase de seguridades y satisfacciones. Don Berenguel no se dejó convencer del todo, pero para que no dijese que desaira- ba á tan insigne Señora, emprendió un movimiento de aproximación, y el 6 de Abril con el Prior de los Hospi- talarios salió de Zamora para Castronuño. Nuevas em- bajadas y nuevas instancias vinieron á importunarle para que fuese á Valladolid; mas él se mantuvo firme en su resolución de no moverse de Castronuño, mientras no se le diese plena seguridad de que la satisfacción prome- tida había de llevarse á debido efecto.

La Reina D.* María comprendía cuánta razón tenía el Prelado, pero quería ir suavizando asperezas y obli- gar á D. Berenguel á hacer todas las concesiones posibles. Además, cuando se proponía alguna cosa, por grandes que fuesen los obstáculos que se le opusiesen, no descan- saba hasta verla realizada. En esta ocasión tomó una resolución, que ílenó de estupor al mismo Prelado y le obligó á darse por vencido. Le escribió que saldría á es- perarlo á Tordesillas, á seis leguas de Valladolid; y aun

28 LOS DOS SIGLOS DE DECADENCIA.— PARTE 1

desde Tordesillas le envió á Castronuño nuevos legados con instancias cada vez más apremiantes.

Ante tan inusitada cortesía, D. Berenguel no supo resistirse. Acompañado del Prior de los Hospitalarios y de los Obispos de Zamora y de Coria salvó las cuatro le- guas que le separaban de Tordesillas. La Reina, que le esperaba con los Obispos de Salamanca y de Sigüenza y otros muchos Magnates, le hizo un grande y cordial reci- bimiento. Hallábanse allí también los cuatro procurado- res que por indicación de D. Felipe y Alonso Suárez ha- bía enviado el Concejo Compostelano, á saber: Martín Bernárdez, Sancho Sánchez Xarpa, Bernardo Peitavin y Juan Alfonso. Más de ocho días duraron las conferen- cias acerca de las condiciones de la satisfacción que de- bía darse al Arzobispo. Este cansado ya de homenajes y de juramentos y recelando acaso hacerse cómplice de perjurio exigiendo juramentos, que sabía no habían de cumplirse, puso por primera condición^que se le entre- gasen como rehenes los cuatro procuradores citados. La Reina, vista la oposición que á esto mostraban el Infan- te, Alonso Suárez y los procuradores, se esforzaba por convencer al Arzobispo de la eonveniencia de prescindir de esta condición. No obstante, el Arzobispo permane- ció firme en su resolución, por más que con injurias y con terribles amenazas trataron de obligarle á desistir de su actitud. Quiso salir del castillo en donde se hospe- daba con la Reina, y halló todas las puertas cerradas; las cuales al fin se le abrieron por mandato de Doña María, viendo que nada se conseguía con todas aquellas maquinaciones (1).

(1) Véase lo que sobre estos sucesos dice la Crónica de D. Alfonso XI

CAPÍTULO I 29

Volvió D. Berenguel á Castronuño con el Obispo de Zamora y el de Coria, y el Electo de Lugo D. Rodrigo Yáñez, al cual consagró el 4 de Mayo de 1320. Empero, la Reina no cejaba en su intento de reconciliar al Pre- lado con el Infante, y le envió á Castronuño al Obispo de Burgos y á otras graves personas, que nada consiguie- ron de D. Berenguel. De Castronuño pasó con el Obispo de Zamora y el de Lugo á Fuentesaúco, en donde entró el 10 de Mayo. Desde aquí marchó á Aldeanueva, en donde se detuvo bastantes días. La sombra de la Reina le seguía á todas partes, y aquí, en Aldeanueva, recibió nuevos legados anunciándole, por fin, que tanto ella, como su hijo D. Felipe, estaban dispuestos á entregarle, meti- dos en grillos y cadenas, á los cuatro procuradores. Don Berenguel aun desconfiaba (1); y para cerciorarse envió á Valladolid al Obispo de Coria, el cual pudo ver con sus ojos que era verdad todo cuanto se le decía. Tranqui- lizado el Arzobispo, se puso en marcha hacia Valladolid, y en el camino, á legua y media de dicha ciudad, encon- tró al Rey D. Alfonso y al Infante D. Felipe, á quienes había mandado la Reina que saliesen á su encuentro. Entró en Valladolid el 20 de Junio (no de Julio, como por yerro se dice en la biografía) y fué recibido con

en los capítulos XX y XXI. En lo substancial concuerda admirablemente con lo que refiere el biógrafo de D. Berenguel.

(1) Para desconfiar tenía D. Berenguel sobrados motivos. Además de lo que hasta entonces le había ocurrido, veía que Suárez de Deza continua- ba gozando en la Corte de las mayores consideraciones. Cuando la Reina trató de avenir al Infante D. Felipe con D. Juan Manuel, se halló presente á la avenencia con los principales señores del Reino Alonso Suárez. (Véase Crónica de D. Alonso XI, cap. XXIV). Y poco después el mismo Alonso Suárez acompañó á D. Felipe, cuando éste de acuerdo con la Reina se apo- deró de León. (Véase Crónica cit., cap. XXV).

30 LOS DOS SIGLOS DE DECADENCIA.— PARTE I

grande agasajo por D.* María y hospedado en los Reales palacios. No obstante, para hacer la entrega de los pro- curadores, el Infante D. Felipe, por sugestión de Alonso Suárez, comenzó á poner dificultades y á pedir aplaza- mientos, con lo que parecía que todos aquellos obsequios y todas aquellas palabras habían de terminar en un nuevo desengaño. Temiéndolo así el Arzobispo, el 23 de J unió se dispuso á abandonar los Palacios reales; mas la Reina, á altas horas de la noche de aquel mismo día, llamó á su estancia á su hijo D. Felipe y lo exhortó é indujo á que al día siguiente muy de mañana entregase los rehenes al Arzobispo.

Celebróse con gran fiesta el día de San Juan; el In- fante en señal de cordial amistad quiso comer con el Arzobispo; y después, en presencia de los Obispos de Burgos, Sigüenza, Coria y Lugo y de otros muchos señores, entre los cuales, parece, se hallaba también Alonso Suárez, se estipularon las posturas y condiciones de la entrega de la ciudad y de la satisfacción que debía darse al Arzobispo por las ofensas é incalificables ultra- jes de que había sido objeto.

Tan pronto como D. Berenguel tuvo en su poder á los rehenes, mandó quitarles los grillos y cadenas, y bien custodiados y con todo sigilo (pues aun se recelaba de D. Felipe y de Alonso Suárez) los envió á Cigales, lugar de D. Juan el Tuerto.

Cerca de un mes permaneció D. Berenguel en la Corte, y aprovechó este tiempo para el arreglo de algu- nos asuntos que interesaban á su Diócesis y á algunos lugares de su señorío (1). El 18 de Julio, con el beneplá-

(1) El 14 de Julio, en vista de que «los de la villa de Noya eran muy pobres et muy astragados por ra9on de caualleros et de otros ornes pode-

CAPÍTULO I 31

cito de la Reina y del Infante D. Felipe, se enderezó á Óigales, y después, caminando por las tierras de D. Juan el Tuerto y de su madre D.^ María Díaz de Haro, llegó el día 20 al pueblo de Abilaco, en donde moraba dicha D.* María, y allí se detuvo hasta el 2 de Agosto, confe- renciando con madre é hijo acerca de las cosas del Reino y otras que más directamente á él le afectaban. Siguie- ron estas conferencias en Valencia de Don Juan, y des- pués en Víralo, pueblos también de dichos señores. Por fin, el 10 de Agosto se encaminó á Galicia, llevando con- sigo á los cuatro rehenes y acompañado del Obispo de Lugo, á quien tuvo que dejar enfermo en Puertomarín. El día 20 llegó á Mellid, desde cuyo punto, seguido de

rossos quelles fazen mal por Ra9on que la dicha uilla non es cercada, > obtuvo D. Berenguel del Rey y de su tutora D.^ María un Privilegio por el cual, por espacio de seis años, se quitó á los vecinos de Noya para hacer la cerca «de todo pecho et de todo pedido et de ayudas et de aiuda et de emprestido et de seruicio et de seruicios et de todos los otros pechos quales quier que me ouieren a dar daqui adelante cada anno en qual quier manera que nombre aya de pecho saluo moneda forera quando acaescier de siete en siete años.» (Véase Tumbo B, fol. 40).

Al día siguiente obtuvo análogo Privilegio en favor de la villa de Me- llid; á la cual concedieron los Reyes que por seis años, para hacer la cerca, tomase «la castellage... de todas las bestias que por y passaren et todas las otras cosas segunt que la toman en Tria castella et en Sarria.» (Véase Tumbo B, fol. 24). — Ya en el año 1316, último de su vida, el Arzobispo D. Rodrigo del Padrón había dado en tenencia á Fernán Fernández de Aveancos y á Teresa Sánchez, por los días de sus vidas,' la villa de Mellid por la pensión de mil maravedises de oro de la moneda de aquel tiempo, y con la condición de cercar de muro bueno, como el que estaba comenzado, dicha villa, y cercar también el castillo y hacer en él una torre de tres so- brados. Fué también condición, que si ellos adquiriesen alguna heredad en la referida villa, debían de hacer de ella al Arzobispo el mismo fuero que los demás vecinos. (Recuento... de escrituras y papeles del Archivo Arzobis- pal, hecho en tiempo del Arzobispo Sr. Sanclemente).

32 LOS DOS SIGLOS DE DECADENCIA.— PARTE I

muchos de sus vasallos que habían salido á su encuentro, atravesando por la comarca de Deza, se dirigió á Pa- drón, en donde entró el 30 de Agosto.

Aquí se le presentó el 3 de Septiembre el imperté- rrito Alonso Suárez ofreciéndosele oficiosamente á servir de medianero entre él y los burgueses compostelanos, y á trabajar hasta reducir á éstos á una completa sumisión. Sólo le advirtió que estas gestiones podían llevarse á cabo más fácilmente estando él con su Cabildo en la Rocha de Santiago. Accedió el Prelado, y el 5 de Sep- tiembre se instaló en el citado castillo acompañado del Cabildo y de toda su servidumbre.

El intento del Prelado era, ya que no le quedaba otro recurso, el rendir por la fuerza á la ciudad; y para ello ya tenía convocados á todos los vasallos de sus se- ñoríos; pero en vista de los tratos que le propuso Alonso Suárez, le concedió una tregua de diez días, que se pa- saron en continuas idas y venidas de la ciudad al casti- llo y del castillo á la ciudad, y en fraguar un laberinto de proposiciones y contraposiciones, réplicas y contrarré- plicas capaces de hacer desvanecer la cabeza más bien sentada. No podía esperarse otra cosa de Alonso Suárez, que en caso de que los burgueses compostelanos sintie- sen alguna veleidad ó tentación de rendirse, ya procu- raría él disipársela.

Por fin, el 15 de Septiembre, último día de la tregua, se llegó á un acuerdo por el cual el señorío de la ciudad habría de ser devuelto al Arzobispo y á la Iglesia, pero con ciertas condiciones, que muchos de los familiares consideraron como muy perjudiciales y gravosas (1).

(1) Cum certis conditionibus gravibus viro Dei et ejus Ecclesiae ac dain- nosis, dice el Biógrafo de D. Berenguel, pero no expresa cuáles hayan sido

CAPÍTULO I 33

Aquel mismo día, á hora tarda, los comisionados del Con- cejo recibieron de manos del Prelado el pendón de San- tiago, con el cual habían de esperarlo al día siguiente á su entrada en la ciudad. Empero, Alonso Suárez aun no estaba satisfecho con quedar señor del alcázar de la Cate- dral. Había anunciado para el día siguiente su salida hacia la tierra de Nendos, á donde le llamaba, decía, un asunto urgente. Más urgente le fué el revolver aquella misma no- che á los Compostelanos, el predicarles que el Prelado pro- cedía con doblez y malicia , y que era necesario proponer otros nuevos artículos para no dejarse coger en los lazos tendidos por D. Berenguel. El mismo se ofreció á llevar los nuevos artículos antes de partir para Nendos, y en la mañana del 16, acompañado de otros caballeros, sus se- mejantes, y algunos burgueses, se presentó en la Rocha á hora en qae el Arzobispo estaba en la capilla, después de celebrar Misa, con el Cabildo y algunos de sus vasallos. En la misma capilla presentó Alonso Suárez, con sus compañeros, el nuevo proyecto de arreglo. Enterado el Prelado, contestó: «Por lo que veo, nuestros tratos nunca tendrán fin; pues lo que se acuerda ahora, al poco tiem- po ya está modificado. Ayer por la tarde os otorgamos todo cuanto pedíais sin más condición, que la de que si no cumplíais hoy lo que habíais prometido, en este caso se terminaría la tregua acordada. Ahora, en lugar de

éstas. Por una Bula del Papa Juan XXII, citada por Raynaldo (continua- ción de Baronio; ed. de Luca, 1750; tom. XXIV, pág. 123) sabemos que una de estas condiciones era que el alcázar de la Catedral se había de entregar á un caballero, pariente afin de Alonso Suárez, para que lo tuviese en en- comienda hasta que el Rey D. Alfonso llegase á mayor edad.

Con tal condición quedaba, en efecto, el Arzobispo y su Iglesia, al menos por espacio de cinco años, á merced de Alonso Suárez. Tomo VI.-3.

34 LOS DOS SIGLOS DE DECADENCIA.— PARTE I

cumplir lo que teníais prometido, quebrantando la tre- gua concedida, venís con nuevas proposiciones. Salid, pues, de la capilla, mientras tanto con el Cabildo y nuestros vasallos deliberamos acerca de estas vuestras últimas peticiones. »

Salieron, en efecto, Alonso Suárez y los suyos con el mayordomo de D. Berenguel (1); el cual, mientras éste permanecía en la capilla, no pudiendo soportar ya más la perfidia ó insolencia de aquellos hombres, mandó si- gilosamente cerrar y ocupar todas las entradas del cas- tillo, convocó apresuradamente á toda la gente de ar- mas, é hizo matar á Alonso Suárez y á otros once que le acompañaban (2). Tal fué el desenlace que tuvo la insurrección de los Compostelanos, la cual puede decir- se que con este golpe quedó completamente sofocada.

(1) Ea una escritura otorgada en 6 de Mayo de 1327 fué testigo un Beltrán Rousinol, despenseyro do Arcibispo, que quizás fuese el mayordo- mo de que se trata. En la comitiva del Arzobispo había también un caba- llero, Guillen de Escoralle, del cual, parece, se encuentran picantes alusio- nes en alguno de los cantares del Cancionero de la Vaticana.

(2) El Biógrafo no da más que los nombres de siete de los que fueron muertos en aquella ocasión. Alonso Suárez de Deza ya es bien conocido. Martín Martínez, Juan Várela, poderoso caballero é hijo de aquel Pelayo Várela que por causa parecida había sido muerto en tiempo de D. Rodrigo del Padrón, Juan García de Mesía, prestamero de la Iglesia y de los Ar- zobispos, Gonzalo Yáñez, que justamente fué el primero de los cuatro no- tarios que autorizaron el acta de entrega del señorío de la ciudad al Arzo- bispo D. Rodrigo del Padrón en el año 1311 (véanse Fueros de Santiago. tom. I, cap. XXIII, pág. 308), y dos hermanos que el Biógrafo llama Dandra- ve, parientes de D. Alonso Suárez.

Alonso Suárez era hijo de Diego Gómez de Deza y de D.* Teresa Váz- quez de Temes (véase el Nobiliario del Conde D. Pedro, tít. LXXVI, Dezas), y estuvo casado con D.* Mayor Vázquez de Rodeiro; la cual en el año 1345 vendió á su sobrino el caballero Andrés Sánchez de Gres la casa fuerte de Barreira de Catases y toda la hacienda que tenía en

CAPÍTULO I 35

El Sr. La Fuente en su Historia eclesiástica de Espa- ña (1) (y citamos principalmente á este Autor, porque él fué el que resumió en breves palabras los juicios de los denigradores de D. Berenguel) dice que «los histo- riadores modernos maldicen la memoria del Arzobispo; » y el mismo Sr. La Fuente, aparte de otras inexactitu- des, dice en la pág. 751, que D. Berenguel «tuvo que ensangrentar las manos» y que «el medio de que se va- lió para sofocar la sublevación fué un acto «inhumano, anticristiano y contra el derecho de gentes;» y añade en la misma página 353, con cierta socarronería, que «no se dice si (D. Berenguel) pidió dispensa de la irregula- ridad.» Si el Sr. La Fuente hubiera tenido presente la observación con que terminó la exposición de estos he- chos (2), se habría evitado las poco meditadas aprecia- ciones que emitió al referir estos sucesos.

En primer lugar no se ha demostrado todavía que D. Berenguel fuera autor, ni aun cómplice, de la muerte de D. Alonso Suárez y sus compañeros. Su Biógrafo nos

tierra de Deza, Camba, Orcellón y Ventosa y en toda Galicia, tanto ecle- siástica como laical, más la mota y casa fuerte de Rodeiro con todos los demás cotos de que los Reyes D. Sancho IV y D. Temando IV habían he- cho donación á su tío D. Vasco de Rodeiro. (Recuento... de escrituras y pape- les del Archivo Arzobispal, hecho á principios del siglo XVII, fol. 15).

De Alonso Suárez de Deza no quedó sucesión; quedó de su hermano Diego Gómez de Deza y de una hermana cuyo nombre se ignora y cuyos hijos sostuvieron por algún tiempo en la comarca de Deza el estandarte de la rebelión.

(1) Segunda ed., tom. IV, pág. 353, nota 1.

(2) «Por extraños que parezcan estos hechos, no debemos estudiarlos á la luz de nuestras actuales ideas, sino al tenor de las opiniones de aquel tiempo, en que el feudalismo miraba todos estos hechos como cosa corriente y sencilla.» (Pág. 353).

36 LOS DOS SIGLOS DE DECADENCIA. — PARTE I

dice terminantemente que esto se llevó á cabo conti- nuando él retirado en la capilla del castillo é ignorán- dolo en absoluto (1). Por otra parte, la conducta de Alon- so Suárez es la mejor justificación del Prelado. Si este caballero, que no tenía nada de lerdo, hubiera notado en D. Berenguel instintos sanguinarios, no se hubiera acercado á él con tanta libertad y franqueza, y en tan- tas y tan difíciles circunstancias. El error de Alonso Suárez estuvo en creer que de todos se podía abusar del mismo modo que del Prelado.

En segundo lugar, el enemigo que en tiempo de gue- rra y fuera de tregua penetraba en una fortaleza, como hicieron Alonso Suárez y sus compañeros, era considera- do como el ladrón noctarno, al cual aun según los prin- cipios de la moral mas rígida, es lícito matar.

En tercer lugar, D. Berenguel podría olvidar las in- jurias personales que se le habían inferido; podría olvi- dar los pérfidos recursos con que contra su autoridad se había procurado sublevar á los burgueses compostelanos; podrí a olvidar que ni aun se le había permitido la entrada en la Catedral, y que, cuando se le permitió, fué para te- nerlo encerrado dentro como á un malhechor; podría olvidar que de hecho se atentó contra su vida, y que en algunas ocasiones sólo se salvó milagrosamente del pe- ligro: pero esto no podía olvidarlo la vindicta pública. El Pertiguero mayor (y entonces lo era el Infante D. Feli- pe) , ó sus subalternos, eran los encargados especialmente de proceder con todo el rigor de las Leyes contra los reos

(1) «Haec autem omnia in momento, me vidente qni haec scribo, fuerunt viro Dei (D. Berenguel) ignorante, totaliter adimpleta.»

CAPÍTULO I 37

de cualquiera de estos delitos (1), y el leal Mayordomo juzgó que no por falta de quien administrase justicia, la autoridad, el decoro y hasta la misma vida del Prelado habían de continuar por más tiempo expuestas á las asechanzas de unos hombres infames, que tantas veces habían sido convencidos de traidores y perjuros.

Sin embargo, nótase cómo algo de escrúpulo en el. Biógrafo en las reflexiones que hace después de narrar estos sucesos, que trata de explicar en cierta manera por una intervención sobrenatural. Mas esto pudo también hacerlo para desvanecer la impopularidad que tal suceso no podía menos de acarrear á sus autores, que eran ex- tranjeros, alienígenas, como él dice.

Refiere después algunas prodigiosas apariciones que se dejaron ver á varias personas en los días que prece- dieron á la muerte de Alonso Suárez; tales fueron la aparición de Santiago sobre un caballo blanco vibrando una lanza ó manejando una espada, y la de legiones de hombres armados en actitud de combatir la ciudad rebelde. No por estas narraciones debemos de tachar de crédulo, ó impostor al Biógrafo. Cerca de dos años hacía que el Altar del Santo Apóstol se veía profanado y desierto; pues el Cabildo se había visto forzado á aban- donar la ciudad, y oficiaba en la iglesia de Santiago de Padrón. El santo templo venerado hasta entonces por todo el mundo, estaba convertido en lugar en donde se

(1) Entre las condiciones con que en el auo 1328 D. Pedro Fernández de Castro recibió laPertigueria mayor, estaba la de que el Pertiguero había de proceder contra todos, de cualquiera estado que fuesen, que se alzaren contra el señorío del Arzobispo y de la Iglesia de Santiago; aun contra el mismo Rey, respetando su persona. (Véanse Fueros de Santiago, tomo I, ca- pítulo XXX, págs. 387-388).

38 LOS DOS SIGLOS DE DECADENCIA. — PARTE I

anidaban todas las malas pasiones; en plaza pública en donde se fraguaban y discutían los más inicuos atenta- dos; en piedra de escándalo para innumerables peregri- nos que no podían menos de contemplar desconcertados sentada triunfante la profanación allí donde no espera- ban ver sino actos de la más fervorosa y acendrada piedad. Esto no podía menos de contristar intensamen- te á las almas piadosas; ni Santiago podía permanecer insensible ante tantos sacrilegos atentados. Nada tiene, pues, de extraño que procurase consolar á sus devotos y hacer muestras ostensibles de su poder por medios que no son desconocidos en los tratados de Mística.

El trágico fin de Alonso Suárez y sus compañeros, de tal modo desconcertó á los compostelanos — ^muclios de los cuales sólo por compromiso se habían adherido á la insurrección — que no ansiaban más que entablar negociaciones con el Prelado para su completa sumisión. Pero^ ¿cómo iban ellos, después de tantas mentidas negociaciones, á tratar esto con " D. Berenguel? Afortu- nadamente para ellos, con la mejor voluntad se ofrecie- ron el religioso de Santo Domingo Dr. Fray Gonzalo de Zas, los Abades de San Martín y Antealtares y el Ca- ballero Fernán Fernández de Aveancos á servir de me- dianeros; y con tal tacto y circunspección supieron des- empeñar su misión, que pudo señalarse para el próximo 27 de Septiembre la entrada solemne del Arzobispo en la ciudad. Fué éste un día memorable en los fastos de Com- postela. Don Berenguel había invitado para el acto á los Concejos de Pontevedra, Padrón y Noya. El monte de Santa Susana apareció cubierto de tiendas de campaña en las que se alojaban el Arzobispo, el Obispo de Lugo, los Canónigos, los Caballeros, los Regidores y todos los

CAPITULO I 39

demás invitados, esperando, para firmarla, que se ex- tendiese el acta de la auiinga et amigauil composigon (ave- nencia y amigable composición) entre el Prelado y sus subditos. Don Berenguel dio libertad á los cuatro rehenes que se le habían dado en Valladolid, y que hasta enton- ces habían estado en la Rocha de Padrón, y á otros doce burgueses que habían quedado presos en la Rocha de Santiago al tiempo de la muerte de Alonso Saárez, y además se obligó á levantar las excomuniones y demás penas canónicas que había fulminado contra los rebeldes; á obtener del Papa la absolución de las censuras pontifi- cias decretadas contra los mismos: á restablecer á todos los complicados en la rebelión en el goce de sus benefi- cios, oficios, tenencias, préstamos y arrendamientos que tenían al tiempo en que fué nombrado Arzobispo; á res- petar las tasas y posturas que había hecho el Concejo durante la insurrección, y los arriendos estipulados con- forme á dichas posturas; á procurar la reconciliación y la paz entre los vecinos de Compostela y sus enemigos de fuera de la ciudad; á no dar ningún cargo público á persona que fuese enemiga de los burgueses compostela- nos; y hasta á dar rehenes de que cumpliría fiel y leal- mente todas estas capitulaciones. Hasta aquí llegó la longanimidad de aquel Prelado que algunos Autores se complacen en pintarnos como un hombre adusto y sanguinario.

Firmada el acta por los interesados y por los testi- gos, acordóse hacer aquel mismo día 27 la entrada solemne en la ciudad. Todo estaba ya preparado. Salie- ron al encuentro del Arzobispo, acompañado de nume- rosísima comitiva, los dos justicias de la ciudad (y aquel año lo eran Juan Bello y Sancho Pérez Bugueirete) y los

40 LOS DOS SIGLOS DE DECADENCIA.— PARTE I.

burgueses más calificados, precedidos del pendón de San- tiago y seguidos de la población en masa. En presencia del Arzobispo todos se postraron de rodillas aclamándo- le su padre y señor; y los justicias le entregáronlas lla- ves y el sello de la ciudad. En manos de aquel Gonzalo Soga que por treinta días había retado en la Corte á Alonso Suárez, prestaron Juramento y homenaje de ser siempre subditos y vasallos leales del Arzobispo y de la Iglesia Compostelana. Seguidamente el Arzobispo los absolvió de las penas y censuras en que habían incurri- do (1), y fué entregando las llaves de cada puerta de la ciudad y las dos tablas del sello á otros tantos vecinos de los más honrados, previo juramento de custodiarlas fielmente. Al día siguiente, convocado el Concejo en el monasterio de Antealtares, ante el Chantre Don Loren- zo Pérez, el Juez de Villestro Don Bartolomé y el Canó- nigo Don Ñuño González, y en presencia de los notarios Alonso Yáñez y Andrés Pérez, confirmó los juramentos prestados el día anterior; y lo propio hicieron todos y cada uno de los burgueses.

Don Berenguel, que había advertido que el principal foco de aquel incendio estuviera en las comarcas de De- za y Trasdeza, en donde Alonso Suárez tenía sus domi- nios y muchos parientes y amigos, juzgó prudente apa- gar cuanto antes las últimas chispas para evitar que en otra.s circunstancias volviesen á convertirse en centro de conflagración y perturbación. El mismo día27 de Septiem- bre volvió á pasar la noche en el castillo de la Rocha.

(1) Los que habían tenido sitiado á D. Berenguel en la Catedral ha- bían sido excomulgados con excomunión reservada al Papa; de la cual, no obstante, poco después los absolvió el Arzobispo por delegación pontificia.

CAPÍTULO 1 41

Aquí se detuvo algunos días mientras se disponía la ex- pedición que meditaba. Pasó después á la Rocha de Pa- drón, desde donde el 15 de Octubre se movió con su ejér- cito, en el cual figuraban también los burgueses compos- telanos, en dirección del convento de San Juan da Coba, cerca del Puente Ulla. Al día siguiente partió de San Juan da Coba para Puente Ledesma con objeto de sitiar la fortaleza que por allí cerca tenía Grarcía Rodríguez, uno de los más acérrimos partidarios de Alonso Suárez. La halló abandonada y mandó arrasarla hasta el suelo. Desde aquí pasó en el mismo día al monasterio de San Lorenzo de Carboeiro, en donde se detuvo hasta el 19 de Octubre, por ver si los sobrinos, y demás cómplices de Alonso Suárez atendían á sus amistosas intimaciones, deponían las armas y se presentaban á reconocer sus ye- rros y á reconciliarse con su señor. Esperó en balde; por lo que el 19 se dirigió al castillo de Galegos, que era de Diego Gómez de Deza, hermano y cómplice de Alonso Suárez. Diego Gómez así que vio levantada la máquina destinada á combatir el castillo, se rindió á discreción del Prelado, el cual no sólo le perdonó, sino que por rue- go de sus caballeros, le restituyó los préstamos que tenía de la Iglesia, si bien mandó destruir la fortaleza hasta los cimientos.

El día 21 de Octubre se puso sobre la casa fuerte de Chapa, que tenían los sobrinos de Alonso Suárez (1), y mostraban empeño en defenderla á todo trance. Empero á los seis días los defensores se vieron obligados á dejar la fortaleza en manos del Arzobispo, el cual consideran-

(1) El Biógrafo de D. Berenguel no da los nombres de estos sobrinos de Alonso Suárez; sólo indica que eran sus sobrinos maternos.

42 LOS DOS SIGLOS DE DECADENCIA.— PARTE 1

do que era muy á propósito para mantener en paz la tierra de Deza y asegurar los derechos de la Iglesia, la entregó á uno de sus caballeros para su custodia. El día 28 de Octubre pasó á la casa fuerte de Férvida, que tam- bién tenían los sobrinos de Alonso Suárez. El 1° de No- viembre, no osando el castellano arriesgarse á la defen- sa, dio aviso á uno de los sobrinos de Alonso Suárez para que se aviniesen con el Prelado, ó viniesen á encargarse de rechazar el ataque. No hallándose con ánimo para tanto, se entregaron á discreción del Prelado, que los acogió benignamente, y accediendo á las súplicas de sus caballeros, les dio en préstamo parte de las tierras que había tenido su tío. No obstante, á la fortaleza mandó arrasarla.

Dominada y pacificada así toda aquella comarca, y probada también la fidelidad de los Compostelanos, el día 2 de Noviembre dio vuelta para San Juan da Coba, desde donde se proponía marchar al día siguiente para la Rocha; pero acordándose de que antes debía dar gra- cias al Altísimo y al Santo Apóstol por tantos beneficios recibidos, se encaminó derechamente á la ciudad, en donde se le recibió como en triunfo, celebrando su venida con cánticos y músicas y otras estrepitosas manifesta- ciones de gozo y alegría. La noche la pasó, sin embargo, en el castillo de la Rocha; en donde permaneció hasta el día 11 de dicho mes en que volvió á la ciudad para pre- sidir el Sínodo diocesano que había convocado.

Como hemos visto, al tiempo de la sumisión de los Compostelanos D. Berenguel se había comprometido á solicitar del Papa facultad para absolver á todos los in- cursos en censuras reservadas á la Sede Pontificia. Y en efecto, el Papa Juan XXII, por su Bula "fechada en 22

CAPITULO I 43

de Septiembre de 1321, le facultó para que absolviese á todos los Compostelanos, y en particular al Infante Don Felipe, de las penas en que habían incurrido, según los Decretos del Concilio general de Viena, y de las que con- tra ellos habían fulminado los jueces delegados por la Santa Sede para conocer en este asunto (1). No se les exigió sino que aplicasen en beneficio de la Tierra Santa lo que hubiesen de gastar si para obtener la absolución tuviesen que presentarse personalmente ante la Sede Apostólica (2).

(1) El Papa había mandado á, los Prelados españoles que denunciasen como excomulgados á los Compostelanos. El Infante D. Felipe fué tam- bién declarado de un modo especial por el Papa, incurso en excomunión.

(2) Véase Rayaaldo, continuación de Baronio, tomo XXIV, pág. 176.

CAPITULO II

Constituciones capitulares hechas por este tiempo.— Conci- lios compostelanos XXV, XXVi, XXVil, XXVIII y XXIX.— Obras emprendidas en la Iglesia Catedral por el Arzobispo D. Berenguel.— Declaraciones y Privilegios del Rey D. Al- fonso XI sobre bienes eclesiásticos. — Don Pedro Fernán- dez de Castro, Pertiguero mayor de Santiago.— Últimos hechos del Arzobispo D. Berengnel.

A viña encomendada á los cuidados de D. Berenguel de Landora, efecto de cuatro años de no interrumpidos trastornos, saqueos y dilapidaciones, hallábase casi por completo disipada y cubierta de abrojos. Gran tacto y diligencia se requería en el nuevo Administrador para que aquella viña, antes frondosa y floreciente, volviese á producir sazonados frutos.

Ya antes de que D. Berenguel pudiera posesionarse de la ciudad de Santiago, dio pruebas de su perspicacia en adivinar las causas de muchos disturbios, y de su prudencia y destreza en hallar los medios para comba-

46 LOS DOS SIGLOS DE DECADENCIA.— -PARTE I

tirlas. La falta de un reglamento fijo, que debiera ob- servarse inviolablemente en las vacantes de la Sede, ocasionaba con frecuencia dudas ó incertidumbres, segui- das de ordinario de grandes revueltas y trastornos, como había sucedido al fallecer D. Rodrigo 11. Hallándose en Pontevedra, convocó al Cabildo en su cámara el 12 de Diciembre de 1319 para acordar el estatuto que debía legir en la elección de Vicarios capitulares durante las vacantes. Se acordó que sólo se eligiesen dos Vicarios y dos Ecónomos ó Receptores; que para evitar complica- ciones se prescindiese del examen previo de méritos y aptitudes, como se hacía en otras elecciones; que, si en el primer escrutinio salían varios con igual número de votos, se repitiese la elección hasta que resultasen dos elegidos por mayoría de votos, pero sin necesidad de mayoría absoluta; y, por último, que no se entendiese transmitida á los Vicarios toda la jurisdicción, sino limi- tada á voluntad del Cabildo ó de la mayor parte. Acor- dóse también que mientras durase la insurrección de los Compostelanos, no se celebrase ningún acto capitular en Santiago, sino en un lugar seguro que eligiese el Cabildo ó la mayor parte (1).

(1) Véanse Apéndices, núm. III. — En otro Cabildo celebrado también en Pontevedra, in camera domorum ipsius dni. Archiepiscopi, á principios del año 1320, ratificó la donación que su predecesor había hecho al Cabildo de 2500 maravedises, para pan, sobre las diezmas de Pontevedra. (Turnio C, fol. 275).

En otro, congregado á 7 de Agosto de 1320 en Padrón, en la casa que habitaba el Chantre D. Lorenzo Pérez, se estableció que cuando alguno tomase posesión de alguna Canongia, repartiese entre los Oficiales del Cabildo los paños que llevase, ó en su lugar cien sueldos leoneses. (Pannos quos tune detulerit officialibus Capituli, quibus dari consuevemnt, vel solidos C. legionenses pro eis).— (Lib. 2." de Constituciones, fol. 75 vuelto).

CAPÍTULO II 47

Siempre en la Iglesia los Concilios fueron considera- dos como medios muy oportunos para conservar incólu- me la pureza de la fe y de las costumbres y el vigor de la disciplina. Por favor de Dios la fe en esta región por aquellos tiempos se conservó como faro siempre lumino- so, guiador de los hombres á la vida inmortal. No suce- dió lo mismo con las costumbres, ni aun con la disciplina.

Don Berenguel celebró en Noya en el Otoño del año 1319 un Sínodo diocesano (que es el XXV de los Concilios compostelanos, de los que se conserva expresa noticia), en el cual Sínodo, como ya hemos dicho, se promulgaron las penas que había fulminado contra los rebeldes de Santiago y sus cómplices. Otro Sínodo dio- cesano (el XXVI) celebró en la Sala capitular de la Ca- tedral el 11 de Noviembre del año 1320, de vuelta de su expedición á la tierra de Deza. Por algunas de las dis- posiciones conciliares podemos formarnos idea de lo intensa y profunda que era la relajación de costumbres aun en el Clero, y de lo expuestas que estaban las igle- sias y demás lugares sagrados á las depredaciones y rapiñas de hombres malvados (1). Es de notar la consti- tución VI en que se prescribe la manera de llevar el Santo Viático á los enfermos, y la VII en que se corri- gen y castigan los abusos cometidos por ciertos cuesto- res de limosnas de extrañas Diócesis.

Don Berenguel tenía contraída una deuda de grati- tud para con el Apóstol Santiago por las visibles mues- tras de favor y protección que de él había recibido. Esta deuda procuró satisfacerla en el Sínodo diocesano (el XXVII) que celebró en la Metrópoli el 19 de Diciem-

(1) Véanse Apéndices, mím. VI.

48 LOS DOS SIGLOS DE DECADENCIA.— PARTE I

bre del año 1322, ordeBando en la primera Constitución que en la Catedral, en los Conventos y en todas las Igle- sias de la Diócesis se recitase y celebrase todos los jue- ves, á excepción de los tiempos de Adviento, Cuaresma y Pascua, el oficio del Apóstol Santiago, anticipándolo ó posponiéndolo, á Juicio del Superior de la Iglesia, si el jueves estuviese impedido con otra fiesta propia.

Satisfecha esta deuda de gratitud, pasa D. Berenguel á establecer otras Constituciones muy importantes en materia de Disciplina. En la segunda, tercera y cuarta, se priva de sus beneficios á los clérigos que los recibieron no estando tonsurados; á los que recibieron colación de beneficios, de los cuales ya otros la habían tomado an- tes; y á los clérigos que se hallaban casados, pública ú ocultamente.

En las Constituciones quinta y octava recuerda la de su antecesor D. Rodrigo II, dada en el Concilio provin- cial de Salamanca (1), por la cual se prescribía que los que fueren promovidos á algún beneficio, procurasen por lo menos ordenarse de Subdiáconos.

Omitiendo otras disposiciones de carácter general, que pueden verse en los Apéndices número VII, men- cionaremos la VII, en la cual confirmando otra del Ar- zobispo Don Rodrigo II, se manda, que para ganar los privilegios del Coro todos los clérigos domiciliados en la ciudad, debían asistir á todas las Horas por lo menos los sábados y jueves de cada semana, por reverencia á la Santísima Virgen y al Santo Apóstol. A los no residen- tes en Santiago, se les obligó á asistir á todas las Horas en el Coro, por lo menos dos meses al año.

(1) Véase tomo V, cap. IX, pág. 329,

CAPÍTULO ir 49

En la Constitución IX se reprime y castiga el inge- nioso abuso de que se valían algunos para alcanzar sin trabajo la posesión de algún beneficio. Ponían un mismo nombre en el bautismo á dos ó más hijos ó sobrinos. Si el poseedor de un beneficio moría, ó lo renunciaba, en- traba sin más á sucederle un hermano ó primo del mismo nombre.

En la XI se insiste en la obligación que tienen los Párrocos de residir en sus respectivos beneficios; pero se exime de esta obligación á los que sirven personal- mente en la Catedral, con tal que en sus iglesias pu- siesen un substituto idóneo.

En la XII y última se confirmó la Constitución pu* blicada por D. Rodrigo II en el Sínodo diocesano de 1309, número XXIX. En el mismo Sínodo se publi- caron dos moniciones, una contra los que permane- cían excomulgados sin procurar la absolución, y otra contra los parientes que habían contraído matrimonio. A los primeros se les concedió un plazo de cuatro meses, pasado el cual, se procedería contra ellos á tenor de lo decretado por D. Alonso XI en su Diploma de 3 de Agosto de 1314 (1). A los segundos se les concedieron cmco meses de término para que pudieran obtener dis- pensa pontificia (2).

Durante la sublevación de los Compostelanos, el

(1) A continuación del texto de este Sínodo, además de las monicio- nes citadas, sigue en el libro 2.» de Constituciones, íbl. 34 una CovsH im^on dos padroes religiosos. En ella se dispone que, pnra evitar pleitos y disensiones, cuando la mayor parte de una Comunidad religiosa, con su arelado á la cabeza, presenta á un individuo para un curato, se abstenga la menor parte de dicha Comunidad de hacer otra presentación en discordia

(2) Lib. 2." de Constituciones, fol. 34.

Tomo VI.— 4.

50 Los DOS SIGLOS DE DECADE NCL\.— PARTE 1

Cabildo, no sólo permaneció constantemente al lado del Prelado, sino que muchos de sus individuos hubieron de sufrir considerables daños y exponerse á graves peligros. Bien en cuenta se lo tuvo D. Berenguel, cuando por un diploma fechado en el castillo de la Rocha el 5 de Agos- to de 1325, les exime de pagar derecho alguno por cual- quiera título que se expida en la Cancelería arzobispal ó por cualquiera asunto que personalmente les interesa- se y que se ventilase en los Tribunales eclesiásticos. Las causas expuestas inclinaban ya el ánimo de D. Berenguel á otorgar esta gracia (1); pero lo confirmó más y más en esta resolución el saber por relación fidedigna que ya de antiguo se venía practicando lo mismo (2). Por idén- ticos motivos había confirmado ya en 16 de Octubre de 1821 Don Berenguel por segunda vez la donación de los 2.500 maravedises ó sean mil libras que su antecesor Don Rodrigo II (cuyas huellas, parece, se proponía se- guir en todo) había hecho al Cabildo sobre las diezmas de Pontevedra' y sobre las de Noya y Padrón, si no al- canzaban las primeras (3).

En la sesión capitular en que se hizo esta última concesión, se ve patente la cordialidad que existía entre

(1) «Attendentes quam fideliter, quamque viriliter, utiliter, ac etiam diligenter nostrum Capitulum et personae ac canonici in guerra durissima quam contra compostellanos cives habuimua pro nostrae Ecclesiae iuribus defendendis, nobis continué astiterunt, se et sua dispendiis, incommodis et variis periculis exponentes... Idcirco, etc...>

(2) ■ Véanse Apéndices, niim. XIII.

(3) Turnio C, f'ol. 271.— Nouerint uniuersi quod cum reuerendu.s pa- ter ac dorainus dns. frater Berengarius Dei gratia Compostellane sedis archiepiscopus et capitulum eiusdem ecclesie essent congregati in camera domns ipsius dni. arcliiepiscopi uille de ponteueteris... ipse dns. archie- piscopus dixit sic, Nos uidimus quoddam instrumentum coní'e'ctum per no-

I

CAPÍTULO 11 51

el Prelado y el Cabildo. En ella manifestó D. Beren- guel que, considerando la disminución que con motivo de las guerras habían sufrido las rentas de la Mesa ca- pitular; deseando que los Canónigos de su Iglesia, á quie- nes amaba con paternal afecto, pudiesen vivir y sostener á sus familiares con la decencia y consideraciones pro- pias de su estado, según habían vivido antiguamente; atendiendo á la lealtad con que le habían asistido du- rante la guerra; y confiando en que en sus oraciones siempre le encomendarían á Dios, al Apóstol Santiago, á Santo Domingo y á los demás Santos, donaba al Ca- bildo, de la mitad que le correspondía en los derechos de la entrada del vino y en los de los pesos de la ciudad, la sexta parte para que se uniese con la tercera parte del total que por concesión de D. Rodrigo II tenía ya el Cabildo (1).

En la misma sesión los Canónigos aceptaron este

tarium predecessoris mei bone memorie dni. roderiei dei gratia quondam archiepiscopi compostellani in quo quidein instrumento continetur quod ipse predecessor noster attendens neccessitatem Capituli compostellani de- dit et donauit pro se et successoribus suis eidem Capitulo pro pane cotidiano dúo millia et quingentos mor. percipiendos in perpetuum in suis decimis annuatim quam donationem nos ratificamus concedimus et approbamus. Mandantes decimariis uille nostre de ponteueteri... ut predictam pecu- niam etc..

Actum in eodem loco de ponteueteri octaua die mensis februarii, Era MCCCLXIII.

(1) De aquí es dado inferir con cuan poco fundamento en la Noticia bihliográfiai de la Crónica de D. Berenguel, pudo sentar el Sr. Barreiro que ni <tun solo Canónigo habia sido fiel al Arzobispo siguiéndole en to- das sus arriesgadas empresas,» coligiendo de ello que no salía bien parada <la honra de un Cabildo tan poderoso, como tan poco distinguido, entonces, en la defensa de su Prelado.t Como acabamos de ver, el Arzobispo no opi- naba así, pues dice de los Canónigos nolis continué astiterunt, se ct sua dis- pendiis, incommodis et veriis periculis exposuerunt.

52 LOS DOS SIGLOS DE DECADENCIA. — PARTE I

donativo; y en reconocimiento de los insignes beneficios que habían recibido de tan buen Prelado, el cual con su industria, con su valor, con su prudencia y con su celo, los había librado de grandes tribulaciones invitando pri- mero tantas veces á la paz á los rebeldes y después triun- fando de ellos con la fuerza de las armas, acordaron cele- brar todos los años solemnemente en la vigilia de los Apóstoles San Pedro y San Pablo un aniversario por su alma, para el cual aplicaban délos productos del portazgo del vino 200 maravedises de los de ocho sueldos en ma- ravedí. Se acordó también que en lo sucesivo se celebrase con toda solemnidad y con Mitras la fiesta de Santo Domingo, en cuya Orden se había educado y formado el Arzobispo D. Berenguel; y se destinaron para dotar esta fiesta otros 200 maravedises del portazgo del vino.

Por este tiempo permutó D. Berenguel con el Cabil- do la mitad de todo lo que le correspondía en la Tenen- cia del Hórreo, como pan, vino, annona et messorios, por la mitad de la villa y torre de Muros, que era del Cabildo. Por los messorios daba el Cabildo al Arzobispo 800 ma- ravedises todos los años; pero con consentimiento de D. Berenguel, se obligó á darle de los futuros legados que tuviese, tanta tierra, que valiese los 800 marave- dises (1).

Algunas saludables prácticas se introdujeron por este tiempo, que conviene apuntar aquí. Comenzan- do por lo que es más principal, en el Cabildo de 26 de Marzo de 1326, D. Berenguel, de acuerdo con el Ca- bildo y con el Vicario del Deán, dispuso que en adelan- te, el día de la Purificación de Nuestra Señora, el de

(1) Tumbo C, íol. 275.

CAPITULO 11 53

Parasceve, el de Corpus Christi y el domingo siguien- te á la fiesta de Santiago de Julio, hubiese sermón en la Catedral, predicado por alguno de la Iglesia si se hallarse apto, ó por algún Padre Predicador ó Fran- ciscano (1).

En el Cabildo de 19 de Mayo del mismo año, tam- bién de acuerdo con el Cabildo y con el Vicario del Deán, estableció D. Berenguel que en adelante la fiesta del Corpus se celebrase con la misma solemnidad y apa- rato, ó mayor pudiendo ser, que las demás fiestas princi- pales del año, dotándola con 200 maravedises de los de ocho sueldos en maravedí de la moneda corriente del Rey D. Fernando IV, que se habían de tomar por mitad de las Ofrendas del Altar de la parte del Arzobispo y de la del Cabildo. Acordóse, asimismo, que en la proce- sión de dicho día, si estuviese presente el Arzobispo, que llevase él el Santísimo en sus manos, y si no, el Cardenal hebdomadario ó el Prelado que por ventura hubiere de celebrar la Misa (2).

Como los Cardenales eran considerados como perso- nados, y por razón de este cargo no tenían Canongía ó Prebenda anexa, sucedía á veces que cuando fallecía algún Cardenal prebendado, se daba por dispensación pontificia la Prebenda á persona que no fuese capaz para recibir el Orden de Presbítero. Con esto el Carde- nal nombrado quedaba sólo atenido á los emolumentos de su dignidad, los cuales aunque en otro tiempo eran

(1) «Praedicent verbum dei infra compoatellaaara Ecclesiam qaolibet anno aliquis de Ecclesia si fuerit qui sciat, vel saltera requirantur ad hoc fratres Praedicatores aut minores qui praedicent vicissim infra ipsam Ecclesiam.» (Véase lib. 2.° de Constituciones, fol. 79).

(2) Constituciones, lib. 2.°, fol. 79.

54 LOS DOS SIGLOS DE DECADENCIA. — PARTE I

cuantiosos por la parte considerable que los Cardenales percibían en las ofrendas del Altar, entonces, efecto de las guerras, se hallaban muy disminuidos. De aquí resul- taba que pocos, aun entre los Canónigos, pretendían las cardenalías vacantes, por lo que éstas permanecían por mucho tiempo sin servidor con grave daño del culto del Altar de Santiago. Para remediar esto, en el Cabildo de 15 de Marzo de 1324 se acordó unir á las siete carde- nalías otros tantos canonicatos, de modo que nunca pu- diesen ser separados (1).

Los cargos y funciones del Tesorero no estaban en- tonces bien definidos, ó más bien, al Tesorero apenas incumbía oti-a cosa por razón de su cargo, que interve- nir en la colecta de las ofrendas del Altar y del Tesoro. No había, por tanto, persona propiamente encargada de la custodia de los vasos, ornamentos y demás objetos sagrados. Don Berenguel había nombrado Tesorero á Aymerico de Anteiac, que era uno de sus familiares; y al mismo tiempo juzgó oportuno el fijar para siempre los cargos y atribuciones de esta Dignidad. Hízoso esto en Cabildo de 3 de Junio de 1325; y en su virtud se declaró que al Tesorero correspondía la custodia, recuento y reparo de toda la vajilla, indumentaria y mobiliario de

(l) Véanse Apéndiceg, núm. VIII. — Ea 27 de Junio de este mismo año L324, el Obispo de Lugo D. Rodrigo Yáñez, sobrino y heredero del Arzobispo D. Rodrigo del Padrón, reclamó la observancia del acuerdo to- mado en 11 de Enero de 1316. (Véase tomo V, cap. IX, pág. 343). El Chan- tre D. Lorenzo Pérez, Vicario del Déan D. García Yáñez, y el Cabildo con- lestaron que hasta entonces no habían sido requeridos; pero que desde aque- lla fecha mandaban al mayordomo Capitular Pelayo Fagúndez que diese tod s los años 200 mrs. para celebrar el aniversario del Arzobispo D. Ro- drigo el 3 de Febrero, y que así se asentase este mandato en el libro de Aniversarios,

CAPÍTULO II 55

la Iglesia, incluyendo también los libros, privilegios y demás documentos; y por consiguiente, facilitar con toda puntualidad los objetos que fuesen necesarios para el culto, así en el Altar, como en el Coro y en el Tesoro. Como este servicio era muy complicado y requería mu- cha asiduidad, se le facultó; 1°, para nombrar un cape- llán que custodiase el Tesoro con la Cabeza de Santiago Alfeo y todas las demás Reliquias de Santos, y las ca- pas, arcas, libros y todo lo demás que en él se guardare; el cual capellán estuviese obligado á residir noche y día y suministrar, según la costumbre, todo cuanto se necesitase; 2.*^, nombrar un oficial idóneo (1) que tocase en el coro las campanas menores á las' horas acostumbra- das; 3.*^, nombrar un capellán del Altar mayor, á cuyo cargo estuviese el tener todo preparado para la celebra- ción de la Misa conventual; 4.°, nombrar dos acólitos que llevasen, como era costumbre, los cirios del Altar al Coro; 5.°, nombrar un capellán del Coro que asistiese de conti- nuo y tuviese las llaves del Coro y lo mismo las de los armarios que estaban detrás del Altar mayor; 6.°, nom- brar un capellán del Tesoro que tuviese la llave de la puerta exterior y que estuviese presente á todas horas de día y de noche para que pudiera servir á los peregri- nos (2) y á los demás capellanes de la Iglesia. Respecto

(1) Esto de nombrar una persona idónei que tocase las campanas me- nores en el Coro (quí ¡mlset campanas minores in Choro), supone algún carrillón ó aparato por el estilo para pulsar las campanas con cierta armo-» nía. (Véase Gay, quien en el Glossaire, art. Carillón, trae el siguiente texto del año 1359, tomado de Ducange: «Hodie conclussum est quod matutina dicantur media nocte et quod pulsentur minores mediocresque clochiae et sine carillono.»)

(2) Los peregrinos á veces llegaban á horas intempestivas de la no- che; como debió de suceder cuando en el año 1217 los Frisones que venían

56 LOS DOS SIGLOS DE DECADENCIA.— PARTK I

de las llaves interiores del Tesoro na la se innovó, pues quedaron á cargo de los Tesoreros del Cabildo y de los Hebdomadarios. También se declaró que con esta institu- ción no se intentaba ocasionar ningún perjuicio á las atri- buciones del Arzobispo, del Deán, del Chantre y del Ca- bildo, y que los oficiales nombrados por el Tesorero que- daban sujetos á la corrección del Deán y del Chantre (1). En Cabildo de 31 de Diciembre de 1327 se dispuso que todos los Personados, Canónigos y Porcioneros deja- sen á sa muerte á la Iglesia las capas pluviales que pose- yeran; y que en las procesiones los Personados asistieran, bajo pena de descuento, con mitra y capa, y los Canóni- gos, Porcioneros y Dobleros con capa (2). Este acuerdo tenía por objeto el evitar que en las procesiones claustra" les fuesen algunos Canónigos por falta de capas decentes, con sólo sobrepelliz y delante de todos, aún de los cape- llanes, que llevaban capas de sus respectivas capillas. Poco eficaz resultó este acuerdo, y para llevarlo á debido cumplimiento, en Cabildo de 9 de Abril de 1328 se dispu- so que en lo sucesivo los que fuesen promovidos á cual- quiera de estas dignidades, á saber: Deán, Chantre, Ar- cediano, Maestrescuela y Juez, estuviesen obligados á dar en el término de un año, bajo pena de descuento, una capa de seda 6 grecisca (unam capam serki seu grisiscam), que va- liese 300 maravedises de la moneda del Rey Don Fer-

como cruzados en una numerosa escuadra, desembarcaron en la Ooru- fia y vinieron á pie hasta Santiago. (Véase el artículo La peregrinación á ¡Santiago de Galicia, publicado por el Sr. Villaamil en la Revista Crítica de Historia y Literatura, número correspondiente á Abril de 1897, páginas 113 y 114).

(1) Véanse Apéndices, núm. XII.

(2) Lib. 2.° de Constituciones, fol. 60 vuelto,

GAPÍTULO"lI 57

nando; y que los que fuesen ascendidos á la dignidad de Tesorero ó Cardenal, ó fuesen nombrados Canónigos ma- yores ó menores, diesen también otra capa de seda ó gre- cisca, que valiese 200 maravedises (1). Según este mismo acuerdo, el Canónigo que fuese promovido á Dignidad mayor, estaba obligado á dar capa de 300 maravedises, aunque ya la hubiese dado de 200. Era potestativo dar la capa ó el dinero equivalente; el cual quedaba en una arca de dos llaves que debían guardar el Deán y el Ca- nónigo deputado al efecto (2).

Con pretexto del estudio ó de ser comensales de los Cardenales de Roma, que entonces estaban en Avi- ñón, algunos Canónigos se ausentaban y residían en sus pueblos, dedicándose al manejo de la cosa pública ó á solicitar asuntos ajenos, ó andaban como vagos de una parte para otra. ( Vagantur per mundum vel vadunt ad pa- trias suas ad regendum rcmpid)licam vel ad procurandum ne- gotia aliorum). Para corregir este abuso, en Cabildo de 16 de Octubre de 1329, se dispuso que para que un Per- sonado ó un Canónigo pudiera ser contado como estu- diante, era necesario que presentase una certificación de su doctor ó maestro, autorizada con el signo de un notario público. A los comensales también debía exigir- seles un atestado del Cardenal, en que se acreditase, que, en efecto, eran comensales continuos (3).

(1) En el año 1327 el Obispo y Cabildo de León establecieron que en lo sucesivo el que obtuviere alguna dignidad ó personado en dicha Iglesia, estuviese obligado á dar dentro del año de su promoción una capa procesio- nal de paño áureo, vel sérico, xamito vel valdoquino, 6 400 mrs. de la mone- da usual. (Esp. Sag., tomo XXXVI, pág. 15).

(•J) Lib. 2." de Constituciones, fol. 44. ,

(3) Lib. 2.° de Constituciones, fol. 86 vuelto.

o8 LOS DOS SIGLOS DE DECADENCIA. — PARTE I

Entre el Cabildo y los arrendatarios de las tenencias surgían con harta frecuencia cuestiones gravosas y plei- tos con motivo del pago y de otras condiciones del arriendo. Excusábanse muchas veces los arrendatarios de hacer el pago, alegando que habían sufrido violencia de personas poderosas, las cuales les habían destruido las tenencias ó embargado los productos. Tratóse de poner remedio á este semillero de contiendas y enredosos liti- gios, y para ello en Cabildo de 19 de Abril de 1325, se nombró arbitro al Arzobispo, que pronunció su fallo en 20 de Agosto del mismo año. Según esta sentencia com- promisoria, en caso de violencia, el Cabildo y el arren- datario habían de nombrar á dos Canónigos, que según su conciencia, terminasen la cuestión lo más pronto po- sible. En la misma sentencia arbitral se fijan los proce- dimientos que debían seguirse en este caso. Condenó D. Berenguel, bajo pena de excomunión, los abusos que se cometían á veces al subastar las tenencias, como ofre- cer primas ó tratar de apagar la voz de los otros licita- dores, con ruegos, halagos ó amenazas. Declaró también que la marca de colonia que se citaba en algunas Cons- tituciones y arriendos era la que tiene ocho onzas, y no la de la canónica, que sólo tiene siete; que el que anduviese en descuento ora por deuda suya, ora por haber salido fiador, no pudiera arrendar ninguna otra tenencia; y que el que saliese fiador por dos tenencias, no pudiera serlo por la tercera hasta que cancelase alguna de las dos primeras fianzas (1). Manifestó, por último, que no sién- dole posible por el momento el resolver las dudas y con-

(I) En el Cabildo de 24 de Noviembre de 1329 mandó resarcir á los fie^dores descontados, no sólo con los frutos de la prebenda y semana del

CAPÍTULO II 59

troversias surgidas ó que podían surgir á causa de las gravísimas ocupaciones que le habían sobrevenido, como arbitro y como Prelado aplazaba la resolución para tiem- po más oportuno (1).

Omitiremos otros acuerdos menos importantes; como el tomado en Cabildo de 17 de Octubre de 1321, por el que se mandaba que en lo futuro no se contase por gra- cia á ningún ausente (2); el del Cabildo de 24 de Sep- tiembre de 1322 en que se desechó la petición del cam- panero Domingo Manzanas, que pedía sobresueldo por tocar las campanas en los funerales de los Canónigos y Porcioneros; pues ya recientemente se les había aumen- tado el sueldo, ut patet in rotulis novis et anfiquis (3); el del Cabildo de 23 de Febrero de 1328 eu que se dotaron dos aniversarios, uno el 26 de Julio y otro el 31 de Diciem- bre (4); y el del Cabildo de 8 de Abril de 1328, en que se ordenó que los Personados que no residiesen la mayor parte del año, pusiesen un Vicario idóneo que le substi- tuyese en el Coro y que por otro concepto no estuviese obligado á asistir (5). Otros hechos de más bulto recla- man nuestra atención, y los expondremos según nuestra posibilidad.

Decía D, Berenguel en un documento que luego veremos, que los hechos pasados deben de servirnos de

teaenciero fallido, sino con las rentas de los préstamos ó de cnalquiera otro beneficio que poseyese en la Diócesis, si los primeros no bastaban, (Lib. 2.° de Constituciones, fol. 81 vuelto).

(1) Lib. 2.°. de Constituciones, fol. 46.

(2) Lib. 2.° de Constituciones, fol. 78 vuelto.

(3) Lib. 2.° de Constituciones, fol. 77, y Tambo C, fol. 273).

(4) Lib. 2.° de Constituciones, fol. 78.

(5) Lib. 2.° de Constituciones, fol. 43.

60 LOS DOS SIGLOS DE DECADENCIA. — PARTE I

lección para lo porvenir. (Exempla praeteríta nos cavere fa- ciunt in futurum). Los sufrimientos pasados lo obligaron á ser precavido para evitar que se repitiesen. Las ga- rantías de orden y paz que no podía ofrecer el Gobierno central, á la sazón en manos de Príncipes ambiciosos, mal avenidos y que sólo buscaban su propio interés, tuvo que procurárselas él por sí mismo valiéndose de los me- dios que dictaba la prudencia. Terminó la torre de la Trinidad, hoy del Reloj, que con el mismo objeto había comenzado á edificar su antecesor D. Rodrigo II (1). Dio principio á otra torre que hiciese juego con la de la Tri- nidad. En la construcción de esta torre, que á lo que pa- rece debía ocupar uno de los ángulos del claustro, puso gran empeño D. Berenguel y trató de hacer una obra en que la solidez y la maguificencia anduviesen á la par, y que fuese como el alcázar de la Iglesia. En lo alto montó una gran máquina para lanzar, cuando el caso lo requiriese, los'gruesos proyectiles que se usaban en aque- lla época (2).

Junto á la capilla de la Corticela, por el lado que mira al monasterio de San Martín, había entonces un palacio arzobispal, que fué la ordinaria morada del Ar- zobispo D. Rodrigo II. Desde este palacio, que era muy

(1) La coronación de esta torre entonces debió consistir en una pla- taforma almenada con sus correspondientes saeteras.

En los costados se empotraron preciosas estatuas de granito, que representaban á los Apóstoles y otros Santos. En la página 61 damos el grabado de la de Santiago.

(2) «Fecit aliam (turrim) mirae magnitudinis ac immensae fortitu- dinis... construí sumptuosam nimium pro tuitione Ecclesiae.i (Biografía de D. Berenguel).

Esta torre recibió el nombre de Berenguela, y debió de deshacerse CMando se (¡onstruyó el claustro actual.

CAPITULO ir

61

alto, y desde algunas casas contiguas pertenecientes al

Estatua de Santiago, empotrada en el costado Este de la torre del Reloj.

Cabildo, cuando los rebeldes compostelanos tuvieron si-

62 LOS DOS SIGLOSDE DECADENCIA. — PARTE 1

tiado á D. Berenguel en la Catedral, lo hostilizaron cruelmente y á saetazos mataron é hirieron á algunos de sus familiares. Para reunir fondos y abreviar la fá- brica del nuevo alcázar, propuso D. Berenguel al Ca- bildo la venta del palacio, rebajar su altura y la de las casas inmediatas para que no excediesen de la de la Ca- tedral y aprovechar los sillares que se sacasen en la obra del alcázar. Aceptó el Cabildo, y recibidos los quince marcos de plata, con que se dio por satisfecho el Prelado, el 16 de Octubre de 1321 se otorgó la escritura de ven- ta y convenio. Retúvose D. Berenguel para si y sus sucesores la pensión annua de dos onzas de plata sobre estas casas, que pagaba el Cabildo el Domingo de Ramos de su parte en las ofrendas del Altar (1). Otra torre hizo arrimada al Palacio arzobispal para que sirviese á la vez de vivienda y de fortaleza. El Biógrafo la califica de admirable por su belleza, solidez y valor. [Mírae pidchri- tudinis, fortitndinis et valorisj.

Los chispazos qué de vez en cuando se dejaban sen- tir en el país, confirmaban á D. Berenguel en sus re- celos. Un ffolfin gallego (2), Alvaro Sánchez de Ulloa, desde su fortaleza de Felpos, cerca de Palas de Rey, se

(1) Véanse Apéndices, núm. IV.

(2) De los Golfines de aquella época, he aquí lo que dice Bernardo Desclot: <Los que llaman Golfines son Catalanes ó Gallegos ó de las mon- tañas de Castilla y por la mayor parte hidalgos, que por no tener bastante hacienda para vivir como tales ó por haber gastado ó jugado lo que tenían, ó por algún delito ausentados de sus tierras, con sus armas por no saber otro modo de vivir, idos á los puertos del Muradal y fortificados en aque- llos fiagosos montes en frontera de los moros, salen á cautivar y robar cuantos moros y cristianos pasan por el camino que va de Castilla á Cór- doba y Sevilla.» «Como quiera que sea, añade el Sr. Benavides (Memorias de D. Fernando IV de Castilla, tomo I, Ilust. XXIII, pág. 428), esta gente

CAPÍTULO II 63

entregaba á toda clase de tropelías y exacciones. A los transeúntes por eL próximo camino de Santiago, á quie- nes no dejaba muertos ó mal heridos, los encerraba en las cuevas de su castillo, y allí á fuerza de tormentos y vejaciones, les arrancaba gruesos rescates. Noticioso el Arzobispo de tan frecuentes y crueles atropellos, de los que eran víctimas muchos de los vasallos de su Iglesia, escribió repetidas veces á Alvar Sánchez, primero ro- gándole y después intimándole, que si no cesaba en sus desmanes, se vería obligado á reprimirlos y á castigarlos con la fuerza, por más que su castillo se hallase fuera de la tierra de Santiago. Alvar Sánchez contestó con inso- lencias y amenazas, que prometió llevar á cabo. Visto esto por D. Berenguel, reunió sus tropas, y seguido de la milicia compostelana, se puso en camino hacia Felpos el 28 de Julio de 1321. Aquella misma noche acampó al- rededor del castillo; y al día siguiente halló manera de aplicar tal fuego á la fortaleza, que los defensores para salvar la vida tuvieron que rendirse á discreción. Don Berenguel mandó destruir el castillo y raer sus muros; y movidos por tan eficaz lección, otros caballeros que también tenían castillos por aquellos sitios, se le presen- taron prometiéndole, bajo homenaje, no hacer daño al- guno, ni á los vasallos, ni á las cosas de la Iglesia. El mismo Alvar Sánchez se presentó humilde y arrepenti- do hasta tal punto, que el Arzobispo no sólo le perdonó todo, sino que lo admitió como vasallo, y como á tal le señaló estipendio todos los años.

era buena para la guer-ra; no regateaban su vida, ni escaseaban la sangre; de suerte que en toda empresa aventurera y novelesca, en la que la ganan- cia fuese mucha y el peligro igualase á la ganaucia, eran los primeros en tomar parte, y nunca cejaban aunque les costase cara la audacia.»

64 LOS DOS SIGLOS DE DECADENCIA. — PARTE t

A este tiempo ya se habían publicado las cartas del Cardenal Guillermo Godín, Obispo de Sabina,' convocan- do á todos los Prelados del Reino para Falencia. Traía este Legado del Papa Juan XXII, la misión de avenir á los Infantes D. Felipe, D. Juan Manuel y D. Juan el Tuerto, los cuales se disputaban la tutoría ó regencia del Reino, y se la disputaban á la Reina D.^ María. Por los peligros y asechanzas que eran de temer, el Papa había querido excusar á Don Berenguel de concurrir á la Junta para que había sido invitado; mas éste juzgó que el bien público exigía de él tal sacrificio; tanto más, cuanto que la Reina D.^ María no dejaría de instarle para que no faltase á la Junta ó Cortes de Falencia (1).

De vuelta de Felpos, se detuvo en el castillo de la Rocha el tiempo suficiente, no sólo para organizar su ex- pedición,sino para arreglar las cosas de tal modo, que du- rante su ausencia, ni la paz fuese turbada, ni la justicia desatendida. Tomó consejo del Cabildo para nombrar los Vicaiios ó Gobernadores eclesiásticos; y convocó también á algunos caballeros, sus vasallos, y á los perti- gueros menores, á quienes dio por jefe á Ruy Soga (2)

(1) Véase Crónica del Beij D. Alonso XI, cap. XXX.

(2) Este leal caballero era de una de las más principales y más podero- sas familias de Galicia en aquella época. En 20 de Mayo de 13J5, recibió en usufructo con su esposa D.* Leonor González de Saz, la casa fuerte de Sal- ceda con otros bienes que habían vendido al Arzobispo D. Berenguel. (Tumbo B, fol. 213 vuelto). Ya en el año 1320 habían celebrado ambos cónyuges una concordia con el Arzobispo y el Cabildo sobre el coto de Oins. En el año 1323, á 6 de Mayo, estando en Noya, donaron al Arzobispo su casa fuerte de Olveiroa con otros muchos bienes; y D. Berenguel «ueen- do et considerando commo uos Ruy Soga et uo'ssa moller dona Leonor ia ditos et aquelles onde uos uiides sempre fostes muyto obedientes a a iglesia de Santiago et a nos et que sempre nos fecestes muyto seruicio et muyta

CAPÍTULO II 65

para darles en presencia de los Vicarios y del Concejo compostelano instrucciones acerca de cómo habían de proceder para mantener el orden y administrar justicia. Dispuesto y bien equipado todo el numeroso séquito que debía acompañarle, el 21 de Octubre se puso en marcha en dirección á Falencia, á donde llegó con el Obispo de Orense el 15 de Noviembre, atravesando por las tierras de D. Juan el Tuerto, que con su madre D.^ María lo agasajó espléndidamente. En Falencia, en donde per- maneció hasta el 15 de Diciembre, fué recibido por el Cardenal Legado y los demás Frelados, entre los cuales brillaba, al decir del Biógrafo, como el Sol entre los de- más planetas. Esto será exageración; pero es una licen- cia que fácilmente se permiten los Biógrafos.

En dicho día 15 de Diciembre salieron todos los Fre- lados para Valladolid, en donde debía reunirse el Con- cilio, cuya celebración aun se demoró bastante tiempo. Entretanto nuestro Arzobispo hallándose en Mugientes ó Mucientes, lugar no distante de Valladolid, con los Obis- pos de Coria y de Orense, recibió Letras de Su Santidad Juan XXII, en las que se le mandaba que prescindiese del Concilio de Valladolid, y se le comisionaba para po- ner paz entre el Rey de Fortugal D. Dionisio y su hijo

aiuda a nos et a essa iglesia, et porque ueemos et entendemos que auedes gran uoontade de seruir a Deus et a Santiago et a nos et a dita iglesia por Rapon de muytos uos^os bees, casas et coutos et outras cousas que destes et doastes en nosso tempo por saude de uosas almas... outorgamos por nos et por nossos succesores con consentimento et outorgamento de nosso ca- bido© de Santiago,» que usen y posean durante su vida dicta casa y los demás bienes con ella unidos. Les dan más, para que los disfruten por su vida, cas Rendas et dereyturas et padroadigos> de las feligresías de Santa Eulalia de Boiro, San Pedro de Palmeira y del lugar de Vilar, en Sant* Columba de Cordeiro. (Tumbo B, fol. 211). Tomo VI.— 5.

66 LOS DOS SIGLOS DE DECADENCIA.— PARTE I

y SU sucesor D. Alonso IV. Salió de Mucientes el 20 de Abril de 1322; pero noticiosos el Rey de Portugal y su hijo de la misión que traía, trataron de reconciliarse, antes que su reconciliación pudiera atribuirse á los bue- nos oficios del Arzobispo. Sin embargo, D. Berenguel prosiguió su marcha, y no se detuvo hasta Santarén, á donde llegó el 18 de Mayo, y en donde se hallaba el Rey Don Dionisio. Permaneció con él ocho días conferencian- do acerca de las capitulaciones de la paz con el Infante y de los medios de hacerla duradera. Dejó á Santarén el 27 de Mayo, y se encaminó á Oporto, en donde estaba el Infante D. Alonso. En Oporto, á donde llegó el 3 de Julio, se detuvo hasta el día 7, tratando también con el Infante de las condiciones de la paz.

A causa de estos viajes no pudo mostrar D. Berenguel gran interés en asistir al Concilio de Valladolid, que se abrió el 1.° de Marzo y se cerró el 2 de Agosto del propio año 1322 (1). En este Concilio fueron reconocidos como Tutores D. Felipe, D. Juan Manuel y D. Juan el Tuer- to (2); y quizás D. Berenguel habría querido esquivar el declararse abiertamente por ninguno de ellos; con tanta más razón, cuanto que con el tercero, que era el menos aceptable, tenía contraídos ciertos compromisos. Y no era el menor el de dos Privilegios despachados á su favor en Cigales á 20 de Junio de 1322, sin duda por mediación de D. Juan el Tuerto. Por uno de ellos se le

(1) En este Concilio, en la Constitución XVIII, fué en donde se esta- bleció la Constitu(¡on do Cardeal de Sabina, que hemos publicado en los Apéndices del tomo anterior, núm. XV, pág. 48 y 49. El Cardenal Gui- llermo, que presidió este Concilio de Valladolid, era también Obispo de Sabina, como el Cardenal que presidió el de Salamanca del año 1228.

(2) La Reina D.'* María ya había fallecido en Julio de 1321.

CAPÍTULO II 67

confirmó la cesión que se había hecho al Arzobispo Don Rodrigo II del derecho de presentar en todas las iglesias de Galicia que eran realengas ó de Real Patronato. Ad- vierte el Rey D. Alfonso que esto lo hace « con conseio et con otorgamiento de don Johan, fijo del jnfante don Jo- han, mió tio et mió tutor, et guarda de mios regnos et mió alférez et mió adelantado mayor en la frontera» (1). Por el otro se le confirmó el señorío de la ciudad de Santiago, según la avenencia que el mismo D. Beren- guel y el Cabildo habían hecho con el Concejo y según la sentencia del Rey D. Fernando IV (2). Y aun con consejo del mismo Infante D. Juan, el Rey D. Alfonso, estando en Burgos el 4 de Junio de 1323, otorgó sobre esto último otro más amplio Diploma en cuyo preámbulo se lee que: «Confirmando la grant deuoción et el grant amor, que siempre mi padre et el Rey don Fernando, que Dios perdone et mis aúnelos et los otros Reys onde yo uengo. ouieron en la eglesia del apóstol Santiago. Et por que he grant noluntad de leuar adelante la fazienda dessa yglesia et de la ayudar a deffender et por mucho seruicio et ayuda que el dicho mi padre el Rey don ffer- nando et los otros Reys onde el uiene. siempre recibieron de la yglesia et de los ar9obispos de Santiago en la fron- tera contra los moros, et en otros logares, et por muchos miraglos que fallo que Dios fiziera a los Reyes mios ante- cessores, onde yo uengo. por este apóstol Santiago contra los enemigos de la ffe. et espero de Dios et de Santiago que assi fara a mi en el mi tiempo por su piedat. Por ende con conseio et con otorgamiento de don johan fijo

(1) Tumbo B, fol. 104 vuelto.

(2) Tumbo B, fol. 215 vuelto.

68 LOS DOS SIGLOS DE DECADENCIA.— PARTE I

del jnfante don johan. mió tio et mió tutor et guarda de míos Regnos et mió alfferez et mió adelantado mayor en la frontera et con otorgamiento de los Ricos omes et alca- lles et de los otros sabios et foreros de mi Corte, etc..» (1).

Como quiera que sea, el 7 de Julio, sin preocuparse por el Concilio, desde Oporto se dirigió á Santiago, á dónde llegó el día 16. Toda la ciudad salió á recibirle con grandes transportes de júbilo, los cuales subieron de punto cuando el Arzobispo, con las facultades que había recibido del Papa, absolvió de toda pena y censura á ios que le habían tenido cercado en la Catedral.

El 25 de Julio celebró D. Berenguel por primera vez Misa de Pontifical en el Altar del Apóstol. Las ofrendas que con tal motivo presentaron, tanto los ciudadanos, como los forasteros, fueron copiosísimas.

Por este tiempo, para la cabeza de Santiago Alfeo^ que se guardaba en una caja, de escaso valor, encargó un hermoso relicario de plata en forma de busto con el ros- tro esmaltado y el cuerpo sembrado de salientes alvéolos, con piedras preciosas, magníficos camafeos y piedras gra- badas. Concluido el relicario, colocó por sí mismo la santa cabeza en presencia de gran número de de- votos, entre los cuales cuenta el Biógrafo á los Carde- nales compostelanos Don Martín Bernárdez y D. Pe- dro Fernández, al Tesorero Aymerico de Anteiac, Don Gezelino, de la Orden de San Benito, al Prior de Bona- val, y á los Padres dominicos Fray Hugo y Fray Ber- nardo. El día 25 de Diciembre del mismo año 1322 tuvo la satisfacción de estrenar dicho relicario, llevándolo él en la procesión en sus propias manos.

(1) Tumbo B, fol. 144.

CAPÍTULO II

69

Fotografía de Pahneiro,

Fotograbado de Lajoorta,

Busto de plata que contiene la cabeza de Santiago Alfeo, mandado labrar por el Arzobispo D. Berenguel. (La peana y la aureola parecen de fineg

del siglo XVI).

70 LOS DOS SIGLOS DE DECADENCIA.— PARTE I

En el Concilio de Valladolid del año 1322 se había mandado que los Sínodos diocesanos se celebrasen cada año una vez, en lugar de las dos que había decretado el Concilio de Valladolid de 1228; y que los Concilios pro- vinciales se celebrasen cada dos años, y no todos los años como se había dispuesto en el Concilio IV de Letrán. En la Provincia compostelana, como hemos vis- to en el tomo anterior (1), por concesión de Honorio III los Concilios provinciales sólo debían celebrarse cada tres años. En el año 1324 congregó en Santiago Conci- lio provincial (el XXVIII Compostelano), que se abrió el 12 de Noviembre y se terminó el 21 del mismo. lu- ciéronse en él dieciseis Constituciones sobre la tonsura y hábito clerical, colación de beneficios, violadores de monjas, derecho de patronato, falsos testigos, espoliado- res de las iglesias, clérigos concubinarios, violadores de la inmunidad eclesiástica, y otros puntos que pueden verse en el número IX de los Apéndices. En la Constitución X se extendió á toda la Provincia com- postelana la obligación de rezar del Apóstol San- tiago, totius Hispaniae laus et honor, todos los Jueces no impedidos por fiesta de mayor rito, menos en Adviento, Cuaresma y Pascua.

A los tres años volvió D. Berenguel á convocar otro Concilio provincial (el XXIX), que se reunió en Santia- go el 21 de Noviembre de 1327 y se cerró el día 29 con la publicación en el Cabildo de la Catedral de las cuatro Constituciones en él ordenadas. Versaban sobre la inmunidad de los Clérigos, sobre los hijos de los Clé-

(1) Cap. II, pág. 69.

CAPÍTULO II 71

rigos, sobre los Clérigos concubinarios y sobre la provi- sión de las iglesias parroquiales (1).

En la sentencia arbitral que el 20 de Agosto de 1325 dio el Arzobispo entre el Cabildo y los Tenencieros, terminó manifestando, como hemos visto (2), que las gravísimas ocupaciones que le habían sobrevenido, le impedían el resolver todas las dudas y cuestiones some- tidas á su deliberación. Estas gravísimas ocupaciones, sin duda, se referían al nuevo giro que previa iba á tomar la cosa pública en manos del joven Monarca Don Alfonso XI. Don Alfonso, que estaba impaciente por prescindir de andadores, que á él le servían de poco y á la nación de dogal que la estrangulaba, tan pronto cum- plió los catorce años de edad, el 13 de Agosto de 1325, se declaró fuera de tutorías, y convocó á Cortes para Valladolid á todos los Ricoshombres, Prelados, Caballe- ros y Procuradores de las ciudades de sus Reinos. Este audaz golpe de Estado, tan felizmente llevado á efecto por un niño de catorce años y que ya anunciaba quién había de ser el hombre, fué acogido con júbilo por la nación. Sin embargo, la incertidumbre acerca de las ideas, ó, como ahora se diría, del programa que se propo- nía desarrollar el joven Príncipe, tenía á muchos en zozobra. Además de esto, D. Berenguel tenía otra razón para recelarse, y era el ascendiente que en el ánimo del Monarca había cobrado el Infante D. Felipe, del cual llegaron á celarse los otros dos Tutores, Y aun esta in- tranquilidad debió de aumentársele cuando vio que Don Alfonso, el 1.° de Noviembre de 1326, de una manera

(1) Véanse Apéndices, núm. XVII.

(2) Pág. 68.

72 LOS DOS SIGLOS DE DECADENCIA.— PARTE I

de que con frecuencia se abusó por aquellos tiempos, quitó de en medio á D. Juan el Tuerto. Mas todos estos recelos de D. Berenguel pudieron desvanecerse cuando á la petición que le presentó delante de los Tutores Don Felipe, entonces Adelantado mayor de Galicia, y Don Juan Manuel, Adelantado mayor de la Frontera, con- testó D. Alfonso, estando en Valladolid á 15 de Diciem- bre de 1325, confirmando los privilegios de su padre D. Fernando, por los cuales se declaraba pertenecer de derecho á la Iglesia compostelana el señorío de la ciu- dad de Santiago (1).

Treinta y seis capítulos contiene el ordenamiento que D. Alfonso expidió en las Cortes de Valladolid con- testando favorablemente á las peticiones de los Prelados y de las Ordenes religiosas, que se quejaban de los atro- pellos y vejaciones que sufrían en muchas maneras de los Ricoshombres, Caballeros, Merinos y otros funciona- rios públicos (2).

En estas mismas Cortes se concedieron á D. Alfonso cinco servicios y una moneda (8); pero como la tierra estaba en afincamiento, según dice la Crónica, de los mucJios pechos que avian pechado, todos buscaban arbitrios en lo ajeno para aligerar lo propio. Por esta razón los procu- radores de las ciudades, villas y lugares, volvieron á suscitar la cuestión de lo de realengo que había pasado á abadengo, y pidieron al Rey que lo tomase ó recobrase. Ya esta cuestión se había agitado en el año 1316 en las

(1) Documentos del Archivo Arzobispal,

(2) Véase en el Tumbo B, fol. 161 y siguientes, la Carta dada en Va- lladolid á 15 de Febrero de 1326, á favor de D. Berenguel y de la Iglesia de Santiago.

(3) Véase Crónica de D. Alfonso XI, cap. XLIII.

CAPITULO n

73

Cortes de Burgos (1), y entonces se había acordado que no se inquietase á la Iglesia, á los Monasterios ni á la Clerecía sobre este punto; pero se reservó al Rey pupilo el derecho de resolverlo como le pareciese en justicia cuando llegase á la mayor edad.

En estas Cortes de Valladolid de 1325, D. Alfonso tuvo á bien acceder á lo que le pedían los procuradores de las ciudades, y mandó tomar lo del su Regakngo que Imbia pasado al Abadengo. Quejáronse los Prelados y la Clerecía de que este acuerdo infringía la inmunidad de la Iglesia y los privilegios que tenían de los Reyes pa- sados; y D. Alfonso, que por entonces se había propuesto escuchar á todos, por Julio de 1326 reunió en Medina del Campo á los Prelados y á los procuradores de los que no habían podido asistir personalmente — entre los cuales, parece, se contaba D. Berenguel — y á los procu- radores de los Cabildos; y vistas sus representaciones, con consejo de los hombres buenos de su Reino, hizo un notabilísimo Ordenamiento, que por ser, á lo que creemos, inédito y capitalísimo en la materia, lo damos íntegro en los Apéndices (2). Los Prelados ofrecieron un servicio que se obligaron á repartir, cada uno en su Dió- cesis, entre las iglesias, monasterios, hospitales y cléri- gos; servicio que D. Alfonso tomó á cuenta de lo que hasta el día de la fecha del Ordenamiento había pasado ilícitamente commo non devía, del realengo al abadengo (3). Se respetó todo lo que á la sazón poseían las Iglesias y

(1) Véase tomo V, cap. IX, pág. 313, y Apéndices, núm. LXI.

(2) Núm. XIV.

(3) En las Cortes de Cuéllar de 1297, se había mandado que pechasen los Clérigos por los heredamientos realengos que adquirieran. En las Cor- tes de Burgos de 1301, también se había ordenado que por las heredades

7a los dos siglos de decadencia.— parte i

Monasterios quieta y pacíficamente, cualquiera que fuese su procedencia. Se declaró que los Prelados en cuanto tales, no podían adquirir por compra, aunque sí por cambio, en lo de realengo, pero sí los clérigos; y que las heredades que fueron dadas para dotar capellanías y aniversarios quedasen libres de los pechos de realengo; pero que en lo sucesivo, si tuviesen alguna carga cierta como censo, enfurcion ó aluxor, pasasen con ella. Revocó, además, D. Alfonso las cartas en que se había mandado hacer pesquisa de los bienes de realengo, y prometió in- demnizar á las Iglesias de lo que habían mal llevado los recaudadores, que en virtud de las tales cartas se habían propasado á cobrar los pechos realengos en las tierras abadengas ó eclesiásticas. Tales son las principales dis- posiciones de este Ordenamiento, según el ejemplar, que fué expedido en favor del Arzobispo de Santiago en Me- dina del Campo á 28 de Julio de 1326. El 14 de Agosto del mismo, desde Medina del Campo escribió á todos los Abades, Abadesas, Priores, Comendadores, provisores de los hospitales, etc.. de la Diócesis de Santiago mandán- doles satisfacer «la quantía que uos fuere echada por el Arzobispo de Santiago o por aqueles que fizieren esta tassación (la del servicio otorgado por los Prelados) en el so obispado, que lo paguedes a aquel o aquellos quel ar9obispo mandar fasta el plazio que uos fuer posto! en

realengas ó pecheras que después de las Cortes de Haro habían pasado á manos de hidalgos, Clérigos ú otras personas privilegiadas, se pechase como antes de la traslación de dominio.

No sabemos cuanto tuvo que satisfacer el Arzobispo de Santiago por este concepto. El Obispo de León pagó en dos plazos 55.883 maravedises, de los que se le dio recibo en !.*• de Febrero de 1327. (Véase España Sa' arada, tomo XXXVI, pág. 15).

CAPÍTULO II 75

manera que lo el pueda dar a do yo mandare fasta los plazios que se obligo en guisa de que yo sea acorrido de- 11o para mió seruicio» (1).

Los procuradores que representaron á D. Berenguel en la Junta de Medina del Campo fueron, sin duda, los Canónigos Fernán Yáñez y García Prego, los cuales en nombre del Arzobispo se quejaron también á D. Alfon- so de que los recaudadores de la Galea en los puertos de Galicia, demandaban este tributo á la villa de Ponteve- dra que nunca lo habí^ pagado «saluo en tempo del rey dom Sancho... seyendo dom Pay gomez su almirante de la mar que por enemizal que auya con el Arzobispo don frey Rodrigo... que fizo fazer una galea en el dicho lugar de Ponteuedra. Et el dicho ar9obispo don fr. Rodrigo que lo fizo saber al dicho Rey... Et el Rey don Sancho tanto que esto sopo, que gela mandara luego tornar. Et la ga- lea estudiera y en el puerto de Ponteuedra fasta que podrecira...» Don Alfonso en vista de esto y de una carta de su padre D. Fernando, que también eximía á Ponteve- dra y á los demás puertos del Arzobispado de Santiago de dicho tributo, desde Toro á22 de Agosto de 1326, es- cribió á los citados recaudadores ordenándoles que se abstuviesen de pedir el referido tributo (2). En el mismo día, á petición de Fernán Yañez y García Prego, escribió á los recaudadores de la fonsadera para que no la exigie- sen en Santiago, toda vez que el Arzobispo estaba obli- gado á servir al Rey en la frontera.

Dos años después, á 19 de Marzo, desde la cerca de Escalona, en atención á los recelos que manifestaba el

(1) Véase Apéndice, núm. XV.

(2) Tumbo B, fol. 168.

% LOS DOS SIOLÓS BE DEGADENdlA. — PARTE 1

Arzobispo D. Berenguel, escribió D. Alfonso á los que hubiesen de recaudar ó arrendar las notarías de todos sus reinos que no embargasen las que dicho Arzobispo tenía en todas sus villas y lugares, puesto que él las ha- bía de haber libremente según las Cartas y Privilegios de los Reyes pasados (1).

En el capítulo XL de la Crónica de D. Alfonso XI se dice, que cuando el Rey salió de tutorías «fallo el regno muy despoblado et muchos logares yermos; ca con estas maneras muchas de las gentes del regno desamparaban heredades, et los logares en que vivían et faeron á po- blar a regnos de Aragón et de Portugal. » La población de Galicia no debió de menguar poco á causa de estas revueltas; y acaso á esto habrá que atribuir la plaga de lobos que por este tiempo se desarrolló en el país, y que vino á causar como una revolución, grandes querelas et gran chamor perverso en todas las parroquias del Arzobis-, pado. Para combatir tan terrible plaga, reprodujo Don Berenguel, y dio nueva fuerza y vigor á los antiguos re- glamentos que había sobre el particular; y ordenó que los feligreses de cada parroquia, con el Cura á la cabeza saliesen una vez cada semana desde el primer sábado de Cuaresma hasta el 24 de Junio á perseguir los lobos ó á hacerles fosos ó trampas (fogios), para cazarlos. Im- puso fuertes multas á las feligresías que no acudiesen á este servicio; -porque a morte dos dictos lobos he nossa gran prol et cumunalmente de cada térra. Dióse este mandato en la Rocha de Santiago á 24 de Junio de 1326, y publicó- se en el Cabildo dos días después, estando presentes los

(1) Legajo 2.° de Privilegios Reales, en el Archivo Arzobispal de Santiago.

CAPÍTULO II 77

justicias de la ciudad Juan Vello y Gonzalo Eans y otros muchos ciudadanos (1).

En el año 1327, por el mes de Abril, falleció en Ma- drid á los 35 años de edad el infante D. Felipe, que mandó sepultarse en el convento de Santa Clara de Allariz. A su muerte quedaron vacantes los cargos de Mayordomo mayor del Rey, de Adelantado mayor de Galicia y de Pertiguero mayor de Santiago, y el seño- río de Cabrera y Ribera. A la sazón D. Alvar Núñez Osorio se hallaba tan apoderado del ánimo de D. Alfon- so, que el Rey nada hacía sin su inspiración ó consejo. Y queriendo aún demostrarle de un modo especial é inusitado la estima en que lo tenía, hallándose en Sevi- lla, lo hizo Conde de Trastámara, Lemos y Sarria, y Se- ñor de Cabrera y Ribera, y lo nombró su Camarero y Mayordomo mayor. Adelantado mayor de la Frontera y Pertiguero mayor de Santiago (2). Mas al poco tiem- po D. Alvar Núñez abusó tan torpe y escandalosamen- te de la privanza, que el Rey en Octubre de 1328 lo hizo desaparecer de la escena sin ningún ruido ni estrépito judicial (3).

Ya desde antes el puesto que en el ánimo del Rey había tenido D. Alvar Núñez, comenzaba á ocuparlo el noble Procer gallego, D. Pedro Fernández de Castro. Por otra parte, D. Pedro, tanto por sus antecedentes personales, como por los de la familia, era la persona indicada para desempeñar el cargo de Pertiguero ma- yor de Santiago (4); así es que D. Berenguel no dudó

(1) Tumbo C, fol. 289.

(2) Véase Crónica de D. Alfonso XI, cap. LXIV.

(3) Crónica de D. Alfonso XI, cap. LXXIX.

(4) Don Pedro era hijo de D. Fernán Ruiz de Castro, que también

78 LOS DOS SIGLOS DE DECADENCIA.— PARTE t

conferírselo ya á principios de Septiembre del año 1328." Hay de esto dos Actas, fechada la una en 4 de Septiem- bre, y la otra en 5 del mismo. Esta fué publicada en los Fueros de Santiago, tomo I, cap. XXX. La otra, que da- | mos en los Apéndices, número XX, por ciertas capitu- laciones debía tener carácter más reservado. En efecto, en ella además de comprometerse D. Pedro á defender con todo su poder al Arzobispo contra el Concejo de Santiago ó contra cualquiera otro que quisiere rebelár- sele, promete que si llega á obtener la Merindad mayor de Galicia, ó la Mayordomía mayor del Rey, las pon- drá siempre en personas de las que el Arzobispo no ten- ga nada que recelar. Juró D. Pedro sobre los Santos Evangelios en el Altar de Santiago é hizo homenaje en manos de Ruy Soga de desempeñar leal y fielmente su cargo. La elección de D. Berenguel fué acertadísima: pues mientras vivió D. Pedro Fernández de Castro, la Iglesia compostelana gozó de paz y tranquilidad completa.

Ya hemos hecho mención de alguna de las arduas comisiones que el Papa Juan XXII confió al Arzobispo

había sido Pertiguero mayor de Santiago. Muerto D. Fernán en el año 1306 en el sitio de Monforte, D. Pedro, que entonces era de corta edad, se refu- gió en Portugal para librarse de las asechanzas de los enemigos de su padre. El Rey D. Dionisio lo acogió en su Palacio y lo crió y educó como á persona de su familia. (Véase tomo V, cap, VIII, pág. 269, nota 2). Esto siempre lo tuvo presente D. Pedro; así es que cuando D. Alfonso XI lo mandaba á guerrear contra el Rey de Portugal, este recuerdo siempre en- torpecía 8u brazo, porque decía él «que el Rey le criara é hiciera mucho bien cuando niño.» (Crónica de D. Alfonso XI, capítulo CLXXXVII).

Don Esteban Fernández de Castro y D. Andrés Fernández de Castro, individixos de la misma familia, fueron también Pertigueros mayores de Santiago.

CAPÍTULO II 79

D. Berenguel; réstanos mentar algunas otras que de- muestran la alta estima en que lo tenia el Pontífice. El 14 de Junio del año 1328 falleció el Obispo de Tuy D. Juan Fernández de Sotomayor, sin haber hecho dis- posición canónica de los bienes que le pertenecían. Por Bula despachada en Aviñón, á 23 de Agosto de 1324, fa- cultó el Papa á D. Berenguel para que según su pru- dencia y discreción, adjudicase y distribuyese los bienes dejados por el difunto Obispo de Tuy (1).

En este mismo año 1324, por Bula fechada en Avi- ñón á 15 de Julio, ordenó el Papa á D. Berenguel, que convocados en día y lugar señalados de antemano todos los Obispos, Electos, Abades, Priores, Decanos, Prepósi- tos, Cabildos y Conventos de Galicia y de la Provincia compostelana que no pertenecían al Reino de Portugal, publicase las sentencias dictadas contra los hijos de Ma- teo Visconti, Duque de Milán, á saber: Galeazzo, Marcos, Luquin, Juan y Esteban, acusados de varios crímenes, y entre ellos de el de herejía, como que negaban la resu- rrección, y contra Rainaldo y Opizo y los demás que les prestaban favor, y que juntamente anunciase que á to- dos los que verdaderamente arrepentidos y confesados combatiesen ó con sus donativos ayudasen á combatir á dichos rebeldes y á sus cómplices, se les concedían las mismas indulgencias que ganaban los peregrinos de Tie- rra Santa (2).

Por el mismo tiempo escribió Juan XXII á nuestro

(1) Acaso por insinuación de D. Berenguel designó el Pontífice Juan XXII, para suceder á D. Juan Fernández en la Sede de Tuy, al Maes- tro Bernardo Guidón, escritor insigne de la Orden de Predicadores.

(2) Original. Cartera 5.* de pergaminos en el Archivo de la Catedral, número 17.

80 LOS DOS SIGLOS DE DECADENCIA.— PARTE I

Arzobispo y á sus sufragáneos, mandándoles que en los principales pueblos de sus respectivas Diócesis, publica- sen las sentencias dadas contra Luís, Duque de Baviera, que se llamaba Emperador y Rey de los Romanos sin consentimiento de la Santa Sede, y que además se ha- llaba reo de enormes crímenes (1).

Los Burgueses de Lugo, ya en tiempo del Rey Don Fernando IV, verosímilmente contando con el favor del Infante D. Felipe, habían tratado, valiéndose de todos los medios, aun los más violentos, despojar á su Obispo y á su Iglesia del señorío de la ciudad. Por más de cator- ce años no les fué posible á los Prelados de Lugo residir en su ciudad; pues los Burgueses se lo impedían con la fuerza de las armas. Después de muchos procesos y sen- tencias así civiles, como eclesiásticas, en las cuales por delegación pontificia tuvo gran parte el Arzobispo de Santiago, comprendiendo al fin los Burgueses lucenses que la ausencia del Prelado, lejos de hacerlos á ellos libres y más felices, acarreaba la despoblación y la rui- na de la ciudad, vinieron á más sanos consejos y se die- ron á buenas. Los Obispos, primero D. Rodrigo Yáñez y luego D. Juan Martínez, les prometieron obtener del Papa absolución de todas las censuras y penas eclesiás- ticas en que habían incurrido; y para llevarlo á cabo, Juan XXII, á 1.° de Diciembre de 1327, dio amplísimas facultades al Arzobispo D. Berenguel (2).

Por efecto de la rebelión de los Burgueses, los Obis- pos de Lugo solían por este tiempo residir en Santiago. El Papa Alejandro IV había delegado en los Obispos de

(1) Cartera 4.* de pergaminos, núm. 15.

(2) Véase Esp. Sag., tomo XLI, Apéndices, núm. XLIX.

CAPÍTULO II 81

Lugo la facultad de impedir y castigar con censuras la fabricación de insignias del Apóstol Santiago (qiie conche in Galetia vulgaliter nuncupantur) en otro sitio, que no fue- se Compostela. Hallándose en nuestra ciudad el Obispo de Lugo D. Juan Martínez, á instancia del Arzobispo y Cabildo compostelanos, que le demostraron que en cier- tos lugares se acuñaban insignias falsas, el 24 de Mayo de 1327 dirigió una circular á todos los Arzobispos y Obispos de España y Gascuña rogándoles, y aun man- dándoles, en virtud de santa obediencia, auctoritate apostó- lica qua fungimur, que procedieran con todo rigor de dere- cho contra los que en sus respectivas Diócesis fabricasen ó vendiesen las tales insignias adulterinas (1).

Según Leandro Alberto y Vicente Fontana, escri- tores de las cosas de la Orden de Santo Domingo, Don Berenguel falleció en Córdoba el año 1325 combatien- do contra los Moros (2). Cuan poco fundamento deba tener esto, se demuestra por los lieclios llevados á cabo por nuestro Arzobispo con posterioridad á dicho año 1325. Ya hemos expuesto algunos, como la celebración del Concilio provincial de 21 de Noviembre de 1327. Cita- remos aún la consagración de la Iglesia de Santa María a Nova de Noya, que reedificó de nuevo y dedicó el 29 de Enero de 1327, como acredita la inscripción grabada sobre el dintel de la puerta lateral de la referida iglesia y que insertamos en la página siguiente.

En el año 1329, á 23 de Enero, sabemos que entregó á D.^ Leonor González de Saz y á su esposo Ruy Soga,

(1) Tumbo B, fol. 178 vuelto.

(2) Lo mismo había dicho el P. Fr. Juan de la Cruz en su Historia dtí Sanio Domingo, lib. IV, cap. 23.

Tomo VI.--6.

82

LOS DOS SIGLOS DE DECADENCIA.— PARTE I

la cantidad de 12.000 maravedises d' oyto en soldó cada maravedí de la moneda del Rey D. Fernando, por la casa inerte de Salceda, que había sido de Esteban Rodríguez de Ulloa, primer marido de D.^ Leonor (1).

En 10 de Junio, Juan Martiz, Arcediano de Avean- eos en Lugo, y Bernardo Yáñez do Campo, Canónigo com- postelano, cogedores en el Arzobispado de Santiago de las décimas «dos quatro anos que o nosso señor o papa

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Inscripción grabada sobre el dintel de la puerta lateral de la iglesia de Santa María a Nova de Noya (2).

dou al Rey D. Aííon para aiuda da guerra que lia con- llos mouros» dieron carta de pago al Tesorero del Arzo- bispo, D. Aymerico, de 6,900 maravedises, décima parte de los 69.000 á que ascendieron las rentas de la Mesa arzobispal en el año que terminara en la Pascua de 1329,

(1) Tumbo B, fol. 277 vuelto.

(2) Esta iglesia edificou et sagrou Don Trai Beringel Arcibispo de Santiago en XXVIll dias de ianeyro Era MCCCLXV et foi procurador Pero Bochon deeta obra.

CAPÍTULO II 83

deducidas as reteengas dos castelhs et fortahzas. En 3 de Octubre dieron otro recibo de 3.450 maravedises por el primer semestre del año siguiente (1).

Aun le hallamos citado en el Cabildo de 24 de No- viembre del año 1329; del cual Cabildo hemos hecho mención en la nota de la página 58.

Pero si Alberto y Fontana erraron en el año, es fácil que acertasen en el lugar en que debió ocurrir el falleci- miento del Arzobispo D. Berengueh Hacia el año 1330 reunió D. Alfonso XI en Córdoba gran hueste para em- prender vigorosa campaña contra los Moros de Granada. De Galicia acudió el Pertiguero mayor de Santiago D. Pedro Fernández de Castro; y es muy verosímil que D. Berenguel hubiese también respondido al llama- miento del Monarca, y que allí cualquiera accidente que ignoramos hubiese ocasionado su fallecimiento. Des- pués de la toma de la villa de Teba en el mes de Agosto de dicho año 1330, D. Alfonso se dirigió á Sevilla, y en esta ciudad, en los brazos de sus hermanos, exhaló Don Berenguel su último aliento en el Convento de su Or- den (2). A principios del siglo XV fueron trasladados sus restos desde el Convento de Sevilla, al que su Orden tenía en Rodez, su patria, según él había dispuesto en su testamento (3). En el año 1335, como veremos más ade- lante, el Canónigo compostelano Fernando Martínez Xerpe fundó y dotó un aniversario por sí y por el alma

(1) Tumbo C, fol. 300.

(2) En un Episcopologio inserto al fin del libro de las Constituciones antiguas, copiado en papel en tiempo del Arzobispo D. Lope de Mendoza, se lee: Berengarius de ordine predicatorum, qui interfecit milites et ohiit yspalis.

(3) Véase Ecchard, Scriytores Ordinis Praedicaiorum recensiti, tomo I.

84 LOS Das SIGLOS DE DECADENCIA.— PARTE I

del Arzobispo D. Berenguel, de buena memoria; el cual aniversario debía celebrarse en la vigilia y en el día de Santiago Alfeo (1).

Indelebles recuerdos dejó D. Berenguel de su ponti- ficado en Compostela; pero indudablemente el más dig- no de aprecio fué el haber introducido en nuestra Igle- sia la laudable práctica, tan extendida en otras naciones, de consignar y perpetuar por medio de la escritura las memorias y los hechos, que interesaban á la Historia de la Diócesis. De esta práctica dio el primer ejemplo en Santiago D. Diego Gelmírez; pero, preciso es confesarlo, hasta D. Berenguel no halló imitadores, al menos que se conozcan.

La Biografía de D. Berenguel, compuesta, si no por el Tesorero Aymerico de Anteiac, por alguno de los re- ligiosos, socios del Arzobispo, Hugo de Vesin ó Bernardo de la Rocha (2), es por sí un monumento literario im- portantísimo para nuestra Historia en aquella época; y sin embargo en interés le superan el Tumbo B, el Turn- io C y e\ Libro de Constituciones, rotulado en el dorso Constituciones 2°

El Tumbo B fué escrito en el año 1326 por los ama- nuenses García Pérez y Alfonso Pérez, y autorizado por los notarios compostelanos Andrés Pérez y Alonso Eans ó Yáñez. Las escasas iluminaciones que lo adornan y que en cuanto á su mérito artístico no merecen especial re- comendación, son obra del amanuense Alfonso Pérez (3).

(1) Tumbo C, fol. 324 vuelto.

(2j Ya hemos hablado en la nota 3 de la pág. 16 de los familiares que habían acompañado á D. Berenguel en su venida á Santiago. (3) Véauae Apéndicea, mim. XVI.

^

CAPÍTULO II 85

Consta de 391 folios, en pergamino, de 46 centímetros de alto por 32 de ancho (1) Los últimos quince folios, qu'e fueron escritos después del año 1326, están autorizados por Grarcía Suárez y Alonso Sánchez y otros nota- rios. El primer folio, que contiene una desgraciada miniatura en que se ve representado al Apóstol y á sus dos discípulos San Atanasio y San Teodoro, y más abajo la batalla de Clavijo, debió de ser renovado en el siglo XV.

El Tumbo C, que próximamente es de las mismas di- mensiones que el Tumbo B,tué comenzado en el año 1328. Consta de 351 folios, también en pergamino; pero en el año 1715, siendo archivero el Cardenal compostelano D. José Valcarce, se dividió en dos volúmenes, de los cuales el uno contiene los 157 primeros folios, y el se- gundo los restantes (2).

El Libro de Constituciones, rotulado lib. 2.°, que consta de 91 folios útiles, se comenzó á escribir en el año 1328. Los diez últimos folios también se escribieron posterior- mente; en el año 1506, el 90 y el 91 (3).

Entre los clérigos y religiosos franceses que trajo Don Berenguel á Santiago, se distinguió el Maestro Juan Fabre, Canónigo compostelano, y que por algún tiempo actuó como Legado pontificio en los reinos de León y Castilla. Hacia el año 1334 impuso ciertas penas contra los clérigos que se resistían á pagar la décima que ha- bía dejado ordenada el Papa Clemente V, sin duda pa-

(1) Lo escrito ocupa 35x24.

(2) Véanse Apéndices, núm. XVI.

(3) Véanse Apéndices, núm. XVI.— Además de este libro rotulado Constituciones lib. 2.°, hay otro ejemplar rotulado Constituciones lib, l.°f escrito en el año 1384.

86 LOS DOS SIGLOS DE DECADENCIA.— PARTE I

ra socorro de la Tierra Santa. Intercedió con él el Obis- po de León D. Juan do Campo para que rebajase ó sus- pendiese la ejecución de dichas penas hasta que el futuro Papa (Benedicto XII, elegido en 20 de Diciembre de 1834), decidiese lo que tuviese por bien sobre este punto. Accedió Juan Fabre, y consignó su asentimiento en una Escritura fechada en Zamora en el año 1335 (1).

De los demás familiares de D. Berenguel, después de su fallecimiento, apenas se conserva noticia alguna en Santiago. Sólo en el testamento de D. Pedro Fernández de Castro aparece la subscripción de Deodato Carrarii, ó Dorde Carreíra, que creemos vino con D. Berenguel.

Después de D. García Yáñez, á quien hallamos suce- sor de D. Arias Pérez Pardo desde el año 1316, fué Deán el Cardenal de Roma, Gallardo de la Mota, que como tal Deán aparece ya en alguna Acta del año 1320. Fué su Vicario en los actos capitulares, en un principio, D. Arnaldo de Taliato, y después el Juez de Luou Don Alfonso Yáñez.

(1) Esp. Sag., tomo XXXVI, pág. 20-21.

CAPITULO III

El Arzobispo D. Juan II.— Ármase Caballero en Santiago el Rey D. Alfonso XI. — El Arzobispo D. Juan bendice la Coro- na y unge al Rey O. Alfonso. — Concilios compostelanos celebrados bajo el Pontificado del Arzobispo D. Juan.— Campaña contra el Rey de Portugal D. Alfonso IV.— Muerte del Arzobispo D. Juan II.

^' y ''^K= L tiempo en que ocurrió la muerte del Arzobispo D. Berenguel II, entre los miembros del Ca- bildo Compostelano, por su literatura y por la nobleza de su alcurnia, sobresalía un Canónigo llamado D. Juan Feí-nández de Limia. En la Crónica de D. Alfonso XI, capitulo CXC, se dice que D. Juan Fernández era de los de'Limia (1). Para suceder al difunto Arzobispo parecía

(1) Esta familia, como se ve por el cap. CIII de la citada Crónica, era también conocida con los sobrenombres de Baticela y Pancenteno.

El tronco de esta familia fué D. Fernando Arias Baticela, que vivió en el siglo XII y casó con D.''^ Teresa Bei-múdez, nieta del Conde de Traba,

88 LOS DOS SIGLOS DE DECADENCIA.— PARTE I

altamente indicada persona que reunía tan relevantes prendas; asi es que todos los Canónigos, que reconocían esto mismo, no titubearon en darle sus votos y aclamarle por su Padre y Pastor. Al tiempo en que fué elegido Ar- zobispo, no sabemos qué dignidad tenía en nuestra Igle- sia. Presumimos que era el Maestro Juan, Juez de Villes- tro, que firma en algunas Actas después del año 1324 (1). Bien pronto recibió pruebas D. Juan Fernández de que su elección había sido bien recibida del Rey D. Al- fonso. En efecto, el 15 de Junio de 1331 hallándose el Monarca en Toledo, hizo despachar un Diploma, en el cual, accediendo á las súplicas del nuevo Arzobispo yporlagrand voluntade que he de seruir al apóstol Santiago que es mió padrón et de toda españa, confirmó « todos los pri- vilegios et cartas de gracias et de mercedes et de dona- ciones et de franquezas et libertades et de senttencias que el et la ssu eglesia an de los Reyes vnde yo uengo et de mi aquellas quel siempre fueron guardadas» (2).

D. Pedro Fróilaz. Tuvieron varios hijos, D. Juan, D. Rodrigo, D. Gil y; D. Fernando. El primero que mereció el dictado de Bueno, fué el padre de D. Fernando Yáñez, y abuelo de D. Fernando Fernández Pancenteno. Este fué el padre de nuestro Arzobispo, y tuvo, además, á otros dos hijos, Don Rodrigo y D. Gil. Ignoramos el fundamento que tuvo Gil González para decir que nuestro Arzobispo era descendiente de la Casa Real de Francia.

(1) Este Maestre Juan se intitulaba Juez de Villestro y Oidor general del Arzobispo D. Berenguel. A mediados del año 1325 tuvo que acompañar al Prelado á Castilla, sin duda para asistir á las Cortes de Valladolid. (Legajo 7 de Escrituras del Convento de Santa Clara de Santiago, nú- mero 93). Pudiera ser también este Maestre Juan, el Maestro Juan Fa- bre de quien hemos hablado.

(2) Véanse Apéndices, núm. XXI. — La Crónica de D. Alfonso XI (cap. XCVII, pág. 173), pone á D. Alfonso en Toledo en el año 1329; pero como dicha Crónica suele ir errada en dos años, creemos que en esta ocasión fué cuando debió despacharse este Privilegio.

CAPITULO III

En el mismo día, por otro Diploma, otorgó D. Alfonso á petición del Arzobispo D. Juan todos los fueros y pri- vilegios que los vasallos de la Iglesia de Santiago am de bs Reyes unde yo ñengo et de mi, aquellos que les siempre /fue- ron guardados (1).

Cuan sincera era su voluntad de servir al Patrón de España, lo demostró D. Alfonso en el año 1332 al tiem- po de su coronación. Queriendo D. Alfonso honrar, como dice la Crónica (2), la corona de los sus regnos, procuró que dicho acto revistiese la mayor solemnidad posible. Con- vocó á todos los Ricoshombres, infanzones é hidalgos de sus Estados, y mandó preparar « muchos pares de paños de oro et de seda guarnidos con peñas armiñas et con peñas veras, et... muchos pares de paños de escarlata et de otros paños de lana... con zendales et con peñas: et mandó guarnescer muchas espadas, dellas con oro, et dellas con plata las vaynas et las cintas. » La intención de D. Alfonso era armar caballeros á todos los hidal- gos de su reino, á fin de que con esto tuviesen un estímulo para hacer, como dice la Crónica (3), obras de caballería. Mas para esto era preciso, que antes se armase él caba- llero; y esto debía hacerlo el que siempre fué considera- do como luz y espejo de todos los caballeros. «Et entre- tanto que ellos (los convocados) se ayuntaban para esto — dice aquí la Crónica — el Rey salió de Burgos, et fué por sus jornadas en romería á visitar el cuerpo sánete del Apóstol Sanctiago. Et ante que llegase á la ciub- dat, fué de pie desde un logar que dicen la Mon-

(1) Tumbo C, fol. 310 vuelto.

(2) Cap. GIL

(3) Cap. C, pág. 179.

90 LOS DOS SIGLOS DE DECADENCIA. — PARTE I

joya (el Monte del Gozo); et entró asi de pie á la ciubdat et en la Iglesia de Sanctiago, et velo y toda esa noche teniendo sus armas encima del altar. Et en ama- nesciendo, el Arzobispo Don Joan de Limia dixole una Misa et bendixo las armas. Et el Rey armóse de todas sus armas, et de gambax, et de loriga, et de quixotes, et de canilleras, et de zapatos de fierro; et ciñóse su espada, tomando el por sí mesmo todas las armas del altar de Sanctiago, que ge las non dio otro ninguno; et la imagen de Sanctiago, que estaba encima del altar, llegóse el Rey a ella, et fizóle que le diese la pescozada en el carriello. Et desta guisa rescibió caballería este Rey D. Alfonso del Apóstol Sanctiago. Et porque él recibió caballería desta guisa, estando armado, ordenó que todos los que oviesen a rescibir honra et caballería de allí adelante, que la rescebiesen estando armados de todas sus armas. »

cEt el Rey partió de la ciubdat de Sanctiago, et fué al Padrón otrosí en romería, porque en aquel logar aportó el cuerpo de Sanctiago. Et dende veno su cami- no para Burgos» (1).

Debió de acompañar al Rey, ó seguirle poco después

(1) Mientras tanto se reunían todos los que el Rey había invitado para que asistiesen á su coronacióa y recibiesen de él la investidura de caballero, los que ya habían llegado se entretenían en correr cañas, en justas, en torneos y en otros ejercicios propios de la profesión que iban á tomar. Y para dar mayor novedad á estas fiestas, «porque venían estonce — dice la Crónica, cap. CII — muchas gentes de fuera del regno en romería a Sanctiago, et pasaban por Burgos por el camino francés, el Rey mandaba estar omes en la calle por do pasaban los romeros, que preguntasen por los que eran caballeros et escuderos, et decíanles que veniesen jostar: et el Rey mandábales caballos et armas con que jostasen. Et en estos venieron muchos Tranceses, et Ingleses, et Alemanes et Gascones; et jostaban de cada dia con bastas gruesas, con que se daban muy grandes golpes.»

CAPÍTULO III 91

el Arzobispo D. Juan; y como, con el Pertiguero mayor de Santiago, D. Pedro Fernández de Castro, tuvo tanta parte en la fiesta de la coronación, no creemos inopor- tuno insertar aquí lo que acerca de esto refiere la Cró- nica: < Et el dia que se ovo de coronar, vestio sus paños reales labrados de oro et de plata a señales de castiellos et de leones, en que avia adobo de mucho alíojar et muy grueso et muchas piedras, rubies et zafies et esmeralda en los adobos. Et subió en un caballo de gran prescio que el tenia para el su cuerpo, et la siella et el freno deste caballo, en que el cavalgó aquel dia, era de grand valía: ca los arzones de esta siella eran cubiertos de oro et de plata en que avia muchas piedras; et las faldas et las cuerdas de la siella, et las cabezadas del freno eran de filo de oro et de plata, labrado tan sotilmente et tan bien, que ante de aquel tiempo nunca fué fecha en Cas- tiella tan buena obra de siella, nin tan convenible para en aquel tiempo. Et desque el Rey fué encima del caba- llo, púsole una espuela D. Alfonso fijo del Infante Don Fernando (1), el qual algunas veces se llamó Rey de Cas- tiella; et la otra espuela le puso D. Pero Fernández de Castro... Et desque amos a dos (el Rey y la Reina Doña María) fueron llegados a la Iglesia (la del famoso con- vento de las Huelgas de Burgos), tenían fechos dos asentamientos mucho altos cerca del altar, el uno a la mano derecha, et el otro a la mano ezquierda; et subían a estos asentamientos por gradas; et estaban cubiertos de paños de oro nobles. Et asentóse el Rey en el asenta- miento de la mano derecha, et la Reyna a la mano ez-

(1) Cap. CIII.— Este Infante D. Fernando era el hijo primogénito de D. Alfonso X.

92 LOS DOS SIGLOS DE DECADENCIA.— PARTE 1

quierda. Et eran allí el Arzobispo de Sanctiago D. Joan de Limia, et el Obispo de Burgos, et el Obispo de Fa- lencia, et el Obispo de Calahorra, et el Obispo de Mo'n- doñedo, et el Obispo de Jaén. Et aquel Arzobispo de Sanctiago, que llamaban D. Joan de Limia de los de Batasella et Pandecenteno, dixo la Misa, et oficiáronla las Monjas del monesterio. Et todos los Obispos estaban revestidos, et sus crozas en las manos, et sus mitras en las cabezas. Et estaban asentados en sus facistoles, los unos a la una parte del altar, et los otros a la otra. Et desque fue llegado el tiempo del ofrecer, el Rey et la Reyna venieron amos a dos de los estrados do estaban, et fincaron los hinojos ante el altar, et ofrescieron: et el Arzobispo et los Obispos bendixieronlos con muchas oraciones et bendiciones. Et descosieron al Rey el pellote et la saya en el hombro derecho: et ungió el Arzobispo al Rey en la espalda derecha con olio bendicho, quel Arzobispo tenia para esto. Et desque el Rey fue ungido, tornaron al altar: et el Arzobispo et los Obispos bendi- xieron las coronas que estaban encima del altar. Et des- que fueron bendicidas, el Arzobispo redrose del altar, et fuese a sentar en su facistol; et los Obispos eso mesmo, cada uno se fué a sentar en su logar. Et desque el altar fué desembargado dellos, el Rey subió al altar solo, et tomo la su corona, que era de oro con piedras de muy grand precio, ét púsola en la cabeza; et tomo la otra corona, et púsola á la Reyna, et tornó fincar los hinojos ante el altar según que ante estaba: et estidieron asi fasta que fue alzado el cuerpo de Dios. Et el Rey et la Reyna fuese cada uno dellos a sentar en su logar; et estidieron asi las coronas puestas en las cabezas fasta la Misa acabada. »

CAPÍTULO III 93

Al siguiente día convocó el Rey en su palacio á todos los Ricohombres y caballeros á quienes quería él por su mano dar la investidura de tales, figurando en primer lugar el Pertiguero mayor de Santiago. Repartió entre ellos paños de oro, seda y lana y espadas guarnecidas, á cada cual según su clase. A la tarde salieron todos en procesión provistos de cirios para velar las armas en la Iglesia de las Huelgas. Detrás marchaba el Rey llevando á los lados al Infante D, Alonso de La Cerda y al Arzo- bispo de Santiago.

Después que los Ricoshombres fueron por el Rey ar- mados caballeros, armaron á su vez caballeros á varios hidalgos de sus respectivas mesnadas y les dieron paños y armas. Don Pedro Fernández de Castro armó trece caballeros, todos de Galicia (1).

No sabemos qué clase de donativos hizo en esta oca- sión el Rey D. Alfonso al Arzobispo de Santiago. A Don Pedro Fernández de Castro le dio el señorío de la villa de Monforte de Lemos, tan ambicionado por su padre D. Fernán Ruiz de Castro. Otorgóse la donación en Bur- gos á 29 de Julio de 1332 (2).

Don Juan de Limia era una persona cultísima, que se expresaba con gran facundia y elegancia, como se ve en las Actas de los Concilios que él convocó y presidió.

(1) He aquí sus nombres: Juan Marino, Diego Gómez de Deza, Fer- nán González de Valladares, Vasco Pérez de Cabeiros, Pero López de Mon- tenegro, Gil Pérez de Lago, Juan Fernández de Bolaño, Ñuño Freyre, Ruy Freyre, Arias Pardo, Diego Pérez de la Somoza, Garci Ferrández Sarmiento, Fernán Yáñez de Sotomayor y Macía Pérez de Balboa. Don Pedro fué el Ricohombre que armó más caballeros. Después de él, el que armó más caballeros, fué D. Ruy Pérez Pouce, que armó diez.

(2) E^i). Sag., tomo XL, pág. 228.

94 LOS DOS SIGLOS DE DECADENCIA. — PARTE 1

Al Concilio provincial de Salamanca (XXX compos- telano) que él reunió el 24 de Mayo de 1335, concurrie- ron los Obispos de Ávila, Zamora, Salamanca, Coria, Ciudad Rodrigo, Guarda, Plasencia y Lamego, y por procuradores los de Lisboa y Evora. Estableciéronse en este Concilio dieciocho Constituciones muy importantes acerca de la celebración de los Concilios, del oficio de Vicario, de las apelaciones, de la vida y honestidad de los Clérigos, de los diezmos, de la inmunidad de las igle- sias, etc. (1). Entre ellas merecen especial mención la que establece la forma de administrar el Santo Viático, y la que prescribe que en la Provincia compostelana á los Doctores de la Iglesia española, San Isidoro y San Ildefonso, se tribute el mismo culto y honor que se da á los cuatro Santos Doctores de la Iglesia universal.

En el año 1337, á 13 de Noviembre, celebró D. Juan Sínodo diocesano (el XXXI compostelano); y en él fue- ron promulgadas cuatro Constituciones. De ellas las más interesantes son la primera y la última. El pago de las Tercias, que aquí se llamaban quadras ó cadras, se hacía H muy gravoso á los Curas de la Diócesis, y especialmente á los que residiendo á largas distancias tenían que con- ducir los frutos de sus respectivas parroquias á la Ca- pital. En la primera Constitución fijó D. Juan el plazo en que se debían de pagar las Tercias; á saber, desde el 24 de Junio al 30 de Noviembre. Eximió, además, á los Curas del pago en especie, que conmutó en dinero, valorando la quadra de avena ó mestura (centeno y avena) en 45 sueldos, y la de trigo en cuatro libras y media (2).

(1) Véanse Apéndices, núm. XXII.

(2) Por el testamento de Juan de Santafé, vecino de Pontevedra, otorgado en 12 de Septiembre de 1339, s© ve la relación que había entre

CAPITULO 1 11 95

La cuarta Constitución no fué menos beneficiosa á los Párrocos. Por ella les otorgó el goce de las annatas, es decir, de la mitad de las rentas, frutos y obvenciones de sus respectivos beneficios durante el primer año que se siguiese á su fallecimiento, para que con ellos pudie- sen sus herederos costear los funerales y cumplir sus legados (1).

Al Cabildo dio también D, Juan de Limia gran- des muestras de deferencia y consideración. Ya en el año 1331, á 28 de Agosto, había eximido á los Canóni- gos de todo pago de derechos en la curia Arzobispal (2) . En el año 1337, á 29 de Mayo, usando del privilegio que el Papa Juan XXII había otorgado á los Arzobis- pos de Santiago, declaró que en caso de que la Iglesia Catedral quedase violada, como sucedía con frecuencia con motivo del gran concurso de peregrinos, cualquiera Canónigo, hallándose él ausente, podía reconciliarla, rodándola con agua bendita (3). En el mismo año, á 22 de Junio, escribió á todos los pertigueros y castellanos de la Diócesis ordenándoles, bajo pena de excomunión y

las libras y los sueldos. Dispone Juan de Santafé que todas sus mandas se paguen en dineros blancos de los corrientes, de los cuales, cuarenta pares hacían tres libras, y cuatro dineros equivalían á tres sueldos. Según esto, la libra valía unos 27 dineros y 21 sueldos. Por este tiempo el maravedí valía ocho sueldos ó siete sueldos y medio; de modo que la libra equivalía á unos tres maravedises próximamente. Poco tiempo después el maravedí valía diez dineros, y la libra dos maravedises y medio.

(1) Véanse Apéndices, núm. XXIII.

(2) Lib. I."^ de Constituciones, fol. 82.— En el Acta de concesión entre los motivos que le impulsaron á otorgar esta gracia, menciona la sumisión y fidelidad de los Canónigos. Considerantes etiam quam obedienter, quam reverenter ad nos usque nunc tamquam veri ohedieniie filii se habere in ómni- bus curavere, parentes humiliter nostris heiieplacitis et mandatis.

(3) Tumbo C, fol. 309.

% LOS DOS SIGLOS DE DECADENCIA.— PARTE 1

pérdida de sus oficios, que sin licencia de los tenencieros se abstuviesen de entrar, como hacían, en los préstamos, cotos y tenencias del Cabildo (1).

Estos dos últimos Diplomas fueron, al parecer, data- dos en Santiago. Otro hay fechado en Pontevedra á 16 de Julio del año siguiente 1834. Por él da poder á Ruy García de Espiñeira, su mayordomo en los cotos de Vide y Jovín, cerca de Ribadavia, para que arren- dase ó aforase por lo quarto do pan et do vino et da froyta et daqiielo que Deus en eles der, ciertos terrenos que estaban sin cultivo, porque ninhum os non quer labrar, nin hritar... por lo terfo que Deus en eles dése (2).

Por este tiempo se hicieron varias gestiones para ' procurar la hacienda que la Iglesia tenia en Portugal* Merced á ellas, á 20 de Septiembre de 1335 se obtuvo en Coimbra un Privilegio del Rey D. Alfonso IV, en el que se confirmaba el otorgado por D. Dionisio en 10 de Junio de 1324 acerca de la jurisdicción de la villa de Cornelia. En éste se mandaba á los moradores de dicha villa que quando veer lempo dekger jiiyz, que o elegades como soedes fazer et ide pola confirmaron ao dito Argobispo et Cabi- doo (3). Don Alfonso IVeñsu Privilegio especificó además las atribuciones que correspondían al Cabildo en virtud de la Carta de D. Dionisio; á saber, nombrar juyz et que traga lú moordomo que fafa as péñoras et as entregas et as cha- madas, et leue as uoces et as coomhas... et chegue a dereyto os moradores do dito couto, et poyia... liuun lióme boo... a quen juren os que foren eleiudos en cada huun ano por juyzes... (4).

(1) Tumbo C, fol. 310.

(2) Tumbo Arzobispal, fol. 76-77.

(3) Tumbo B, fol. 150 vuelto.

(4) Tumbo C, fol. 342.— Eu el año 1347 el Presbítero Juan Lorenzo

I

CAPÍTULO III 97

El Arzobispo D. Juan era más dado á las artes de la paz, que á las de la guerra. Acaso por esto mismo en el ánimo del Rey D. Alfonso, cuya ocupación favorita, aun- que en muchos casos forzosa, era la guerra, no ocupaba el lugar á que le hacían acreedor sus méritos persona- les. En el año 1336 en el deseo de castigar la altivez y soberbia de D. Juan Núñez de Lara, apretó con rigoro- so cerco á l'a villa de Lerma. Acudió el Pertiguero ma- yor de Santiago con ochocientos hombres en servicio del Rey. El Arzobispo no pudo hallarse en esta jornada; porque en el Privilegio otorgado en el Real de sobre Ler- ma, á 28 de Septiembre de 1336, confirmando el de San Fernando dado en Noviembre de 1238, advierte Don Alfonso que presta la confirmación porque «el Argo- bíspo et el Cabillo de la dicha Iglesia de Santiago enviáronnos pedir merced et porque nos lo pedio por merced don Pero Fernandez de Castro, nuestro vasallo et nuestro mayor- domo mayor et pertiguero mayor en tierra de Santiago et mi adelantado mayor en la frontera» (1). Mas al poco tiempo se tuvo noticia de que el Rey de Portugal había puesto sitio á la ciudad de Badajoz, y el Rey Don Alfonso envió allá á D. Pedro Fernández, para que al frente de su mesnada, y de las que se le incorporasen en Andalucía, socorriese á la ciudad sitiada y aun escar- mentase al sitiador. Pero veamos lo que dice la Crónica de D. Alfonso XI acerca de esta expedición de D. Pedro

y Pedro Lorenzo recibieron del Cabildo en encomienda el uno la iglesia de Santo Tomé y el otro la judicatura de Cornelia, con la condición de devol- verlas tan pronto les fuesen pedidas. (Tumbo B, fol. 151).

(1) Véase Tumbo A, fol. G) vuelto, Tumbillo, Concordias, etc., fol. 40. —En este Privilegio había otorgado San Temando la exclusiva en la ela- boración del saín en favor de las villas de Pontevedra y Noya. Tomo vi,— 7.

% l.OS DOS SIGLOS DE DECADENCIA.- PARTE I

Fernández de Castro: cEt con esto partió Don Pedro Ferrandez del real de sobre Lerma para ir descercar á Badajoz; et como quier quel Rey ficiese mucha mer- ced a este D. Pedro Ferrandez et le daba muy grand logar en el su servicio; pero él era gran mal proveedor de su facienda, et traíala muy desbaratada, et las sus gentes eran muy sueltas en robar, et tomar lo que falla- ban por doquier que iban. Et desque partió del real fizo muchos daños por los logares que pasó, et detovose tanto en el camino que non llegó á cumplir lo que el Rey le avía inandado > (1).

Don Pedro Fernández no debía ser persona muy del agrado del Autor de la Crónica de D. Alfonso. Al menos el favor de que gozaba en el ánimo del Rey, le inspiraba, al parecer, celos y envidia. El Pertiguero ma- yor de Santiago tenía siempre presentes los beneficios y la protección que siendo niño había recibido del Rey de Portugal, D. Dionisio; y este recuerdo, que en su alma generosa se presentaba siempre vivo é intenso, le obligaba á hacerse flojo y remiso cuando se trataba de combatir á su bienhechor ó á la familia de su bien- hechor. Tal vez la lealtad debida á su Rey habría exi- gido que á tanto no hubiese llegado la gratitud hacia un Monarca extraño; pero también, dada la instabilidad de la política, calcularía D. Pedro que era bien tener para todo evento un lugar seguro de refugio. Como quie- ra que sea, la lentitud de D. Pedro Fernández obedeció al deseo de no encontrarse con el Rey D. Alonso IV de Portugal, y al mismo tiempo explica los desmanes de la soldadesca, que máxime en aquellos tiempos solía com-

(1) Cap. CLXIX, al fiu.

CAPITULO III 99

pensar la ociosidad bélica con otros ejercicios menos honrosos (1).

Al año siguiente, 1337, los Portugueses invadieron á Gralicia; el Rey D. Alfonso IV cercó á Salvatierra, y su hermano el Conde D. Pedro de Barcelos, atravesando por más abajo el Miño, amagó la villa de Entienza. En esta ocasión el Arzobispo de Santiago no pudo excusarse de tomar parte en la campaña. Al frente de numerosa hueste se situó en Entienza, y obligó á D, Pedro á reti- rarse á Portugal (2). El Rey D. Alfonso también tuvo al

(1) Cuando hacia el año 1333 D. Alfonso XI quiso socorrer á Gibral- tar, que tenían cercada los Moros de aquende y allende el Estrecho, y defendía el caballero gallego Vasco Pérez de Meira, escribió á todos los Ilicoshombres de su Reino para que dentro de quince días se reuniesen con la más gente que pudieran con él en Toledo ó en Sevilla. Vista la pre- mura del llamamien*-o, D. Pedro salió precipitadamente de Galicia sin más acompañamiento que veinte hombres de á caballo. Alcanzó al Rey en Azuaga y le expuso los motivos por qué venía" con tan poca gente; que el plazo de quince días era muy corto para venir él con todos sus vasallos desde Galicia á Sevilla; y que los de Galicia eran ornes de montañas que avian muy grave de los sacar de la tierra, a menos de les dar algo, que en aquel momento no podía proporcionarles por falta de libramientos. (Cróni- ca de D. Alfonso XI, cap. CXVI).

(2) He aquí cómo el mismo Conde D. Pedro refiere en su Nobiliario (título VII, núm. 14) este hecho de armas: «Este Conde D. Pedro (el autor del Nobiliario), quando ouve guerra entre Portugal e Castella, logo no co- meto esteve en Riba de Minho por mandado del Rey de Portugal; e estando este Conde no mosteyro de Ganfey, o Arcebispo de Sant-Iago ajuntou as mais companhas, que pode aver, e o pendom de Sant-Iago, e Rui Paes de Berna, que vinha y con el, que era Adiantado del Rey en Galiza, con todos os que pode aver, e quería passar ó Minho para ca, a onde o Conde estava; e o Conde soubeo, e juntou aquelles que tinha, e passou alem do Minho; ca disse que era mellor de os atender na sa térra que en Portugal; e entom passou o rio alem, e parouse nos caminhos dos vaos todos, porque non sabia por qual vao queria passar, nem por qual caminho vinha, e atendeo hi dous días. Ao segundo dixeromlhe, que viuha o Arcebispo com seu pendom tendudo, e cuydando acha-

100 LOS DOS SIGLOS DE DECADENCIA.— PARTE I

cabo de ocho días que levantar el cerco de Salvatierra, que defendió valerosamente el caballero gallego Vasco Ozores. La Crónica de D. Alfonso XI (1) dice que el Rey de Portugal al retirarse quemó muchos lugares é hizo mucho daño; y luego añade: «Et ese mal et este daño rescibio la tierra por culpa de D. Pero Ferrandez de Castro: ca el Rey le avia enviado a Gallicia, porque moraba y, et avia grand heredat que le dexara su pa- dre, et otra mucha que le diera el Rey et tenia grand poder en la tierra. por el Rey; et envióle porque defen- diese aquella tierra, et ficiese guerra a Portogal. Et en- uió mandar, que todos los caballeros et omes fijos-dalgo que moraban en Grallicia vasallos del Rey et de sus fijos, et otros cualesquier, et todos los Concejos de aquella

los no arrayal desarmados e sem sospeyta, e por esso andarom hua pe9a de noy te. E o Conde soubeo muy cedo pella menham, e foy armar todos os seus e moverao contra el. E o Arcebispo com todos os seus com o pendáo de Sant-Iago tendudo aquem do castello de Ten^'a (Entienza?), cuydando achar o Conde sem sospeyta; e el vindo assi, vio assomar o Conde e o seu pendom com todos os seus em hum outeyro, e quando o vio volveose com o pendao de Sant-Iago e com todos os seus para o castello de Ten9a e o Conde enviolhe a dizer a que vinha assi, que se queria lidar? e el dixe que nom vinha a rezar outros Matines. E enton moveo o Conde e foyse chegan- do contra elle, e el acolheuse bem ácima de hum castello junto com o muro, e alli atraz das barreyras meteo o pendom; e tendo muytas mais gentes que o Conde, assi de cavallo, como de pe; e assi o teve o Conde cercado tres dias que nunca saio do castello, nem de redor delle, demandando cada dia ao Conde tregoa, tam bem o Arcebispo, como o Adiantado del Rey; e o Conde mandoulhe cada dia roubar e filhar o que elles aviáo mister, e queymar a térra, e nunca el alli ouzou a tornar. >

No faltó quien dijese que en esta ocasión el Arzobispo de Santiago ha- bla llegado hasta cerca de Oporto; y que después, viéndose apretado por los Portugueses, fué socorrido por D. Pedro Fernández de Castro, que pe- reció en la demanda. El Arzobispo se mantuvo á la defensiva; y D. Pedro eludió cuanto pudo tomar parte personalmente en esta campaña.

(1) Cap. CLXXXVU.

CAPÍTULO 111 101

tierra que fuesen con D, Pero Ferrandez cada que los él enviase llamar et ficiesen por él todo lo que él dixiese. Et eso mesmo envió mandar a los caballeros et ornes fijos-dalgo del regno de León. Et porque todos estos so- pieron que el Rey de Portogal venia a entrar en G-alli- cia, fueronse para aquel D. Pero Ferrandez, según el mandamiento que avian del Rey; et asi que destos que eran venidos et de los otros que venieran a él sin los enviar a llamar, fueran con el mas que mili ornes a ca- ballo, et muchas gentes de pie, con quien podiera dar lid en campo al Rey de Portogal. Et desque este D. Pero Ferrandez vio aquellas gentes allí ayundadas, dixo que él non queria ir a pelear con el Rey de Portogal, nin iria do estidiese su cuerpo; ca decia que le criara et le ficiera mucho bien quando era niño» (1).

(1) Sin embargo, en su interior D. Alfonso no reprobaba estos senti- mientos de D. Pedro Fernández; y estaba bien persuadido de que su grati- tud hacia el Rey de Portugal no era incondicional ni ilimitada. Esto bien lo demostró D. Alfonso al tiempo de la conjura que el Monarca portugués trató con los principales Magnates de León y Castilla para obligarle á dejar á su manceba D.'' Leonor de Guzmán y á permitir el casamiento de D.* Constanza, bija de D. Juan Manuel, con D. Pedro, Príncipe heredero de Portugal. Para desbaratar estos planes, el Rey llamó á Valladolid á D. Pedro Fernández, que había entrado en la conjura; y después de recor- darle cuantas mercedes le tenía hecho y decirle que su voluntad era hacer- le aún mayor honra y merced, le propuso el casamiento del Infante D. En- rique con su hija D." Juana. Y aun más, le dio en heredad la tierra del Burgo del Faro (Coruña), y á Ruy Páez de Biedma, Mayordomo de Don Pedro, le dio también otra tierra en heredad. «Et para ser ciertos del casa- miento (de D. Enrique con D.* Juana) —dice la Crónica (cap. CLXII) — dieron castiellos en rehenes de la una parte et de la otra.» Y en efecto, D. Pedro apartó de la liga á D. Juan Alfonso de Alburquerque, sobrino del Rey de Portugal; y ambos sirvieron con gran lealtad al Rey contra D. Juan Núñez de Lara y contra D. Juan Manuel, que eran los principa- les conjurados.

102 LOS DOS SIGLOS DE DECADENCIA.— PARTE 1

De vuelta de su expedición á la comarca de Tuy convocó el Arzobispo D. Juan el Sínodo diocesano de que hemos hablado en la página 94. Sólo unos cinco me- ses sobrevivió después de aquella Junta en que tan be- nefíciosos acuerdos se tomaron para todo el Clero de la Diócesis. El día 4 de Mayo de 1338 fué el último de su vida; día de luto para el Arzobispado, en que Clero y pueblo dieron con sus lágrimas un elocuente testimonio de las virtudes del Prelado y consagraron con lamentos el monumento más preciado á su memoria. Sobre su se- pulcro, que debía estar en el claustro de la Catedral, se grabó la siguiente inscripción, que hemos copiado del libro de Constituciones, escrito en tiempo de D. Lope de Mendoza:

NOBILITAS MORES PERIERVNT MORTE lOHANNIS

PLEBS CLERVS MEMORES LVGEBVNT PLVRIBVS ANNIS

OBIIT IIII NONAS MAII ERA M

En la escritura de fundación de la Capilla, que el Arzobispo D. Gómez Manrique hizo construir en el claustro de la Catedral, escritura que fué redactada en el año 1361, aparece el nombre de D. Alvaro Rodríguez de Limia, Tesorero de la Iglesia Compostelana. Este D. Alvaro era sobrino del Arzobispo D. Juan, hijo de su hermano Ruy Fernández de Limia y de D.^ María Eans Churrichao.

Bajo el pontificado de D. Juan Fernández, el Canó- nigo Fernando Martínez Serpe dotó la fiesta y vigilia de Santiago Alfeo, obligándose á dar durante su vida, á cada Personado, Canónigo y doblero de los que asistie- ren á la vigilia, y á los enfermos existentes en la ciudad,

CAPÍTULO IIl 103

veinte sueldos, y medio maravedí ó tres sueldos y dos tercios á cada manjapán ó porcionero menor, y una empanada (ázimas de aduboj y una azumbre de buen vino á los Personados, Canónigos y dobleros que asistiesen á la fiesta, y lo mismo á los enfermos. Para después de su muerte prometió dejar al Cabildo posesiones suficientes para que con sus productos pudieran repartirse treinta sueldos y tres maravedises y dos tercios, en la forma di- cha, y además las empanadas y las azumbres de vino. En la vigilia debía de celebrarse un aniversario por su alma y la del Arzobispo D. Berenguel, del que había recibido bienes a qito hona receperat. El Cabildo, presidido por D. Martín Fernández de Gres, Vicario del Deán, aceptó la donación y prometió celebrar la fiesta de San- tiago con rito doble, y oficio propio, y con cuatro capas como la fiesta de San Pedro y San Pablo (1).

(1) Tumbo C, fol. 324.

CAPITULO IV

Elección del Arzobispo D. Martín II.— Junta de Obispos en Santiago para reprimir la osadía de los malhechores en Galicia.— Pleito sobre la torre de la Barreira. —BataHa del Salado.— Donaciones con que D. Alfonso XI perpetuó en la iglesia el recuerdo de tan gloriosa jornada. — D. Pedro Fernández de Castro.— Muere el Arzobispo D. Martín en el cerco de Algeciras.

N el capítulo CXC dice la Crónica de Don Alfonso XI, que .al tiempo de los sucesos ^que iba relatando falleciera el Arzobispo de Santiago, D. Juan de Limia, y que fue- ra elegido un Canónigo de dicha Iglesia llamado D. Mar- tín Fernández de Gres (1).

La elección de D. Martín tuvo, no obstante, algo de

(1) <Et en este tiempo finó Don Joan Arzobispo que era de Sanctia- go, et era de los de Limia: et esleyeron por Arzobispo un canónigo de la Iglesia, que decían Martín Ferrández de Grez et dixiéronle después el Ar- zobispo Don Martino.»

En la edición de Madrid de 1787 se pone este suceso en el año 1335; pero del mismo coutexto de la Crónica se deduce que debió acaecer poco antes de Septiembre del año 1332.

106 LOS ÜOS SÍGLOS ÜE ÜílClADENGtA.— í»ARTE Í

especialísima; se hizo, como un siglo antes la de D. Jaan Arias, por aclamación, per viam Spiritus Sancti. Hallába- se á la sazón reservada á la Santa Sede la provisión de la Iglesia compostelana, no sabemos si porque aun du- rase la reserva que había hecho el Papa Juan XXII al tiempo del nombramiento del Arzobispo D. Berenguel, ó por otra reserva que se hiciese posteriormente; sin em- bargo, el Papa Benedicto XII no desestimó la elección y confirió á D. Martin la dignidad Arzobispal (1).

Don Martín era miembro de una de las principales familias de tierra de Deza. Uno de sus progenitores, vi- vió en tiempo del Emperador D. Alfonso VII, quien re- muneró generosamente sus leales servicios. Los Dezas, los Insuas, los Bendañas, los Aveancos y otros, estaban emparentados con su familia.

Hallamos ya á D. Martín Canónigo de Santiago, ha- cia el 1312, y después en el año 1335 le vemos Vicario del Deán, D. Fernán Pérez de Meneses, que debió de ser el inmediato sucesor en el Deanato del Cardenal de Roma, D. Gallardo de la Mota, fallecido algunos años antes. La elección de D. Martín, como se desprende de lo que dice la misma Crónica de D. Alfonso XI, debió seguirse con corto intervalo de tiempo al fallecimiento de D. Juan de Limia, y por lo tanto verosímilmente tuvo lugar á mediados del año 1338 (2).

(1) «Decimus octavas Martinus secundus, et fuit genere nobiliumde Grez, et fuit electas in concordia per viam Spiritus Sancti: et quia Eccleaia erat reservata, fuit sibi provisum per Dominum Papam Benedictum.» (Ca- tálogo de los Arzobispos Compostelanos, impreso al fin del tomo XX de la España Sagrada, pág. 612).

(2) Sin embargo, en una escritura de 4 de Marzo de 1S39, que cita Campomanes, Historia de los Templarios, pág. 244, aún firma como Electo,

CAPÍTULO IV 107

El nuevo Arzobispo era indudablemente persona se- gún el corazón del insigne vencedor del Salado. A su lado se halló en casi todas sus empresas, y en los conse- jos que se celebraban en las ocasiones solemnes y difíci- les, el voto del Arzobispo Compostelano era escuchado con gran estimación y respeto.

Inauguró D. Martín su pontificado con un acto, que no sólo revela la energía de su carácter, sino también cuál era el blanco á que principalmente se proponía diri- gir sus esfuerzos. La raza de los Golfines ó caballeros aven- tureros que al frente de sus mesnadas cometían toda cla- se de tropelías, sin respetar á los lugares sagrados, efecto de las guerras intestinas que hasta entonces habían agi- tado al país, pululaba por todas partes y particularmen- te en Galicia. Para poner coto á la rapacidad de tales salteadores, en el Otoño del año 1339 convocó D. Mar- tín una Junta, que se celebró en el refectorio del Monas- terio de San Martín de Santiago, y á la cual asistieron los Obispos D. Vasco de Orense, D. García de Tuy (1), D. Juan de Lugo y D. Alvaro de Sil ves en Portugal (2), y el Pertiguero mayor de Santiago D. Pedro Fernández de Castro.

Asistieron, además, los Prebendados D. García Eans,

(1) Este D. García fué, á nuestro parecer, el Canónigo compostelano García Prego, nombrado Receptor ó Ecónomo de la Mitra en la va- cante de D. Rodrigo del Padrón. Sin duda por esto el Arzobispo Don Mar- tín en el año 1341 le nombró su Provisor y Vicario general, con plenas facultades, así en lo espiritual, como en lo temporal. Y que, en efecto, el Obispo de Tuy se apellidaba Prego, consta del testamento del Canónigo compostelano Eernán Pérez Jacob, que deja á su señor el Obispo de Tuy Don García Prego lo que tenía en Morrazo. (Tumbo C, fol. 350).

(2) Este Don Alvaro, Obispo de Silves, es el célebre Alvaro Pelagio, autor del tratado De planctu Ecdesiae. Sin duda aprovechó esta su estancia

108 LOS DOS SIGLOS DE DECADENCIA.— PARTE I

Arcediano de Cornado, D. Ñuño González de Bendaña, Arcediano de Reina, D. Gonzalo García, Maestrescuela de Lugo, D. Suero Eans, Arcediano de Deza, los Canóni- gos de Santiago Juan Alfonso de Salas y Rodrigo Sán- chez, y los seglares Suero Gómez Charino, Juan Pérez de Nóboa, Rodrigo Soga, Gonzalo Peláez de Sotomayor, Fer- nán de Sotomayor, Arias Méndez de Gándara, Juan Fer- nández de Bolaño, Alfonso Gómez Prego, Rodrigo Martí- nez de la Corulla, Gonzalo Eans Marino, Lope Pérez (de Moscoso), Arias López de Goyanes, Andrés Sánchez de Gres, Lope Sánchez de Ulloa, etc.. En esta Junta ¡yor dar a cada un o seu, et refrenar a cohiza dos maos, que en una ora rouban et consumen os averes que os omens ganan en gran tenpocon gran tráballo... y porque ¡a justicia he mays receUda ante Deus que no outro sacrifizo... se establecieron varios Or- denamientos, que afectaban á la paz y tranquilidad pú- blica. Se acordó entre otras cosas (1), que el señor de la tierra ó del coto en que se acogiere algún ladrón, se apoderase de su persona y lo entregase á la justicia, para que se ejecutase en él el castigo debido. Respecto de lo robado se mandó devolver á su dueño. Se acordó asimis- mo que si algún vasallo de D. Pedro Fernández, después de perpetrado algún robo en las tierras de los Prelados, se acogiere en sus cotos ó fortalezas, fuese preso y entre- gado al señor de la tierra en donde se cometió el robo;

en Santiago (que acaso fuese su patria) para dar la última mano á su obra, como resulta de la nota que él mismo puso al final del libro II: cManu pro- pria una vice correxi et appostillavi anno Domini MCCCXXXV in Algarbia Portugalliae ubi sum Praesul in villa Ramra. Secundo correxi et appostilla- vi in Seo. Jacobo de Compostella anno Domini MCCCXL.

(1) Pueden verse más detalladamente expuestas en la Colección diplo- mática de Galicia Histórica, núm. LXXX.

CAPÍTULO IV 109

y que aunque no se acogiere á sus tierras, D. Pedro que- dase obligado á privarle del sueldo que le daba hasta tanto que enmendase cumplidamente el yerro. Lo mismo se dispuso respecto de los vasallos de los Prelados que cometieren robos en las tierras de D. Pedro.

Fueron leídos y publicados estos Ordenamientos en el lugar citado, el 27 de Noviembre de 1339; y al día si- guiente, estando en los pacifos da yghsia de Santiago, hicie- ron los Prelados referidos otros dos Ordenamientos, por los cuales se estableció que fuesen publicadas y guarda- das en todas las Diócesis las penas en que hubiesen in- currido los que agraviaren ó deshonraren á las perso- nas eclesiásticas, aunque fueran Jueces ó Merinos de la tierra (1).

Hechos estos Ordenamientos, los sometieron los Pre- lados al examen y aprobación del Rey D. Alfonso XI; el cual desde Madrid, á 2 de Enero de 1340, escribió á Ruy Páez de Biedma, su Merino mayor en Galicia (tam- bién era Mayordomo de D. Pedro Fernández) y á todos los demás Merinos, mandándoles guardar y hacer guar- dar en todas sus partes los Ordenamientos citados, cui- dando, no obstante, «que no venga por ende mengua en los nuestros derechos que nos avemos daver por esta razón.» Y el 9 de Marzo siguiente, como si estos Orde- namientos se entendiesen de un modo particular con D. Pedro Fernández, el Arzobispo D. Martín le presen- tó la Carta del Rey D. Alfonso y le pidió que como Per- tiguero mayor de Santiago la cumpliese y observase. En este mismo año de 1340, á 14 de Febrero, hallán-

(1) Véase el documento antes citado.

lio LOS DOS SIGLOS DE DECADENCIA.— PARTE 1

dose D. Martín en Louro, cerca de Padrón, escribió «a os Casteleiros dos nosos castelos de Rocha forte et de Padrón et do Est et aos pertegueiros et moordomos que andaren eno couto et en térra de Cordeiro » recomendán- doles cierta reclamación del Convento de Santa Clara de Santiago. Leyóse esta carta en el atrio de Santa Co- lumba de Louro (Cordeiro); y al acto asistieron cuatro Canónigos de esta antigua Colegiata, Juan Martiz Ga- mardo, Lorenzo Martiz, Fernán Yáñez y Alvaro Rodrí- guez de Cordeiro (1).

Muy frecuentes eran estas escenas de latrocinios en aquella época en que no había, como ahora, milicias destinadas á perseguir los criminales. Una de ellas se vio obligado D. Martín á los dos años á reprimir por sí mismo por la fuerza de las armas. En el año 1842 á 5 de Abril, estando en Tordesillas había mandado el Rey Don Alfonso al caballero Vasco Pérez que hiciese homenaje al Arzobispo D. Martín por la Torre de la Barrera, como sita que estaba en la pértiga ó señorío de la Iglesia de Santiago (2), Este mandato había sido dado en vista de la representación que el Arzobispo hiciera en Sevilla el año anterior, y del voto emitido por caballeros ancianos et de buena ffama vasalos de la dkha Iglesia á quienes se había consultado sobre este particular. Requerido Vasco Pérez, se negó á prestar el obligado homenaje; pero fingiendo gran lealtad, se presentó á servir al Rey en el Real de sobre Algeciras, no sin haber dejado antes bien custo-

(1) Legajo 9 de Escrituras del Convento de Santa Clara de Santiago, núm. 78.

(2) La torre de la Barreira estaba en la parroquia de San Martín de Riobóo, partido judicial de La Eatrada, provincia de Pontevedra.

CAPÍTULO IV 111

diado el castillo por hombres desalmados y dispuestos á cometer toda clase de atropellos. Vasco Pérez contaba sin duda con que el Arzobispo habría de concurrir al cerco de Algeciras y que con esto quedaban sus mesna- deros en libertad para hacer cuanto les viniese á cuento. Y éstos, en efecto, no defraudaron las esperanzas de su señor. La torre de la Barreira pronto se vio convertida en guarida desde donde se desbalijaba á todos los tran- seúntes, y con continuos rebatos y salidas se tenía ate- rrado el país. El mal llegó á tomar tales proporciones, que el Arzobispo D. Martín se creyó en el deber de des- hacer aquel nido de malhechores antes de partir para el cerco de Algeciras. La cosa no era fácil; porque el castillo estaba bien fortalecido y defendido por gente hecha á toda clase de aventuras. Por eso D. Martín se decidió á dirigir por sí mismo las operaciones; y al co- menzar el estío del año 1342, acompañado del Chantre D. Suero Gómez y de otros Canónigos de Santiago, se puso sobre la Torre de la Barreira. Comenzó por cercar el castillo y construir una gran bastida, ó sea torre mo- vible de madera, desde la cual se pudiesen combatir los defensores de la fortaleza. Hallándose ocupado en estas faenas el día 24 de Septiembre de dicho año 1342, llegó á deshora un correo del Rey D. Alfonso, que era portador de una Carta y de un escrito de intimación. En la Carta, fechada en el Real de sobre Algeciras á 22 de Agosto, ro- gaba D. Alfonso al Arzobispo que levantase el cerco de la Torre de la Barreira y que cesase en la construcción de la bastida, por cuanto Vasco Pérez, que estaba en su ser- vicio en el Real; le había pedido que se dejasen estar las cosas en el estado que antes tenían, mientras él no fa- llase en derecho lo que debería hacerse. Leída la Real

1 12 LOS DOS SIGLOS DE DECADENCIA,— PABTE I

Carta^ el correo Juan Pérez dio lectura al escrito de in- timación, en que se emplazaba al Arzobispo para que cuanto antes diese cumplimiento al mandato y ruego del Rey, que había acogido bajo su guarda y encomien- da á Vasco Pérez con todas sus cosas.

Don Martín respondió que se le dejase copia de la Real Carta y de la notificación; y dos días después pre- sentó un escrito de contestación en que se insertaba la Real Carta expedida por D. Alfonso el mismo año en Tordesillas á 5 de Abril en que se había mandado á Vasco Pérez, sopeña de la nuestra merced et del cuerpo et de quanto avedes, que hiciese el acostumbrado homenaje; y se declaraba que Vasco Pérez, lejos de hacer el homenaje por la dicha Torre, la entregó á hombres malhechores que estragaban la tierra y cometían toda clase de fecho- rías; que él á su tiempo había intimado á los que tenían la fortaleza la entregasen á Lope Díaz de Rojas, Merino mayor de Galicia, que se hallaba presente para que éste la tuviese de su mano; y que ya de todo esto había dado cuenta al Monarca por conducto del Pertiguero mayor D. Pedro Fernández de Castro, y á mayor abundamien- to, por varios instrumentos que se habían pasado sobro el particular. Concluía el escrito manifestando el Arzobis- po que « atreuendose aa mercee de noso señor el Rey et por que sabe que se paga de justiQa o dito señor Rey et quer que se ía^a et consiirando da sua sentenga (la dada en Tordesillas) o puyna todo na sua mao et na sua mercee et lie pedía por onrra de Santiago que teuesse

por ben de veer a dita senten9a que por el fora dada

^ e que mande sobre elo o que sua mercee ffor et el que assy o gardara et comprira em todo, que el et a jgiesia de Santiago et a suas cassas et fortalezas todas som para

CAPÍTULO IV 113

seruigo de deus et de noso señor el Rey » (1). Por ante el notario Juan de Paz hiciéronse de este escrito dos tras- lados; uno que retuvo el Arzobispo y otro que llevó el correo Juan Pérez.

' De los documentos que se conservan no consta el úl- timo desenlace que tuvo esta cuestión; pero de los he-, chos resulta que Vasco Pérez debió de ser despojado, como exigían sus merecimientos, de la posesión de la Torre de la Barreira; cuya propiedad tuvieron siempre desde esta época los Arzobispos de Santiago.

A todo esto había pasado uno de los momentos más ritióos de nuestra historia en que D. Alfonso XI puso 3n Sevilla en manos de sus subditos su corona y su espa- la, para que ellos decidiesen si el brillo de aquella co- rona habría de conservarse siempre sin mancilla y si iquella espada hasta entonces siempre esgrimida habría le guardarse sin honra en la vaina (2). Tratábase de socorrer á la villa de Tarifa, que tenían cercada Al-Bo- liacen ó Abu-Hassan, Rey de Marruecos, y el Rey de Gra- nada con un ejército de más de 753,000 hombres (3). El Consejo que celebró el Rey y al que asistieron el célebre arzobispo de Toledo D. Gil de Albornoz, el Arzobispo le Santiago D. Martín, D. Pedro Fernández de Castro, 3l valeroso Obispo de Mondoñedo D. Alvaro Páez de Biedma y la flor de los caballeros de España, después le muchas razones y debates, decidió que se obrase de nodo que D. Alfonso pudiera siempre sin sonrojo ceñir m espada y su corona. Dióse la gran batalla el lu-

(1) Documentos del Archivo Arzobispal de Santiago.— Véase Colección Diploináiica de Galicia Histórica, mím. CIX.

(2) Crónica de D. Alfonso XI, cap. CCXLVI, pág. 427.

(3) Crónica de D. Alfonso XI, cap. CCLIII.

Tomo VI.— 8.

114 LOS DOS SIGLOS DE DECADENCIA.— PARTE I

nes 30 de Octubre de 1340 á orillas del Salado y cerca de Tarifa; y en ella sucumbieron más de 200.000 Moros,

A juzgar por los Privilegios que D. Alfonso XI otor- i gó en esta ocasión á la Iglesia Compostelana, tanto Don Martín, como todo el Clero de Santiago, debió contribuir i poderosamente al éxito de esta memorable jornada, i El 5 de Diciembre del mismo año 1340 el Rey, hallan- : dose enLlerena (1), en donde celebró Cortes, á petición del Arzobispo D. Martin confirmó el Privilegio otorgado ! por D. Sancho IV á los Clérigos del Coro de Santiago el 29 de Julio de 1291, por el cual Privilegio se eximía de todo pecho á sus colonos y sirvientes. Dignos son de ser conocidos los considerandos que D. Alfonso tuvo pre- i sentes para hacer esta concesión. «Et agora don Marti- no ar9obispo de Santiago pedienos merced que touiese- mos por bien de les confirmar esta carta et de gela man- i dar guardar. Et nos el sobredicho Rey don Alfonso, parando mientes á las muy altas et muy grandes mer- ¡ cedes que Dios fezo a los Reys onde nos uenimos por i rruego del apóstol Santiago et a nos fasta aquí, se- ñaladamente en esta batalla que ouiemos con el podero- so Abulhacen rey de Benamarin de Marruecos, et de Fez, et de Sagulmencia et de Tremecen, et con el Rey de Granada cerca de la villa de Tarifa en que fueron < uencidos los dichos Reys, que fué lunes treinta dias del mes de octubre de la Era de esta carta, et por los bue- 1 nos seruicios que los arzobispos que fueron de Santiago fizieron a los Reys onde nos uenimos et el dicho argo- , bispo a nos señaladamente, que se acaescio connusco en i

(1) En la copia que hemos tenido á la vista, inserta en un Privilegio confirmatorio de T>. Juan II, fachado en Alcalá de Henares á 19 de Marzo de 1418, se lee Lerma; pero es error manifiesto.

CAPÍTULO lY 115

esta batalla et por fazer bien et merced a los dichos clérigos del Coro de la dicha iglesia de Santiago, confir- márnosle la dicha carta etc..»

Al día siguiente, también en Llerena, escribió á los Alcaldes y Justicias de Toledo, haciéndoles saber que á petición del Arzobispo D. Martín había confirmado los Privilegios en que D. Alfonso VII y San Fernando ha- bían concedido á Santiago los Votos del término de la imperial ciudad, y mandándoles, por lo tanto, que cum- pliesen dichos Privilegios so pena de su merced y de cien maravedises de la moneda nueva de multa (1).

En el mismo día, desde Llerena, hizo despachar Don Alfonso otros dos Diplomas, dirigidos, el uno á los recau- dadores de la moneda forera, servicios y fonsadera en Gralicia, y el otro á los mismos recaudadores de la mo- neda forera. En el primero manda á dichos recaudado- res que se abstuvieran de exigir á los colonos que labra- ban las heredades de los Clérigos del Coro de Santiago los cuatro servicios que le habían sido otorgados en las Cor- tes de Sevilla y Madrid, y los otros dos que se le habían concedido en Galicia en las Cortes de Sevilla (2). En el segundo mandaba á los recaudadores de la moneda fore- ra que no la pidiesen á los colonos que labraban las tierras de los Canónigos de Santiago. La ejecución de estos Di- plomas, expedidos ambos á instancias del Arzobispo Don

(1) Tumbo C, fol. 332. — A 15 de Octubre del año siguiente, desde Sevilla, volvió á escribir D. Alfonso á los Alcaldes y Justicias de Toledo insistiendo sobre lo mismo. (Tumbo C, fol. 331).

(2) Estas Cortés de Sevilla se celebrarían poco antes de la expedición á Tarifa, con ocasión del gran concurso de personas de todas partes del Reino que tuvo lugar en dicha ciudad. (Véase Crónica de D. Alfonso XI, capítulo OGXLVI).

116 LOS DOS SIGLOS DE DECADENCIA.— PARTE I

Martín, la encomendó D. Alfonso á su Merino mayor en Galicia D. Pedro Núñez de Guzmán (1). Después en Madrid, el 12 de Enero de 1341, confirmó el Privilegio del Rey D. Ramiro I sobre los Votos de Santiago (2).

Mas la batalla del Salado fué como el comienzo de la campaña definitiva que en su ánimo tenia proyectado D. Alfonso emprender contra los Moros. Por eso los Ca- balleros verdaderamente cristianos que participaban de las ideas y de los sentimientos del Monarca, se prepara- ban, cual convenía, para aquella lucha titánica, que no sólo liabía de empeñarse contra todos los Moros de la Pe- nínsula, sino contra todos los del África septentrional. El 3 de Febrero del año 1341 convocó D. Martín al Cabildo en la Cámara del Palacio Arzobispal. El objeto de la reunión era aceptar la donación que de los cotos deValla- dares y Teis, en la tierra de Fragoso, cerca de Vigo, que- ría hacer D. Pedro Fernández de Castro, que se hallaba presente, con ciertas condiciones por él señaladas. Don Pedro quería fundar y dotar al lado de la puerta prin- cipal del Coro (3), á la parte de la Epístola, una capilla que fuese como el panteón de su familia. En esta capilla había de haber dos altares dedicados, el uno á San Jor- ge, y el otro á Santa Úrsula; en los cuales altares se habían de celebrar tres Misas diarias por los tres Cape- llanes que al efecto instituyesen los Arzobispos. Debía celebrarse también solemnemente, mientras él viviese, la fiesta de San Jorge, y después de su muerte, su ani- versario. Para dotar estos actos y las tres capellanías,

(1) Turnio C, íbl. 317.

(2) Cartera 1.* de pergaminos en el Archivo de la Catedral, núm. 10.

(3) La puerta principal del Coro estaba entonces donde hoy el altar de la Soledad,

CAPÍTULO IV 117

donó de presente los cotos de Valladares y de Teis, de cuyas rentas y productos habrían de hacerse tres par- tes; las dos para los Capellanes, y la tercera para repartir entre los Canónigos y Porcioneros que asistiesen al ani- versario. El Cabildo aceptó esta donación con todas sus condiciones, y le concedió local para la capilla y para las sepulturas de su familia en el cerramiento posterior del Coro, á uno y otro lado de la puerta principal y bajo los dos pulpitos ó leedoyros del Evangelio y de la Epístola, que entonces decían sobre la nave de la Soledad (1). Acep. tada la donación, el Cabildo dio poder al Cai'denal Gonzalo Eans para que en su nombre tomase posesión

(1) Don Pedro ya había hecho testamento el 18 de Marzo de 1340 ha- llándose en el Monasterio de San Martín y estando presentes el Arzobispo de Santiago, el Obispo de Tuy D. García, y otros principales personajes. En él, con consentimiento del Arzobispo y del Cabildo, había elegido lugar para sa sepultura detrás del Coro so o leedoyro da parte u están os tres Beyes magos. Nombró testamentarios al Arzobispo, al Obispo de León D. Juan do Campo y al Doctor Fr. Lope Alfonso, de la Orden de Predicadores.

Otro testamento había hecho D. Pedro en AUariz el año 1337, á 27 de Marzo, con asistencia del Obispo de Mondoñedo D. Alvaro de Biedma. En este testamento mandó enterrarse en la Iglesia de Sobrado, delante del altar mayor. Las cláusulas siguientes nos revelan los sentimientos profunda- mente religiosos y cristianos de D. Pedro Fernández: «Depois que conmigo (su cadáver) entraren os meus uasallos eno coto de ese moesteyro (Sobrado) que non fazan por min doo; et desque chegaren conmigo a porta primeira dése moesteiro, antes que entren dentro conmigo que me vistan un hábito et panos do mais pobre frade profeso... et que me ponan uistido en eses panos eno leito en que leuan os frades professos dése moesteiro quando os han soterrar et ponan y conmigo hua espada miña guarnida de ferro et huas esporas en sinal que foi caualeyro, et da porta en diante non uaan conmigo dentro do moesteyro os meus uasallo, nin as outras compañas que conmigo ueeren, et tomen ese leito conmigo os frades professos mais po- bres... et leuenme porla vía sacra a igresia.» En este testamento nombrara albaceas á su esposa D.* Isabel Ponce de León, al Obispo Legionense Don Juan do Campo y al Doctor Fr. Lope Alfonso.

118 LOS DOS SIGLOS DE DECADENCIA.— PARTE I

de dichos cotos, como lo hizo el 18 de Julio de 1341 (1).

Arreglados estos asuntos concernientes al alma, que para todo buen cristiano son los primeros, tanto el Ar- zobispo, como D. Pedro, entrada la Primavera de dicho año 1341, tomaron el camino de Andalucía, en donde se hallaba el Rey D. Alfonso guerreando con los Moros. Con sus huestes se incorporaron en el Real de sobre Priego. Ganada esta villa, prosiguieron la reconquista de otras, como Carcabuey, Rute, Benamejí, etc..

El Otoño, que se presentó muy lluvioso, puso fin á la campaña de este año; y D. Alfonso se retiró á Sevilla, no para descansar, sino para concertar sus belicosos pla- nes. En esta ciudad, á 18 de Octubre del referido año 1341, escribió á todos los Concejos de las ciudades, villas y lugares, fuesen realengos, abadengos, de behe- tría, de órdenes ó de cualquiera otro señorío, diciéndoles: «Bien ssabedes en como nos enuiamos mandar por otra nuestra carta que uiessedes un priuillegio que nos con- firmamos a la yglesia de Santiago que fuel del Rey don Rstmiro, en que se contiene quel dicho Rey auiendo ba- talla con los moros enemigos de la fe et seyendo uencido el et quantos con el estañan cerca de Nagera et cuidan- do seer todos muertos et catinos. Et el dicho Rey con la ayuda de Santiago uenció á los moros. Et murieron en aquel día bien setenta mil dellos et " que páreselo allí Santiago vesiuelmente. Et por esta merced que Santia- go les fizo quel otorgaron los vodos en toda la térra que era ganada et se ganasse dende adelante que son los dichos vodos una fanega de trigo de cada yunta de bues o de otras bestias qualesquier que labraren por pan et

(1) Véanse Apéndices, núm. XXV.

CAPÍTULO IV 119

una medida de uino que es una cantara... Et que este dicho priuillegio que gelo non querían guardar nin cum- plir en algunas uillas et logares de nuestros regnos.» Como la excusa que daban para no hacer el pago cuan- do para ello eran emplazados, era el no saber por qué medida debían satisfacer los Votos, declaró y ordenó el Rey, á petición del Arzobispo compostelano, que de cada yunta de bueyes ó bestias se pagase una fanega de pan y una cántara de vino por las viñas que se cultivasen. El Rey D. Alfonso quería habérselas primero sólo con los Moros de España; y para esto juzgó muy á pro- pósito el arrancar de su poder el puerto de Algeciras, que venía á ser como un fácil apeadero por medio del cual los de África pasaban á la Península. La empresa exi- gía grandes aprestos y en particular cuantiosos cauda- les, de los cuales D. Alfonso se veía necesitado. Como re- curso extremo, ideó el extender á todos sus Estados, sin excepción alguna, la imposición de la alcabala, que era un tributo que había de pagarse por la compra y venta de toda clase de objetos (1), y cobrar anticipadamente el importe de un año. Para recabar de los pueblos la conce- sión de este tributo, D. Alfonso recorrió gran parte de sus Estados. A principios del año 1342 llegó á Zamora, y allí concurrieron el Arzobispo de Santiago, D. Pedro Fernández de Castro y los demás Magnates de León y Galicia que al efecto habían sido convocados (2). La

(1) En la Crónica de D. Alfonso XI, cap. CCLXII, se dice que «esto era pecho nuevo;» pero como ha demostrado el Sr. Conde de Cedillo en su Me- moria sobre las Contribuciones é impuestos en León y Castilla durante la Edad Media, pág. 454, el pecho era ya antiguo, y la novedad consistió en la generalidad con que fué concedido en las Cortes del Eeino.

(2) Crónica de D, Alfonso XI, cap. CCLXV, pág. 476.

120 LOS DOS SIGLOS DE DECADENCIA.— PARTE I

concesión de la alcabala, á lo que parece, no halló difi- cultad en Gralicia; y D. Alfonso pulo proseguir tranqui- lo su misión de recaudador en otros Estados. Acompa- ñado de D. Juan Manuel y D. Pedro de Castro y probablemente del Arzobispo de Santiago, celebró en Valladolid la Pascua, que en aquel año había caído en 31 de Marzo y continuó después su cuestación en Avi- la y en Segovia.

Mas D. Alfonso por los aprestos materiales, no olvida- ba los morales. Hallándose en Tordesillas el 5 de Abril de dicho año 1342, en vista de las reclamaciones del Arzobis- po D. Martín, hizo expedir cinco Cartas en favor de la Iglesia de Santiago. La una iba dirigida á Vasco Pérez de la Barrera; y en ella le mandaba, como hemos visto, que hiciese homenaje al Arzobispo D.Martín de la casa y torre de la Barrera, como lo hacían todos los demás vasa- llos que tenían casas fuertes en la pértiga del Arzobispado. En otra carta mandó á los cogedores de acémilas en los Obispados de Astorga, Zamora, Salamanca, Ciudad-Ro- drigo y Coria, no las cobrasen en las villas de Cacabelos, Arquillinos, Arcos, Aldeanue va, Palacios, Bilvestre, Yecla é Iglesuela ó Erguijuela, que como lugares propios de la Iglesia, estaban exentos de dicho tributo. En otra carta escribió á Arias González de Zamora para que fuese á los lugares que acabamos de citar é hiciese información de quienes habían sido los Ricoshombres que en ellos habían comido y tomado yantares, y de quanto tomó y co- mió cada uno. Escribió también á los Concejos, alcaldes y jueces de Salamanca y Ledesma, que no consintieran que sus vecinos invadiesen (tomen pieza) los términos de los lugares de Palacios y Aldeanueva, mandándoles que enviasen dos hombres buenos que con el procurador del

CAPÍTULO IV 121

Arzobispo amojonasen los referidos lugares, ó recurrie- ran á su decisión, si ellos entro sí no pudieren avenir- se (1). Por último, ordenó al Merino mayor de León, Fernán Rodríguez de Villalobos, que se abstuviese de meirinar, tomar yantares, y citar ó emprazar en los lu- gares de Cacabelos y Arquillinos (2).

Desde Avila, el 15 de Abril de 1342, escribió á todos los que siendo vecinos de otras villas, tenían tierras en lugares propios de la Iglesia de Santiago en el reino de León, ordenándoles que por dichas tierras pagasen á la referida Iglesia los mismos fueros y derechos que los demás vasallos (3). Hallándose ya en Segovia escribió D. Alfonso el 28 de Abril de 1342 á su ballestero Juan Fernández de Villacuriel, y en 6 de Mayo á su otro ba- llestero Francisco Domínguez, para que acompañasen y auxiliasen á los procuradores del Arzobispo y Cabildo de Santiago en la cobranza de los Votos, embargando los bienes de los que no se prestasen á pagarlos, y designan- do, si necesario fuere, entre los cinco ó seis vecinos más ricos del lugar, á los que hayan de comprar los bienes embargados, ó implorando, cuando el caso lo requiriese, el auxilio de los Concejos y Justicias (4). Del mismo modo, la Reina D."" María el 12 de Mayo de 1342 ordenó desde Segovia á todos los Concejos, alcaldes, justicias, alguaciles y alcaides de sus villas y lugares no pusieran dificultad alguna en el pago de los Votos, según se con- tiene en las Cartas del Rey D, Alfonso; pues su volun-

(1) En Segovia á 15? de Abril volvió á escribir al Concejo de Sala- manca insistiendo sobre lo mismo.

(2) Tambo C, fol. 312 y siguientes.

(3) Tumbo C, loe. cit.

(4) Tumba C, fol. 329 y 330.

122 LOS DOS SIGLOS DE DECADENCIA.— PARTE I

tad era que el mandato del Rey et el servicio de Santiago sea cumplido en todo. Once días antes, también desde Segovia, había dispuesto lo mismo respecto de sus villas y lugares D.^ Leonor de Guzmán (1).

Pronto vinieron á . acreditar los acontecimientos lo fundado de las apreciaciones del Rey D. Alfonso. Este tomaba todo genero de precauciones para impedir la invasión de los Moros de África en España; pero Abul- Hassan á la vez ardía en deseos de vengar la rota del Salado. En el afán de adelantársele, el 25 de Julio de 1342 salió D. Alfonso de Jerez con dirección á Algeciras, no sin haber hecho antes un llamamiento á todos los Ri- coshombres y vasallos de su reino, para que cuanto más antes acudiesen á aquel lugar. Don Pedro Fernández llegó al Real en Octubre de dicho año 1342. Algo más tarde debió llegar también el Arzobispo D. Martín con sus vasallos.

Al fin D. Alfonso pudo entrar victorioso en Algeci- ras el Domingo de Ramos, 28 de Marzo de 1344; pero ¡cuántas víctimas no ocasionó este magnánimo esfuerzo del heroísmo español! La mortífera epidemia que se des- arrolló en el Real en la Primavera del año 1343, diezmó el ejército cristiano y segó la vida de muchos héroes. A fines de Mayo adoleció D. Pedro Fernández de Castro y falleció á principios de Junio (2) . Por el mismo tiempo

(1) Tumbo C, fol. 332y333.

(2) «Et en el acabamiento deste mes (Mayo) — dice la Crónica de Don Alfonso XI, cap. CCXCVI— adolesció D. Pedro Fernández de Castro de dolencia de que finó en el comienzo de Junio; et avía los mejores oficios de la casa del Rey, ca era su Mayordomo mayor et su Adelantado mayor en la frontera, et Pertiguero mayor de tierra de Santiago. Et pesó al Rey de la su muerte, et dio el oficio del adelantamiento de la frontera á D. Juan fijo del Infante D. Manuel, et el mayordomadgo á D. Joan Núñez (de Lara); et

CAPÍTULO IV 123

lebió también de fallecer en el Real el Arzobispo de San- tiago, D. Martín (1).

I El cadáver de D. Pedro fué traído á Santiago para her sepultado en el panteón que él acababa de edificar, : 5 estaba edificando en el trascoro de la Catedral (2).

El cadáver de D. Martín también debió de ser traído í Santiago como el de D. Pedro, para recibir sepultura 3n el claustro de su Iglesia. En el testamento que en el año 1365 otorgó su sobrino D. Alfonso Sánchez de Gres, ^.rcediano de Trastámara, se cita la manda que de todos sus libros hizo D. Martín á los Clérigos de Sancti Spiritus (3). A su otro sobrino Andrés Sánchez de Gres,

lió áD. Fernando, fijo de D. Pedro toda la tierra que tenía del D. Pedro.» —También en la Crónica del Rey D. Pedro, cap. I, se habla de muerte del Pertiguero mayor de Santiago. cEt finó allí D. Pedro de Castro, que decían ie la Guerra, un grande señor de Galicia.»— El Cronista de D. Alfonso XI iice que pesó al Rey de la muerte de D. Pedro Fernández; también debería

I pesarle á la nación; porque indudablemente el Pertiguero mayor de San-

I tiago hubiera sido para el Rey D. Pedro un consejero más desinterado, más prudente, más sensato, que su amigo D. Juan Alfonso de Albur- querque.

I El Rey D. Alfonso le había cedido también todos los heredamien-

I tos , que la Orden del Temple había poseído en los Reinos de León y Galicia. (Véase Colección Diplomática de Galicia Histórica, núm. XXX, página 144).

(1) En la Crónica del Rey D. Pedro, cap. I, pág. 7 (edic. de Llaguño, Madrid, 1779) se dice: «E finó y el Arzobispo de Santiago que decían Don

iMartino.»

fi (2) No hace muchos años se hizo un reconocimiento en su sepultura. Además de sus restos mortales se hallaron algunos trozos de paños de seda, un broche de oro y unas espuelas también de oro, que quizás serían de las cogidas al Rey de Marruecos Abul-Hassan en la batalla del Salado. (Véase

5 la Crónica de D. Alfonso XI, cap.CCLVI, pág. 455).

\ (3) «ítem mando — dice D. Alfonso Sánchez — á os doce clérigos do Coro de Sci. Spiritus todos los lluros que lies meu tyo o arcibispo dom Martino mandou segundo que se en sua manda conten.» (Tumbo C, fol. 320).

124 LOS DOS SIGLOS DE DECADENCIA. — PARTE I

que había sido Vicepertignero mayor de Santiago y Adelantado mayor de Galicia, dejó la casa fuerte de I* Rodeyro, con la condición de formar con ella un vínculo, según expresa Andrés Sánchez en su testamento otor- gado en el año 1368 (1).

De la familia del Arzobispo D. Martín era también el Arcediano de Reina, D. Ñuño Gronzález de Bendaña, cuyo testamento otorgado en el año 1348, puede verse en la Colección Diplomática, núm. LXXII de la Galicia l| Histórica. Dejó al Cabildo los casales de Vilacristi y Me- j din, el paafo ó palacio de Lidoira, el derecho de presen- | tación en la parroquia de Santa María de Couso y otras I heredades. Hermano de D. Ñuño González fué D. Alva- |j ro Rodríguez de Bendaña, Comendador de Montemolín, de la Orden de Santiago, que en el año 1354 asistió á las famosas Vistas de Tejadillo (2).

(1) Tumbo C, fol. 345. — A este mismo sobrino, Andrés Sánchez de t! Gres, había dado en préstamo D. Martín en el año 1341 varias feligresías en tierra de Deza.

(2) Véase Crónica del Rey D. Pedro, año V, cap. XXXII, pág. 160; ed. de Llaguño, Madrid, 1779. — En el testamento de D. Ñuño González también se hace mención del caballero Gallego Diego Gómez de Silvaa, que con otro caballero gallego, Pedro Alvarez de Sotomayor, tenía el castillo de Medellín por D. Juan Alfonso de Alburquerque, y que, como se dice en la '¡ citada Crónica, año V, cap. I£I, tuvo que entregar al Rey D. Pedro.

CAPITULO V

El Arzobispo D. Pedro V. — Constituciones capitulares heciías en su tiempo.— Romería del Rey D. Alfonso XI. — Declara-

I eión por la cual se reserva el señorío de la ciudad com- postelana. — Agitación en Santiago.- Sínodo XXXII compos- telano.— Codiciio de D. Alfonso XI en que manda restituir á la Iglesia compostelana el señorío de la ciudad. — Muerte del Arzobispo D. Pedro V.

AS esperanzas que con su celo y ac- tividad debió de haber hecho conce- bir el Arzobispo D. Martín II, pron- ito se desvanecieron con su prematura muerte en el real de sobre Algeciras. Fué designada para sucederle una persona extraña á la Iglesia, á lo que puede creerse? D. Pedro Obispo de Falencia (1); y esto acaso fué efecto de diferencias surgidas en el seno del Cabildo al tiem-

(l) Segúa Boan, fué D. Pedro hijo de Fernán Páez de Sotomayor y de D.* Urraca Fernández de Temes; ambos, como se ve, de distinguida prosa- pia gallega; pero en materia de genealogías Boan es un autor completa- üaente desacreditado.

126 LOS DOS SIGLOS DE DECADENCIA.— PARTE I

po de la elección. El Prelado difunto ora persona de gran influencia en Galicia y tenía varios parientes en el Cabildo, alguno de los cuales, como era natural, había de sentir propensión á sucederle en la cátedra ar- zobispal. Tal vez la elección del Obispt) de Falencia obedeciese á recomendaciones del Rey D. Alfonso, que había visto á D. Pedro entre los Prelados que le acom- pañaron en la hueste de Algeciras (1).

Hallamos ya instalado en la Sede á D. Pedro el 14 de ;| Julio de 1344, como resulta de una Acta capitular de ' dicha fecha. Según una Constitución establecida bajo el pontificado del Arzobispo D. Fr. Rodrigo, á 21 de Octu- i bre de 1286 (2), todo Canónigo que fuese promovido áij alguna dignidad, aun en esta misma Iglesia, por este sólo mero hecho, dejaba vacantes las tenencias y bene- ficios simples que tuviese arrendados. De aquí nacía, que muchos Canónigos por no perder tales préstamos, renunciaban las Dignidades para las que por ventura) eran nombrados. Considerando el Arzobispo D.Pedro que esto cedía en perjuicio de la misma Iglesia, que de este modo se veía privada de la cooperación y del real-, ce que le daban personas tan letradas, tan próvidas y j discretas, tan aptas y tan hábiles como eran las que ¡ entonces existían en el Cabildo de Santiago, las cuales! podían desempeñar dignamente cualquier cargo ó digni-j dad que se les confiase, tanto en la Compostelana, comoií

(1) «Et en este tiempo, venieron al real D. Pedro, Obispo de Falen- cia, que fué después Arzobispo de Santiago... > (Crófiica de D. Alfonso XI, cap. CCLXXXVIII, pág. 529.

(2) Véase tomo V, cap. VIII, pág. 2G0.— Esta Constitución era mucho más antigua; pero D. Fr. Rodrigo la aclaró y confirmó siendo aún sólc Electo.

CAPÍTULO V 127

en cualquier otra Iglesia, con consejo y asentimiento del Cabildo acordó abrogar dicha Constitución y declarar que los Canónigos promovidos á alguna Dignidad, tanto en ésta como en cualquiera otra Iglesia, para vivir con el decoro conveniente, podían conservar sus préstamos y tenencias (1). Con esto quiso D. Pedro demostrar sin duda, que aunque no había salido del seno del Cabildo, por el aprecio y estimación que hacía de todos sus indi- viduos, merecía ser habido por uno de los más conspi- cuos y calificados.

En el año 1345 permutó D. Pedro con el Cabildo lo que pertenecía á la Mitra en la parroquia de Santa Eu- lalia de Boiro, por algunos terrenos cerca de Tay (2). En este mismo año 1345, por el mes de Julio, vino el Rey D. Alfonso á visitar el sepulcro del Patrón de Es- paña, rindiéndole así el tributo de su reconocimiento por los beneficios hasta entonces recibidos (3). Mas D. Alfon-

(1) «Ex eo quod multi de canonicis nostrae Compostellanae Ecclesiae, qui praestimonia obtinent in eadem, cuín sint litterati, providi et discreti, apti et hábiles ad obtinendum dignitates et personatus in eadem et in alus Ecclesiis, cum ad ipsas dignitates et personatus assumuntur collationi seu provisioni ipsarum renuunt consentiré quia per assecutionem ipsarum... perdunt praestimonia quae obtinent in Ecclesia memorata..., Nos igitur volantes super hoc de opportuno remedio providere ac etiam, quantum in nobis est, taliter ordinare quod litterati, apti, providi et idonei in dignitati- bus et personatibus sublimentur, et cum ad ipsas assampti íuerint reddi- tus habeant compatentes... et ipsarum ecclesiarum cathedralium honorem prout ad nos pertinet augmentare, etc..» (Lib. 2.° de Constituciones, fol. 85 vuelto).

(2) Tumbo B, íol. 4.

(3) Hallándose en Santiago concedió D. Alfonso á los vecinos de Mon- gia (Mugía) el fuero de Benavente; pero al año siguiente, á 20 de Agosto, estando en Avila, en vista de las representaciones de los moradores de dicha villa, les otorgó que usasen el fuero de la Cruña en lugar de el de Benaventei que les había dado el año anterior,